Descenso en Mar baldío, por Lesbia Quintero

27/ 05/ 2014 | Categorías: Destacado, Sobre libros

El poema es un cuerpo que late y vive.

Elizabeth Schön

 

Mar baldíoLa imagen poética es un realidad psíquica para el poeta, me dijo una vez Eleazar León, y recuerdo esa frase cada vez que leo un poema donde la imagen es portadora de significados polivalentes que resuenan y se van fijando en la memoria. Esto me ha ocurrido con Mar baldío, el poemario más reciente de Jorge Gómez Jiménez. Hay imágenes en las que se puede interpretar la liturgia en el oficio singular de describir con breves trazos, el carácter único del derrumbe (aparente) del amor. Es aparente porque el mensaje implícito contiene en sí mismo la sólida convicción de la victoria que se logra cuando se emerge de aguas profundas.

El título remite a un espacio infinito y desolado, quizá como los mismos espacios del alma deteriorada/ por el efecto devastador donde la espera por el amor y la incertidumbre de la existencia se unen para conformar un tropo que recorre el poemario. Mar baldío puede leerse como una bitácora fragmentada y vehemente, vertida en palabras que dudan y recuerdan, esperan o se despiden sin prometer certezas. El poeta se interna en ese mar solo con sus oraciones, y observa cómo las palabras se rompen en las ensenadas o contra los faros que se divisan a media noche. Palabras con vocación de borrasca, miradas que se adentran en los incontables mundos subterráneos del poeta, a veces antagónicos, otras consecuentes con el delirio, la soledad o la reflexión, pero siempre contradictorios.

Cada poema tiene su propia ruta de viaje, cada uno se dirige hacia alguna rada desértica, o mar adentro, sin rumbo. Sin embargo, no se crea por esto que hay naufragio, porque la deriva/ la carencia de rumbo/ apunta con certeza/ al rumbo final/ definitivo/ de una isla sin farsas… este poema nos recuerda que hay un norte impreciso, un norte espectral al que llegaremos en cualquier momento, no hay prisa, el boleto está comprado, es un pasaje de ida sin retorno. Jorge Gómez Jiménez, confiesa que sus naves/ están perdidas, por tanto no hay certezas, pero ¿cómo se puede vivir en la seguridad imperturbable de los días? Los poetas saben que los absolutos son mascarones que se oxidan de tanto adornar la proa, y ya no identifican nada. Quizá por eso prefiere habitar en la incertidumbre, sin la respuesta precisa del oráculo irrebatible, sin la agenda confeccionada con orden milimétrico y sistemático. Esta cualidad arriesgada y azarosa se agradece en este tiempo de tantas frases sabias y rotundas, de teorías inatacables, de tanta seguridad virtual. En Mar baldío el poeta se sumerge dentro sí mismo y explora las zonas remotas de su propio océano interno.

El mar que va apareciendo ante el lector de estos poemas de Jorge Gómez Jiménez, se puede leer como un piélago inabarcable que contiene el dinamismo de la vida con sus azares y contradicciones. Un mar temible en sus bifurcaciones y significados lunares que propician una ridícula caída… salir de la noche encontrar el día. En este mar el tiempo es humo que se fuga hacia la vida, aferrada a proyectos y querencias en medio de sus vértigos, para dar sentido a la entidad frágil que nos constituye como seres humanos, finitos.

Los cauces convergen en las imágenes marinas, en el alejamiento de playas habitadas por turistas e interpolaciones complacientes. Los poemas de Mar baldío zambullen en el reino de Eros, del que se puede salir vencido y solitario, pero sostenido, como cada poema, en la potencia de la propia voz, en sus significados y sus silencios. Mar baldío espera al lector, que quizá lo ame o lo aborrezca, o se confunda con la fantasmática ausencia del amor, de la duda turbulenta, de la luna implacable de tu recuerdo.

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