El personaje, de Carmen Rosa Gómez

19/ 02/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

Tardé días en comprender lo que estaba pasando. El tiempo se me había acumulado sobre las hojas blancas y las oraciones inconclusas reclamaban a su sujeto.

Él se había presentado ante una mugrienta puerta de madera vieja, de la que colgaba presuntuosamente un letrero que anunciaba “Pompas Fúnebres Dios lo quiso así”. Era un lugar arrancado de alguna línea perdida, pleno de adjetivos desencajados que sólo la presencia de él podía armonizar. La fuerza que lo plantó en aquel umbral lo hizo tocar un par de veces. Finalmente alguien le abrió y un extraño olor fue su primer saludo. Pasó adelante siguiendo los pasos cansados del hombre regordete que lo había recibido. Este iba agitando con la mano una botella de la que salían chorros de agua de rosas que iban formando charcos. Mi personaje miró al suelo cuando sintió el chapoteo de sus zapatos sobre la mezcla marrón, mitad ficción de pétalos y mitad tierra olvidada por las suelas de los visitantes.

El gordo lo observó desconcertado, esperando una palabra que justificara su estadía en su negocio. Se apresuró a explicarle que necesitaba hablar con el embalsamador. Se dibujó la primera sonrisa en la mole de grasa, que no tardó en llevarse los amorfos pulgares contra el pecho en una presentación socarrona.

-Quiero encargarle un trabajo- le confió casi en un susurro.

El hombre siguió caminando, obligándolo a marchar detrás de él sin poder ver a donde conducía el pasillo por el que se habían metido. Una gallina se les cruzó en el camino y lo miró con extrañeza, quizá fue la única en notar su piel materializada y sus ojos de novela transcrita.

Trató de ignorarla, pero el ave, como si aquello fuera una peregrinación, se echó a caminar a la par de sus pies sin forma dentro de los mocasines de cuero marrón.
Llegaron los tres a un pequeño cuarto, donde estaban guardados unos cajones de madera tan curtida como la de la puerta principal. El gordo sacudió a un gato que se desperezaba sobre el más grande de todos los cajones.

-Es todo lo que tengo-, indicó mientras dejaba en el suelo la botella vacía. Le mostró los encajes, la almohadita con el emblema de la empresa bordado en negro, los trapos blancos con los que se cubren las piernas del difunto y el efectivo candado que resguardará hasta la eternidad los restos mortales del ser querido.

-Madera buena, no se pudre fácilmente- afirmaba dando golpecitos con sus nudillos invisibles en cada una de las cajas.

-¿Cuál le gusta?

-No necesito una urna.

Los ojos del gordo se empequeñecieron aún más, se rascó la panza como pidiendo un deseo y finalmente recuperó su actitud de atento comerciante.

-¿Qué es lo que necesita?

-Embalsamar un cuerpo.

-¿Cuándo murió?

-No ha muerto.

-Previsivo, ¿eh?

Volvió a mostrar los dientes amarillos en una sonrisa y le pasó la mano por encima del hombro para hacerle caminar hasta su oficina. Allá había una gran cortina de flores anaranjadas que los separaba del taller de trabajo. Tras la tela apareció la cabeza de una mujer que trataba de ocultar su desnudez con el manojo de pliegues floreados.

-Papi- aulló.

El hombre escupió hacia la gallina que los había venido siguiendo para espantarla.
El ave pasó entre las piernas de la mujer y se escurrió bajo la cortina.

-¿Qué quieres?

-Te estoy esperando.

-¿No ves que estoy trabajando?- gritó al arrojar su puño contra la mesita.

Ella se fue tras la gallina.

Lo invitó a tomar asiento.

-¿Qué es lo que quiere que haga?

-Necesito embalsamar un cuerpo y necesito saber qué tan bueno es usted en eso.

-No se le podrirá durante el velatorio.

-Necesito más.

-¿Qué va a hacer? ¿Lo va a dejar en exposición?

Una rata se escabulló bajo la cortina.

-El cuerpo debe durar mucho tiempo.

-¿Cuánto?

-Meses… años…

El hombre volvió a escupir.

-Eso cuesta mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucho material, mucho dinero.

-Le pagaré lo que sea.

-Hacen falta permisos- dudó.

-Imagino que usted me podrá ayudar en eso.

Hasta entonces mi personaje lo había hecho todo muy bien. Se encontraba donde quería, conversaba con quien deseaba y estaba a punto de concretar los aspectos más oscuros del negocio de la muerte.

-¿A quién debo embalsamar?

-A mí.

La explicación que vino después y todo cuanto sucedió es difícil de exponer. El gordo se levantó, trató de alisarse inútilmente los cuatro rizos de la cabeza, dejó misteriosamente de salivar e incluso no se percató de la reaparición de su mujer. Esta vez ella vestía una bata que alguna vez fue blanca y no necesitó de la cortina para ocultar su cuerpo. Al saberse ignorada vociferó unos cuantos insultos y amenazó con marcharse para siempre con toda su fauna doméstica. Él no la escuchó. Por su mente pasaban imágenes demoníacas que jamás lo habían asaltado en sus veinte años de profesión. Imaginó el dolor de mi personaje cuando lo llenara de aromas por cada uno de los orificios que la naturaleza le concedió. No podía aceptar aquella misión ajena a la vida misma ni por el triple de su costo real. Pero su moral y su ética estaban tan desgastadas como todo en el lugar y prefirió no conocer los detalles para no atormentar su conciencia al sentir en la mano el peso inigualable de un fajo de billetes que eran pura literatura. Entonces la mujer guardó silencio y todo pareció transformarse. No pasó ni media hora cuando la artesanía mórbida dio inicio. Por primera vez para el experimentado embalsamador su cadáver pestañeaba y no paraba de hablar. No pudo comprender que mi personaje no necesitaba rellenos antipútridos, ya que jamás describí sus pulmones o su estómago o sus intestinos. Por eso se sorprendió cuando encontró el par de muñones en el sitio donde debían estar los pies, pero es que él no habría entendido que yo jamás definí las formas de estos y que tenía en sus manos tan sólo una fuga de mi imaginación.

A duras penas culminó su trabajo dejando sobre la piel una sustancia pastosa que poco a poco se fue secando para restarle movilidad a los músculos falsos. Sus inyecciones de formol no hallaron células sobre las cuales actuar así que fueron un gasto inútil que restó del jugoso pago recién recibido. Finalmente cumplió con lo que en otras circunstancias habría sido el último deseo del finado y me hizo llegar de vuelta la momificación de mi fantasía con una factura anexa por concepto de uso de carroza fúnebre.
Ahora tengo algo más que mi historia original en la que un hombre solitario acabaría sus días de la forma como acaban las sombras de la vida. Ahora tengo un cuerpo conservado a un lado de mi estudio y en las hojas amarillas por las horas sigue mi personaje eterno. Tal vez si él no se hubiera salido del texto le habría podido explicar que los personajes nunca mueren.

Del libro: Breviario del ocio (Editorial Eclepsidra, 2012)

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