Acto de amor de cara al público, de Armando José Sequera

23/ 05/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

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Hace muchos años, tantos que no caben en la memoria de ningún individuo, ocurrió la historia de un arpa de la que resultaba imposible extraer melodía alguna.

Pertenecía al emperador Shih Huang Ti, el constructor de la Gran Muralla , y la había fabricado el mago más poderoso de toda China –incluida Manchuria–, con madera de las ramas de un árbol kiri que, por la majestuosidad de su estatura, merecía comparársele con Fu Sang, el Árbol de la Inmortalidad.

Su copa era tan elevada que quien subiera a ella podía dialogar con los astros.

Sus raíces se hundían a tal profundidad en la tierra que mil hombres tirando de él simultáneamente, en una misma dirección, no lo habrían movido de su posición original, ni siquiera el espacio ocupado por la circunferencia de un planeta de polvo, de esos que a contraluz se muestran errantes, cabalgando sobre un rayo de sol.

A cientos de metros debajo suyo, rodeado por el espeso tejido que formaban las raíces, dormía desde hacía siglos un dragón de plata.

Este árbol se mantuvo incólume durante casi mil años, en el desfiladero de Lung Men hasta que, valiéndose de un hechizo, el mago se atrevió a mutilar algunas de sus ramas bajas.

Para evitar el despojo, el kiri tensó su madera cuanto le fue posible y solidificó su savia hasta un nivel comprometedor para su vida, pero inútilmente. Lo único que consiguió fue impregnar de su espíritu indomable los fragmentos extirpados a su enorme cuerpo.

En un primer momento, el mago pretendió fabricar una pareja de autómatas, pero la solidez nudosa del material le obligó a cambiar de idea.

Luego pensó construir un mueble para guardar sus sueños y los de todos los habitantes de la comarca, pero también a ello se opuso la madera.

Al fin, contemplando la obstinada curva de la rama más ancha, se le ocurrió tallar un arpa capaz de torcer con su canto el rumbo del rocío matutino sobre los crisantemos y de tornar al fabuloso leopardo negro en un vendaval de escarcha.

Al cabo de varios días de sublime labor, el arpa desafiaba la belleza de las vírgenes de jade y eclipsaba la claridad del mismo rey del cielo. La alejaba de la perfección el peor de los defectos que puede habitar en un objeto creado para hacer música: al rasgar sus cuerdas, permanecía muda e indiferente al esfuerzo de los ejecutantes. No había mano ni encantamiento que le extrajese un acorde.
Fuego

Shih Huang Ti se caracterizó por ser un gobernante de grandes decisiones.

Además de iniciar la construcción de la Gran Muralla , para defenderse de las invasiones tártaras, dividió al país en treinta y seis provincias. Uniformó las leyes y también las pesas y las medidas. Desarmó a los señores feudales, trazó canales y carreteras y simplificó la escritura.

El lado negativo de su gobierno lo emparenta con Amr Ben El Assí, lugarteniente de Omar, quien hizo quemar la Biblioteca de Alejandría y con Nabonasar, monarca de Babilonia que mandó a destruir todas las historias y relatos de los reyes que le antecedieron, para que la historia comenzase con él.

Ti ordenó la cremación de todos los libros escritos antes de su ascenso al poder, como castigo a los autores que se habían atrevido a criticar su política.

Muy pocas obras escaparon a la acción del fuego.

Sin embargo y como ocurre cada vez que los tiranos le dan la espalda a la historia, la catástrofe generó una actividad literaria de enorme intensidad.

En los años posteriores a la quema se recopiló y publicó de nuevo todo cuanto habían devorado las llamas y además de las tablillas de madera sobre las que se “rayaban” los manuscritos, se empleó la seda como soporte para los libros y se escribió no sólo con pluma de bambú, sino también con pincel de pelo de camello.

De esta época también data un inventó que perdura hasta nuestros días, la llamada tinta china, mezcla de hollín de pino y cola, cuyo propósito es el de preservar por más tiempo lo escrito.

Cómo llegó el arpa indomable a poder de Ti es algo que permanecerá oculto hasta el último de los días del hombre.

La conjetura más admisible es que fue obsequiada al emperador por el propio mago que la fabricó o por algún señor feudal que quería congraciarse con él.

De lo que sí hay seguridad en las crónicas chinas es de que, durante varias décadas, el instrumento formó parte del tesoro de Ti y de que los más grandes arpistas del Imperio, sin excepción, se embadurnaron de fracaso, al acometer su inexpresivo cordaje.
Aire

Cada vez que aparecía un nuevo ejecutante para el arpa, ésta era trasladada desde la habitación donde se le guardaba, hasta el centro de la Gran Sala Imperial.

Siguiendo unas estrictas reglas de protocolo, alrededor del arpista se ubicaban el emperador y su séquito.

Pero en lugar de la música de agua y terciopelo que anunciaba su presencia, el arpa nada más ofrecía acordes toscos, sonidos huraños que indignaban los dientes o notas desdeñosas, en nada parecidas a las melodías que los maestros intentaban desprender.

Sin que nadie lo hubiese propuesto ni impuesto, estas sesiones habían desarrollado un curioso ritual que iba más allá del protocolo: se iniciaban con un largo saludo y una venia al emperador.

Proseguían con un inventario de méritos propios y de vituperios elegantes contra los colegas predecesores. El maestro de turno explicaba porqué habían fracasado todos antes que él y porqué él no habría de hacerlo.

A continuación, extendía las manos a uno y otro lado de las cuerdas y por último sonreía orgulloso, hasta el momento en que el cordaje exudaba el primer sonido torpe.

La mayoría de los rostros, incluso el del emperador, se arrugaban a partir del segundo o del tercero aunque, por la regularidad del fiasco, muchos de los cortesanos se anticipaban al discorde inicial.

Tal como el arco que Atenea obsequió a Ulises y al cual sólo él podía tensar su cuerda, apostar una flecha y asaetear con ella a enemigos y piezas de caza. Tal como Excálibur, la espada que puso a prueba su propia paciencia, aguardando en una piedra la mano de Arturo, de igual manera el arpa rebelde parecía tener una sola persona en el mundo apta para convertirla en un manantial de resonancias, en una lluvia de vibraciones.

Por esa persona esperaron Shih Huang Ti y su corte durante casi toda su existencia terrenal.
Agua

Un día como cualquier otro se presentó un nuevo maestro llamado Pai Ya y era tal su arte que a su nombre lo sucedía un apodo: El Príncipe de los Arpistas .

Aunque cuando se presentó ante el emperador su fama era considerable, también lo era la de la mayoría de quienes le habían antecedido.

Por ello, su nombre no escapó a las mofas y a los poemas de factura popular en los que se ponía en duda su habilidad.

Al contrario de los músicos que se habían marchado con el prestigio hecho añicos, Pai Ya no se molestó por las burlas ni hizo valer su condición de huésped imperial para acallar los comentarios que se suscitaban a su paso.

A quienes le apremiaban para que enfrentase a sus gratuitos detractores les obsequiaba con una sonrisa medida, les dedicaba una leve inclinación de su torso y les envolvía en la misma frase:

—El único comentario que me importa es el del arpa.

Tal respuesta fue llevada en más de una ocasión a oídos del emperador, en boca de quienes consideraban una afrenta que el comentario del soberano no contase para el artista.

Para fortuna de Pai Ya, Shih Huang Ti convalecía de una dolencia y no prestó mayor atención a los que pretendían adularle con chismorreos y maledicencias.

Al momento de acometer el arpa, Pai Ya no se comportó como los demás ejecutantes.

Con gran humildad saludó al emperador y al resto del auditorio y luego se concentró totalmente en ella.

Durante los primeros minutos de un tiempo que pareció inmovilizarse, suspenderse en el aire como el vaho que precede al arco iris, Pai Ya se dedicó a acariciar las cuerdas y el cuerpo de madera.

En lugar de un discurso simultáneo al intento de domesticarla, Pai Ya recorrió en silencio, experimentando un evidente deleite táctil, toda la estructura del instrumento, como quien recorre las intimidades de un ser amado.

En torno suyo, se apagaron los sarcasmos, se oscurecieron las dudas y un mismo sentimiento se adueñó de cada uno de los presentes.

El primer contacto melódico de Pai Ya con las cuerdas dio paso a una armonía que en principio apenas resultó audible, como si el lugar de donde procedía se abriese tras un inmemorial letargo.

En pocos minutos, la música se elevó por encima de las cabezas, engendró un anillo voluptuoso alrededor de cada oyente y evitó que nuevas bocanadas de tiempo penetraran en la estancia.

Pai Ya despertó en el arpa todos los sonidos conque la naturaleza desborda a la imaginación, desde el murmullo que se produce en el horizonte cuando cambian las estaciones, hasta el crepitar de las hierbas en crecimiento y el vigilante mutismo de las piedras.

Hizo escuchar el torrente de los principales ríos, descendiendo por los montes y descansando en las acequias. Dejó oír el nítido paso de la brisa sobre las montañas y las cabelleras de los árboles.

Dio vida sonora a cascadas, a pétalos que se abren, a insectos que transportan el polen de uno a otro lado de un bosque.

Arrojó sobre su arrobado auditorio el susurro de los granos de arroz mientras se forman en las espigas y mostró el trémolo saludo que tributan las aves a cada nuevo amanecer.

Pai Ya hizo que el arpa cantase al amor y a la guerra, a la majestuosidad de lo excepcional y a la pequeña magnificencia de lo cotidiano, a la tempestad y al cielo abierto, al dragón que cabalga sobre el rayo y al tigre que acecha entre los arbustos, a la luz que disecciona las sombras y a las sombras que desvanecen los últimos fulgores del atardecer.

Cuando concluyó, el emperador, aún extasiado por lo que acababa de oír, preguntó al arpista cuál era el secreto de su éxito.

—Señor —respondió Pai Ya—, todos los demás fracasaron porque sólo se cantan a sí mismos. Yo dejé que el arpa escogiera los temas de su música y luego me confundí con ella. Lo que ustedes presenciaron fue un acto de amor. Como si estuviese con una mujer amada, en esos momentos no habría sabido decir si el arpa era Pai Ya o Pai Ya era el arpa.

 Del libro: Acto de amor de cara al público (El perro y la rana, 2006)

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