El abismo de los cocuyos, de Mario Amengual

17/ 10/ 2014 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

portadaabismoPor más de dos semanas mi cama fue una balsa improvisada que navegaba en un lago de aceite muy espeso; a veces oía la voz de mi mamá o la de Edith: me preguntaban si me sentía bien o qué quería comer además de caldos suaves porque no podía masticar; me dolían las mandíbulas y casi todo el cuerpo por la golpiza que me dieron los tipos del parque de ferias, a esos que mandé a tirarse de culo sobre las botellas de licores. No pude ni quise saber cuándo era de noche o de día: fue una larga noche navegando  por el lago de aceite muy espeso, de vez en cuando recordando a Solmari, queriendo saber dónde estaba Rosaura y cuándo podría hablar con ella; las idas al baño eran breves desembarcos en puertos apenas alumbrados, avanzaba tambaleante como un marinero borracho después de una noche de juerga en un burdel y volvía a la balsa improvisada, tembloroso, asustadizo, sin ganas de tocar tierra más nunca. Creo que me visitaron algunas personas conocidas, quizás compañeros de trabajo, pero sé que pude cruzar algunas palabras con gentes que jamás había visto; sé que una mujer, probablemente de mi edad, me mostró unas cartas y las leyó en voz baja cuando estábamos a solas en la balsa; jamás aparecía si Edith o mi mamá estaban cerca. No recuerdo qué decían esas cartas, ni una palabra, sólo sé que la mayoría de las veces me llevaban a un sueño tranquilo, sin los sobresaltos que suelen ir aparejados a toda navegación en aguas desconocidas.

Varias veces, entre el sueño y una rara vigilia, giraban sobre mí o a mi alrededor unas luces inquietas, blanquísimas, cegadoras; supuse que querían obligarme a abandonar la balsa y sumergirme en el lago de aceite muy espeso; supuse que Edith y mi mamá las azuzaban para que volviera a la calle, al trabajo: me provocaban mareo, náuseas, zozobra y me defendía de ellas pensando en la plaza hexagonal, en el pasillo interminable, en un cielo sin nubes y en una mañana en que mi padre me llevó a un parque a montar bicicleta. ¿De dónde salían esas luces o de cuál lugar del orbe provenían para hostigarme? Yo sólo quería seguir navegando en la improvisada y casi siempre cálida balsa, sin lágrimas en los ojos y sin aspiraciones de amores dichosos; quería seguir en la balsa, con la esperanza de encontrar una isla donde los sentimientos son considerados ladrones de la calma, donde el mundo se mira con la indiferencia de una estatua marcial; navegaba sin preocuparme  por el rumbo, ocasionalmente oyendo las voces de Edith y mi mamá pero sin entenderles palabra alguna y apenas les permitía que me alimentaran o me llevaran al baño cuando no podía valerme por mí mismo; a veces (no puedo decir un día porque nunca supe cuándo era de día o cuándo de noche, o cuándo terminaba un día y empezaba otro) ciertas palabras me apretaban el cuello, se movían por mi cuerpo como lombrices, dejando un rastro como el de los sietecueros, y esas palabras, aunque no tenían significado alguno, o al menos yo no lo entendía, tejían una red ante mis ojos y luego se pulverizaban y me las tragaba, pasando por la garganta como puñados de sal gruesa.

Alguien me examinó, me tomó el pulso y la tensión y me inyectó algo: creo que me sacaron de la balsa y me llevaron a otro sitio, no por mucho tiempo; creo que floté y me arrastré en el patio, sí recuerdo una mano pálida quitándome el sudor de la frente, una mano pálida que me aporreó una de las heridas de la cara; después me llevaron de nuevo a la balsa y estuve navegando por el borde del muro de contención de un dique y pude divisar a lo lejos las luces de un caserío o de un suburbio, hacia el cual avanzaban torrentes del aceite muy espeso del lago que desbordaban el dique; seguí navegando tranquilo a pesar de la rápida sucesión de olas muy altas y entonces, por esa sola vez, en mi ya larga navegación me vi leyendo la carta de Solmari a Rosaura, pero no estaba en la habitación de un hotelucho, sino sentado en el borde de la acera del frente de mi casa y, luego, en un cine derruido, arrellanado en una butaca raída y polvorienta; algunas frases se desprendían de la carta y me atravesaban el abdomen, ocasionándome un dolor agudo y prolongado, antecedido de ese intenso ardor que produce una aguja hipodérmica al perforar el peritoneo; no llegué a discernir cuáles eran esas frases hirientes, pero supongo que son aquellas que he recordado, que me azotan la memoria, antes y después de estar en la balsa.

Llegó el momento en que quise desembarcar, poner pie en tierra en una llanura verde y de confines luminosos; el canto incesante de un grillo fue atrayendo la balsa, con lentitud, a una orilla segura: al fin pisé con firmeza por mis propios medios, el piso estaba frío y el contacto con los pies descalzos me provocó varios estornudos; unas rayas de  luz muy delgadas entraban por la ventana del cuarto; abrí una puerta y otra y otra como si estuviera en una de esas casas viejas con zaguán y patio central: de lejos llegaba el incipiente corneteo y el murmullo automotriz de la ciudad; pasé por la cocina y con cierta dificultad pude abrir la puerta que da hacia el patio trasero y un pálido resplandor anaranjado, asomándose entre las hojas del mango y del mamón frondosos, me recibió para darme aliento y dar por seguro que, al menos por un tiempo, no volvería a la balsa improvisada para navegar, sin día ni noche, en el lago oscuro de aceite muy espeso.

 

Del libro: El abismo de los cocuyos (Bid & Co. Editor, 2013)

 

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