Afrodita, C.A., de John Manuel Silva

31/ 08/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

Those days are over.

You don’t have to sell your body to the night

Roxanne — The Police.

Para Noelia Depaoli

 ginoideConfieso que en un principio fui parte de la corriente, en algún momento mayoritaria, de personas que no aprobaban el surgimiento de los servicios de satisfacción y placer. Hubo un encendido debate cuando surgió la primera empresa, grupos de intelectuales publicaron cartas denunciando la progresiva deshumanización de nuestra sociedad; también algún grupo de científicos e informáticos se pronunciaron en contra, porque el servicio era violatorio de la ética y una perversión de las investigaciones científicas y tecnológicas que estaban concebidas para el mejoramiento de la calidad de vida de la gente. Pero a mí eso nunca me importó. Lo que me parecía terrible no eran las implicaciones éticas o morales, mi oposición inicial es porque lo consideraba un atajo para perdedores y pobres diablos.

 La noche en que el doctor Milton A. Rothman mostró en rueda de prensa los dos prototipos de acompañantes, mi papá se indignó demasiado, se levantó del sillón y se asomó al balcón a fumar un tabaco. Últimamente hacía eso cuando un recuerdo lo atormentaba, como si quisiera que el viento se lo llevara junto con el humo, colándose en las ventanas vecinas, cual pájaro que se resguarda de la lluvia. Luego sacó de la alacena una botella de ron, un licor que ya no se consigue y del que papá guardaba algunas botellas que, en sus días finales, abría para acompañar una confesión. Comenzó a hablar de los burdeles de su juventud, de mujeres gordas e imperfectas que no sólo daban sexo sino que también escuchaban confesiones, consolaban tristezas, acompañaban melancolías y ofrecían ilusiones de amor a hombres derrotados. Una de las cosas más inquietantes de mi papá, a medida que se acercaba a sus años finales, era lo afectado que estaba por la velocidad con la que cambiaban las cosas, igual que un recién nacido asombrado por cada nuevo descubrimiento. Yo siempre he creído que la vejez es una colección de lamentaciones, que el paso del tiempo genera descontento, y que todas las generaciones creen que la suya es mejor que la siguiente, que el mundo va en picada y que el futuro es una amenaza. Pero en el viejo había una pesadez inusual, la misma que hay en aquellas personas que saben cuándo ocurrirá una desgracia.

 Los dos prototipos presentados por el doctor Rothman iniciaban una nueva era en el desarrollo de la inteligencia artificial, diferente a lo que teníamos hasta el momento. Ya nadie se impactaba por las novedades de la robótica, era poco lo que faltaba por avanzar. En mi casa siempre tuvimos robots. Desde niño me acostumbré a tener un robot niñera que me cuidaba, me alimentaba, me llevaba y buscaba al colegio. Cuando cumplí 13 años fue desactivada. También tuvimos una sirvienta, que se encargaba de limpiar la casa, de la jardinería y la cocina. Fue con las sirvientas que estallaron los escándalos que cada cierto tiempo transmitían en los noticiarios: los múltiples casos de violaciones a las robot sirvientas y niñeras; también los casos comprobados de empresas que proveían de ejemplares a clientes que, bien sabían, sólo querían satisfacerse sexualmente con ellos. Hubo algunas investigaciones y algunos juicios, pero fueron inútiles: casi todos fueron desestimados, no podía alegarse nada puesto que no se trataba de personas. Mientras daba su discurso de presentación, el doctor Rothman decía que sus prototipos habían sido desarrollados luego de un análisis honesto de las necesidades humanas, y además, agregaba, era también un paso al frente en la dignidad de las personas porque pronto los seres humanos no deberían prostituirse más. Fue en ese momento que mi papá apagó el televisor, gritó una obscenidad y fue a convertirse en humo. Yo seguí la rueda de prensa desde mi tableta.

Los prototipos presentados esa noche eran caucásicos y estaban cubiertos con una bata de seda. El androide se llamaba Adán, la ginoide, Eva. Adán era alto y corpulento, estaba dotado de un pene que en erección podía alcanzar unos veintisiete centímetros. Eva era un poco más baja, tenía unas piernas labras, hermosas, además de dos senos medianos que colgaban de su pecho como dos bambalinas brillantes, coronadas en el centro por un pezón marrón, de poca aureola y un tanto puntiagudo. Según Rothman, los androides tenían en sus chips de inteligencia programadas todas las prácticas sexuales “normales”, y su personalidad estaba diseñada para servir de amantes entregados y serviciales.

A los meses la empresa que los presentó en Estados Unidos hizo un acuerdo con una trasnacional japonesa para su distribución global. A finales de año llegaron a Venezuela. La empresa abrió una sucursal a la que llamaron Centro de Satisfacción y Placer, al que se accedía bajando unas discretas escaleras ubicadas en una esquina. Allí acudieron pocas personal al principio, entre ellas Raúl, un buen amigo del trabajo. Raúl siempre ha sido un tipo poco exigente, por eso no me emocioné mucho cuando me dijo, a los días de estar yendo todas las noches, que era increíble, que nunca iba a vivir una experiencia similar.

Mi papá murió a las pocas semanas y creo que fue afortunado, no sólo porque tuvo la muerte que todo viejo quiere para sí: una despedida cálida echado en su cama; sino también porque no estuvo aquí para ver cómo evolucionó el servicio. No pasó un año para que todas las empresas de robótica produjeran a sus amantes y abrieran sus propios centros. Los primeros centros eran muy burdos, todas las empresas imitaban los prototipos desarrollados por Rothman, pero pronto fueron cambiando. Hubo una empresa que lanzó una línea de diez modelos, cuya fisonomía imitaba el fenotipo de todas las razas. Otra lanzó al mercado modelos gays y lésbicos, así como transformistas. Hubo una edición especial de modelos sadomasoquistas, y otra, de modelos que imitaban la apariencia de una niña, pero fueron retirados del mercado por promover la pedofilia. Al cabo de unos dos años los centros de satisfacción pasaron a ser clubes nocturnos como cualquiera, quedaron atrás las estructuras frías de pasillos con habitaciones cerradas, dando paso a enormes discotecas y tascas, con música en vivo, shows en tarima, espectáculos desnudistas privados y en la parte superior de los locales, las habitaciones, donde se podía copular toda la noche. Poco a poco todos empezaron a utilizar los servicios, en algún punto dejó de ser una vergüenza y la gente no se resistió más. El estado, cuyos voceros declararon en algún momento la repulsa a los servicios de satisfacción, pronto abrió una empresa nacional dedicada, según su lema, a democratizar y humanizar estos servicios.

Por esos días yo estaba con Fanny, la mujer con la que esperaba casarme. Estábamos enamorados y luego de unas semanas de la muerte de mi papá, le pedí que se mudara conmigo. Comenzaba a sentirme solo, no por la partida del viejo, sino porque de verdad me estaba cansando de no tener a alguien con quien compartir mi vida. La soledad es un eco y uno no se resigna a sólo escuchar su propia voz reverberando en las paredes, siempre se necesita a alguien que responda, contradiga y exista. Y es precisamente por eso que no entendía a los clientes de los servicios de satisfacción y placer, no comprendía como se relacionaban con una máquina, yo, por ejemplo, nunca me relacioné con Cleopatra, la robot niñera, y cuando la desactivaron no me dio tristeza ni nostalgia a pesar de haberme criado.

 

Fanny y yo no nos casamos, la relación se fue resquebrajando durante meses, y luego de varias semanas peleando a gritos y con amagos de abandono, me esperó una noche en la casa y me dijo que no podíamos seguir así, cogió la maleta que había empacado y se fue. Yo me deprimí, pero no como siempre, no fue una de esas jornadas melancólicas y vacías en las que me entregaba al licor o a la Soma, fue una tristeza distinta. La madurez le permite a uno identificar la densidad de los sentimientos, el sabor de una tristeza y lo efímero de una alegría, ser maduro es ser distante ante lo que se siente y saber cómo terminarán las cosas. Yo lo supe: comprendí que esa depresión formaba parte del círculo vicioso de mis relaciones amorosas, en las que me ilusionaba, conquistaba, intentaba, terminaba, me deprimía, me odiaba a mí mismo y luego comenzaba a recuperar mi autoestima para salir otra vez a cazar, no a una presa, sino a una futura fuente de tristezas y despechos. Decidí que eso no volvería a ocurrir, y preferí acudir a los servicios de Afrodita, C.A.

 

Nunca lo admití ante mis compañeros de trabajo, pero simpatizaba con la forma en que Afrodita había comenzado a funcionar y con los beneficios que ofrecía. Para los meses en que fue fundada la compañía los servicios habían avanzado mucho, aunque no lo suficiente para sustituir la experiencia humana. Por eso los prostíbulos de personas seguían existiendo, aislados en las zonas más peligrosas de la cuidad y con una baja notable en la clientela. Los burdeles seguían proveyendo de sexo con mujeres y hombres de carne y hueso. Para algunos era preferible correr el riesgo de ir a la zona baja, y adquirir una enfermedad por las escasas condiciones de higiene, antes de renunciar a la calidez de un beso salido de la boca de una mujer o un hombre.

El lema publicitario de Afrodita era: “La real experiencia erótica, desde los confines del deseo hasta la cúspide del amor”. A mí me parecía un tanto cursi, pero cada vez que consultaba sus servicios en los catálogos que llegaban semanalmente a mi tableta, me entraba algo que yo llamaba curiosidad, pero en realidad era el deseo mordisqueando como un roedor hambriento las esquinas de mi conciencia. Eran dos las diferencias fundamentales entre sus servicios y los de otras compañías. Primero, el diseño. Además de una enorme variedad de androides prediseñados, los clientes podían encargar un modelo basado en dos posibles referentes, la indagación en la memoria para rastrear las fantasías del cliente o la réplica exacta de alguna persona, para lo cual la empresa necesitaba algún registro audiovisual de la persona a ser imitada. Los androides diseñados por encargo ya existían para cuando Afrodita abrió sus puertas, pero siempre fueron un lujo que pocos podían permitirse. La mayoría debíamos usar los modelos estandarizados, producidos en masa y asequibles.

La segunda característica de Afrodita era la que tenía en pie al negocio, la que permitía que todos los clientes se mandaran a construir un modelo original: los androides no sólo ofrecían servicios sexuales, sino de convivencia. Es decir, Afrodita no era un prostíbulo, sino una empresa de robótica, tan normal como las que fabrican niñeras y sirvientas.

El contrato para formar parte de la clientela era minucioso y te obligaban a leerlo completo antes de firmarlo, obviamente para cubrir las espaldas de la empresa, pero también para evitar confusiones. La cláusula más importante establecía una membresía permanente, la cual se renovaba cada año cancelando una modesta suma. Durante el año uno podía acudir en el momento que quisiera y llevarse un androide, fuera uno de los modelos sindicados o uno mandado a hacer. En el caso de los mandados a hacer, por cada manufactura solicitada debía pagarse una suma adicional. Para llevarse a casa uno de los modelos sindicados bastaba presentar el carnet de afiliación.

Otra cláusula vital era la referida a los períodos de convivencia. En principio, uno se llevaba el androide por un plazo de tres meses, de los cuales el cliente podía disponer en cualquier momento. Es decir, se podían regresar los modelos al día siguiente si uno no está satisfecho, pero luego de tres meses había que hacer una renovación. Durante un año se puede renovar hasta tres veces y al llegar el momento de la cuarta renovación hay dos opciones: o se conserva el androide, pagando la liberación definitiva; o se devuelve, pasando este modelo a ser sindicalizado e incluido en el catálogo. Así, la empresa se sostenía, ya que eran muy pocos los que pagaban la liberación completa, de hecho, la mayoría devolvía a los androides luego de tres o seis meses. Al regresarlos uno podía cambiarlos por un sindicalizado o mandarse a hacer otro, pero esto resultaba muy costoso, por lo que luego de uno o dos diseños originales el cliente prefería elegir al próximo del catálogo.

Junto con la cartilla de precios, las pantallas del catálogo de Afrodita mostraban un fichero organizado alfabéticamente. Cada ficha contenía el nombre y los datos básicos del modelo, incluyendo un historial donde se explicaba cuándo había sido creado y con cuántos había convivido. En las pestañas desplegables podían consultarse sus habilidades sexuales, sus distracciones, el tipo de personalidad y el grado de sensibilidad y complejidad intelectual. También se accedía a una galería de fotos del modelo desnudo. Al adquirir un sindicado se tenía la opción de conservarle la memoria de sus convivencias pasadas o borrársela, así uno decidía si estaba con una pareja emocionalmente herida y madurada, o con una virgen con la cual experimentar las vivencias ingenuas de los primeros amores. A juzgar por la forma en que el catálogo se renovaba cada semana, era obvio que las personas habían optado por cambiar a los androides: mandarlos a hacer, disfrutarlos un rato y cambiarlos por otros. Había semanas en que, sin exagerar, la cantidad de modelos se multiplicaba por cientos.

Los modelos de Afrodita destacaban por ser imperfectos. Todos los viernes era muy emocionante bajar el catálogo en mi tableta y consultarlo mientras almorzaba. Saltaba a la vista, en las galerías de imágenes, que estaban inspirados en personas con sobrepeso, cicatrices, pelos grasosos, estaturas diversas, penes pequeños, tetas aguadas, culos con celulitis, pechos peludos, piernas flacas, dientes disparejos, ojos sin color, frentes amplias, cabezas calvas y pubis tupidos de pelos, una variedad inmensa de modelos, alejados de los músculos y las facciones perfectas que se encontraban en los centros de satisfacción. Era obvio que algunos de los sindicados habían sido inspirados en figuras famosas, no sólo de la farándula, también religiosas, políticas y empresariales. Siempre me extrañó que no hubiera demandas por derechos de autor o uso indebido de la imagen.

Al consultar las pestañas de personalidad e historial, se podía concluir que muchos de los sindicados estaban basados en exparejas de los clientes. Esto era habitual en las primeras veces: las personas acudían con una foto de su ex y solicitaban una réplica física casi exacta, pedían que se mejoraran algunos defectos desagradables, que se les alargaran los penes y se les inflaran las tetas, algún detalle menor. Al momento de dictar la personalidad que debía tener el androide se especificaba que se profundizara en los aspectos positivos de la expareja y se suprimieran los negativos. Así, todos los clientes se llevaban a casa un androide idéntico al ex que no podían olvidar,  pero sin los celos, la soberbia, el egoísmo, la promiscuidad, la arrogancia, la antipatía, la indiferencia o cualquier otra cosa que hubiera dado al traste con la relación. Lo que no entendí es por qué los devolvían, si tenerlos les permitía llevar una relación perfecta. Era un hecho que los devolvían, algunos incluso luego de una semana, con lo que desperdiciaban una gran cantidad de dinero para quedarse al final con otro sindicalizado.

Por eso no pedí que replicaran a Fanny. Si, lo pensé, no lo niego, pero deseché la idea. Cuando fui a Afrodita y obtuve la membresía ya tenía en mente a la primera androide que me traería a vivir conmigo, Jessica, una flaca de piel blanca, pelo amarillo desteñido, marcas de espinillas reventadas en la frente y pies largos y suaves, de planta rosada y dedos gordos. Había sido devuelta tres veces, pedí que le borraran la memoria. Era dulce en la cama, solía mirarme a los ojos antes de llegar al orgasmo, y a diferencia de otras ginos, su orgasmo ocurría sin gritos, como las olas de la madrugada que apenas se oyen chocar contra la arena.

No la quise renovar a los tres meses, así que la cambié por Ingrid, una morena pequeña que siempre me esperaba con una sonrisa. Luego tuve a Diana, una gorda de modales educados y gran cultura general con la que pasaba horas compartiendo lecturas y viendo películas clásicas. Después pedí a una depresiva, la habían devuelto en veinte ocasiones, a veces en intervalos de sólo una semana; yo la tuve durante tres meses, en los que me deleité con sus berrinches y sus lloraderas constantes. También tuve una réplica de una pequeña cantante del siglo pasado, cuyos ojos verdes y voz chillona hacían agradable mi fin de semana, cuando la ponía a cantarme unas canciones cursis que hablaban sobre el amor, el desamor, la soledad y la tristeza.

Con todas tuve muchas formas de sexo, salvaje y violento, tierno y apacible, sucio y agresivo, dulce y sentimental; con todas intercambié romanticismos varios y todas me hicieron compañía, pero ninguna logró hacerme sentir completo y por eso las devolvía, me aburría de ellas. No era por falta de conflicto o personalidad, al contrario, con todas viví de forma intensa porque sus personalidades eran complejas y difíciles. Había un rumor, que más que un rumor era una verdad susurrada por todos, según el cual escritores, psicólogos y filósofos, incluyendo muchos de los que firmaron los primeros manifiestos contra los servicios de acompañantes, estaban trabajando para Afrodita, elaborando reacciones emocionales, creando conflictos, construyendo sueños y haciendo que las personalidades de los androides fueran cada vez más complejas, dándole a los clientes la experiencia humana total que el lema de la empresa prometía. A los pocos años Afrodita lideraba el mercado de androides y los centros de placer eran locales marginales que sólo visitaban pocas personas.

 

Me interesé en Lilian luego de verla repetirse en el catálogo todas las semanas. La foto dejaba ver a una flacuchenta de metro sesenta, de senos pequeños y labios carnosos de textura áspera. El pelo caía sobre sus hombros, haciéndole sombra a su cuello espigado de cisne. Entre sus piernas, un triángulo hirsuto de pelos rojizos. Hubo algo que me perturbó en ella, a pesar de ser tan hermosa nadie la quería, la habían creado por encargo, y desde su sindicalización no hubo nadie que se interesara en ella. La razón de este descuido podía ser obvia: había tanta variedad que no había nada que le hiciera destacar del resto, como pasaba con tantas otras; pero también me dio por pensar, luego de topármela varias semanas seguidas, que había algo en ella que no gustaba a los clientes. Estudié con calma su ficha: no había nada extraordinario. Sus pasatiempos eran tocar guitarra y escribir poesía, sexualmente era “desinhibida y abierta”, su carácter “tranquilo y comprensivo”, su nivel intelectual “amplio y en disposición de aprender nuevas cosas”, en resumen, no había nada fuera de orden y tal vez ése era el problema: tanta normalidad espantaba. A mí también, por eso la ignoré. Incluso consultaba el catálogo evadiendo la letra “L” para no encontrarme con ella.

Cuando cumplí cuarenta y dos años comprendí que necesitaba otra cosa. Me había pasado los últimos diez conviviendo con todas las versiones posibles de mujeres. Había sido feliz, dentro de lo que cabe, pero estaba aburrido. Luego de devolver a Karina, una soñadora regordeta, estuve un par de meses sin ganas de conseguirme otra conviviente. Una tarde gris consulté el catálogo y Lilian seguía allí, sin que nadie se interesara en ella. Llamé y la ordené. Pedí que le borraran la memoria.

Siempre me sorprendió la forma en que dos personas intimaban, como podían acoplarse dos personalidades distintas. En el caso de las modelos de Afrodita, estaban entrenadas para facilitar las cosas, los rasgos más conflictivos de sus personalidades afloraban luego de iniciada la relación, al llegar siempre estaban en disposición, se entregaban de inmediato y eran amantes generosas. Cuando Lilian arribó a casa me llamó la atención un cierto miedo que percibí en las primeras horas de estar conmigo.

No la poseí la primera noche, dormimos uno junto al otro, aunque, en realidad, yo dormí poco. A la mañana siguiente preparé desayuno para dos. Los androides se alimentaban de comida sintética, la cual debía facilitarse el cliente para mantener a su modelo. En caso de descuido, si el modelo sufría algún daño permanente o dejaba de funcionar por inanición, el cliente debía pagar una enorme suma de indemnización y se le revocaba la membresía. Mientras comíamos, pensaba que ella me tenía miedo, también pensaba que había perdido toda habilidad de conquista, tanto tiempo sin necesidad de cortejar me habían convertido en un hombre incompetente para tratar con el desánimo y las pocas ganas de una mujer.

Al cuarto día me esperó en el sofá, dispuesta para el amor. Fue un sexo rabioso, sobre todo de parte de ella, que se asía a mí clavándome las uñas en los brazos, rasgándome la piel con el furor de alguien que ejecuta una minuciosa venganza. Al acabar se puso de espaldas a mí, ignorándome por el resto de la noche. Así fue siempre durante nuestros primeros encuentros.

Las cosas mejoraron con los días, ella puso de su parte y se fue haciendo más servicial, tanto en la cama como en la rutina diaria. Al llegar del trabajo, en las tardes, salíamos a caminar por el parque público, íbamos a bailar a los clubes de música tropical o pasábamos horas en los centros multimedia, jugando y haciendo videos. Las conversaciones en la cena eran fascinantes, la sobremesa se extendía hasta la media noche, cuando íbamos al cuarto para amarnos, cada vez con menos rabia, cada día con más ternura y detalle.

Con Lilian pasé la barrera de dos renovaciones. El límite para la tercera renovación nos sorprendió mientras estábamos de viaje, noté una extrañeza en ella cuando la renové por tercera vez, obviamente se había dado cuenta de que me estaba enamorando. Esos últimos tres meses también fueron extraños para mí. Me atormentaba preguntándome cómo había establecido un vínculo tan profundo con una máquina, a veces me calmaba diciéndome que todo era parte de una jugarreta de la conciencia, la edad me estaba pegando y me estaba convirtiendo en una masa sólida que perdía la consistencia, que se ablandaba por tonterías y que confundía un gesto amable, buen  sexo y compañía con amor, como todos los viejos, como mi papá en sus últimos años, enamorándose de cualquiera y hundido en su tristeza. Lo extraño es que ella también atestiguaba una gran incomodidad. Fue como un déjà vu de sus primeros días junto a mí. Volvió a ponerse agresiva en la cama y no siempre estaba en disposición. Una noche me sacó a gritos del cuarto y me obligó a dormir en la sala. Pasamos días sin hablarnos, acabamos con la rutina de cenar juntos, a veces me sorprendía haciendo esfuerzos por retrasarme un poco después del trabajo para no tener que enfrentarla.

Faltando una semana para devolverla pensé que podía ser una estrategia de la empresa. Obvio: Afrodita ha programado a sus modelos para que en el último trimestre hagan insoportable cualquier convivencia, obligando al cliente a desanimarse de la liberación definitiva, sin duda el negocio no se mantendría si los clientes se quedaban con sus ejemplares. Aproveché y se lo pregunté esa noche, ella se quedó callada y se encerró en el cuarto. No me amilané, estaba decidido a conservarla y se lo hice saber al día siguiente. «No importa lo que hagas», le dije, «no te voy a regresar».

El último día llamé a Afrodita y pedí que me alistaran los papeles para la liberación definitiva de mi ginoide. Fui al banco y retiré la cantidad necesaria, tenía ahorrado el dinero suficiente. Salí del banco con la convicción de estar haciendo lo correcto. Cuando llegué me recibió con una frase: «Por favor, devuélveme. No quiero estar contigo para siempre. Además, no puedo».

No había reparado en el cuchillo que estaba en su regazo. Lo tomó y se hizo una leve cortada en el antebrazo, no muy profunda para hacerse daño, pero sí lo suficiente para que brotara una espesa gota de sangre que se derramó por su piel, tiñendo de rojo todas mis esperanzas. Me confesó que se había infiltrado en la empresa luego de descubrir que su ex-esposo la había mandado a replicar. Su ex-marido había devuelto su réplica luego de dos meses, ella pudo remplazarla y sustituirla con la complicidad de varios empleados de la empresa. Esperó durante casi dos años a que alguien la seleccionara, quería comprobar si había algo que la distinguiera de una ginoide, no entendía cómo el hombre al que había amado pudo convivir con una versión mecánica de ella, como si pudieran quitarle el alma y usar sólo su cascarón. Yo traté de razonar, pero fue muy difícil, su confesión me llenó de una profunda vergüenza; también sentí mucha lástima por mí mismo. Lo último que me dijo fue un lamento: «Estando contigo he comprobado que no hay nada especial en mí, por eso no pudiste distinguirme». «Sí lo hice», le respondí, «por eso quiero que te quedes conmigo». Pero fue inútil, con toda la vergüenza revolviéndose en mi estómago, accedí a no renovarla y no decir nada.

A las 10 de la noche, cuando faltaban ocho horas para devolverla, sólo se escuchaba el ruido tenue del tanque de agua, el sonido de la brasa del cigarrillo que fumaba y los ladridos de un perro callejero que llevaba media hora reclamando atención. Lilian fingía estar dormida, yo fingía creerle, y ella fingía no darse cuenta de que la estaba escrutando con la mirada desde que se había volteado y arropado. De la sábana sobresalía su pie desnudo, con las uñas limpias y los dedos en perfecto orden desde el pulgar hasta el meñique. Noches así son el momento perfecto para una confesión incómoda, porque al día siguiente puede uno despertarse y salir a la calle con el desencanto que toda verdad revelada genera en nosotros, pero también con la confianza que nos da el no vivir bajo engaños. Terminé de fumar y me acosté a su lado, la abracé, la volteé hacia mí y la besé suavemente. Luego cerré los ojos y me fui quedando dormido mientras me preguntaba cuántas de las mujeres que había amado eran reales y cuántas sólo eran una creación mecánica.

 

 Del libro: VII Concurso Nacional de cuentos Sacven (Sacven, 2011)

Share Button

Número de lecturas a este post 3829

4.50 avg. rating (90% score) - 4 votes
Etiquetado: , , , ,

Un Comentario a “Afrodita, C.A., de John Manuel Silva”

  1. Es un cuento magnífico que mueve a reflexionar sobre el valor de la naturaleza humana, sus múltiples conflictos, y su dificultad para conseguir el amor. Se resalta la singularidad de la mujer y su importancia para llevar felicidad al hombre, además, se deja claro que nunca podrá ser remplazada, y tampoco que su valor se limite al erotismo. Aunque es un cuento de ciencia-ficción donde la robótica invade todos los ámbitos, especialmente el sexual, se exponen muchos de los problemas existenciales del ser humano.

Deja un comentario