El juego comienza a la una, de Mario Morenza

04/ 04/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

el juego comienza a la unaNo es descabellado pensar que ya Kate trae las cosas de casa y del bebé, no tan bebé, que llora y no para de hacerlo. Pero no debemos nunca adelantarnos a lo que se viene o a lo que se pueda tener por pensado que va a venir. A la una en punto comienza el juego de pelota y Robert se encarga de (casi) todo. Ha instalado la atmósfera perfecta para nueve innings de Caracas vs. La Guaira. Su sala desamoblada es una mediocre imitación de las tribunas. En el ascensor de los pisos impares, el único en funcionamiento del edificio, Kate vuelve a sentir el desgano de esa caja claustrofóbica, sin ventanas para mirar fuera y espiar y las nubes, el colectivo, el heladero de cabello engominado y bigotes de pintor bizantino. A pesar de todo, es lo único capaz de llevarla al último de los pisos, donde vive desde hace una semana. Kate se entretiene con la simétrica compañía en el espejo y mueve muy mona su melena marrón.

El ascensor se detiene en el once. Es el señor Reverte, a quien Kate no conoce, y la interrogante previa en ascensores sin señal de orientación: “¿Baja o sube?” “Sube, hasta el último”, dice Kate despistada. Ella no suele responder (este tipo de) preguntas. De hecho, es primera vez que se la hacen. Ella nunca sabrá. “Sube, hasta el último”, Kate informa. Reverte se adentra a esa caja metálica con revestimientos de madera. Reverte siempre recuerda las muchas cajas en las que ha estado durante toda su vida. La caja musical que lo dormía en las noches de su infancia como un somnífero o un himno de Morfeo. La caja de zapatos en las que solía guardar las cartas recibidas y las nunca enviadas, el más frágil resguardo para las palabras: una coraza de cartón. Un libro desmembrado cuya autoría pertenece a muchas manos. Reverte luego de leer una o dos cartas las mecía como si acunara a un bebé y le venía a la cabeza su propia imagen dentro de unos años en la que sería la última de sus cajas: la de madera en un cementerio, muy cerca de alguno de los autores de esas mismas cartas. La claustrofobia parece en él una forma de respirar. El antiturismo absoluto.

El ascensor a trepar por las entrañas del edificio. “Hasta el último piso”, piensa Reverte. Kate no continúa con sus gestos anti-teatrales que admiten la soledad cúbica y un diálogo de reflejos. Su mirada barre la alfombra como buscando algún animalito clima lluvioso. Sondea lo que hay en sus bolsas: los cepillos de dientes, jabón, cosas de casa. “La ayudo”, dice Reverte al detallar los exagerados movimientos oculares. “La ayudo”, vuelve a decir uno de los muchachos de la bodega. “No hace falta”, Kate insoportable. “Puedo sola”, añade tan agriamente como el vinagre que lleva y cargará durante 1329 pasos.

Ese vinagre me ha costado conseguirlo para que venga este púber idiota a si la ayudo. ¿Por qué no ayudaron antes?, cuando les pregunté por los vinagres. Los muy imbéciles me mandaron a la sección INSECTICIDAS, que ya bastantes en casa por la manía de Robert por exterminar colonias de artrópodos. Está bien, pero no hasta la neurosis. ¡Qué horrible la cantidad de clientes! A unos chamos me provocó insultarlos cuando estrellaron su pelota contra el Peugeot. Conservé la calma y aceré el Peugeot. En treinta pasos uno llega a la bodega. En el estacionamiento te expones a que rayen el carro, recién ganado en la rifa, pero para los nuevos vecinos es –recuérdatelo–: “Comprado en el concesionario”. ¿Y qué iba a saber yo que las llaves se me quedarían dentro de él? Habría aceptado la ayuda del púber idiota y no estaría pasando trabajo. Cinco para la una p.m. y perderme el juego, y Robert y yo a devolvernos por el peugeotico. Juego y almuerzo, a esperar. No pienso dejar el carro en medio de una ciudad infectada de taxistas.

A ver, a ver, piensa Kate, los pañales, las compotas, sigue pensando, la harina, el ridículo juguete azul que vino con los pañales. ¡Está todo!, pero cómo se me pueden quedar las llaves dentro del carro, vehemente Kate. El ascensor se abre con olor a décadas. En el once y Julio Reverte que si sube o baja. “Los Pérez, los Duarte, los Hernández, los nuevos en el 21; los Tobías, los DeVianna, los Cartier, en el 18”, Reverte repasa visitas de cobro de ese domingo, primero del mes. Y pregunta a la joven, a la que nota importunada, que si le puede ayudar. Cambia su hoja de registros de pago por los cinco kilos que pesan la ayuda y la caballerosidad. Se abre la puerta en el 17. Los del 173: Tres niños. Cuatro cuarentones. Los de la guardia infantil se enfilan sin esperar a nadie. A Bellas Artes. El ascensor se cierra sin esperar a que entren todos.

De igual forma los 500 kilos de capacidad lo impedirían: se acelerará el detrimento de los cables y una caída no será amortiguada por ningún sistema de frenado. “¡Ay!, Dios mío, mis hijos. Y el pedazo de ascensor que ni marca si sube o baja”, dice la madre con una triple angustia. “Sube o baja, señor Reverte”, la voz achicharrada del nene, le trona en los oídos a Kate, que se ve a cuatro pisos por debajo de una paz momentánea. “Oiga, señora, creo que lo más plausible es que llevemos a los niños al 17, conozco a la familia de años. Venga. Mire. Los tengo anotados en la hoja de visitas de hoy. ¿Se fijó?” Y Kate: “Pero yo en emergencia, pero, pero…” Y el resto de los peros Kate los dice en descenso. Baja. Siempre le ha tenido miedo a los ascensores. Se topaba con ellos cuando venía a la ciudad a ver a sus tíos, por allá, por los ochenta, cuando cursaba bachillerato. Máquinas de otro mundo. Baja. El espejo. Gráciles arrugas se abren paso como raíces por su rostro trentón y trigueño, desde los ángulos externos de sus ojos, formando pliegues, las llamadas patas de gallo, similares a fósiles de organismos oblongos.“El juego comienza a la una”, le dijo Robert, instalado ya en el tiempo del béisbol, adelantándose al presente, ridículamente disfrazado con su desteñido uniforme del Caracas, disfrazando, a la vez y siempre, la frustración de aquella torcedura en la rodilla que cercenó su halagador futuro como profesional. Siempre se quería adelantar al futuro, un lugar tan abstracto donde uno sólo puede encontrar el vacío o encontrarse muerto. “La pelota va más rápido que el que corre”, le decía su entrenador en la liga AAA nacional. Ahora, intuye, con el semblante de quien ha perdido cuatro series mundiales seguidas (e iba rumbo de la quinta) que la vida le susurró, durante todos estos años, que el tiempo corre más rápido que las utopías individuales. Siempre una mano, casi diabólica, invisible como todas las cosas diabólicas, astilla el aire prometedor, sin que Robert pueda hacer nada a lo que se tenía pensado que vendría y lidiar las palabras que pretenden acolchonar amarguras. El que si eso no es lo tuyo. No te convenía. Las computadoras. Si hubieras hecho aquello. Paciencia, Robert. Las llaves se me quedaron dentro del carro. (No) hace falta que rompas (el vidrio). Pero (si te desesperas) es peor. Con un alambre. Dale con un alambre.

Robert que piensa cómo abrir la puerta del Peugeot. “Nada falta para llegar”, dice Kate. “Mira, ahí está”, dice él, entre nervios y desencantos. Y Kate: “¿La ferretería? Caramba, ya como las dos.”

Las santamarías desfilan a los costados de la calle Asdrúbal Puente, y sobre sus superficies de hierro acanalada, figuran una variedad de graffitis que parecen componer un cadáver exquisito de la literatura punk colectiva: la palabra VOTA y las siglas T.Q.M son las más recurrentes. Un chico de diecitantos paseando a su buldog: “¡Quéva!, poraquísóloésta”, señala sólo la ferretería. “No lo podemos dejar aquí sin más ni más”, dice Robert. Se pueden solicitar los servicios de una grúa, piensa, y llevar el Peugeot al estacionamiento y mañana quién sepa. ¿Dónde se puede una grúa?, le pregunta a su mujer y devolverse a buscar las páginas amarillas, y amarillas de años. Y llegan pronto con la misma cantidad de pasos. Problemas con el ascensor que no baja. El bebé al suelo y Robert que lo vuelve a encamar y trae juguetes de hule: patitos, osos, tigres: un zoológico sintético miniatura. Robert le dice cosas que él nunca entiende pero sonríe igual, y llora, come queso, aprieta las sábanas, sin oír a sus padres o piensa que los oye, tranquilo, en la isla de sus pensamientos, sin levantarse ni ir a las gavetas de la cocina y las chucherías que él escogió con sus deditos que encarnaban carencia y capricho. Puro estar allí, naufragando debajo del móvil de peces multicolor. No sabe hablar, pero aprende poco a poco el lenguaje de la manipulación. El primer lenguaje que aprendemos y sacamos provecho. “Mira, hay 3 las 24 horas”, dice Kate.

El bebé no sabe que está solo, con libertad de ir por casa como el último sobreviviente de la Tierra por valles y reinos dominados por enemigos, que un grito suyo será reprimido por las paredes como un inmigrante ilegal, que un grito suyo no es escuchado por nadie. Una aventura de cajas de cartón, alfombras enrolladas, libros apilados esperando descansar del desorden que ayudan a establecer. Se lo reclamaba Cora, la hermana de Kate, lo de llamarle bebé a un niño de cuatro años era la prolongación de su primera lactancia, como si quisieras pasmar su crecimiento, llámalo por su nombre, y que él a ti por el tuyo, y al inepto de tu marido que ni lo nombre. A ver si te buscas a otro que valga la pena. Que te represente de verdad. Cada vez que podía, Cora lanzaba aguijones contra su cuñado, su único novio de la adolescencia. 1800 días. Casi un periodo presidencial. Desde Sus Quince hasta los 20, a un mes para el día de su boda y de su santo, y los preparativos serían para la de su hermana. Dos años después. Embarazada de aquel otro niño que nunca nombraban y que ni siquiera llegó a tener nombre: todo terminó como un golpe de “estado”. En ese momento el bebé siente la puerta y a sus padres, de los que uno de ellos pudo no haber sido, salir del mundo desconocido, dilatado, y sólo irrumpido cuando el psicólogo y cuando las esporádicas salidas al parque. Y baja lentamente de la cama. Comienza a girar por el piso como un rodillo. Se hurga la nariz y grita y Robert: “Pero, cómo ahí, ensuciándote todo, bebé, toma, juega con los bichitos.” Grita también Kate que ha encontrado los teléfonos. Kate ve los números del 1 al 20, marca el STOP del ascensor y, sin mover su dedo, espera a que los tres niños salgan. Nadie en el piso 17. Reverte que mejor a planta, o que andan subiendo o bajando por las escaleras y que él para allá ni loco, sin luz en meses. Era zambullirse en una alberca de petróleo. Con olor a encierro, con olor a podredumbre. “Los chicos son muy pequeños como para dejarlos aquí, en este piso, solos, aun cuando vivan en él, y es una desconsideración con su padre que es un hombre enfermo de años, quiero decir, de hace años, aunque los años son una enfermedad.” Reverte que calla y toca el timbre del 173 pero nadie atiende. A Kate que se le pone el dedo morado de tanto apretar y ahora con uno de la otra mano. El ascensor amaga con cerrarse. Pestañea. Muge por dentro, como si además de hierros y revestimientos de madera, tuviera pulmones congestionados de flema.

El cuarto inning improductivo. Las dos latas de cerveza tan vacías como las gradas del Universitario. Tan arrugadas como el uniforme de Bob Abreu. Robert moja sus labios con la tercera lata y se refresca el esófago. Ha aprovechado las ausencias para narrar el juego. Terminan los aburridos y mediocres comerciales. En la TV la toma aérea del Universitario surge distorsionada. A la distorsión se le une la música corporativa del canal. Robert trata de manipular la antena, sin otros méritos que duplicar imágenes: cuando Bob Abreu era out en el inning anterior, al tratar de robar la segunda base, se deslizaba sobre la tierra y sobre su transparente duplicado hertziano. Es hora de que Kate venga, piensa Robert. Mira la ventana (o hacia fuera de ella) y comprueba lo tupido que se ha puesto el cielo y sigue mirando la TV. Pero no piensa más en su posible Kate ni en variaciones climáticas y vuelve a mojarse los labios. Su segundo sorbo coincide con el lanzamiento de Omar Daal. “Bola, un poco dudosa, comprobémoslo con la repetición”, narra Robert, adelantándose al formato de transmisión. Al rato Kate llega y Daal que saca el inning. “Coño, se me quedaron las llaves dentro del carro”, la vocecita de Kate se sentía desde lejos, como si por sus cuerdas vocales las palabras subieran en un ascensor igualmente desgastado. “Vamos a buscarlos”, Reverte con el tono hinchado de aquellos que promueven una aventura y se saben los guías. “Pero, ¿cómo?, yo tengo una emergencia con mi marido, ya sabe usted. Si no la tuviera, con todo el placer del mundo. Si quiere acompáñeme hasta el 21 y le dejo el ascensor”, Kate dice todo sin respirar, evitando brechas de silencio y con ello otro ruego del señor que apenas acaba de conocer. Kate aparta su dedo del botón STOP, y siente como los cables, retenidos por un par de minutos, empiezan a deslizarse por el cauce del ascensor, fluyendo como su sangre por ese dedo. Las llaves se enredan y no consigue la que gire la cerradura hasta el tercer intento. Habla como hablándole al doble rostro de Daal en close-up. Robert parece escucharla desde el fondo de un barranco con dispositivos antiecos. Descarga la rabia y mata una chiripita que moribundeaba por el ataque de los insecticidas.

Le da al botón de abajo. Sí, el de abajo. La alarma se desactiva. Su mente se desactiva de sí misma y comienza a divagar. Ella se desactiva. El mundo se desactiva dentro de su carro. La primera curva. La primera vez en su vida que conduce un domingo de fecha impar cuyo mes también lo era, ella nunca lo sabrá. Amarillo. Se rasca una de sus cejas con la sutileza del que extirpa una pústula emponzoñada. Mira las uñas y no hay rastros ocres. Ríe de no sé qué y le dibuja a su rostro una sonrisa sesgada sin caer en el típico desaire de la mueca. Rojo. Sus manos firmes en el volante dan la sensación de que está a punto de caer a un precipicio o al fondo de sí misma. Verde. La siguiente curva, las siguientes calles intestinales de aquella urbanización. Espera a que la anciana con vestido iglesia cruce la calle. Cae infancia. Cae vejez.

La hace sentir mejor persona. Cae en risas. Cae en lágrimas. Pero todo igual y nada ha cambiado, y nada a cambio de lo que es y siempre seguirá siendo. Desvía su mirada. El espejo retrovisor. La calle dejada atrás, una calle tejida al hilo invisible del tiempo, a una región pedazo de pasado. Existen cosas de las que uno nunca podrá desactivarse. Nunca podrá olvidarlo. Siempre desvía su mirada y un futuro empozado sale (a flote). Paciencia, verde. Un objeto, una palabra, esas cosas de casa, todo comulga y brota en esos pedazos de purulento pasado con somera facilidad. Afloran como una promesa después del café antes de dedicarse a labores de oficina. Afloran y brotan lo que hace sospechar alguna obcecación encubierta. Afloran, brotan y navegan por sus recuerdos como trozos de un barco del que siguen atravesando océanos partículas de su cubierta, mástiles, pernos mullidos, tajos de proa y ventanas de camarote. Gira. A la izquierda. La botella de vodka emite notas huecas en la alfombra. Sabe, que al abrir las cajas de la mudanza, será como destapar tumbas, criptas de las que pueden resurgir cualquier cosa menos marineros que nunca hallaron naufragio, sino esqueletos de un pasado que evoca cambios imposibles. Siente sagaz su silencio solitario de protegida. Más ahora, cuando conduce por calles sin que nadie pueda atisbar su rostro revestido de vidrios y carrocería y sistemas engranados que mugen como sus pensamientos. En los vidrios logra mirarse. Devana gestos glotones. Los labios como gajitos de manzana que parecen mamar el aire.

Pensando arrancarse sus recuerdos como Edipo los ojos. Falta una cuadra para el abasto. Ya se ve la modesta, pero vistosa, valla berenjena que lo publicita. Unos chamos que juegan pared estrellan la pelota de goma contra una de las ventanas. Ella contiene una arremetida verbal contra ellos, más para no perder tiempo que por ganarse fama de quisquillosa. Un Sierra, de los pocos que quedan en la ciudad, abandona un puesto. Allí va el Peugeot. Allí va ella, disfrazada, a orillarse en la acera. Vuelve a cerciorarse de la lista. Una nube gris lava su ojo en la ventana.

La lluvia impregna la acera como una epidemia de sarampión. Sus ropas, sus cuerpos calados se ven más indefensos: se contagian de agua. Robert le instala su gorra a Kate y la toma de una de sus muñecas, su mano sube, suave, con sutileza arácnida hasta casi rozar el rostro. La arrastra. “Ven a casa, conejito”, dice Robert. “No me llames así, coño”, refunfuña Kate. Y Robert: “Ya ni te preocupes por la grúa, cuando escampe, vemos”. Ella se da vuelta y se mira en el vidrio ahumado del copiloto –el mismo que ha recibido el impacto de la pelota. Al menos, la imagen (atávica o ajada) de sus cabellos deshilachados está dentro del Peugeot. Caminan. Los interrumpe la huella excrementicia del buldog.

En el vestíbulo del edificio la guardia cuarentona del 173 está zozobrada. Muy zozobrada, tanto como para utilizar este ridículo adjetivo. Sus hombros se hincan a la pared como si se viniese abajo con cerámicas y fontanerías y cataclismo y ellos queriendo evitar el derrumbe a toda costa. “Hermana, llegan los nuevos”, murmura uno que no importa quién porque nunca ha sido importante ni en esta historia ni en ninguna. Y, entonces, Kate: “Sus hijos deben estar aún con el señor con el que yo venía”. Debido a su falta de conocimiento de los árboles genealógicos vecinales, este comentario fue como el epicentro de un terremoto mental: removió capas de rencores. Algo se derrumbó y no fueron precisamente las paredes del vestíbulo, sino las de las indignaciones. Kate sintió ese estupor y la hizo un saco de escalofríos. “Los niños siguen con él”, agrega, sin esperar respuesta. Uno de ellos, que por las canas debe ser el mayor, o quizá el padre, sostiene la puerta para que entren al edificio. No hablan más y aprietan el botón del ascensor. El tiempo se va llenando de sí mismo: se abre otro plazo que pasa lento y pasa fácil. Miradas desconfiadas, de esas películas europeas que sustituyen parlamentos por pestañeos, miradas fijas o angulaciones de córnea, bocas abiertas, semi abiertas o semicerradas: formas de un abecedario sobre las líneas de los rostros y las patas de gallo, los lunares son los signos de puntuación. La lasitud aletea por los hombros de Kate. En el acto, para espantar las miradas que se le hunden como moscas sobre jalea, regresa la gorra a Robert, a probar si los vecinos, que tantos minutos valiosos han hecho perder, dirigen la atención al ridículo uniforme.

El bebé se arrastra como la chiripita aplastada por Robert. Se adueña de las lozas ajedrezadas. Experimenta una sensación parecida a la de El Rey monopolizando el tablero. Y pasa por delante de la TV, mira unos segundos y sigue cerca de las latas, de la chiripita que ahora es acompañada por otras dos que parecen auscultarla, de los gabinetes donde Kate y Robert han ubicado, sin principios taxonómicos, los productos que han traído durante la semana. El nene tiene, ante sí, pequeños universos de puertas que se abren y cierran, no menos cautivadores que la puerta de la calle, el universo mayor y siguiente paso de su estela heroica.

El paseo esperará una quincena. Los tres niños, hora y media después, en el décimo primero, afligidos por el aplazamiento de su Bellas Artes. El juego, a consecuencia de la lluvia, también tuvo que suspenderse, pero sólo media hora, mientras aliviaba el aguacero. Robert, al fijarse en el boxscore, puede comprobar que se ha perdido inning y medio, como si se hubiera engatillado el tiempo por él. Pero so tonto, piensa Robert, quién va a estar esperando por ti: Nadie. Kate corre hacia el baño estrujándose la cara. No hace falta que rompas el vidrio, piensa. Si te desesperas es peor. Un insecto pardo anda por el espejo, por su rostro plano, al otro lado de la realidad. Algunas gotas caen sobre sus rostros. Ella se jalonea el pelo y le atiza un golpe a su otra yo. Busca el teléfono y lo mancha de roja sangre y diminutos fragmentos espejeados, mientras Robert cierra, va cerrando uno por uno los gabinetes de la cocina, pateando paquetes rasgados y regados por el piso que nadie recogió.
El juego se reanuda.
Bola, el primer lanzamiento, dice la voz del locutor.

Del libro: Pasillos de mi memoria ajena (Monte Ávila, 2008)

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