El testigo, de Milkor Acevedo

25/ 08/ 2014 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

eltestigopMe enteré de los detalles al igual que todo el mundo: a través de los periódicos. ¿De qué otra manera habría podido ser? Quizá si todo aquello hubiera ocurrido durante el período en que ambos tuvimos entre catorce y diecisiete años, o luego nuevamente entre los veinte y los veinticinco, quizá entonces, en el caso de que le hubiesen permitido hacerla, habría recibido una llamada suya en busca de auxilio o simple apoyo antes de que todo se hiciera público, a modo de esa llamada única que en las películas se le concede hacer desde la cárcel al infractor recién apresado y que le obliga a sopesar detenidamente las posibilidades de interlocutor que se le presentan. O si no, entonces habría escuchado con toda seguridad, al otro lado del teléfono, la voz angustiada de su madre en busca de un imposible consuelo. Pero por aquel entonces yo había dejado de ser su mejor amigo, su único amigo. Desde hacía ya mucho tiempo ambos nos habíamos transformado en la recíproca sombra, en el respectivo testigo a la distancia. De modo que un día en Barcelona, hace ya cinco años, a quien escuché en cambio fue a mi padre que llamaba desde Venezuela:

–¿Ya leíste el periódico? –preguntó apenas me hubo saludado.

–No, hoy es martes.

–¿Y eso qué significa?

–Solo compro el periódico los domingos.

–¿Y eso por qué? ¿Acaso solo ocurren cosas interesantes en el planeta los sábados? ¿Has visto las noticias en la tele al menos?

–Aún no son las tres. A ver, papá, ¿será que cayó Chávez? Ya voy corriendo al quiosco, pero podrías adelantar algo.

–Es Emilio, lo han secuestrado.

Emilio, secuestro. Dos palabras que a priori no tenían mucho sentido escuchadas una próxima a la otra. Esperas escuchar las palabras madre y muerte conectadas en algún momento, hermano y divorcio, primo y enfermedad, te toman por sorpresa mas poseen todo el sentido del mundo, pero en un primer instante estos dos vocablos entrelazados me dejaron sin habla por unos segundos, como si se hubiese producido una breve desconexión neuronal. Y luego, tras haber comprendido lo que había escuchado (A mi amigo Emilio, el mejor amigo que jamás he tenido y del que me separé hará unos siete años sin saber muy bien cómo y de quién prácticamente no sabría nada si no fuera porque su rostro aparece en la pantalla del televisor cada dos por tres, a este Emilio unos hijos de puta lo han secuestrado), me miré desde fuera: ¿Qué sientes? ¿Te afecta? ¿Te duele? ¿Te indigna? A que eres un ser humano. A que te sabes comportar mejor que nadie. Vamos, demuéstralo al mundo. Pero no se trata de ti y de lo que ocurre en tu interior, se trata de él. Estas noticias son una mierda.

–¿Quién lo ha secuestrado?

–Unos locos, unos fanáticos defensores de los derechos de los animales.

–¿Perdón? Es un chiste, ¿No? ¿Qué día es hoy? ¿El día de los inocentes?

–Ve y compra el periódico, por favor.

–Unos defensores de los derechos de los animales. ¿A cuenta de qué?

–Pues se supone que por lo de las peleas de perros. ¿Qué otra cosa podría ser?

–¿Y no había nadie por allí más malo que Emilio para joder?

–Hijo, yo no soy el portavoz de la policía. ¿Quieres hacerme un favor? Ve y compra el periódico, aunque no sea domingo. Y llama a Marta, por favor, y le dices que tu mamá y yo estamos afectadísimos.

–¿A la mamá de Emilio?

–¿Y quién más va a ser?

–Pero si no sé de ella desde hace más de diez años.

–¿Y eso qué importa? ¿Qué edad crees que tienes ya? Esas son las cosas que hacen las personas adultas, ¿sabías? –a pesar de mis treinta y dos años de entonces y de las precoces canas que ya comenzaban a ornar tímidamente mi sien, mis padres jamás dejarían de tratarme como si me acabase de marchar de casa para vivir solo, aunque supongo que a todo el mundo le ocurre lo mismo–. Ella sigue viviendo en la misma casa, siempre nos la encontramos en el mercado los domingos y hablamos de ustedes. ¿Quieres el teléfono? Aquí tenemos todavía tu agenda, toma, anota…

–Tengo el teléfono, papá –de hecho me lo sabía de memoria. Aún me lo sé. Imposible olvidar el número que con toda seguridad he marcado más veces en mi vida.

–Pues, muy bien, llama entonces.

–¿Me prometes que vas a llamarla? –finalmente hizo aparición la voz de mi madre. Había estado escuchando en silencio toda la conversación.

–Lo prometo, mamá. No se preocupen. Voy a comprar el periódico, voy a enterarme un poco sobre lo que ha pasado, y enseguida la llamo.

Me dirigí al quiosco, compré dos periódicos y eché de inmediato un par de ojeadas a las portadas. En ambas, en un recuadro de la esquina inferior derecha, aparecían sendas fotos de Emilio. En una de ellas se podía ver su rostro en primer plano dirigiendo la mirada seria hacia el infinito, la típica pose que quiere decir “soy artista y soy sensible: por favor no me hagáis daño” y de la que tanto nos habíamos burlado él y yo durante la universidad adoptando siempre aquel gesto afectado cada vez que alguien colocaba una cámara delante de nuestras narices (¿estaría burlándose nuevamente Emilio en aquella foto? ¿Se estaría riendo de todos nosotros? ¿O acaso iría en serio? Yo debería haberlo sabido, pero la verdad es que no tenía ninguna pista). En la otra aparecía de cuerpo entero, sudoroso y empuñando la consabida Gibson Les Paul roja, mientras la inmensa boca abierta parecía querer tragarse el micrófono que tenía enfrente. El breve recuadro explicaba la noticia casi con las mismas palabras en ambos diarios: “Emilio Kasabdji, líder de la popular banda de rock madrileña Dostoievski and Mister Hyde, ha sido secuestrado por un grupo terrorista hasta ahora desconocido que se hace llamar Organización de Resistencia Anti Humana (ORAH). Según un escueto comunicado remitido a una comisaría de Madrid, el ORAH amenaza con asesinar a Emilio Kasabdji en un plazo de siete días”. Eso era todo. Luego un pequeño pie de página remitía a más información en el interior. Dirigí mis presurosos pasos a casa y mientras tanto pensé en que era casi inconcebible que una noticia tan absurda y ridícula fuera al mismo tiempo tan terrible. ¿Qué coño estaba pasando en el mundo?

¿No había ya suficientes motivos para matar a otra persona?

¿Era realmente necesario salir con esto ahora? ¿Organización de Resistencia Anti Humana? ¿Contra qué tipos de humanos estaban en pie de guerra específicamente? ¿Por qué no comenzaban por suicidarse? ¿Y cómo debía ser pronunciado el ORAH, omitiendo la H final y pronunciando sencillamente ORA, o permitiendo que una sutil J abierta, al estilo de Oklahoma, se deslizara al final del vocablo?

Al llegar a casa me tumbé en el sofá y devoré todos los textos incluidos en ambos periódicos. Aparte de la información acerca del secuestro en sí, que no era demasiado abundante, rezumaban datos sobre la vida y obra de Emilio Kasabdji. Casi se diría que los medios habían estado aguardando tal acontecimiento y, apenas escuchado el pistoletazo de salida, se habían dado el gusto de derramar sobre los lectores la cornucopia rebosante de información acumulada acerca del hombre que había logrado situar el nombre de España en la escena internacional del rock. Ninguna otra banda ibérica había conseguido igualar los éxitos de Dostoievski and Mister Hyde, nadie en el mundillo del rock español había hecho tantas giras por Europa y Latinoamérica ni tenía tantos videoclips rotando en la MTV, nadie se había propuesto emprender una gira tan extensa por los Estados Unidos como la que la banda de Emilio tenía programado iniciar al cabo de tres meses a raíz del disco de platino que había recibido en Los Angeles dos semanas atrás. Un éxito inmenso, hasta ahora prácticamente reservado para bandas anglosajonas. Aunque era cierto que muchas personas alrededor del mundo desconocían que aquella banda era española, ya que Emilio cantaba en perfecto inglés.

Allí estaba todo, en aquellas dos largas páginas centrales del periódico: su nacimiento en Caracas en el seno de una familia siria de clase media dedicada al comercio de electrodomésticos, sus estudios de periodismo, su primera banda de rock llamada Grendel (en ninguna parte hacían referencia al guitarrista rítmico de aquella agrupación, por ningún lado leí mi nombre, ¿acaso tendrían que haberlo mencionado?), su mudanza a España, sus estudios en la academia del Liceu de Barcelona y en el instituto Berklee de Boston, la formación de la banda actual, los primeros éxitos, el ascenso a la fama, la consagración, la gloria. Centenares de miles de discos vendidos en todo el mundo, un sinnúmero de discos de oro y platino, escándalos sexuales, una agresión a un fotógrafo, dos ingresos a una clínica de desintoxicación… ¿realmente las estrellas de rock estaban obligadas a ser tan previsibles? ¿No se suponía que Emilio tenía que ser por fuerza un poco más original, que no terminaría convirtiéndose en un estereotipo con piernas? ¿Pero en qué me habría convertido yo acaso en su lugar? ¿En un honorable padre de familia? Si no lo había hecho hasta ahora dudo muchísimo que hubiese ocurrido colocándome precisamente en sus zapatos. Quizá me habría encantado salir de aquella clínica con cara de que esas seis semanas no habían servido para nada y acompañado por la misma mulata despampanante que Emilio llevaba del brazo en la portada de la revista. ¿Digo quizá? ¡Pero por supuesto que me habría encantado! Y apenas hubiese llegado a mi casa habría desperdigado un gramo entero de coca por encima del afeitado pubis de aquella jaca. Con cuánto placer convertiría mi existencia toda en un monumental lugar común. Pero si el precio por encarnar el cliché incluye terminar en manos de unos descerebrados como los del ORAH, pues olvidémonos del asunto. Supongo que más de uno habrá sentido en su interior un inconfesable sentimiento de ruin satisfacción ante un supuesto acto de justicia, pero yo, por fortuna y para mi alivio, no lo encontré, pero temí mucho hallarlo dentro de mí, lo cual no estoy seguro de si vendría a ser lo mismo en todo caso.

Acerca del secuestro en sí no había demasiada información al respecto. Tres hombres armados y con pasamontañas habían irrumpido dos noches atrás en la casa que Emilio poseía en la sierra de Madrid y se lo habían llevado a la fuerza. Probablemente llevarían varias semanas vigilándole y habían aprovechado una noche en la que el célebre artista se encontraba solo en casa. Los secuestradores argumentaban en su carta que su acto obedecía a la necesidad de dar una respuesta contundente a las actividades que Emilio había estado desarrollando con los perros de pelea y que estaban en conocimiento de gran parte de la sociedad española e incluso internacional. “Asumimos la defensa y la respuesta de aquellos que no están en capacidad de defenderse ni de responder”, se podía leer en la misiva. El ORAH se proponía, pues, acabar con la vida de Emilio Kasabdji en un plazo no mayor de siete días. ¿Pedían algo a cambio? ¿Había alguna esperanza? No se mencionaba. Si su intención era matar a Emilio, ¿por qué no lo habían hecho desde un principio? ¿Por qué mantenerlo secuestrado durante una semana entera? ¿Para que todos nosotros reflexionáramos sobre el tema durante unos cuantos días? ¿Para que los humanos malvados expiáramos junto a Emilio sus pecados? Y al fin y al cabo quiénes demonios eran ellos, ¿los humanos buenos, los homínidos que se encaran a los homúnculos, los homo sapiens con conciencia de género que traicionan a su propia especie? Nueva- mente, ¿cómo algo tan ridículo podía ser tan serio?

Tomé el teléfono y llamé a Venezuela. Me respondió una voz masculina. Pedí que me pusiera con la señora Marta, a lo que me respondió que en aquellos momentos no se encontraba en casa. Le di entonces mi nombre y pedí que le transmitiera que yo había llamado. Mi interlocutor guardó silencio. Parecía estar reflexionando. En ese momento supe que estaba hablando con el hermano mayor de Emilio. Dijo que aguardase un momento y a los pocos segundos escuché la afligida voz de la señora Marta:

–Víctor, ¿eres tú?

De inmediato irrumpió en mi mente con asombrosa nitidez la imagen de la señora Marta entrando en el cuarto de Emilio con una bandeja llena a rebosar de galletas, un recuerdo nunca antes invocado de modo consciente, pues tengo la firme sospecha de que en sueños regreso a aquella habitación en la que transcurrieron tantas horas de mi adolescencia. En ella pasábamos tardes enteras Emilio y yo si no estábamos de vacaciones, en cuyo caso nos íbamos desde la mañana temprano al Centro Social El Paraíso y allí permanecíamos hasta bien entrada la noche para regresar felices y extenuados a nuestros hogares ubicados justo enfrente del club, pues éramos también vecinos del mismo edificio. Pero mientras el ansiado agosto no arribase, ambos permanecíamos en aquella habitación, más algún amigo ocasional, jugando con algún antediluviano juego de ordenador, que por lo general no era más que una tapadera para mirar alguna de las decenas de películas pornográficas que Emilio atesoraba y que nunca entendí bien de dónde las sacaba. Sin embargo, en cualquier momento hacía aparición la simpática señora Marta con su bandeja repleta de galletas o con una jarra de Nestea y obligaba a Emilio a abalanzarse en centésimas de segundos sobre el Betamax para presionar el botón de stop, tomar en sus manos el joystick conectado al ordenador y simular que continuaba jugando. Acto seguido refunfuñaba y le espetaba a su madre sin dirigirle siquiera la mirada: “Coño, mamá, deja ya la ladilla, ¿vas a estar entrando cada cinco minutos?”. La señora entonces replicaba “A mí no me hables así, Emilio”, pero con una sonrisa tan afable que parecía estar encantada de que su hijo le hablase precisamente así. Yo, por más veces que presenciara aquella misma escena que podía repetirse varias veces cada tarde, no podía salir de mi asombro. ¿Cómo era posible que existieran hijos que hablasen así a sus madres? ¿Cómo es que existían madres que no solo permitiesen eso, sino que además parecieran sentir agrado ante la acritud de sus díscolos y amadísimos retoños? Si yo hubiese mencionado tan solo una mala palabra delante de mi madre habría tenido que escuchar, además de sus sollozos, el interminable sermón de mi padre cuando llegase del trabajo. “¿En qué nos equivocamos, Víctor, qué hemos hecho mal para que tú nos trates de esa manera?”, me habrían dicho si yo me hubiese atrevido apenas a mencionar la palabra “ladilla” en su presencia. Aun sigo sin poder decir palabrotas delante de mi madre. A veces hoy, a los treinta y siete años, hago acopio de valor y suelto aposta algún “coño” cuando mi madre está escuchando, más que nada para demostrarme a mí mismo que ya soy un hombre independiente que ha visto suficiente mundo, pero la verdad es que siempre sale de mis labios un “coño” tan vacilante y poco convincente que asemejo a un crío que quiere impresionar a sus amiguitos con la nueva y sucia palabra que le ha enseñado un primo mayor. ¿Y cómo era que la señora Marta no había descubierto aún las pornos de Emilio? ¿Cómo era posible que existieran en su propia casa lugares que permanecían ocultos a sus ojos? En casa de mi amigo existía algo que era para mí maravilloso y deslumbrante: privacidad. Emilio poseía su propio territorio, a pesar de que su madre entrase en el cuarto cada dos por tres. En mi casa no había ningún milimétrico rincón que escapara de la férrea e higiénica vigilancia de mi madre. En un par de ocasiones me atreví a esconder unas revistas Penthouse en mi cuarto. Pasé horas enteras en estado de ansiedad intentando idear un escondrijo adecuado que fuera inmune al ojo escudriñador de mi madre, pero fue inútil. A los dos días me entregaba asqueada las revistas asidas con un par de retorcidos dedos en forma de pinza y me decía: “Deshazte de esta porquería ahora mismo”. Yo, mientras deseaba evaporarme en aquel preciso instante, me preguntaba qué podía tener aquello de asqueroso. ¿Las has mirado bien, mamá? ¿De verdad? Porque yo te puedo asegurar que las he mirado muchísimas veces: contienen mujeres.

¡Mujeres! No son hombres. No son cabras. No son niños. Alégrate: ¡Son mujeres, mujeres hechas y derechas, y además muy guapas! ¿Qué es lo que te molesta en particular? ¿Será acaso la imagen de tu adorado hijo en estado de trance, perdida la mirada, con un hilillo de saliva pendiendo de sus labios e intentando arrancarse el pito de un tirón? Cumplidos los diecinueve años volvió a pillarme otras revistas de mujeres desnudas, pero en esta ocasión me las entregó con una meliflua sonrisa en los labios y sin decir palabra alguna. ¿Qué ha sucedido, madre? ¿Ya tengo edad suficiente para masturbarme?

¿Ahora que soy un hombre es gracioso y hasta tierno que me masturbe, y era asqueroso cuando era un adolescente? ¿Y no podías haber dejado las benditas revistas tranquilas en su escondite, tenías que entregármelas? ¿Estás demostrando que aún sigues en forma? Felicidades, mamá, no has perdido reflejos. Y dime, ¿qué se supone que debo hacer ahora con ellas, las vuelvo a esconder para que las encuentres en cinco minutos y me las entregues de nuevo, o las dejo de una vez a la vista de todos sobre la taza de la poceta y junto al papel higiénico?

La señora Marta salía de la habitación entre risas, nosotros volvíamos a la porno y a los diez minutos entraba de improviso (allí todo el mundo entraba de improviso, nadie se molestaba en tocar a la puerta) el corpulento hermano mayor de Emilio. “Ya están mirando pornos otra vez. Enfermos de mierda. No saben hacer otra cosa. ¿Cómo no se han quedado ciegos todavía con tantas pajas?”, y acto seguido le hacía una llave por la espalda a Emilio, lo tiraba en el suelo y le gritaba al oído: “Pide cacao”. Emilio se negaba, insultaba y pataleaba. “Que pidas cacao, coño”, repetía el hermano una y otra vez. “Coñoemadre, suéltame, mamagüevo”, respondía Emilio furioso y divertido a un mismo tiempo, y siempre terminaba pidiendo cacao tarde o temprano. Apenas escuchaba la palabra mágica, el grandullón soltaba a Emilio y se marchaba de la habitación. Cuánta envidia sentía yo cuando observaba a ambos hermanos revolcándose sobre la alfombra. Cuando mi hermano mayor me pegaba no tenía nada de divertido. Mi hermano siempre se tomó las cosas muy a pecho.

Era definitivamente una casa de locos. Todo el mundo hablaba a gritos, todos entraban y salían de la casa o de los cuartos a cada instante, vociferaban en árabe o en castellano, incluso en alguna ocasión Emilio llegó a lanzar platos contra sus hermanas en la cocina… aquello parecía la casa de los hermanos Marx. Nunca entendí cómo hacía Emilio para estudiar, y hay que mencionar que el Turco (todos sabíamos que era sirio, pero supongo que nos parecía más gracioso llamarlo el Turco) nunca fue un mal estudiante en el colegio. El Turco y yo no solo éramos vecinos del mismo edificio y miembros del centro social, sino que además compartíamos el mismo salón de clases. Unos años más tarde, tras un lapso de distanciamiento, nos convertiríamos también en compañeros de la universidad. Se podrá entender claramente el fuerte lazo que a ambos siempre nos unió.

–Así es, soy yo, señora Marta. ¿Cuánto tiempo, verdad?

La mujer no pudo contenerse y prorrumpió en llanto. En mi mente apareció el rostro aún joven de la señora Marta anegado en lágrimas, todavía sosteniendo en sus manos la bandeja con las galletas. Dos escalofríos recorrieron simultáneamente ambos brazos y coincidieron en mi nuca. Al otro lado del teléfono el hermano del Turco intentaba calmar a su madre. Yo no tuve más remedio que decir una de esas idioteces que la otra persona está esperando con ansias escuchar:

–No se preocupe, señora Marta. Ya verá, todo saldrá bien. Tenga confianza.

–¿Pero qué es lo que está pasando en el mundo? ¿Me lo puedes explicar? –yo me había hecho exactamente la misma pregunta unos minutos antes y no podía explicárselo.

–Ay, Víctor, siempre he pensado que desde que tú y Emilio se separaron todo empezó a irle mal. Mucha fama, mucha plata, y míralo dónde está ahora –como si hubiese alguna conexión entre revolcarse en el fango tras separarse de mí y que te secuestren unos fanáticos activistas pro derechos de los animales, recuerdo que pensé en ese momento–. Tú siempre fuiste su cable a tierra. ¿Por qué se separaron ustedes? Jamás llegué a entenderlo. ¿Tú me lo quieres explicar?

¿Explicarlo? No hay ninguna explicación, señora Marta. Sucede que un día estás jugando con los muñecos de las guerras de las galaxias y al otro pasas delante de ellos y ya no te entusiasman. Ni volteas a mirarlos. No es siquiera un proceso gradual. De pronto un día dejas de jugar con ellos. Así de sencillo. Algo parecido nos sucedió al Turco y a mí. Un día dejamos de llamarnos. Ambos teníamos de pronto demasiados amigos e intereses no comunes. Y qué le vamos a hacer, señora Marta, los hijos crecen, dejan de estar encerrados en la habitación con los amigos viendo pelis porno y atragantándose con Nestea, se hacen hombres y comienzan a meterse en problemas. Nunca salen de uno. Pero nada de esto venía a cuento con la señora Marta, así que en cambio le mentí:

–En realidad nunca nos hemos separado. Solo nos distanciamos un poco. Pero siempre hemos mantenido el contacto. Nos escribimos por Internet, y una que otra vez nos llamamos. Y a su hijo siempre le ha ido muy bien. Solo ha tenido algunos baches, pero todos pasamos por ellos. También saldrá de éste, espere y verá. Yo la verdad es que hasta creo que no hay que tomarse esto demasiado en serio y entrar en pánico. Si le soy sincero, incluso pensé en un primer momento que se trataba de alguna estrategia de mercadotecnia de muy mal gusto para promocionar la nueva gira por los Estados Unidos. Usted no se preocupe, señora Marta. Espere y verá.

–Dios te oiga, Víctor, Dios te oiga. Siempre fuiste tan dulce

A partir de este punto comenzó a llorar nuevamente y el hermano de Emilio tomó el teléfono. Agradeció fríamente mi llamada, nos despedimos y colgamos.

Una hora más tarde dieron inicio los noticiarios en la televisión. En el telediario colocaron la noticia en tercer lugar de importancia. Quizá el grupo ORAH (pronunciado por la presentadora como ORA; tal vez en Venezuela, país harto permeable a los anglicismos, le agregarían la H inglesa al final) no infundía tanto respeto como lo haría ETA o Al Qaeda, en cuyo caso con seguridad la noticia habría abierto el informativo. No agregaban prácticamente nada nuevo a lo ya mencionado por los periódicos. No había comunicados nuevos de la banda. Los agentes de las fuerzas de seguridad permanecían rastreando en el domicilio de Emilio en busca de alguna pista. Nadie sabía nada del grupo ORAH, ni tampoco recaían firmes sospechas sobre alguno de los grupos defensores de los derechos de los animales o radicales antitaurinos que pululan por España. Aunque no se trataba de toros sino de perros, pero con esta gente nunca se sabe. Apagué la televisión, permanecí un rato en el sofá decidiendo qué debía pensar exactamente, y al no saberlo me dirigí unos minutos más tarde al escritorio en la sala para continuar escribiendo la novela que tenía entre manos.

 

No es mi intención escribir una novela negra o un relato de intriga. No tengo especial interés en mantener al lector cautivo tensando la cuerda argumental, administrando pistas esclarecedoras o sacándome de la manga rebuscados y efectistas giros en la trama. De modo que no es menester ocultar algo que de todas maneras es de conocimiento público: el Turco no fue asesinado en cautividad. Logró recobrar la libertad. Sin embargo, no pudo sustraerse a lo que parecía ser su sino: morir joven. Falleció hace dos años. Se descerrajó un tiro en la sien en su casa de Haifa usando la pistola de reglamento de su mujer. Las razones nunca salieron a la luz. Si dejó alguna carta escrita a modo de despedida, solo su madre y su esposa lo supieron. Todo esto quizá ya no sea tan conocido por el público mayoritario. Tras el secuestro Emilio decidió disolver la banda. Un par de años más tarde se casó con una mujer judía que conoció en Madrid y ambos resolvieron irse a vivir a Israel. Curiosa decisión para quien provenía de una familia musulmana, aunque el Turco jamás fue practicante, al menos hasta lo del secuestro. Según me contó cuando fui a visitarlo a Israel hace tres años, estaba comenzando a interesarse por la Cábala judía y por ciertas corrientes animistas africanas. Aquello, según él, lograba captarse en la música que estaba componiendo en la actualidad. Yo no lograba captar nada en absoluto. De hecho, no comprendía la música que estaba componiendo. Tras la disolución de la banda, el Turco se había perdido en el limbo del mercado musical, y tan solo unos cuantos fans incondicionales alrededor del mundo habían permanecido siguiendo la pista a lo poco que había llegado a las discotiendas durante aquellos últimos años. Cuando se descubrió su cuerpo sin vida, apenas El País le dedicó un pequeño recuadro en la página de necrológicas.

Tras lo del secuestro fui a visitar a Emilio a Madrid. Era la segunda o tercera vez que lo veía desde que ambos nos habíamos mudado a España más o menos por las mismas fechas, hace ahora unos doce años. A pesar de que intenté interpretar lo mejor posible el papel de viejo amigo consternado que ha llegado para brindar su apoyo y compañía tras la dura experiencia, él captó de inmediato mi velada intención: quería la historia para escribir una novela. El escritor es un animal omnívoro y carroñero. Ya a estas alturas he devorado casi todo lo que en mí hay de masticable, así que no me resta más que fagocitar vivencias ajenas. Atrincherado desde hace tiempo en estas cuatro paredes, no tengo más remedio que salir en busca de material y vivir vidas vicarias que luego vuelco en estas páginas sin respeto ni misericordia. Él me caló al instante. No cayó en la trampa y permaneció impenetrable durante aquella semana. Sin embargo tiempo después, cuando dos novelas mías de mediano éxito le convencieron de que yo ya no andaba tras aquella historia que, por otra parte, había extraviado su carácter de primicia, optó por abrirse y relatarme los hechos detalladamente. Ya no desconfiaba. Quizá hizo mal. He terminado por traicionarle a modo póstumo. Me es imposible contenerme. De todos modos la historia de la literatura universal está plagada de últimas voluntades traicionadas.

No obstante, aunque pueda sonar a patética y falsa disculpa, ya no busco el éxito. Ya no lo busco porque ahora sé que para mí no existe ni existirá el verdadero éxito ligado al campo de la literatura. Mi felicidad relativa siempre estará condicionada por factores completamente independientes de los triunfos o fracasos que obtenga con el ejercicio de mi profesión. Me explico: para mí el éxito consiste sencillamente en la obtención de mujeres. Todo lo restante, dinero, fama, premios, reconocimiento, es secundario, o, si se quiere, tiene valor en cuanto está supeditado a la obtención de lo primero. Me parece recordar que el doctor Freud llegó a afirmar que todo hombre busca el éxito para obtener conquistas sexuales, y si no lo dijo textualmente puedo jurar que sostuvo argumentos muy similares. Así de sencillo. El hecho de que el hombre de éxito luego decida no hacer uso de estas conquistas y prefiera quedarse tranquilo en casa con su mujer –a quien ya impresionó y conquistó en su momento gracias a sus éxitos pretéritos–, o que (más probablemente) sea esta mujer la que deniegue con su mera presencia el permiso para hacer uso de ellas, o que (improbablemente) prefiera prescindir de hipotéticos placeres incluso en el caso de no existir obstáculos conyugales y decida encender noche tras noche la televisión en perfecta soledad, nada de esto contradice la premisa. Aunque el individuo en cuestión decida no sacar provecho de sus conquistas, al menos obtendrá gratificación de la adulación y del deseo presentidos a la distancia. Una conquista sexual, de más está decirlo, no lleva aparejada necesariamente su posesión. El mayor placer, el gran estímulo a la vanidad, radica en el propio acto de la conquista, aunque no se haya participado prácticamente en él, es decir, más allá de haber alcanzado el éxito que trae consigo los trofeos carnales; todo lo que venga a continuación es vulgar, anecdótico, y hasta es posible que vaya en detrimento del goce de la caza inicial.

Según mi humilde punto de vista, no estaban finos Schopenhauer y Nietzsche cuando respectivamente afirmaron que la fuerza que dirigía al universo era la voluntad de vivir o la voluntad de poder. No, lo que hace realmente girar a los planetas es la voluntad de ser amado. Pasamos toda la vida intentando que los demás nos amen, nuestros padres, nuestros hijos, la maestra, la chica que nos gusta, la mujer del vecino, los amigos, nuestro perro, el jefe, los compañeros de trabajo, mis contados lectores, el país, el mundo entero. Desde la cuna aprendemos a disputar el amor de mamá, y así llegamos a la tumba, siempre esforzándonos por apropiarnos de un recurso limitado que debemos poseer con exclusividad. La encarnizada lucha por obtener amor es capaz de generar los más intensos odios. Porque para alcanzar tal fin no es suficiente con ofrecer la mejor cara y enseñar nuestras pocas virtudes, no, eso no basta, el amor es escaso y todos lo pretenden, cualquier infante con un hermano sabe a la perfección que además es menester mentir, intrigar, simular, fingir, manipular, sembrar cizaña y meter una zancadilla a tiempo si queremos que la balanza se decante de nuestro lado. El amor que no nace del imperativo filial, el amor interesado que surge por ejemplo entre un hombre y una mujer, por lo general se basa en un malentendido. Yo, al igual que todas las personas que conozco, siempre he intentado demostrar a los demás que en realidad yo no soy yo. Esto en una que otra ocasión me ha valido alguna preferencia.

Pues bien, dentro de mi pueril ingenuidad llegué a pensar en algún momento que la escritura podría suministrarme alguna ventaja erótica en mi eterna campaña por ser amado. Creo que nunca en mi vida he estado tan equivocado. ¿Cuánto es el porcentaje de lectores que retienen en su memoria el rostro de algún autor? Mínimo, sin lugar a dudas. Escribir no ayuda a tener más sexo. Más bien al contrario, pues te obliga a permanecer encerrado en casa la mayor parte del tiempo. Mala elección. Todo esto lo comprendí a la perfección durante aquella semana que compartí con el Turco en Madrid tras el secuestro. Fuimos a una discoteca. Nos colocamos en la barra y no habían transcurrido ni diez minutos cuando dos chicas se acercaron a Emilio. Una de ellas era bastante atractiva. La otra un poco rechoncha, pero no estaba nada mal. Esta última fue quien habló:

–Eres Emilio, de los Dostoievski, ¿verdad? Emilio tan solo asintió.

Las chicas se miraron entre ellas, sonrieron con cierta vergüenza y, en lugar de pedir un autógrafo, que era lo que yo me estaba esperando, la más atractiva susurró al oído de Emilio con el volumen suficiente para que yo pudiera escucharla:

–¿Qué tal si vamos ahora a mi casa y nos follas a las dos?

¿Perdón? ¿Había escuchado bien? ¿Sin antes hablar con ella tonterías? ¿Sin pedirle un cigarrillo ni preguntar su nombre? ¿Sin preguntar qué haces en la vida? ¿Sin invitarla a un trago? ¿Sin intentar hacerla reír? ¿Sin bailar? ¿Sin hablar, de verdad, estás segura? ¡Sin tener que hablar y hablar y hablar por horas! ¡Como en una porno! El Turco vive dentro de una porno, pensé al instante, como las que veíamos en su cuarto a los catorce años. Dios mío, el sueño de toda mi vida. ¿Y tú te pensabas que con tus libritos ibas a obtener alguna ventaja erótica? Toma ventaja erótica, aquí la tienes, en tus propias narices, apréndete bien la lección.

Para mi enorme asombro, Emilio contestó que lo sentía mucho, pero que estaba con un amigo. Las chicas se alejaron un tanto defraudadas, pero a la vez satisfechas por haber intercambiado algunas breves palabras con Emilio Kasabdji.

–¿Pero qué haces? ¡Dales plomo! –le dije apenas nos quedamos solos–. Por mí no te cortes, yo me coloco en un rinconcito tras una cortina y me hago una pajita mientras te veo cogiéndotelas.

–No pasa nada. Hoy estamos juntos, ¿no? Eso que yo sepa no es nada usual.

No había ni pizca de orgullo ni presunción en su voz. Deduje de inmediato que aquello tenía que ocurrirle con demasiada frecuencia. Ya estaba tan acostumbrado que ni siquiera se ufanaba ante mí. Yo no me lo habría pensado ni por un segundo. Ni siquiera habría esperado a llegar a casa. En ese momento estaría empalándolas como un náufrago en el baño de la discoteca. ¿Qué podía hacer yo en cambio con mis libros? Muy bien, es verdad que enarcan las cejas cuando les comentas que eres escritor, alguna que otra vez hasta hacen el esfuerzo de leer la novela que les regalas, incluso se la terminan, y si han vencido el disgusto que les ha producido hasta es posible que te admiren un poquito y se abran de piernas, pero en el ínterin han transcurrido tantos días que lo mismo daría salir a la caza y valerme de mi carita linda y mi simpatía arrolladora como un simple mortal prescindiendo de la información de que soy un escritor nada afamado. Ni que fuera tan especial.

Así que en realidad no fui a Israel en busca de una historia prometedora. Realmente tenía ganas de estar con Emilio, de charlar con él, de reflexionar sobre tantas cosas, al igual que hacíamos en la universidad antes de separarnos. Emilio me lo contó todo con lujo de detalles, y la historia evidentemente me sedujo. Tan solo habría que ornamentarla y agregarle ciertos detalles superfluos de mi propia cosecha que son los que hacen que las simples narraciones testimoniales puedan ser consideradas como novelas. Luego entré a trabajar en el periódico y a través de Claudia conocí a Andrés Vargas y a su hija Amaranta. Luego el Turco se pegó un tiro. Y yo ya no pude entonces evitar comenzar a escribir.

 

De: El testigo (Oscar Todtmann Editores, 2014)

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