Cabilla, de Carlos Patiño

26/ 04/ 2014 | Categorías: Cuentos, Destacado

Desde 2005, más de 300 personas fueron asesinadas por conflictos relacionados con violencia intersindical

Informe de Derechos Humanos en Venezuela de la ONG PROVEA

 

cabillas«Este juego es una mierda», digo no muy convencido. En verdad estoy nervioso, quiero irme. Que si Rincón metió jonrón, que Cheo es tremendo short stop. Qué me importa si están a punto de matarme.

Tengo que escapar del estadio. Tres matones del SUTRA me vigilan. Me di cuenta en el segundo inning, cuando poncharon a los Tigres y los tipos ni se inmutaron. Solo veían a su «encargo». Solo me miraban a mí.

Me entran unas ganas terribles de orinar. Me levanto para ir al baño y pensar qué hacer pero qué va, los tipos están cerca de la entrada.

Llamo a Pérez y no atiende el celular. «Cuídate» me dijo ayer. Le dejo un mensaje pidiéndole que me busque en carro. Cuando creamos el SINTRA jamás pensamos que ayudar a la gente pesara tanto.

El estadio está lleno. Me siento de nuevo y le agarro la mano a mi esposa. Disimulo mirando un juego que ya no entiendo. Si eres sindicalista tienes que enfrentar al poder económico. Pero si eres sindicalista del sector público es mucho peor: al económico se suma el poder político.

Pérez y Armando estuvieron conmigo desde el principio. Pérez dice que soy el cerebro del SINTRA. Yo creo que él es el corazón. En una organización no todo es la estrategia, hay que ejecutar las ideas sorteando imposibles.

Pérez puede reunir trescientos trabajadores en veinte minutos sin que el patrono se dé cuenta.

Armando, en cambio, siempre fue el más impulsivo, que, aunque de pocas ideas, cumplía con las tareas necesarias del sindicato.

Pérez y Armando son completamente distintos, aquél siempre anda de punta en blanco, con chaqueta y zapatos de suela, el otro, más joven, le gusta andar de jeans y franela.

Si bien yo era el moderado del grupo, el equilibrio y la diversidad de agremiados se lograba con las distintas visiones políticas de Armando y Pérez. El primero era un militante convencido del gobierno revolucionario. El segundo, un opositor radical.

Al principio tuve miedo. Pero con el tiempo mi cuero se curtió de vivir con esta adrenalina perenne. Aún no había iniciado la cabilla.

Nuestra lucha se centraba en el contrato colectivo. El nuestro tenía diez años vencido luego de que despidieron a los dirigentes del antiguo sindicato por cerrar con candado el instituto. El Ministro los mandó a botar y todavía están demandando.

Aun así, decidimos fundar el SINTRA.

Recogimos las firmas en secreto. El Ministerio del Trabajo nos regresó cuatro veces el proyecto de sindicato hasta que no tuvo otra opción que registrarnos. Al mes siguiente presentamos el nuevo contrato para discutirlo con el patrono. Logramos el respaldo de la mayoría absoluta de los trabajadores.

Las discusiones fueron difíciles, en este país si defiendes una cláusula, si no aceptas la desmejora de un beneficio laboral, te acusan de enemigo del gobierno, de subversivo.

De unas reuniones al principio conciliatorias, la discusión derivó en insultos y pretensiones regresivas. «No hay recursos», eran las palabras favoritas del patrono. Entonces venía la bronca. A los empleados públicos no nos caen a coba, somos testigos impotentes de la corrupción voraz como el óxido, que de a poco pero sin pausa se come nuestras instituciones.

Solo hay real pa’ lo que les conviene.

Así llegó el día tan temido. Luego de cuatro meses, el Ministro decidió suspender las discusiones del contrato colectivo por un supuesto recorte presupuestario y no sé qué guerra económica.

Teníamos que reaccionar. Los trabajadores nos presionaban, los reales no alcanzaban y nosotros éramos su esperanza. Para ellos todo se reducía a buscar culpables. Si pagaban era gracias al Ministro, si no, era culpa del sindicato.

«Nos jodieron, Presidente…», se lamentaba Pérez.

«Tranquilo, hermano», le calmaba. «Para cada truco hay un retruco».

Repartimos volantes, hicimos asambleas, empapelamos el instituto con pancartas y nada. Presentamos un pliego conflictivo con intención de ir a la huelga y el Ministerio del Trabajo lo rechazó por razones inverosímiles. Desde el paro de los petroleros, el Gobierno no admite huelgas en el sector público. Si haces una huelga ilegal, vas preso o te militarizan la vaina.

Decidimos intentar otra ofensiva.

La acción consistía en hacer una protesta sorpresiva trancando la calle frente al instituto el siguiente lunes al mediodía. Lo que más disgustaba al Ministro era una acción mediática y además justificada. Pérez se encargaría de los cauchos, el kerosene, la candela; yo, de dirigir la protesta con el megáfono y Armando buscaría la gente y la prensa.

A las once y media todo estaba listo. Pérez y yo en la calle y Armando entrando al instituto para traer a los trabajadores. La avenida era una fila infernal de carros, como todas las calles y autopistas de Caracas al mediodía.

Al trancar la vía, crearíamos un caos suficiente para llamar la atención del país y del Ministro.

A las doce y cuarto nadie se había acercado, empezamos a preocuparnos. Llamamos a Armando, no respondía. Aparecieron tres patrullas de la policía y rodearon el sitio. Los trabajadores que estaban cerca se espantaron. El patrono había descubierto el plan.

«¡Corra, Presidente!», me gritó Pérez desesperado.

Armando nos había vendido. Sabíamos de su afinidad con el gobierno, pero era de confianza, nuestra lucha no era política y él lo sabía. Le había revelado el plan a la gente del Ministro, quien calificó nuestra frustrada acción de guarimba, y a cambio lo financiaron para que asumiera el liderazgo de un sindicato paralelo, el SUTRA.

Ahí comenzó nuestra cabilla.

La cabilla es la guerra entre dos sindicatos. Hace unos años, en la Zona del Hierro, hubo un enfrentamiento entre dos sindicatos de la construcción por el dominio del portón de una obra para controlar el ingreso a los puestos de trabajo vacantes. Tres obreros fueron asesinados, atravesados con cabillas por el cuello, los ojos, el estómago.

De ahí el nombre de una guerra sin tregua de la que nadie se ocupa.

Aquí en Caracas la cosa es diferente, las cabillas se resuelven a tiros. Armando inició la cabilla porque quería ser el presidente de su propio sindicato bajo la sombra del Ministro, y así escalar en la política. Incluso a costa de los trabajadores y sus compañeros.

El Ministro buscó dividirnos con el fin de evitar una confrontación masiva con los trabajadores. Así no tendría que justificar el destino de los fondos destinados a la convención colectiva y que de súbito desaparecieron.

Fue lamentable, pero muchos trabajadores tomaron partido por el SUTRA. Sin embargo, la mayoría seguía con nosotros a pesar del despido de varios militantes. Si organizábamos una protesta, los esbirros del SUTRA delataban a los participantes y el patrono los ponía en su lista negra o enviaban grupos de choque para intimidarlos. Si denunciábamos en prensa, salían al día siguiente a descalificarnos y defender al Ministro.

El instituto financiaba al sindicato patronal de Armando y éste le cumplía haciéndole el trabajo sucio. Era el cazador con sus perros de presa.

Hasta el día en que Armando y yo nos cruzamos en la calle.

Fue una mañana, a la salida del metro, a unas tres cuadras del instituto. Nos vimos de frente y me esquivó como si no me hubiera visto.

—¡Dame la cara, cobarde!

—Respeta mi decisión.

—¿Tú me pides respeto, traidor? ¡Sé hombre y dime por qué nos vendiste!

—¡No me grites, pana! Además, a mí me convenía…

Le di una patada en la boca y lo mandé al piso. Se tapó el rostro con las dos manos. Aun así no pudo contener la hemorragia. Perdí el control.

Me le tiré encima y comencé a pegarle en la cara. No sentía los puños, era como golpear el aire. La gente que salía del metro nos rodeó. Armando respondió con una patada desde el suelo que me dio en el estómago. El golpe fue duro, pero a esa altura nada me paraba. La calle se llenó de improviso. Lo agarré por el cuello mientras le mentaba la madre y me sorprendió con un puñetazo en la nariz.

Varias personas me tomaron por la espalda separándome de Armando no sin antes patearle la cabeza por última vez. Lo levantaron a duras penas entre una joven y un obrero del instituto que lo reconoció. Estaba bañado en sangre. Aturdido, pedía que lo llevaran a una clínica mientras la mujer que lo acompañaba pedía auxilio. Como pude me perdí antes de que llegara la policía.

La nariz me sangraba manchando mi camisa a cuadros.

Con Armando fuera del camino, reanudamos la presión de calle, logrando que el patrono continuara la discusión del contrato colectivo.

Decidimos dar una rueda de prensa frente a la Asamblea Nacional donde anunciamos el inicio de una huelga de hambre. El impacto ante la opinión pública fue mayor de lo esperado y los obligó a negociar con nosotros.

Al poco tiempo se firmó el contrato y los sindicalistas fuimos los héroes de la partida por unos días, hasta que la gente se gastó el «bono compensatorio» y olvidó nuestra lucha gracias al retraso de una quincena que el sindicato «tuvo la culpa» de no evitar. Igual seguimos trabajando… Pero el SUTRA siguió jodiendo.

Lo último que supe es que tengo una denuncia en fiscalía por la paliza que le metí al cabrón de Armando.

Total, ellos saben que eso a mí no me detiene.

Mi mujer pregunta si me siento bien y me trae de vuelta al beisbol del domingo por la tarde. Realmente quiero que el juego no acabe nunca. La dejo a la altura del séptimo con la excusa de buscar unas cervezas. «Ya vengo, flaca». Pura paja. Con los matones del SUTRA siguiéndome no creo que regrese. Aprovecho el alboroto luego de un triple con carrera y comienzo a bajar las gradas. No miro hacia atrás como si eso evitara que los tipos me vean.

Los pasillos están solos, me siguen. Corro al estacionamiento rogando que Pérez haya llegado.

«¡El Chevroletde Pérez!»

Se me olvida el cansancio, las náuseas, las ganas de mear. Falta poco. Espero que haya traído el hierro. Yo nunca he tenido uno y me arrepiento. Mañana me lo compro, lo juro.

Parece que Pérez se durmió esperándome…

«¡Mierda, lo mataron…!»

¡Maldita sea! Pérez está inerte, reclinado en el asiento del carro con un tiro en el pecho.

Me volteo arrecho y sin miedo. Los tipos están cerca. Hampa común, dirán mañana. Me acerco a ellos asumiendo mi destino, viendo a la cara del que saca la pistola.

«¡Dispara ya, coño e’ tu madre!» le grito y cierro los ojos.

 

Del libro: Te Mataré Dos Veces (Eeditorial Ígneo, 2014)

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