Diez gotas, de María Paula Russa Pérez

12/ 08/ 2018 | Categorías: Cuentos, Destacado

Diez gotas, de María Paula Russa Pérez, es el cuento que obtuvo el primer lugar del XII Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores. El jurado conformado por Armando José Sequera, Víctor Alarcón y Lennis Rojas, destacó en este texto “la eficacia y claridad en el uso de los recursos expresivos con los cuales narra una historia que queda resonando en la mente del lector, retratando con humor negro las complejas y contradictorias circunstancias de sus personajes, obligando al lector a reflexionar en torno a ellas”. Disfrútenlo.

 

Ya yo no era un adolescente. Ya había vivido casi toda la década de los veinte sin bañarme y dándomelas de rasta, ateo y hasta medio comunista. Ya había pasado las noches en Cuyagua y en Playa Pantaleta con media botella de anís y con cualquier bobita que se prendara de mis discursos diletantes de Argentino wanna be.

Sabía que tenía buen porte. Alto, blanco, de rulos rubios y barba medio rojiza. Par de tatuajes en la espalda que, aunque creía saber qué significaban, no estaba del todo seguro. Nunca dejé que las marcas que el acné de la pubertad me dejó, me hicieran sentir menos. Yo sabía que era bien parecido y que los Ray Ban de aviador eran ese toque que ocultaba cualquier imperfección.

Usaba palabras como “auto” en vez de “carro”, “laburo” en vez de “trabajo”, “guita” en vez de “plata” y nadie me corregía. Todos me celebraban mi forma encantadora de hablar y se sentían seducidos por el mismo cuento de siempre: aunque no nací en Buenos Aires, me siento porteño porque papá lo es. Además hice un curso de mercadeo tres meses por allá. Eso cuenta.

La verdad es que el curso no me sirvió de nada, pero le hice suponer a mucha gente que con ese certificado sabía más que un Doctor en Física Cuántica de la Universidad de Oxford… Y me creían. Qué curioso.

Nunca supe mi verdadera vocación. Nunca supe qué me gustaba hacer, ni para qué era bueno. Siempre me la pasaba con malas juntas, fumando marihuana y cigarros.  Detrás de faldas sin cerebro que me hacían sufrir. Cómo me encantaba sufrir. Llorar por las esquinas amores que nunca tuve.

Me entusiasmaban los proyectos absurdos. El que más me gustó fue el de sembrar cannabis en Mérida. Compré las palas, el pasaje en autobús, reuní para la posada. Aprendí un poco de botánica, de geología, de meteorología. Para eso sí estudié.

Y mientras yo andaba en nada, papá luchaba contra dos accidentes cardiovasculares y un cáncer de páncreas. Nadie nunca me ocultó nada. Mamá me lo explicaba todo y aunque yo no alcanzaba a entender con exactitud, la abrazaba, le daba un beso en la frente y salía de casa muy triste a buscar cualquier otra distracción o algún problema nuevo. Algo tenía que ponerme a hacer. Algo que no fuera ocuparme de ellos.

El insomnio siempre fue mi compañero de todas las noches. Tomaba café sin parar, para no dormir. Los hombres interesantes como yo, debíamos permanecer sin descanso.

Yo no creía en fantasmas, pero una noche pensé que había visto uno. Era papá que deambulaba de un lado a otro. “Estoy amarisho” me dijo. Mamá se había ido a casa de mi hermana a cuidar a Sebas, mi sobrino. Estábamos solos.

Me tocó ponerle un pantalón y un suéter, subirlo a la camioneta y arrancar para la clínica. “Le queda poco. Llévalo a casa” fueron las palabras del doctor. Y así nos devolvimos. “Algo debe quedar por hacer” pensé. De pronto recordé todo lo que había leído acerca de la marihuana y sus propiedades medicinales. Que estaba comprobado que tenía efectos favorables en pacientes terminales. No cura el cáncer, pero adormece los dolores o los pensamientos.

Papá no aceptaría fumarla, aunque sabía que yo me gastaba la quincena comprándole a mis “amigos” de la cuadra. Tenía que encontrar la manera de suministrársela sin que supiera.

Por fin el café y el insomnio tenían utilidad. Pasé tres madrugadas leyendo, buscando a quién contactar, averiguando qué tratamientos alternativos e ilegales pudieran ayudar. Al fin había encontrado una distracción provechosa. A nadie le he dicho, pero todavía no sé qué me embriagaba más, si la idea de salvar a mi padre o el hecho de que el motivo de su mejora fuera gracias a lo que a mi más me gustaba, a eso por lo que siempre había sido juzgado, criticado, execrado. Todos tendrían que tragarse sus palabras, sus miradas reprobatorias.

Después de tanto indagar, di con el tipo. Una especie de brujo homeópata, que comprime la hierba, la pasa por unos procesos químicos y la convierte en un concentrado. Unas gotas, que suministradas dos veces al día podrían hacer lo que tanto dinero gastado no pudo. No es que fueran económicas. Tendría que pedir las vacaciones para cobrar el bono y juntar unos ahorros en verdes, para poder comprarlas y estar con papá para ver cómo evolucionaba con mi tratamiento.

Llamé al Chino. Un viejo amigo del liceo, que acababa de terminar su postgrado en medicina interna y le conté. “No sé cómo vaya a reaccionar, pero no está mal que pruebes”, me dijo.

Cuando tuve la guita me fui en busca de la dirección. Le pedí al Chino que me acompañara. Yo era un comunista sifrino y con esta cara de extranjero, no me sentía seguro yendo solo.

La casa del brujo era en La Bombilla de Petare, un barrio peligroso y sin ley. Tuvimos que agarrar el metro, un autobús y un jeep que nos subiera hasta la parte más alta del cerro. Al bajarnos, caminamos bastante. Subíamos y bajábamos escaleras, buscando el lugar. No nos llevamos nada. Andábamos sin celular, con los zapatos más viejos que teníamos y con la guita de las gotas metida en los interiores y las medias. Menos mal el Chino sabía poner cara de malo. Quién sabe por qué le decíamos Chino, si era más venezolano que la bandera, no solo por lo moreno sino por lo bien que se sabía mover en empresas de este tipo. El Chino era el que entraba a las licorerías con el uniforme del colegio y salía con “una” de ron Superior sin ningún problema, el que se robaba los exámenes y les cambiaba los nombres, el que le había metido la mano por el sostén a Alejandra en sexto grado. El Chino era una héroe. Siempre lo había sido.

Una vez en el lugar, una señora nos hizo pasar a lo que ella llamaba la sala. Un espacio pequeño delimitado por sábanas de distintos motivos, guindadas del techo, que hacían las veces de paredes. “El doctor Genaro no puede atenderlos, está con un paciente. ¿Tienen la plata?” nos dijo la mujer. Se la di y a cambio ella me entregó una pequeña botella de vidrio marrón, tapada con un gotero negro. Era el típico remedio de botica. “Aquí está. Diez gotas cada doce horas” agregó y nos fuimos. El regreso fue peor y más largo. Ya los malandros del barrio sabían que dos catiritos del este andaban por sus territorios. “Sí, yo soy catire. Catire pasado de horno” me dijo el Chino entre dientes. Los bichos esos sabían también que habíamos estado donde Genaro, por lo que no se metieron con nosotros. Esa era una regla: a los pacientes del doctor, no. Pero igual nos decían cosas, nos amenazaban, nos pedían que saliéramos rápido de ahí, que no había plata para la piedra y que nosotros teníamos cara de billete.

Cuando llegamos a casa, al Chino se le ocurrió una idea “vamos a probar esta vaina a ver. Cinco gotas cada uno”. Pero para nosotros eso no era suficiente. Teníamos que elevar la experiencia, así que nos fuimos al barcito que papá tenía en el estudio. Una mesa con ruedas donde habían varios licores. Para qué tomarnos las gotas con agua, si podíamos diluirlas en brandy, jerez, coñac. Teníamos que brindar a la salud de mi viejo.

Una, dos, tres, cuatro y cinco gotas en dos vasos cortos. Elegimos whisky. Sin hielo. Y nos sentamos en los sillones de cuero del estudio a libar como si fuéramos dos intelectuales. O bueno, eso creíamos nosotros. Empezamos a hablar de puras tonterías: el trasero de Isabel, el motor de la camioneta, el equipo de sonido de la camioneta, el tubo de escape de la camioneta. Cuando nos terminamos de tomar el trago, nos dimos cuenta de que nada había cambiado. No nos sentíamos más ligeros, ni más agudos, ni más felices. “O Genaro me estafó, o ya nos volvimos masters de la marihuana” le dije al Chino y los dos nos reímos. No hizo falta decir nada. Yo me levanté de la silla y destapé la botella de whisky otra vez. El Chino contó cinco gotas más en cada vaso y volvimos a brindar por papá. Nada. Era un hecho. El típico calor que siente uno en el esófago cuando un trago es seco. Teníamos dos opciones, seguir contando de cinco en cinco gotas, hasta que sintiéramos la diferencia o experimentar con el verdadero paciente. Elegimos la obvia. Pero si esto iba a ser una fiesta, tenía que ser una fiesta de verdad. Había que llamar a un par de nenas bien dispuestas.

Isabel y Mariana estaban en Greenwich, un bar que debe tener en Caracas los mismos años que tiene la ciudad de fundada. Ese hueco siempre ha estado ahí, con el letrero de neón en la entrada, las mesas de madera, las paredes de piedra y el mismo disco que, cuando se termina, vuelve a empezar. Ellas siempre se sentaban al fondo. Allí fue donde las conocimos. No eran tan bellas, pero la estaban pasando tan bien aquella noche con sus faldas cortas y sus labios rojos, que buscamos unas sillas y, en medio de tanta gente y tanta oscuridad, nos presentamos, intercambiamos teléfonos y desde ese día cada vez que había un plan sospechoso las llamábamos a ver en qué andaban, porque nunca decían que no. Ellas no eran las niñas de su casa, con zarcillos de perlas, pantalones blancos y suéteres amarrados al cuello. Tampoco eran de las que iban en la tarde a merendar con las amigas a hablar de los novios, de los anillos de compromiso, de las vacaciones en Miami. Isabel y Mariana eran completamente distintas. Eran la versión femenina de nosotros. Nada más sensual que eso. Dos mujeres fumando Marlboro Rojo, teniendo sexo por diversión y probando lo que les pusiéramos en frente. Llenamos una carterita con el whisky que estábamos tomando, agarramos la botella de las gotas y nos fuimos en la camioneta de papá a encontrarnos con ellas.

Ahí estaban. Donde siempre. Piernas cruzadas y risas estruendosas. En la mesa tenían varias latas de cerveza ya vacías, shots de tequila que ya se habían tomado y esas mujeres se veían enteras, como si hubieran pasado el rato a punta de agua. El Chino y yo quisimos emparejar el nivel de alcohol. Dos whiskeys era chuchería en comparación con lo que siempre tomábamos. “¡Tequila para los caballeros de esta mesa!” exclamó Mariana y le hizo al mesonero el típico círculo en el aire con el brazo, indicando la nueva ronda. Llegaron cuatro cervezas y cuatro tequilas. Y así empezó la noche.

El Chino y yo nos habíamos repartido a Mariana y a Isabel en varias oportunidades. A veces yo me llevaba a una por ahí y él a la otra. Y a la semana siguiente cambiábamos. Esa noche me daba igual. Con cualquiera que estuviera dispuesta a irse conmigo a la cama más cercana, era suficiente.

La botella de las gotas me latía en el bolsillo interno de la chaqueta de jean. Me llamaba como si estuviera desesperada por salir de ahí. Me quemaba el pecho, como si tuviera un carbón encendido. Ya era el momento. “Compré algo que todavía no sabemos qué hace ¿quieren?”, dije en voz baja, como si las demás personas pudieran escuchar algo en medio de tanto ruido. Las muchachas, sin ni siquiera pensarlo, acercaron los pequeños vasos en los que hace unos minutos estaban hasta el tope de tequila, puse cinco gotas en cada uno y dos dedos del whisky que me había llevado en la carterita y que se acabó inmediatamente. A partir de ahí el procedimiento tenía todo un orden: primero el shot de tequila, luego la cerveza y finalmente las gotas diluidas en lo que fuera: vodka, ron, ginebra, cocuy.

Greenwich estaba repleto de gente y el ambiente estaba como siempre, pero nosotros teníamos nuestra propia fiesta privada en la mesa del fondo. Las cervezas nada tenían que envidiarle a la champaña. Isabel y Mariana nada tenían que envidiarle a esas modelos top que salen en las revistas. El Chino y yo nada teníamos que envidiarle a los novios de esas modelos.

Las chicas, para variar un poco, empezaron a pedir cosmopolitans, piñas coladas, mojitos, y nos pedían a nosotros martinis y old fashions que, según ellas, eran los únicos cocteles para machos. Menos mal y estaba el Chino que ganaba sueldo de doctor con experiencia en la clínica de su papá, porque no había forma de que yo pagara la mitad de esa cuenta y menos después de haberme bajado de la mula en La Bombilla.

Mientras el tiempo pasaba, las chicas se iban viendo cada vez más atractivas, más provocativas. Y yo me iba sintiendo cada vez más liviano, más tranquilo, más alegre. Isa se me acercó y me dijo en secreto “¿nos vamos?”, le hice una seña al Chino y éste entendió de inmediato. Con solo mirarlo le dije “tranquilo, yo me la llevo y en dos horas estoy de vuelta” y él, sin decirme nada, me contestó “dale sin miedo, cualquier vaina agarramos un taxi”. Qué buen amigo era el Chino.

Salimos del bar abrazados y riendo a carcajadas. Nos metimos en la camioneta y cuando arranqué, Isa empezó su rutina de siempre “¿te gusta mi short?” y separó las piernas. Eso era lo que me atraía de ella. Era desinhibida y sin la doble moral que tienen las niñas reprimidas que estudiaron en un colegio de monjas, pero a la vez se movía con elegancia. Nada era vulgar y ordinario en ella. No era mi estilo, pero me gustaba. Me gustaba su piel lisa y blanca, me gustaba su cuello largo, me gustaba que fuera un centímetro más alta que yo y me gustaba que aunque ya la había visto sin ropa, no me aburriría verla de nuevo.

En la billetera tenía algo de efectivo y la extensión de la tarjeta de crédito de mamá. Con los billetes me alcanzaría para un hotelucho de mala muerte, pero con la tarjeta podría llevármela a un lugar más decente. Ella no era exigente, era yo el que no soportaba la decoración barata, las sábanas curtidas y los afiches pornos de los ochentas. Sabía exactamente para dónde la iba a llevar.

A un par de calles del bar quedaba un hotel muy viejo. Hace años seguro era el lugar perfecto para empresarios extranjeros, pero después se convirtió en un sitio de camas para gente como yo. No tenía cinco estrellas, pero era aceptable. Tenía un estilo parecido a la locación de aquella película de Kubrick, donde Jack Nicholson perdía la cabeza y quería matar a su esposa y a su hijo.

El hotel era tenebroso e interesante. Portones de madera, piso de granito, una fuente en la entrada que no tenía agua y una recepcionista que hablaba poco. “Es la cuarenta y tres” nos dijo la mujer sin mirarnos a la cara y nos dio el típico llavero de acrílico gigante con el número de un lado y en el otro un escudo medieval con el nombre del hotel: “El Cid”.

No recuerdo cómo llegamos al cuarto. No sabía si habíamos subido por las escaleras o el ascensor, ni en qué momento me había quitado los zapatos. Trataba de recobrar los sentidos para no confundirme de nombre, cuando estuviera preso entre los muslos de Isabel. “Isabel, Isabel, Isabel”, me repetía en silencio para no equivocarme y daba tumbos por el angosto pasillo que conectaba la habitación con la pequeña sala, donde una nevera ejecutiva oxidada, hacía un ronroneo parecido al que hacen los carros cuando les cuesta subir por una pendiente muy empinada.

Isabel no estaba en la cama, ni en el baño, ni en el sofá ¿dónde estaba? El viento sopló una sola vez y al mover la cortina del balcón descubrió su silueta completamente desnuda y de espaldas, mostrándole a la ciudad todo su cuerpo. Era tarde y ya no había nadie en la calle, pero a ella no le hubiera importado que alguien la viera. No le interesaba ser perfecta, le interesaba sentirse libre, aunque eso fuera simplemente estar a la intemperie sin ropa. Entonces recordé a Francesca. La perra aquella que me destrozó en mil pedazos en la universidad. La única mujer con la que me hubiera gustado casarme y tener hijos. Isabel no se parecía en nada a ella, pero al verla ahí me provocó vengarme de alguna forma. Quería herirla, como Francesca había hecho conmigo. Castigarla por ser otra más. Una maldita más de ese montón, que lo único que quería era un tipo bello y con plata. “Quédate quieto” me dije y ella volteó al escuchar mi voz e inmediatamente volvió a su posición inicial, mirando hacia la calle como si nada hubiera pasado. Como si yo no estuviera ahí. Su indiferencia me atrajo. Sentí que la deseaba. Sentí que la amaba.

Fui caminando hasta el balcón como pude, mientras me bajaba el cierre del pantalón lleno de expectativas. No había tiempo de llevármela lentamente a la cama, ni de decirle estupideces al oído. Tenía que ser ahí donde ella estaba. Tenía que ser espontáneo, como había sido ella en la camioneta, cuando me enseñó el short y las piernas. Presioné mi cuerpo contra el suyo, le acaricié la espalda y los brazos, pasé mis manos por delante de su torso y le agarré las tetas. “¿Qué estás haciendo?” me dijo Isabel entre risas burlonas, pero su voz venía de otro lado. Giré la cabeza y detrás de mí, a unos dos metros de distancia, estaba ella viéndome extrañada, como asqueada y cínica a la vez. Todavía vestida. Entre mis dedos sentía el vacío de la nada que estaba abrazando. Mis muslos sentían el frío concreto del balcón, donde se apoyaban creyendo que era ella.

Isabel con una voz suave me dijo “ven” y extendió su mano. Me apresuré para alcanzarla. Ella, al verme, empezó a correr por toda la habitación. No era una habitación, era un apartamento. No era un apartamento era una mansión. No era una mansión. Era un castillo.

Ella comenzó a bajar unas amplias escaleras, corrió hasta llegar a un jardín interno lleno de flores y ahí dio vueltas como un carrusel, danzó descalza como una musa, rió alegre como un hada. Se veía hermosa, delicada. Parecía ser ligera como las alas de un colibrí. Tan ágil que pasaba, rozándome apenas, y seguía correteando como una niña. Yo intenté alcanzarla, pero era imposible. Se escondió detrás de las puertas, salió por las ventanas, entró en todas las habitaciones y cuando sentí que la iba a atrapar con las dos manos, como se atrapan los grillos en la grama, se desvaneció.

El silencio se apoderó del amplio salón donde me abandonó. No había nada a mi alrededor, solo paredes. Recordé al Chino y a Mariana en Greenwich. ¿Cuánto tiempo había pasado? Tenía que salir de ahí. “Isabel ¿dónde estás?” grité. Mi voz se devolvió en un eco afilado y estridente. Caí al piso. No respondió mi cuerpo cuando le pedí que se levantara, no sonó mi voz cuando le pedí que hablara, no se abrieron mis ojos cuando les pedí que miraran. Yo sabía que estaba vivo y despierto, pero no podía hacer nada. Nadie me encontraría ahí. Ni yo mismo sabía donde estaba. De pronto una calma se apoderó de mis pensamientos, dentro de mis párpados ya no se veían colores y destellos, todo se iba apagando. Hacía tanto tiempo que no me entregaba así al descanso. Se me había olvidado lo que era la serenidad. Lo que era no pensar en nada, lo que era renunciar a los tormentos. Sin testigos no tenía que pretender. Podía ser alguien normal. Alguien que duerme en medio de un salón, en un castillo desconocido.

De repente un susto. Un golpe. Un chillido. Mis párpados dejaron entrar una delgada línea de luz muy brillante. Poco a poco pude acostumbrarme al rayo de sol que entraba por la ventana. Ahí estaba yo, en medio de la habitación cuarenta y tres, con el cierre del pantalón todavía abajo, solo, con un pequeño río de saliva en la mejilla. La mucama seguía dándome cachetadas. Logré incorporarme y me senté en el suelo. Todo a mi alrededor era un desastre. El colchón contra la pared, las lámparas de cerámica rotas, la pantalla del televisor partida, huellas de sangre en la alfombra. “Señor ¿me escucha?” me repetía la mujer una y otra vez. Claro que la escuchaba, pero poco me importaban su presencia y sus preguntas. Busqué en el bolsillo del pantalón y ahí tenía las llaves de la camioneta y el celular. Me puse los Ray Ban de aviador, aparté a la señora del pasillo y salí de la habitación en calma, muy lentamente. Atrás se quedó la mujer gritándome.

El ascensor estaba ahí, pero preferí bajar por las escaleras. Caminé largo rato por el pequeño estacionamiento buscando el auto, hasta que por fin lo encontré. Encendí el motor y cuando pisé al acelerador me di cuenta de que estaba todavía descalzo y que tenía la planta de los pies rotas, ensangrentadas. No sentí dolor y arranqué.

En el camino de regreso estaba tranquilo. Bajé los vidrios y recordé lo mucho que odiaba mamá que lo hiciera. Encendí un cigarro y recordé que mamá también odiaba que fumara en el auto. Prendí la radio:

 

“Cuando Juanica y Chan Chan

en el mar cernían arena

cómo sacudía el ‘jibe’

a Chan Chan le daba pena”.

 

Me provocó bailar. “Ah, sí es verdad. Tú no sabes bailar.” dije en voz alta viéndome en el retrovisor y me reí.

Al llegar a casa, estaba mamá sentada en la mesa del comedor frente a una taza de café. Le di un beso en la cabeza y seguí como si nada. “Se murió” dijo y me detuve sin voltearme a mirarla. “Estoy esperando al doctor para el acta de defunción. Ya tu tío Alfredo viene”. Fui a abrazarla pero ella no se dejó. “Tienes los pies rotos. Estás ensuciando la alfombra”.

Como sabía que ya nada se podía hacer, me metí en el baño, cerré la puerta y abrí la llave del agua caliente de la ducha. Me empecé a desvestir viéndome al espejo. Al dejar caer el pantalón en el suelo, un ruido sólido me hizo levantarlo nuevamente. Revisé todos los bolsillos y ahí estaba la botella de las gotas. No le quedaba mucho pero algo había. La puse sobre el lavamanos y seguí inmóvil, observando mi reflejo, que poco a poco se iba empañando.

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Un Comentario a “Diez gotas, de María Paula Russa Pérez”

  1. Uf, excelente relato, sin palabras…

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