Beruti, de Eduardo Cobos

13/ 02/ 2013 | Categorías: Cuentos

a María Fabiola Álvarez

Nos estábamos quedando en una casa en el Barrio Norte, en la calle Beruti, a dos cuadras de la avenida Santa Fe. Además de nosotros los chilenos, y una pareja de uruguayos, vivían un rengo y una exputa. Ellos eran pareja. Y se querían. Como otras veces, él la había sacado del puterío y todo eso. La relación de ambos se me parecía a una novela de Onetti. Aquella casa la regentaba León, un uruguayo descendiente de armenios, anarquista como sus padres y, tal vez, como sus abuelos. La idea de una Comuna lo seducía, para gobernarla, claro. Para ese fin se había tomado, hacía dos años, la casa donde estábamos. Sin duda la conquista del lugar era uno de los pocos actos heroicos de sus veintidós años, porque hablaba muchísimo del día en que se había apoderado de él. Se le podía seguir la corriente con facilidad, siempre se conversaba de un socialismo no autoritario y toda esa cuestión que uno manejaba con términos grandilocuentes, definitivos. Llegué a esa casa por un amigo chileno que, como yo, trataba de guarecerse del maldito invierno porteño. Una vez instalado, hice correr la noticia rápidamente entre los más cercanos. En unas semanas el sitio fue ocupado poco a poco. Beruti se llenó de nosotros, con nuestra lamentina dictatorial y toda esa mierda. Sin poder evitarlo León ya tenía a siete chilenos por todos lados, hablando desaforadamente un idiolecto incomprensible para él y su pareja de nariz chueca. Nuestras intenciones se encontraban muy lejanas de su pretendida Comuna. Al advertir la invasión, ya era demasiado tarde para echarnos. En Buenos Aires todo el mundo nos tenía compasión por lo que pasaba al otro lado de la cordillera. Nos dejábamos tratar como exiliados o algo parecido, y sacábamos provecho de ello. Me iba, por ejemplo, al centro cultural San Martín donde exhibían películas de algunos cineastas que me interesaban, y me quedaba al lado de la boletería a pedir plata para la entrada. Siempre decía: mire compadre soy chileno y me gustaría ver tal película como lo vas a hacer ahora tú, no quisieras ser solidario conmigo; nadie se negaba, estábamos de moda, y hay que decirlo, despreciaba, siendo que yo era más o menos lo mismo, a esa clase pequeño burguesa porteña.

La relación de la Flaca y el Rengo comenzó a interesarme y me hice medio amigo de ellos. El Rengo sin duda tenía astucia, o por lo menos poseía un sentido del cinismo, que fui aprendiendo a mi pesar, debo decirlo, después y no gracias a él. Se preparaba días antes mirando la prensa, buscando el evento. Cuando había estreno en el Colón se iba con su mejor terno, que de vez en cuando lo llevaba a la tintorería, tarea que hice algunas veces; no le gustaba salir a la calle, le costaba moverse, pero la verdad es que tenía mucha vergüenza; pese a su cinismo la timidez y sus complejos a veces lo dejaban indefenso. Se paraba a la salida del teatro apoyándose en las muletas relucientes, estiraba la mano haciendo un esfuerzo increíble por recoger los australes que le ofrecían. Reunía un dineral en esas incursiones, sin embargo carecía de ambición; salía cada una o dos veces al mes. A mí no me importaba lo que hiciera la gente con sus vidas, por eso tampoco entendía su idea de las cosas, sólo estaba allí como podría haber estado en cualquier otro lugar dejando que todo se desplomara de improviso; desde que había salido de Santiago todo me parecía sin importancia, que de alguna forma algo irremediablemente estaba roto. El Rengo era de ideas fascistas; tenía a su cuesta una militancia en el peronismo de ultraderecha, en sus tiempos, me decía, cuando todavía contaba con las dos piernas, cuando quemaban iglesias y todo se confundía. Pero como ahora, le decía. No se le podía convencer de que el presente era más difícil, o parecido; como siempre. Vivía en el pasado, en el tiempo de sus dos piernas. Me parecía extraño que un mendigo fuera fascista, nunca había conocido a alguien pobre y que creyera en Mussolini, como si todavía el Duce estuviera vivo e increpara a las masas ofendidas. En esos días el equipo de fútbol de Argentina tenía posibilidades en el Mundial. La selección se las tendría que ver con Inglaterra, las expectativas por lo de la Guerra de Las Malvinas se mantenían como una costra dolorosa en la piel y de seguro era algo que cobrarse. Los excombatientes hacían su agosto mostrando calamidades por el Obelisco. Debo decir que todo eso me parecía repugnante, pero sabía cómo habían sido las cosas, gente un poco mayor que yo estaban mutiladas, sólo pensar en los Gurkas daba para tener compasión y miedo. Los locos en la Guerra la habían pasado mal y el Rengo no dejaba de hablar de esa especie de patriotismo. Antes del partido fui invitado varias veces a su maloliente cuarto. En la pared compartían espacio el mismísimo Mussolini, Perón y Maradona con la albiceleste. Uno de esos días me mostró el dinero, dijo por fin cómo lo conseguía. No le creí al principio, pero allí tenía ese manojo de australes para desengañar al más ingenuo. Lo conté porque él lo pidió. Guardáte diez, dijo, vos sos el único que no le causo asco en esta casa. Vos me gustás chileno, decía. La Flaca se acercó besándome en la mejilla. Tomálos, che, no seás imbécil, compráte un poco de marihuana, yo sé cómo les gusta, los he visto fumando, y compráte un poco de comida, estás muy flaco.

El día del partido estuve con ellos. Me mandaron a comprar dos pollos fritos y varias botellas de vino. Nos emborrachamos de pronto y el Rengo quería contarme su historia, a la Flaca no le pareció y se paró para irse. Ella ya había escuchado la historia demasiadas veces, y gritó, cuando salía del cuarto, que el Rengo siempre contaba la misma porquería y que se aprovechaba de mí. Desde la puerta se devolvió a darme un beso, intentó poner sus labios en mi boca, cosa que esquivé pero no mucho. Metió la lengua, me dio un empujón que hizo que cayéramos en la alfombra, insistió lanzándose encima. Me dejé hacer hasta que el Rengo puso orden. Le gritó que me dejara tranquilo, que yo sólo era un pibe, que podría ser su hijo. Ella me pasó una vez más la lengua por la boca, se paró y se fue. El Rengo contó lo suyo: hijo de italianos, sicilianos de Palermo, un apellido Scotado, o algo por el estilo. El padre del Rengo, Anselmo Scotado, era Alcalde de un pueblito. Su familia se había comprometido con el Duce. La Segunda Guerra casi no los había tocado hasta que apresaron unos supuestos comunistas, esperó a que vinieran a buscar a los traidores de la gran utopía fascista. Pero el ejército no aparecía y lo más probable es que no llegara nunca. Scotado se vio en un dilema. Por primera vez tenía el poder en sus manos, sólo quería órdenes para ejecutar a los comunistas. Fue a conversar con el padre Antonio, párroco del pueblo, le dijo que tuviera paciencia, que hablara con los supuestos comunistas, que encontrara pruebas, para ver si realmente lo eran. De nada le sirvió el consejo, siguió con su idea. Y es así que Scotado, un fascista tranquilo, se convirtió en asesino. Incluso en el pelotón estaba disparando él, un tipo tranquilo, que se había apasionado: todos lo hemos hecho alguna vez en la vida, se disculpaba el Rengo. Al llegar los aliados lincharon al Alcalde como a un perro, como a Mussolini, che. La madre llegó a Argentina con sus hijos y porque estaban algunos parientes. El Rengo trabajó desde pequeño en lo que fuera, creció buscando una venganza imprecisa para la muerte de su padre. Se adiestró con paramilitares de no se quién y sin querer estaba acuchillando a gente que sólo había conocido por fotografías inciertas y que volvía a ver en el diario, a los días. Ellos querían acabar con el país, me decía. Pero la venganza lo andaba rondando. Lo agarraron a la salida de la casa y le dieron duro; golpes que todavía recordaba en algunos sueños. Al finalizar le dispararon en la pierna derecha y desde entonces era el Rengo. El partido de fútbol había sido tomado por los argentinos como un ajuste de cuentas, incluso el presidente Alfonsín, decía en el noticiario del mediodía, pero también sin mucho énfasis, que todo sólo era una contienda deportiva, que no debía pasar de ahí. No había remedio, las paredes estaban atiborradas de consignas contra los ingleses y, como buen pueblo vencido, cualquier hazaña después de la derrota es un triunfo incuestionable. En aquellos días se murió Borges, leí en uno de los titulares del diario que se había muerto el Maradona de las letras; así estaban las cosas. La Flaca volvió más borracha a apoderarse de la escena, con botellas de vino debajo del hombro en una bolsa plástica y más comida. Seguimos bebiendo el Termidor de mesa y comiendo como unos cerdos. El famoso partido llegó. El himno argentino y el inglés. Yo a esa altura no me interesaba por lo que estaba pasando, pero la pareja no dejaba de gritar a cada arremetida de los compatriotas. Me fui del cuarto del Rengo y recorrí los pasillos. En el resto de la casa no estaba nadie. Me demoré unos veinte minutos en el baño, de allí se escuchaban los gritos de los edificios cercanos. Al volver seguía el partido en la tele. Argentina había metido un gol con la mano de dios y con Maradona a los ingleses, decía el locutor, que debía pensar por todo el país. El Rengo y la Flaca estaban metidos en la cama contentos y acurrucados. Me ofrecieron un poco más de vino que acepté. Y fue la primera vez que le vi la pierna cortada al Rengo, un pedazo de carne delgada se movía en una de las piernas del calzoncillo. El Rengo se dio cuenta que lo miraba, movió varias veces el muñón. En el centro había unas grietas carnosas que debían ser las cicatrices que terminaban en arrugas, éstas daban al centro de una especie de tronco. Me sentí por primera vez amigo de él, o algo parecido que da la borrachera. Empezaron a gemir detrás de mí, sin importarles que yo estuviera y que Argentina definitivamente venciera a los ingleses. Apagué el televisor, agarré una botella de vino sin abrir y cerré la puerta con cuidado, como si estuvieran durmiendo. Cuando se acabó el Termidor, me fui por las calles camino al río de La Plata esquivando la celebración del triunfo.

Del libro: Pequeños infectos (Fundarte, 2005)

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