Camila y los seres de la noche, de Carlos Villarino

06/ 03/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado
“¿Vale la pena vivir si no puedes entrar en el juego del apareamiento?” escuchó decir al narrador de televisión mientras la pantalla proyectaba imágenes de canguros tirados en los suelos de la planicie, sumisos, humillados, aceptando la derrota tras una feroz pelea. Machos que apostaron en el juego del apareamiento y perdieron en el intento. Uno más entre tantos otros era aquel documental de la televisora nacional, en el que se refugiaba esa larga noche, uno más, nada especial ni novedoso, las mismas insólitas tomas en la madriguera de una familia de ratones campestres, los mismos ángulos imposibles siguiendo el trepidante correr de un guepardo en la llanura africana, las inusitadas formas alienígenas que habitan en lo profundo del abismo marino. Otro de tantos registros que congelan para las generaciones futuras el recuerdo de las bestias, hermosas y horrendas, que han ido desapareciendo progresivamente de la faz de la tierra. Nada nuevo, nada que no haya visto antes en aquel u otro canal privado, no obstante, aquella frase inocente, colocada por el guionista en el libreto del narrador sólo para reducir el tedio de las imágenes, lo arrancó de golpe de su letargo insomne y lo proyectó hasta el filo del precipicio de la reflexión.

Se preguntaba cómo había llegado hasta allí, dos metros bajo tierra aquella cámaravoyeur para captar el instante preciso en que los testículos del ratón campestre se hinchan dos veces su tamaño natural para inyectar cientos de mililitros de testosterona en su sangre, obnubilando la visión de aquel minúsculo animal que en ese momento sólo piensa, si es que piensa, en aparearse. ¿Cómo, cómo llegó hasta allí el ojo fisgón del etólogo interesado hasta en el más mínimo detalle del comportamiento sexual de ese Don Juan del bosque? ¿Quién vela por el legítimo derecho de aquel león africano de que no se revelen sus dos días incesantes de copulación felina? Es increíble que con la mirada atenta en sus receptores de televisión, miles de millones de personas no se hagan exactamente la misma pregunta: “¿Vale la pena vivir si no puedes entrar en el juego del apareamiento?”

La noche ha sido larga y tranquila, el pequeño aparato de televisión apenas si puede proyectar con dificultad la señal que le llega desde los confines de la ionosfera. La oficina es un amplio salón acondicionado para hacer las veces de un despacho, dos hileras de archivadores rebosan de expedientes a la espera de un procedimiento de investigación, tres escritorios de dispar tamaño y diseño acumulan otro tanto de documentos y evidencias sumariales. Cinco máquinas de escribir, una de ellas todavía en servicio activo, dos ordenadores cuyo cerebro data del neolítico informático arrojan la tenue luz de sus monitores. Junto al televisor destacan un teléfono móvil celular de última generación y una pistola Glock, austriaca, calibre 9 milímetros. Fuera de su funda impresiona su delicado y elegante diseño, novecientos cinco gramos de polímero y quince mortíferas balas reposan en silencio. Detrás del televisor, un mapa de la ciudad atravesado por banderines, notas y fotos, permite tener una idea de cómo marchan los casos más importantes. Afuera, violines cartilaginosos componen una melodía monocorde, miles de grillos frotan sus patas desde el fondo de los tiempos.

El silencio superficial de la noche esconde una dinámica profunda. Hacia la media noche la ciudad está encendida de extremo a extremo, una frenética actividad se está llevando a cabo en los sótanos de los clubes, los hospitales, los salones de baile, la medicatura forense, los cibercafé, las funerarias, las discotecas, los cementerios. Sucesiva y simultáneamente, telúricos movimientos sacuden el lecho ocasional o permanente en el que los amantes se dan encuentro. Por los cuatro puntos cardinales la lava ardiente del deseo mueve la tectónica de placas del inconciente colectivo, que estalla en erupciones de semen, sudor y sangre. Son los seres de la oscuridad que cada noche se despojan de su piel diurna para deslizarse por el asfalto capitalino, reptando por entre calles y avenidas, destilando feromonas e inyectado su veneno. Son los seres de la noche, esos que a la luz del día se esconden bajo la piel de un pastor de iglesia, una secretaria, un padre de familia, un estudiante universitario o una niña de su casa.

Mantiene los ojos fijos en la pantalla del televisor, una columna de humo se levanta desde la punta del cigarrillo que se consume con cada nueva bocanada. En la zona de combustión del cigarro, allí y sólo allí, la temperatura alcanza los seiscientos grados centígrados, el resto del cuerpo permanece entumecido por el frío. Harto ya de ver al ratón campestre ir de madriguera en madriguera repartiendo sus semillas, decide acudir a un llamado natural que hace horas que reclama su atención. Semidormido, semidespierto, en el umbral de la ensoñación todavía le queda energía para preguntarse ¿cuándo fue la última vez que se le hincharon las pelotas hasta reventar de deseo, cuándo fue la última vez que entró en el juego del apareamiento y salió ganando? El hilo amarillento de secreciones salinas que se precipita hasta el retrete genera un sonido inconfundible. Todos los sonidos de la noche se magnifican y transforman espectralmente, el desagüe, suena como un eructo. La cuestión en juego —se dice— no es cuándo fue la última vez que te apareaste, sino, esa es la cuestión real, ¿cuándo fue la última vez que jugaste el juego de la seducción y saliste ganando?

No tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre esta pregunta porque una llamada telefónica lo sustrajo de sus pensamientos y condenó irremediablemente lo que prometía ser una guardia tranquila. Una vez más los seres de la noche se han cobrado otro tributo, ha sido derramada la sangre sobre el altar y ahora hay que levantar los cuerpos. Toma de la mesa su teléfono móvil celular, enfunda su Glock, precavidamente verifica que las otras dos cacerinas estén en el chaleco antibalas y mientras se dirige a la salida, despierta a su compañero de guardia con una palmada en el hombro. Se percata de que no ha apagado el televisor y echa una última mirada a la pantalla. Las franjas multicolores indican el cese de transmisiones por el día de hoy.

Se da inicio al ceremonial de la División Contra Homicidios, hacer acto presencial en la escena del crimen, recolectar la evidencia, realizar las pruebas dactilográficas y de balística si fuera necesario, interrogar a todo posible testigo o sospechoso. Misma rutina cientos de veces reiterada en momentos y lugares diferentes de la ciudad. La única satisfacción del trabajo, más allá de uno que otro enfrentamiento ocasional con el homicida, es la reconstrucción del crimen, urdir la trama de los hechos. La elaboración del informe, que prepara con especial esmero, revive por instantes una antigua pasión por la escritura. La elaboración del informe es la oportunidad propicia para la exposición de una realidad tan radicalmente cruel, que preferimos consolarnos con la creencia de que tales relatos, tales testimonios, no son más que obras de ficción. Pero él sabe que no es así, que la imaginación del escritor es siempre estéril comparada con la imaginación de los seres que hormiguean en la oscuridad, ellos, que operan noche a noche el eterno ritual de semen, sudor y sangre.

La patrulla avanza sin prisa hacia el lugar de los hechos, nadie tiene urgencia en llegar, él menos todavía, prefiere mantener sus pensamientos alejados del trabajo hasta el último momento. Se conforma con mirar a través de la ventanilla lo que ocurre en el furor de la noche. Noctívagos, hurgan entre los desechos de basura buscando tesoros de latón y aluminio, quizá también un poco de alimento en descomposición temprana. A lo lejos, una rubia de piel canela exhibe sus rojos ligueros y camina desenfadada por la avenida, algún vehículo se detiene para acordar el precio del servicio, quizá es demasiado costoso, quizá a ella no le convence el cliente, el conductor avanza solo y ella sigue paseándose serena por la acera. Cuando finalmente pasan a su lado, puede constatar que carece de caderas y que la espalda amplia como la de un nadador hace juego perfecto con el bulto apretado que hay entre sus piernas.

No todos los que transitan en la oscuridad de la noche pertenecen a ésta, los seres de la noche no son simples personas que por error se han salido de sus cálidas camas. Los seres de la noche, son aquellos que se alimentan en la penumbra y han aguzado sus sentidos más allá de cualquier límite, siendo capaces de oler a kilómetros a otros de su especie. Se reconocen entre sí por las feromonas que destilan a su paso, beben las secreciones corporales de sus víctimas y se aglomeran entre las grietas de la ciudad, donde celebran orgiásticos las milenarias fiestas del dios Baco. Ocasionalmente matan a los que consideran turistas, animales diurnos que por capricho personal invaden su territorio. Durante años él ha sido un turista de la noche, jamás ha podido entrar plenamente a la profundidad de las cavernas, jamás ha podido entender la tectónica de placas que mueve el inconsciente colectivo, el magma lascivo que sacude secretamente al mundo.

Hasta este mes trabaja en la División Contra Homicidios, pedirá traslado a otra dependencia, ya no soporta el olor a placenta fresca cada vez que descubre un nonato envuelto en papel periódico o tener que tomar miles de contradictorias declaraciones de quienes habiendo visto todo, no recuerdan o no quieren recordar nada de lo que les pueda ser útil en la resolución de un caso. Como si llevara esferas de plomo en la sangre siente su cuerpo más pesado que nunca, se entierra en el asiento de la patrulla y cierra los ojos para no seguir viendo lo que ocurre a su alrededor. El oficial que conduce el vehículo lo ve condescendientemente, y aunque la autopista está desolada, disminuye la velocidad, dándole así unos minutos adicionales al detective para que repose en el asiento contiguo. La patrulla avanza sin prisa hacia el lugar de los hechos, nadie tiene urgencia en llegar.

 

El mullido follaje arropa en la penumbra el suelo de la selva, pese al intenso sol que reina sobre las copas de los árboles, bajo sus ramas el clima desciende a temperaturas templadas. Inmóvil, la selva parece estar a la expectativa de acontecimientos dramáticos, nada se mueve bajo el ramaje, una alfombra de hojas muertas recubre la superficie. El sonido de pisadas sobre la hojarasca rompe el denso silencio. Avanza a paso firme entre las palmas, el pecho magnificado por el chaleco antibalas delata una respiración acelerada, en la cintura reposa la Glock lista para fulminar lo que sea que se esconde en la espesura. Profusas gotas caen de su frente, es un sudor gélido, lleno de temor, toda su confianza está cifrada en el cañón de su pistola y en su habilidad para penetrar el cuerpo hostil con certeros proyectiles. Maullidos se dejan oír claramente conforme se aproxima a unas bestias felinas que retozan a pocos metros. Juguetean entre sí lamiéndose los rostros, mordisqueando sus orejas y frotándose contra sus cuerpos. Tres cuerpos curvos y estilizados se entrelazan en una danza hormonal. Hace rato que las bestias han notado la presencia del observador, sin embargo, continúan inconmovibles ante el intruso, ocasionalmente le lanzan miradas penetrantes, hipnóticas pupilas verticales cuya elipse resulta misteriosa y embrujadora. También le muestran sus afilados colmillos en una mueca que no sabe cómo interpretar. Su mirada permanece fija en una pantera de color pardo que parece gozar a plenitud aquel restriego. No puede dejar de mirar el espectáculo zoofílico, se debate entre el asco y la excitación, el morbo se agita en su pecho y su mente combate la testosterona que irriga todo su cuerpo. Un ratón campestre cruza veloz por su mente. La pantera se incorpora, balancea la larga cola, lo mide con la mirada, asume posición de ataque e inicia una carrera a toda velocidad en su persecución. Él, desenfunda apresuradamente la nueve milímetros, la empuña con ambas manos y aprieta el gatillo, un proyectil incandescente como un sol se desliza dentro del cañón de la pistola, derritiéndola por completo a su paso, el fogonazo de la detonación funde el propio proyectil en un líquido viscoso que finalmente sale goteando de la punta flácida del cañón. Incapaz de penetrar en el cuerpo hostil que se le abalanza, se entrega resignado a su destino.

El tiempo de los sueños es inconmensurablemente infinito con relación al tiempo de la vigilia, una vida entera puede transcurrir en un sueño, porque el tiempo es una cuestión discursiva y sólo se da en el discurrir de la narración, milenios pueden quedar comprimidos en una estrofa o un minuto se puede dilatar en la más larga y tediosa de las descripciones. No es la narración la que transcurre en el tiempo sino éste el que se despliega dentro de ella.

 

Abre los ojos mientras su mente calibra las coordenadas espacio—temporales en las que se encuentra, al instante reconoce la ciudad, la patrulla, la situación. Van camino al lugar de los hechos, están próximos a llegar. Se reincorpora en el asiento asumiendo una posición más digna de su rango, ajusta la pistola dentro de la funda y se prepara para entrar en acción. Se estacionan frente a un hotel, hay cierta agitación en el vestíbulo, ya han llegado los bomberos y un equipo de reporteros gráficos. El encargado del hotel los intercepta atropellando frases y oraciones unas sobre otras, la hiperbólica gesticulación y la histérica descripción hacen que se le despierte un inesperado dolor de cabeza. Levanta la mano derecha, y con la palma abierta hace un gesto en señal de que se calle, el encargado entiende de inmediato el significado amenazante de esa palma abierta y se limita a decir el número de la habitación en la que han ocurrido los hechos. Los tres, el detective, el oficial y el encargado, caminan por el vestíbulo hasta llegar a los ascensores, esperan unos segundos hasta que el aparato abre sus puertas, y una vez adentro el oficial corta el paso del encargado del hotel, indicándole que hasta allí llega su compañía. Aguardan en silencio los dos hombres, el detective ve la hora en su reloj y se percata de que son las dos de la mañana, si se apresura, podrá dormir un rato con su mujer antes de que al amanecer se marche para el trabajo.

Irritado, constata por los sonidos característicos que se escapan por la rendija inferior de las puertas, que no han desalojado el hotel y que detrás de las paredes todavía se libran obscenas batallas. Se gira hacia el oficial y da la orden de evacuación inmediata del edificio. Finalmente, la puerta entreabierta de la suite 405 deja ver el movimiento ajetreado de los fotógrafos forenses, capturando todos los detalles de la escena. Otro oficial se acerca para ponerlo al tanto de la situación.

En el cuarto principal se encuentra el cuerpo sin vida de un hombre de cuarenta y cinco años con los pantalones caídos a la altura de las rodillas, presenta heridas a lo largo de toda la espalada causadas por un objeto punzopenetrante. Una mujer, de aproximadamente treinta y dos años, fue llevada de emergencia por el personal de paramédicos al hospital, al presentar politraumatismos y fracturas en el rostro. El encargado del hotel refirió que una mujer desnuda, salpicada de sangre, apareció en el lobby y se desmayó sobre la alfombra. Actualmente la mujer es atendida por el psicólogo forense. En el cuarto, además del cuerpo del occiso, fueron encontrados los documentos de identificación de los involucrados, de donde se pudo constatar que la víctima es el esposo de la mujer encontrada en el lobby, también se tiene la identificación completa de la mujer que fue llevada de emergencia al hospital y se está tratando de establecer su relación con la pareja. Uno de los espejos de la habitación se encontró partido en pedazos. En los puños del hombre se detectaron manchas de sangre sin evidencia aparente de heridas. Hay sangre por toda la cama, huellas de pisadas hasta la entrada de la habitación y salpicaduras en la manilla de la puerta. El peritaje determinará a quién —además del cadáver— pertenece la sangre.

El interrogatorio inicial a los empleados revela que una pareja de mujeres se registró en la habitación 405 a las diez y media de la noche. Treinta minutos después la pareja solicita un servicio de bebidas a la recepción y el licor es requerido al coffee bar del hotel. A las once y cuarto aparece un hombre de tez clara y estatura promedio solicitando saber dónde se encuentra alojada su esposa, muestra su identificación, y el empleado al verificar la correspondencia de apellidos le indica el número de habitación. El recién llegado instó al recepcionista a que no se molestase en anunciarlo, porque lo estaban esperando. El encargado de la recepción refirió no haber puesto mayores reparos, ya que, además de que la discreción y privacidad forman parte de la cultura de servicio del hotel, también es práctica frecuente la pernocta de parejas o tríos en el recinto. “De hecho, -refiere el empleado de la recepción- otras dos mujeres y un hombre se alojaron en la suite 404 apenas un hora antes y entregaron las llaves de la habitación sin mayor novedad poco después de la media noche”. A las once y treinta el camarero toca la puerta de la habitación 405 para hacer entrega del servicio, no obstante, a pesar de su insistencia nadie salió a recibir el pedido. Al interrogar al camarero, éste refirió escuchar unos gritos dentro del cuarto. En otras circunstancias le hubiese llamado la atención ese hecho, pero esos alborotos generalmente no son más que la escenificación de alguna fantasía sexual de los clientes, y es política del hotel no molestar a los huéspedes si se sospecha que están ocupados en alguna faena privada. A las doce y media de la noche aparece en el lobby del hotel la esposa de la víctima, completamente desnuda, empuñando un trozo de vidrio.

El dolor de cabeza se intensifica mientras escucha el reporte del oficial, quien ha hecho un excelente resumen de la evidencia parcial sobre el caso. De momento parece claro el qué de la situación, lo que está por dilucidarse es el cómo y el por qué de los sucesos acaecidos. Así que mentalmente, mientras pasea el lugar de los hechos, procede a hacerse una serie de preguntas y a aventurar posibles respuestas. Primero, ¿por qué el esposo llegó cuarenta minutos después que las dos mujeres se hospedaran? Pudo haberse retrasado por cualquier motivo, además, una tardanza de media hora no resulta nada extraño en este país, así que no parece relevante la diferencia de horarios. Segundo, ¿por qué el hombre no sabía la habitación en la que se registraron su mujer y la acompañante? Si él no sabía el número del cuarto es porque no existía ningún acuerdo de verse en ese hotel, así que el marido con seguridad estaba siguiendo a su esposa y quería sorprenderla, eso explicaría su insistencia en que el recepcionista no anunciara su llegada. Tercero, entre el momento en que llegó el esposo y el momento en que el camarero tocó a la puerta, habrán transcurrido unos quince minutos, es probable entonces que las dos mujeres abrieran sin sospechar, pensando que era el servicio de bebida.

Con la punta de un bolígrafo levanta la mano occisa y fija su mirada en las manchas de sangre de los nudillos, recuerda que el oficial le indicó que la otra mujer presentaba severas heridas en la cara. Aunque hay que esperar el peritaje, no parece haber duda alguna de que la víctima fue también el victimario de la segunda mujer. La visita no pretendía ser amistosa. Los pantalones a la altura de las rodillas sugieren que el hombre tuvo tiempo suficiente para obrar un último ultraje. Observa detenidamente el espejo fracturado, hay una zona de impacto que corresponde aproximadamente a la de una espalda menuda, el fragmento de espejo —empuñado por la esposa en el lobby del hotel— habla por sí mismo.

El yugo que une a los conyugues no subyuga en lo absoluto el fervor de los deseos, menos aún el objeto a ser deseado. Aquellas dos habitantes de la isla de Lesbos se daban encuentro en ese cuarto de hotel para recrear los versos de la bella Safo. ¿Quién sabe cuántas veces las amantes habrán cruzado el mar Egeo para unirse en un húmedo abrazo, pubis contra pubis, y compensar así el sufrimiento de una vida a la sombra, de un amor furtivo que a los ojos de familiares y amigos sólo podría pasar por una firme amistad?

Por lo que resta de noche no hay más nada que hacer, ese violento encuentro forma parte del eterno ritual de semen, sudor y sangre. Da la autorización para que se lleven el cadáver a la medicatura forense, ordena el traslado de la mujer a la comisaría para dar inicio al expediente inculpatorio, y dispone que sea clausurado el cuarto piso del hotel mientras duren las experticias. Observa su reloj, son las tres y media de la madrugada y la ciudad no descansa, restan todavía algunas horas antes de que el sol de la mañana repliegue a los ejércitos de la oscuridad, los seres de la noche que todavía se mueven de extremo a extremo de la urbe. Sube a la patrulla y da instrucciones al oficial de que lo deje en su casa, pretende estrecharse a su esposa antes de que llegue el amanecer.

Una vez en su casa, la abraza tomando con delicadeza su seno, ella aprieta la mano contra su pecho y murmura alguna frase afectiva mientras él termina de plegarse a su cuerpo. Una tímida erección va adquiriendo fuerza. Procurando activar el mecanismo reflejo de la excitación, acaricia con movimientos circulares el pecho de Camila y lame febril su nuca. Camila responde con desgano los avances de su marido, se voltea y deja que su lengua se introduzca dentro de la boca y que su dedo escarbe debajo del pijama buscando el clítoris dormido. A pesar de que Camila hace horas que debe reposar cálidamente sobre su cama, en ese momento parece abatida por el cansancio, como si la embestida amorosa del esposo significara un esfuerzo adicional.

Con movimientos seguros voltea el cuerpo de Camila y tomándola por la cintura la coloca boca abajo. Ella, con las rodillas incrustadas en el colchón y la cabeza posada sobre la almohada, le expone sus glúteos firmes y torneados sin el más mínimo rastro de imperfección. Es un magnifico espectáculo el que Camila le entrega a su esposo. Con ambas manos, abre el pliegue formado por las nalgas y descubre ante sus ojos las cavidades profundas de su mujer. Dos abismos carnosos le hacen sentir un intenso vértigo, como si temiera perderse para siempre dentro aquellos orificios, en las profundidades secretas donde se ocultan los eternos misterios de la humanidad. Desde su ángulo de visión, el ano se le enfrenta mórbido y compacto, negro como el averno marino, más abajo, rojiza y viscosa se expande la vulva en pliegues ondulados. Debe tomar una decisión, apuntar al objetivo correcto y con certeros proyectiles de semen penetrar en el cuerpo hostil.

Él no sabe que Camila tiene su mente ocupada en los recuerdos, en el rito iniciático que había tenido lugar esa noche. Mientras él soportaba entumecido las primeras horas de frío frente al televisor, Camila tomaba unas cervezas con su mejor amiga en el Baco coffee bar. Allí, entre luces estroboscópicas, las imágenes superpuestas de cuerpos sudorosos y danzantes embriagaban a Camila en un insólito estado de excitación, en medio de la pista de baile sentía como si, pedazo a pedazo, una antigua y gastada piel se le fuese desprendiendo. La música del Deejay la proyectaba más allá de su cuerpo. Sabe que su esposo está ocupado en la División Contra Homicidios. Resignándose a sublimar sus deseos con la música trance, cierra los ojos y se entrega por entero aCosmosis, California Sunshine, Space Cat y todas las bandas de música electrónica que elDeejay ha seleccionado para su diversión.

Camila tiene su mente ocupada en los recuerdos, evocando el instante en el cual, en medio de la penumbra siente la fricción de un cuerpo contra sus senos, el calor de una piel húmeda que se abraza contra la suya, sin abrir los ojos se deja llevar por la cadencia de sus movimientos. Por la retaguardia, siente la presión de un bulto que aprieta contra la minifalda y unas gruesas manos que la toman por la cintura. Abre los ojos, delante, su amiga frota sus senos contra los de Camila, acariciándole el rostro con las manos. Detrás, besándole la nuca, el novio de su amiga la domina con sus fuertes brazos. Bajo las sombras, sus felinas siluetas se confunden entre sí.

Camila tiene su mente ocupada en los recuerdos, y él no sabe que cuando se dirigía semidormido al lugar de los hechos, Camila era atravesada por el conducto excretor con un mástil del tamaño de una torre. No sabe que los dedos de aquella amiga jugaron con el clítoris erecto de su esposa, No sabe tampoco que ella bebió sus fluidos genitales. Mientras él se despertaba sobresaltado en medio de una pesadilla, seis brazos y seis piernas se enlazaban en el eterno ritual de semen, sudor y sangre.

Esa noche, en la suite 404 de un hotel capitalino, los emisarios del dios Baco oficiaron el bautismo. Son los seres de la noche, esos que a la luz del día se esconden bajo la piel de un pastor de iglesia, una secretaria, un padre de familia, un estudiante universitario, una niña de su casa o una esposa enamorada. No todos los que transitan en la oscuridad de la noche pertenecen a ésta, los seres de la noche no son simples personas que por error se han salido de sus cálidas camas. Durante años él ha sido un turista de la noche, jamás ha podido entrar plenamente a la profundidad de las cavernas.

Se dispone a penetrar a Camila del modo tradicional, pero las válvulas que le bombean sangre al pene se detienen y pierde el poder de la erección. El exceso de trabajo, café y cigarros no son buenos para el amor. Un ratón campestre cruza veloz por su cabeza. Jamás ha podido entender la tectónica de placas que mueve el inconsciente colectivo, el magma lascivo que sacude secretamente al mundo. Incapaz de penetrar en el cuerpo hostil que se le abalanza, se entrega resignado a su destino y recuerda de nuevo aquella frase inocente: “¿Vale la pena vivir si no puedes entrar en el juego del apareamiento?”

Del libro: El otro infierno (Ediciones B, 2009)

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