Concursos literarios con sentido ecológico, de Héctor Torres

10/ 02/ 2013 | Categorías: Opinión

El futuro no tiene umbral definido. A principios del pasado mes de diciembre acordé con Ulises Milla, editor de Puntocero, el envío de un manuscrito para su evaluación. Movido por la fuerza de la costumbre, le aseguré que en cuanto lo imprimiera se lo haría llegar a su oficina. “No —me atajó él—, mándamelo en digital. Así me lo llevo en el kindle para leerlo durante las vacaciones”.
El futuro está “siendo” y se manifiesta en pequeños gestos. Tan modestos que no notamos cómo se van colando en nuestra cotidianidad. En días pasados, conversando con Lennis sobre los temas que darían forma a este artículo, ella me comentó que “de eso se habla en el libro que estoy leyendo”, señalándome su celular, en el que buscó un párrafo y me lo leyó.
Hacia noviembre del año pasado, mientras preparábamos la convocatoria a la sexta edición del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores, Samir Kabbabe (el médico de la institución que ha sido su principal promotor) y yo concluimos que, a diferencia de años anteriores en los que se recibían las obras tanto en correo físico como en electrónico, este año se haría únicamente usando el electrónico.
Cada momento, cada época, tiene su sentido común. Sabemos que estamos pasando de una época a otra cuando descubrimos que ha variado el sentido común. Hasta la edición pasada, simplemente no nos habíamos planteado ese cambio. Sería arduo especular qué habría pasado si lo hubiésemos hecho. Lo cierto es que este año el cambio simplemente nos pareció razonable, adecuado, la dirección correcta.
Y no sólo se recibieron los cuentos por correo electrónico. Como en ninguna edición anterior, la convocatoria del certamen se sustentó mayoritariamente (con contadas y valiosas excepciones) en el aprovechamiento de las bondades de las redes sociales, las cuales facilitan enormemente la difusión, debido a que si a alguien le interesa la noticia de la convocatoria a un concurso literario y la “cuelga”, la misma va a ser de interés para buena parte de sus contactos, ya que son los temas de interés común, precisamente, lo que los acerca.
La respuesta a esta convocatoria nos demostró que fue una decisión en consonancia con el sentido común del momento, ya que contó con la participación más alta del certamen en los últimos cuatro años, con más de 200 cuentos. Sólo restaba un detalle: informar al jurado (Victoria De Stefano, Luis Yslas y José Luis Palacios) que entregaríamos el material en formato digital. Debíamos estar preparados para que alguno se negara, apelando al argumento de “lo difícil que es leer en pantalla”. La respuesta de De Stefano se encargó de nuestros temores: “Mejor así. Aun tengo en casa varias cajas de manuscritos de un concurso anterior, que me parece un crimen botar”.
Convocatoria, recepción de material y lectura del jurado. Tres fases de un certamen literario que hasta hace unos años se llevaban a cabo obviando el uso de los formatos digitales. La experiencia de esta edición supone, al menos para los que organizamos este concurso, un antes y un después.
Como la invención de la rueda. Pero en este caso la rueda ya estaba inventada y seguíamos acarreando piedras por puro hábito, tradición o prejuicio. Lo más difícil, al parecer, no es cambiar las herramientas, sino los hábitos. Por eso, podemos “estar viviendo en el futuro” sin darnos por enterado.
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Durante mucho tiempo la música fue privilegio de unos pocos. Igual sucedía con los costosos y laboriosos libros copiados a mano. El cultivo de la belleza, del buen gusto, de los sentimientos elevados, contribuyó a dar vida al concepto de “Nobleza”. Los nobles eran personas de valores elevados. Y lo eran porque tenían acceso a esas cosas que refinan el alma. Al masificar el consumo de expresiones artísticas, se masificó el refinamiento. Más personas podían tener un espíritu “noble”, si así lo decidían.
Pero a veces los tiempos llegan antes que la gente se entere. Resulta curioso que muchas personas invoquen el espíritu de Gutenberg para negarse al uso de los nuevos formatos en la difusión del libro cuando, en esencia, el invento de Gutenberg fue una maravillosa revolución que permitió difundir los libros (que ya existían), a un significativamente mayor número de personas, con una significativa reducción de los costos. ¿Dónde estaría, entonces, el “espíritu Gutenberg”? ¿En un culto acérrimo al objeto “libro” o en la revolucionaria visión de democratizar su divulgación?
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Es el caso de los concursos literarios. Seguir exigiendo el uso del formato impreso en ellos contradice el sentido común. En su gran mayoría, los manuscritos participantes en los concursos literarios están destinados a ser versiones perfectibles de futuros textos literarios. En el caso del Premio de la PCM, de esos doscientos textos participantes, sólo unos diez seguirán en su avance hacia conformar un libro. Los otros cuentos serán revisados por sus autores y aquellas versiones dejarán de tener vigencia. El papel en el que están impresos será, en el mejor de los casos, material de reciclaje.
Y eso por hablar del aspecto ecológico del asunto. Si a eso le agregamos que lo participativo, lo masivo, lo democrático, son valores importantes en estos tiempos, tenemos que el formato digital encarna la posibilidad de reducir enormemente los costos para dar mayor posibilidad de participación.
Ilustremos lo anterior con un ejemplo: Si en la convocatoria a un concurso de novela de ámbito local se exige que el manuscrito tenga un mínimo de 200 cuartillas, y que se presente bajo el clásico formato de “original y tres copias”, estamos hablando de que el costo de participación en ese concurso incluye la impresión de 200 páginas (en torno a los quinientos bolívares) y el fotocopiado de otras 600 (al menos seiscientos bolívares adicionales). Si a esos costos le agregamos la encuadernación de los volúmenes y el envío por servicio postal, estamos hablando de un costo cercano a los mil quinientos bolívares (a la fecha, el sueldo mínimo en Venezuela) para poder participar. No participaría quien tenga una buena novela sino quien pueda desprenderse de esa considerable suma de dinero. Lo cual no es garantía de calidad.
Si la convocatoria a ese concurso fuese en formato digital, ese manuscrito tendría como único costo el tiempo invertido. Y si somos capaces de escribir una novela en pantalla, por qué no podríamos leer novelas en pantalla, máxime cuando decenas de dispositivos nos han venido acostumbrando a hacerlo.
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Estamos en una época de cambios. No llegó lo digital a nuestras vidas por capricho. Llegó en su momento. Porque es la única manera de garantizar la masificación del conocimiento, dado el volumen de la población actual. Estamos en tiempos en que el hombre comienza a pensar en un nuevo pacto para asegurar la existencia en la tierra. Es un contrasentido que gente cuya sensibilidad le haga tener un alto sentido del respeto por la vida, siga con la indolencia de hacer un uso incorrecto del papel.

Publicado originalmente en el blog de Sacven bajo el nombre de “Acarreando piedras luego de inventada la rueda”

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