El último embargo, de Frank Baiz Quevedo

07/ 10/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado
containersHasta que los gringos dijeron basta y echaron a andar sus enormes maquinarias amarillas que iban a restituir a su lugar de origen y derecho todos los bienes y males que habían ido transportando a través de los años a estas tierras de Dios y Federación, no faltaba más, qué se habrán creído los consabidos negritos, iniciando —inicializando, corregían los peritos de reemoción terrestre— así el más grande terremoto programado conocido jamás: comenzaron por donde tenían que comenzar, por las ingentes computadoras instaladas en tanto instituto autónomo, en tanto edificio blanco repleto de papel y fastidio encorbatado, la IBM 360, tenga la bondad señor que nos estamos llevando la máquina, no te agites negrito que el gringo tiene razón. Después fueron los silenciosos parientes electrónicos que habían inundado el país durante los últimos años: calculadoras manuales, me hacen el favor señores y señoras y entregan sus calculadoras manuales, miren que no quiero violencia; relojes digitales, balanzas y contadores, termómetros, multímetros, barómetros, pluviómetros, tensiómetros, voltímetros, titulímetros, espectrómeros, decibelímetros, altímetros y bajímetros fueron desconectados cuidadosamente, escrupulosamente empacados, codificados, clasificados, serializados y embalados en cajas, cajitas y cajones que la International Box Corporation había elaborado por encargo. La gente, un poco triste por la ausencia de aquellos numeritos verdes y rojos que desde la pantalla tanta pantalla ayudaban a brindar aceptó sin embargo el embargo de los ingenios electrónicos. Pero cuando se propagó la noticia de que, finalizada la etapa electrónica—digital, había nacido en el occidente del país una segunda fase que comprendía el secuestro, decomiso y posterior embalaje de radios, televisores —en pleno acordetazo climático de la “Hija de Juana Crespo”— y tocadiscos (turntables), entonces una colectiva explosión de histeria protectora se desató en las grandes ciudades. La gente ya no encontraba en donde esconder sus radiecitos Riviera, los pequeñísimos grabadores de cassette Sony que caían inexorablemente en manos del personal de decomiso. Se cuenta de un valiente estudiante de Ingeniería que prefirió lanzarse del tercer piso del edificio de Matemáticas y Sistemas (MYS) antes que entregar al enemigo (ya se había difundido la especie de que se trataba de una acción enemistosa) la flamante HP—67 que a duras penas y valerosamente había logrado resguardar de los decomisos iniciales. Una señora en Maracaibo se suicidó dentro de su dishwasher a máxima velocidad. Hubo intentos ricaurtenses de destruir los grandes almacenes de electrodomésticos, de camuflar los laboratorios electrónicos de liceos y universidades haciéndolos pasar por atrevidas escenografías del teatro contemporáneo, de desarmar hasta sus mínimos componentes los complejos electrónicos más grandes y sofisticados y en Altamira, Caracas, un niño de doce años murió atragantado al intentar deglutir, en un desesperado gesto, su Mini Casio de cuatro operaciones y punto flotante. Pero todo fue en vano, y al cabo de dos semanas, una descomunal pirámide de madera se alzaba en el principal puerto del país, guardando, en su seno, el total de instrumentos eléctricos y electrónicos que alguna vez habían ocupado un lugar del territorio nacional.

Sin televisores, sin tocadiscos ni aparatos de proyección cinematográfica la vida —sobre todo la vida metropolitana— se vio altamente perturbada. La gente se aburría o se desesperaba y comenzó a inventar o reinventar viejas y olvidadas distracciones; no era extraño descubrir en una esquina a un grupo de ancianos jugando la gallinita ciega, la candelita o, simplemente, contando historias de aparecidos. Algunos padres desenterraron ancianos ábacos y, deseosos de mostrar a sus hijos el valor de estos rudimentarios sustitutos de las calculadoras, se consagraron a la enseñanza de la aritmética; otros, en un desesperado intento de suplir las virtudes de la fenecida televisión, escenificaban ante sus vástagos hiperbólicas dramatizaciones; finalmente, hubo quienes simplemente optaron por sacarle provecho a la situación, colocando en el libre comercio de las distracciones, empolvados juegos de damas chinas, de yaquis y gurrufios. No obstante, la diversión más generalizada —sobre todo entre los felices poseedores de algún vehículo de tracción no sanguínea— siguió siendo la automotriz; no por casualidad se incrementaron notablemente las muertes en carreteras, avenidas, callejones y autopistas en un trescientos veinticinco por ciento y las denuncias por robo, secuestro y desvalijamiento de vehículos superaron con creces las abultadas cifras registradas durante todos lo años anteriores.

 

Semanas más tarde comenzó la etapa mecánica, mister usted hacer un favor de entregar la llaves de su vehículo, en pocos días no existía ni una sólo embotellamiento a todo lo ancho del país nacional y, al cabo de una semana, ya no existía tránsito alguno. LTD, Landau, Caprice, Fiat, Maverick, Volkswagen, cada automóvil era colocado en una voluminosa caja amarilla (containers, las llamaban los expertos de embalaje y embarque) a una de cuyas caras se adosaba una ficha—resumen de su vida en el trópico: Volkswagen. Año 1970. Color azul. El Paraíso. Caracas. (En realidad decía: V.W. Year 1970. Blue. El Paraíso. Caracas.) No es necesario relatar cuántos suicidios, asesinatos, muertes por colapso nervioso o simple melancolía se sucedieron en el transcurso de unos pocos días. Basta mencionar el gesto, memorable, de un grupo de jóvenes caraqueños —otrora campeones de pique de cauchos en la zona de Los Próceres y aledaños— que vieron sucumbir una tras otra sus poderosas máquinas automotrices en una crepitante pira de hierro al fondo del más profundo barranco de la carretera Caracas — Los Teques. No menos de la mitad de estos denodados jóvenes se lanzaron al vacío con todo y sus autos.

Hubo momentos en que la gente se dedicó a caminar por las autopistas y las avenidas de la ciudad y hasta se producían congestiones de viandantes que pugnaban por comerse los semáforos, pero muy pronto —con la súbita desaparición del segundo piso de la Autopista del Este en las fauces de varias maquinarias amarillas— la costumbre se vio sustituida por un incontenible afán de solicitar refugio en los lugares techados, a salvo de las cuadrillas de recolección que se afanaban en desmontar los postes del alumbrado y del tendido eléctrico. A esta altura de las circunstancias ya las fuerzas del orden en consideración al artículo, del código, del infolio, inciso, subtítulo, etcétera, habían decidido implementar los pasos conducentes en favor de una intervención en contra de la brutal agresión de que ha sido objeto, pero mucho antes de que el contenido de tal decisión emanada en consenso del soberano Congreso Nacional alacanzara los oídos del General en Jefe de los Ejércitos designado para tal fin, ya absolutamente todo el armamento terrestre, marítimo y aéreo, había sido decomisado, embalado, y enviado expresamente a su nuevo destino.

Un desasosiego, una gradual apatía se fue apoderando de la población que deambulaba sobre el polvo que una vez había sido autopistas, sin hacer caso de las grúas que desmontaban los avisos luminosos, de los taladros que extraían del vientre de la tierra las vísceras resquebrajadas de tubos recolectores e instalaciones subterráneas. Pero cuando arribaron al país las primeras gigantescas “mudadoras” de la International Building Movers, ya todo fue una única inmensa desesperación que empujaba a los despavoridos habitantes del país hacia la autodestrucción y la locura, mientras las ingentes maquinarias amarillas desmontaban, piso a piso y almacén por almacén, todos y cada uno de los numerosos centros comerciales que en los últimos años había proliferado en el país.

En el desierto aceitoso —las torres de extracción petrolera habían desaparecido hacía meses de aquellas descoloridas tierras y en algunos lugares el negro carburante brotaba espontáneamente— deambulaban embrutecidos los hombres (y las mujeres (y también los niños)). Apenas si tenían fuerza para correr y librarse por unos minutos y volver a emprender una cada vez más imposible huida y por fin caer extenuados y dejarse atrapar por los recolectores para ser transportados hacia esos enormes recintos electromecánicos —últimos engendros llegados al país y plantados en medio de la desolación— y ser depositados en las camillas de desplazamiento automático que les conducían al Centro de Recuperación Sanguínea —Blood Recovering Center— donde gota a gota, en un riguroso proceso de selección, les era extraída la sangre ajena producto de la importación y la ayuda internacional, última deuda por cobrar.

Del libro: Textos y pretextos (Fundarte, 1996)

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Un Comentario a “El último embargo, de Frank Baiz Quevedo”

  1. josé moreno c. says:

    Extraordinario cuento de carácter premonitorio.

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