Antier se pudrió Felipe Franco, de Régulo Guerra Salcedo

26/ 08/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

laguna de tacariguaEl saltaperico le reventó la madre, la envenenó, le escoñetó la cría.

Y ella riéndose.

La cría se le salió suavecita, vomitando azul por culpa de las siete putas, las siete plagas que invadieron la Península, maldición capuchina un día, cualquier día a las doce y entonces vino el llanto, la sal en los sentidos y ella riéndose con la piel huyendo y lo mismo la sangre.

El veneno azul –triste azul– le secó los días, le sacó de cuajo la claridad del el amarillo pálido.

Esta tarde la traen si acaso logran que no bote más sangre de la horrible, si acaso Araya tiene agua para lavar ese pecado tan antiguo, si acaso tiene luz.

El saltaperico le vació los ojos al muchacho que pudo haber recorrido el camino hasta Manicuare, los caminos oscuros del pobre Manicuare.

La enterraron y ella riéndose de las siete putas y del hombre sin voz, inútil. Ella le echó la culpa al viento y que la noche la jodía, que el sueño y ese disco y ese hombre.

Esta tarde la traen si acaso a la Polar le pagan treinta bolos o a Juan. El saltaperico tenía uñas y ella nunca soñó con eso. Ella soñó con cubrecamas tejidos de horizontes, pura risa y espuma. Soñaba con el pez que nadaba en su entraña, con muerte no ¡qué bárbara!

Ahora los murciélagos vinieron de La Guaira,  ahora el amor es un sollozo hondo.

Esta tarde la traen si acaso la brisa tiene sueño, si acaso la bahía es un espejo, una sábana azul —tejido de pastillas azules— si acaso las gaviotas no se mueren de angustias o de sed.

Si acaso hay algo de verdad en el perdón de los pecados. Si hay vida perdurable más allá del mar. Si acaso la herida es una garza perdiéndose en aquel lagrimero.

Ya la embarcaron y sigue riéndose la muy bárbara, con la hiel por el suelo de tantos coñazos, dijo Orlando, que me trae las cervezas un poquito calientes.

El saltaperico le dejó frío los ojos verdes y los cabellos amarillos. Los alcatraces andan por Taguapire con el espanto en las plumas. Los zamuros anduvieron planeando, por la escuela, oyendo voces y de repente se fueron al hotel.

Los alcatraces deambulan insomnes.

Dejó una carta metida nadie sabe dónde que dice querido amor las presentes líneas son para decirte que antiernoche me insultó ella. Me escupió la cara y dijo que cuando me matara iba a ir a mi entierro vestida de rojo y bailando la murga. También para decirte que este embarazo me duele mucho y que si acaso me mato me esperes a las seis de la tarde del sábado. Me esperas. No es que te vayas a beber cerveza y no te acuerdes. Yo sé como eres tu cuando te tomas una a que Angito Rodríguez o a que Loña. Después de ahí te vas pa’ rata muerta o pa’ la jungla. Me esperas. Mira que ya compré los saltapericos. También para decirte que me dijeron que iba a ir para allá un autobús con setenta putas jovencitas a conocer el Castillo.

“Y yo sonando que paría en el hotel unos muchachos grandes y tu apagando el aire. El primer golpe lo sentí en el pecho.

Los alcatraces se están comiendo todos los peces muertos de julio-agosto-septiembre”.

Y que dejó otra carta que dice querida y siempre recordada madre antes de todo quiero que me bendigas y más nada. Perdóname lo que hago. Ata mis huesos, madre con cualquier cinta de mariposa, madre mía y las flores del patio que sembré la tarde de mayo, perdón yo sé, tus años los dejaste, tus años se fueron en el trajín ese de cargar los sacos, tantos años y sol y las puntadas y la llaga grande, yo que no supe agradecer el sacrificio de comer agallas, bailar hasta las cinco con ese frío y desnuda huérfana de ti, mi madre sin cansancio. Puedes ponerle luto a la laguna estoy temblando. Él me deja para siempre reventando cohetes en un pueblo sin luz, esas estrellas que veo tan cerca. Ata mis huesos, madre como dice ese disco…

El saltaperico le puso cinta negra a su retrato, le sepultó la angustia, le reventó el deseo pero ella riéndose y el saltaperico le puso cinta negra a su miseria. Querida madre la única solución era acabar, la vida sabe a pólvora y no llueve. A leña seca y humo sabe, yo me acuerdo que usted corría de patio a patio…

Cuando ya la ceniza del último cigarrillo caiga sobre la última bocanada de aliento del hombre que se despertó una madrugada con el sexo muerto y no pudo decir por ejemplo que la tierra de Araya serviría de estandarte.

—Siéntate. Déjame decirte que los ojos pueden ser muchos, pero con tal que vean. Resulta que cuando esa gente llegó yo estaba en el rezo de la hija de Felipe Franco. Yo venía del rezo y se fue la luz. Entonces sentí el ruido de un mosquero, como que las uñas me estuvieran creciendo entre piedras de arena.

Por eso te lo digo, ella anda con las tetas hinchadas y no es por nada pero la han visto saliendo del hotel. Tú sabes cómo es, esos hombres que vienen quieren tener de todo, se les importa poco morir como aquel otro que lo encontraron más tieso que un cuchillo.

Como te iba diciendo se fue la luz, pero cuando el ruido se fue la luz que digo paso un camión de la empresa. Entonces fue cuando los perros me tumbaron y primero yo quería gritar pero comenzaron a pasarme sus lenguas calientes por las piernas y yo las abrí de pendeja y me entro un frio de dientes en la parte y yo dejé que me mordieran, después me ardía y sin poder gritar. Sentía la sangre y voces y gente que corría en la oscuridad, pero los perros no se iban.

Al día siguiente yo estaba muerta y me caminaban por los cabellos los hijos pegajosos de los perros, un montón de hijos ladrando de hambre, sucios. Era verdad, yo estaba muerta porque el sol era frío como huesos y uñas de hombres ciegos. Y en mi parte abierta, que era un tizón ardiendo, comenzaron a tejer las arañas una tela que el viento sacudía.

Felipe Franco llegó cubierto de ceniza y de sed, sin ojos y sin manos. Se estaba bebiendo la cerveza por la nariz y oí que le decían, usted tiene tres días llegando tarde, así que mañana puede ir a mamarse la leche de la laguna.

Y Felipe se quedó tieso y como no tenía manos se puso a llorar por la boca para que le dieran un chance en vigilancia.

¿A quién puedes vigilar tú, Felipe Franco? Tú no tienes ojos y no hay luz, no tienes manos. ¿Entonces, Felipe?

¿Me entierro yo mismo? No tengo manos y no tengo ojos. ¿Me pueden enterrar ustedes?

¿Para qué Felipe? Quédate… Púdrete, que la ley dejará que te pudras, total no tienes ojos y podemos taparte la nariz para que el olor no te llegue al cerebro.

¿Y mis hijos?

A Juan Patiño le quitaron los labios y el cabello. Llegó pidiendo unos diítas.

Tú no tienes labios Juan Patino y cuídate porque mañana a lo mejor te mueres. La gente que no tiene labios, ni tiene lengua, ni tiene voz se muere Juan, se muere cuando sea.

Pero unos diítas. Nada Juan. Si por lo menos tuvieras, qué sé yo, alguna vaina de esa, una constancia.

Beltrán Pereda dijo que Araya tenía pacto con el viento y que la noche estaba enferma de gallos. Beltrán era más loco que Sebastiana. Sebastiana mataba las hormigas con los dientes, amamantaba perros viejos y decía que el sol la emborrachaba.

“Señora Sebastiana perdone las molestias agame el fabor prestame bs 4 es para comprarle comida a los niños es que no tengo nadaquedale de come mañana en loquello balla alabale se lo pago, no tenga desconfainsa es que no tengo nadaquedale, del valle maría”.

Sebastiana iba entonces y le decía un montón de groserías a María del Valle Salmerón. ¿Tú no te acuerdas, Maria Salmerón, cuando tu hermana largó las entrañas en la playa y las entrañas de tu hermana tenían la sal pendeja? ¿Tú no te acuerdas, Chepa, cuando dejaste los talones en la sombra de la culata y aquel sangrero que te ensuciaba por detrás y a nadie le decías nada?

Ojalá te pudras Felipe Franco.

Detrás del Castillo, detrás de las noches con estrellas sin sueño. Ojalá levanten los perros los huesos de las víctimas v los hijos de tus víctimas puedan golpear el viento que seca las pupilas.

Es lo que quiere el pueblo Felipe, lipe, es lo que pretende, que te vuelvas polvo y el viento te lleve y la lluvia. Y la lluvia. ¿Tú no la conociste, verdad? Ahora llueve. Agua sin amarguras, como que uno viniera cayéndose del cielo.

Llueve, Felipe. Ese peregrinaje de las nubes, ese sucesivo quedarse o en donde se le antoja a la penumbra.

Por eso tu pudrición dará lástima, dará dolor, dará cierta vaina que tus manos y tu esperma se vaciaran en el vientre indeciso de la tierra, lipe. Felipe Castillo, lipe lirio sal de la empresa. Por eso en la tumba que te hicieron los que nunca sueñan, sales Felipe y miras que no hay lluvia, que a veces cualquier gota se desmaya y lastima.

Por supuesto que ya tienes unos cuantos días muerto, siempre muerto, sin resurrección posible.

Te saliste del sindicato o te sacaron y saliste diciendo que acatabas unas leyes absurdas, vacías. Lloraste remendando suplicas, así como rezando, como intentando salpicar de lágrimas la red más inmensa, la vida tuya, pura orilla mordida lastimada por colmillos de perros.

Lloraste y ni el polvo, ni el viento pudo condolerse de tu historia. Esa historia que cuenta Sebastiana Pereda cada vez que le cantan los gallos en sus patios distantes. Esa historia que reza Sebastiana Pereda cada día, ese tropel de su memoria absurda. Que antier se pudrió Felipe, lipe-lirio, lirio de no se sabe dónde, lipe-tempestad. Lo dejaron pudrir sin tocarle campanas, sin llorarlo, sin nada y eso que tantas noches y eso que tantos días y eso que tantas horas trabajó por su pueblo, por su fogón, por sus matas enfermas, por tantas cosas…

Lipe nunca tuvo tiempo de pensar en su muerte. A lo mejor creía que era como un escalofrío vertical, como una noche sin las caricias de su pobre mujer de Tacarigua donde nadie quería morirse hasta que no lloviera alguna vez, donde hay un cementerio pobre de muertos pobres y de flores y de gotas de agua y de huellas y de hierbas y de putas y de ladrones y de mármol y de vírgenes y de rezos y esperma y luz y santos y humo y raíces y ceniza y de pájaros.

Nadie quiere morirse porque ama la espuma y el viento helado presagio de garúas, porque esperan alguna retahíla de pétalos, algo asi.

¿Dónde tengo yo los ojos, Sebastiana Pereda?, preguntaba él. Yo tengo los ojos en el pelo, en la raíz del pelo, en la nuca. En el cerebro en las espinas en la voz, Sebastiana porque cuentas las paginas las piedras de la playa y te ríes y tus dientes son blancos y eres bonita. En Guayacán tengo yo los ojos, Sebastiana, en la tierra gris porque eres mala Sebastiana y te ríes de mí porque soy ciego sin saber dónde tengo las pupilas, la niña, las pestañas, las cejas a lo mejor guardadas en el fondo de un cementerio y no veo y no tengo miradas y no hay luz no sé nada no puedo entender por qué soy ciego, por qué te ríes de mí de mis sentidos yo tengo los ojos en el tiempo en la carne en el salitre y por eso te digo te suplico te ruego que no te rías.

Cuenta bien mis años, Sebastiana, las páginas en blanco de mi vida siendo niño jugaba en Guayacán a madurar cerezas muy temprano porque el viento apaga los colores de la tarde y siendo niño todos los pájaros caían con el sol y dormía recostado de los manglares y soñaba con los lirios que llevaban las monjas en las manos y la sangre y los gritos de una mujer enferma de hambre y yo con el susto me despertaba llorando.

Después me vine por las quebradas secas siempre solo, siempre preguntando por mis ojos mis ojos mis ojos sin nadie hasta que me encontré contigo y con Beltrán Pereda y con Juan Patiño y les pregunté dónde estaba y se rieron de mí no tuvieron piedad de mi inocencia.

Cuenta bien esas páginas, esos jazmines de muerto que de nada me valen vela por mí Sebastianita que yo estoy solo en este pueblo donde nadie me quiere, donde el viento se llevó mis ojos para siempre y dónde están nadie sabe, nadie sabrá jamás dónde están presos dónde lloran dónde miran el mismo miserable trayecto.

Ayúdame tú María del Valle que cantas pero tampoco sabes dónde descansan tus ojos. Tú puedes, yo lo sé, lo pienso porque tenemos la misma edad del viento condenado a pasar eternamente hablando del deseo imposible.

Que no me ayude nadie a encontrar los ojos. Nadie. Cuando yo encuentre mis ojos creerán muchos ríos en Guayacán. Voy a correr por las quebradas húmedas va a correr por mis arterias el agua que madura las cerezas, voy a crecer hasta alcanzar el límite. Cuando yo pueda al fin rescatar la mirada quitaré las telarañas que están en los sentidos. Aquí nadie tiene los ojos en su sitio. Todos aquí son ciegos y por eso se ahogan. Yo digo que nadie tiene derecho a robarnos los ojos, la voluntad.

¿Dónde tengo mis ojos, dónde tenemos nosotros los ojos Sebastiana Península?

Felipe nunca tuvo bolas suficientes, las tuvo como humo en los cardones o no las tuvo o volaron con sus sueños a otros lugares distintos del mar de Araya.

O era otra la historia de los miércoles. Esa de que un día, ella no sabía cuál, Felipe se quedó dormido para siempre contando penas y luceros que no salían de noche, que no podían. Y en su sueño lo cubrieron de infamias y mentiras. Felipe se murió de tristeza, se pudrió de nostalgia, se enfermó de silencio, la sed se Ie clavó en el alma, lo ahorcaron, le patearon los sentimientos buenos.

Y en el quicio de su primer amor, del primer asomo del amor, del primer polvo, vinieron las hormigas a llevarse las hojas que cayeron en agosto, los lirios, los abrojos que nacieron lejos de la pila del cementerio, del agua que se murió porque se murieron los demás, los que no tenían porqué morirse siendo machos.

Ese amor del quicio lo grito él muchos años después cuando su mundo se redujo a beberse las lágrimas.

Otra era la historia de los jueves y a lo mejor la misma de los viernes. Los sábados amanecía Felipe preguntando por sus dientes de oro, renegando de Dios y de los santos, pasando frente a la puerta del perdón sin persignarse, diciendo que era enemigo de las falsas raíces porque el hambre trepaba por ellas y que la historia de los pueblos debía ser la historia de cuanta angustia se pega de la piel y que la historia de la hierba que crecía en los pueblos era una historia falsa.

Cualquiera de estos días —repetía sin cansarse— amaneceremos muertos de sed y en los sueños comenzaran a tejer las arañas los gemidos de todos los enfermos que se quejan de frío y fiebre y nauseas porque no hay voluntad.

Los domingos, no se le olvidaba la noche en que estaban —por fin— en la cocina y ella gritó me muero y no se murió porque a casi nadie le gusta morirse. Cuando salieron a la luz, ella tenía un sangrero en las rodillas. Lipe le dijo entonces que él no tenía la culpa de su sangre y ella le dijo que Dios estaba arriba y castigaba con un dedo larguísimo. Yo conozco la profundidad de esos castigos, dijo él.

Ojalá que la sangre de esta noche la lleves para siempre en la conciencia. Las manos de los hombres andan sembrando cruces por el mundo, le dijo Lipe.

Una tarde le pregunto a la arena: ¿el mar tendrá los años que tiene la esperanza? Y otra tarde se le antojo decir en todas las tumbas: aquí descansan muchos deseos absurdos. Sebastiana Pereda ¿son pocos los que se salvan? Porfiad a entrar por una puerta angosta. Muchos procuraran entrar.

Sebastiana, ¿por qué son semejantes las camas vacías y las flores marchitas? No lo sé, Felipe, reparad los lirios del camposanto, como crecen, no trabajan, ni hilan.

Los lirios de este pueblo tienen muchas lombrices, tosen mucho de noche, lloran.

Dejaste aquel vacío en la arena, Felipe Santiago. Dejaste aquella arena sin tus huellas y sin canto a los gallos y sin vuelo a los pájaros, sin epitafio tus historias, dejaste dicho tantas cosas que no pueden oírse, ni decirlas nadie porque le tienen miedo a las palabras.

Dejaste aquel entonces sin mañana, las mañanas sin entonces, las horas sin grillos, el viento con un toque de queda oloroso a disparos.

Dejaste sin sueño a tus hijos, sin dueño al solar que agoniza entre zamuros, sin perdón a tus jefes, sin eco tus denuncias.

Hoy se pudrió Felipe Franco. Nadie ha dicho una sola palabra. Nadie sabe que su hediondez estuvo pegada de los palos desde la noche en que no pudo más mantener los ojos abiertos a las sombras, la noche en que las sombras lo volvieron fantasma, le arrebataron el espíritu, le pusieron a Dios en el chinchorro para que le contara sus pecados. Padre nuestro, ayúdame a morir, ayúdame a bien morir.

Felipe no podía morirse, no quería encontrarse con los falsos profetas. No sabía morirse, no entendía cerrar los ojos.

Desde antier los cerró para abrirlos cuando se encuentre con los terrones de Dorotea, santificados sean sus nombres y bendito es el vientre de la laguna.

Los jefes creen que las vértebras están hechas de viento, y uno no sueña. Para verla cuando ella se despierta y habla y canta a pleno pulmón esas canciones viejas y olvidadas, esas que hablan.

Para abrirlos cuando naciera nuevamente y ver entonces las mismas injusticias sobre su tierra ácida, los meses de octubre con sus estrellas altas y el agua sin querer caer nunca en Tacarigua. La inmensa Tacarigua del llanto por tantas y tan antiguas cucarachas. Déjate luto en las escasas mariposas sin vuelo. En la totalidad de las hojas y a las brasas perdidas más allá de todos los silencios y de todas las ruinas.

Aquí se pudrió un hombre hoy y nadie está rezando porque es mentira la muerte.

¡Aquí se pudrió un hombre! y ¿dónde está la bandera? Aquí se está pudriendo un hombre y mil hombres se pudren en este territorio y donde están las banderas, ¿dónde?

Porelalmadefelipefrancoseofrecenlasalmasbuenas.Quedioslosaquedepenasylodejedescansar.

Desde antier los cerró para abrirlos cuando Dorotea levante su voz más peregrina que pájaro de Araya y viva sin importarle a nadie, a nadie más que a él, fiel a sus recuerdos de noches mejores, a las despedidas, las mañanas sin sed. Para oírla cuando diga: Están seguros, muchos están seguros de la inmortalidad, pero sucede que los pueblos andan vigilantes, escondiendo el llanto cuando se va la sal. Los terrones se fugan y Dorotea de Franco grita a todas horas, furiosa porque una vez le prometieron un montón de ganancias, pero se quedó abriendo y cerrando los ojos, diciendo desgraciados, desgraciados, desgra… la muerte, la otra vida que mientan con sarcasmo los poderosos, tigres, tiburones, trúhanes, torturadores, engañando pero resulta que Dorotea de Franco vive y dijo que nunca se cansará de escupir sobre el engaño.

El segundo hijo de Felipe Franco trajo la razón del camino. Así decía ese que ahora pudre. El canto de la arena. El sueño. Cuentos. Había una vez un pueblo, era una vez el hombre.

Porque la primera hija de Felipe Franco se la ahogaron los perros, se la ahogó el horizonte, en el mismo vientre de su pobre mujer de Tacarigua.

Yo me llamo lambien Felipe Franco y estoy aquí, sin comprender que mi padre sea eso, un pueblo que se pudre hoy, que se pudrió ayer de ayunar los años. Yo no voy a morirme de frío y mis hijos tampoco van a pudrirse asi. ¿Es que los pueblos van a seguir pudriéndose?

 Del libro: Los peces tienen sed (Fondene, 1991)

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