El viaje de vuelta, de Alejandro Varderi

15/ 03/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Comienzo a hablar de tiempos peores
a sabiendas de que mi falta de imaginación
es un ingrediente para
todo exceso
que la realidad pone en su puesto.

Es un inconveniente
Pues cuando hago el intento de hablar
la palabra permanece en estado salvaje
sin salir aún de mis labios
que, en vez de dictarla,
la estrangulan.
Juan Calzadilla

Hace tres años que recibimos una carta vuestra en la cual nos contáis un sin fin de cosas, hoy después de tres años os escribo pero sin ningún tipo de ánimo. Os diré que no trabajo, este asunto para los hombres de edad está igual o peor.

La decisión que tomasteis de iros y vender todo fue la más acertada, aunque entonces yo no lo veía así, pero en esta vida todos cometemos errores y el más grande que hemos cometido fue ser emigrantes. Pero por desgracia todo esto ya no tiene remedio. O sea que, de ahora en adelante, nos tenemos que poner en manos de Dios y esperar lo que venga.

Pues bien mis amigos, os diré que de trabajo no hay nada, algún tirito por aquí, algún tirito por allá, que no dejan nada de dinero y sí dejan muy mala huella en el corazón. Pere, estoy tan herido y desmoralizado que no queda nada de Albert Font. Moralmente estoy destrozado, haga lo que haga nada sale bien, aunque quisiera llorar no podría pues ya se secó la esponja. He perdido la fe en todo, por lo único que aún tengo ilusión es por mis dos hijos que me cuidan y nunca me dejan solo.

Os diré que con mi mujer tenemos ya dos años que estamos completamente separados y ni siquiera nos hablamos, ni las buenas noches. No nos divorciamos porque no podemos vender el apartamento, y yo no me voy porque no tengo ni dinero ni trabajo.

Mis dos hijos trabajan, gracias a Dios. El mayor que es Alberto junior, si Dios quiere se gradúa de administración en mayo, sigue en la misma empresa y gana un buen sueldo. Marcos, el menor, no ha querido estudiar ninguna carrera, pero está haciendo unos cursillos de informática y trabaja en una venta de sófgüer y computadoras.

En el 89 tuvimos un año pésimo. Mi hijo menor hubo que operarlo y gasté mis últimos ahorros. Pere, te acuerdas de Pepe Pou; después de los desórdenes del 27 de febrero, él vendió todo y se fue a vivir a Maracay. Era un hombre de muy buena posición económica, no trabajaba ya que como hombre de dinero no tenía necesidad de ello. Pues en marzo de este año se tiró por el balcón de su casa suicidándose, no sé si lo sabíais.

El ramo de joyería en Venezuela se acabó, algunos han cerrado, otros han vendido, y vendedores ya no quedan, pues los atracan y roban.

Es asombroso ver lo solo que me he quedado, de amigos de más o menos mi edad no me queda ninguno. Pere es triste ver cómo se nos escapan de nuestras manos problemas que no podemos o no sabemos resolver, y la vida sigue a marchas aceleradas.

Pienso que por los periódicos y la T.V. estaréis informados de los graves problemas que estamos pasando en Venezuela. En febrero tuvimos un intento de golpe que orquestó un negrito de apellido Chávez, que si lo hubierais visto se os parte el alma. A dónde hemos llegado Dios mío, qué miseria, qué degradación. Teníamos que hacer colas de dos a cuatro horas para comprar pan o algo de comida. Y otra vez hubo saqueos: a Marcelino y la mujer les destrozaron la floristería, y al portugués de abajo le quemaron el abastos después de llevarse todo lo que pudieron. Y gritaban que nosotros habíamos venido a este país a explotarlos y quitarles el pan, ¡nosotros! Y pensar que desde que llegamos aquí no hemos hecho sino trabajar por el bien de este país.

La clase media se acabó por completo, así de golpe, tal como os lo digo: sólo hay muchos pobres y trabajadores y ricos, Pere, América Latina se acabó; puedes dar gracias a Dios que ya estás en España y a su tiempo tendrás un retiro. Por deciros algo, una canilla de pan cuesta 25 bolívares, un cuarto de kilo de café 65 bolívares y no sigo. En cuanto a los repuestos del carro, lubricantes, cauchos, etc. etc. esto es intocable. Hay que rezar todos los días para que no le pase nada al carro.

Hoy día 19 de abril, aniversario de la Declaración de la Independencia de Venezuela y a las 3 de la madrugada decido escribiros a como dé lugar, rápido y sin pensarlo dos veces. Os quiero mucho.

Abrazos,

Albert
Pere Ribot dejó la carta sobre la mesita y se frotó nerviosamente el cuello como cada vez que se encontraba inquieto por algo; él tampoco podía dormir a pesar de lo primaveral de esa noche de junio. Rosita parecía descansar. Su cuerpo abandonado al sueño bajo el amplio camisón blanco que, al moverse la piel, proyectaba hacia la pared una sombra de pájaro agitando acompasadamente las alas. Ave del paraíso o cigüeña, ya no colibrí ni mirlo, esta mujer que había ido dejando su esbeltez estacionada en los árboles del dolor: uno aquí, otro allá; sobre las ramas más bajas los continuos traslados entre Barcelona y Caracas haciendo y deshaciendo casas, embalando y desembalando muebles, familiares y amigos sólo presentes en las cartas periódicas que los Grau y los Ribot, Paquita, Mercè o el primo Ferran escribieron los años cuando, desde las copas de aquellas enramadas, sólo estallaba el brillo de las orquídeas, y el zumbido de los cristofués picando guayabas en un patio de la Pastora. Pensión o más bien casa esa vivienda de catalanes que acogieron a Pere, Carlos —un muchacho andaluz que Pere había conocido en la Mili— y Giusseppe el italiano quien, muy inteligentemente, se les había unido en el barco a fin de aprender rápidamente el español, “hacía casi cuarenta años” —pensó Pere levantándose de la cama para ir a orinar.

“Collons, quaranta anys ja fa de tot això. Em cago en l’hòstia! Entonces aquel país sí que era una maravilla: una tranquilidad, un gusto… Caminabas de noche por el centro de Caracas yendo al Palace o al Junín, porque nosotros éramos de los pocos inmigrantes que sí que íbamos al cine, sin temor a los asaltos. Nadie se metía con uno. Había un respeto, una educación: señor Ribot por aquí, doña Rosita por allá.

A los pocos días de llegar ya me puse de engastador en una joyería cerca de San Jacinto, y al año con Max Claret abrimos el taller de El Conde. Ahí nos empezó a ir bien. Montábamos morocotas y hacíamos muchos engastes con topacios y aguamarinas que se pusieron tan de moda en la época de doña Flor y el General; hasta a varios de su círculo íntimo llegamos a fabricarles alguna pulsera, gracias a las relaciones que tenían los Trulls, amigos de la mare desde el tiempo cuando regentaban una camiseria de molt luxe als voltans de la plaça Reial.

Amb en Max si hauria pogut fer-me ric , siempre lo decíamos. Ya en la época que aprendíamos el oficio en la calle de l’Hospital, y nos acercábamos los domingos a bailar al Verdi de Gràcia donde yo conocí a Rosita y Max se enamoró de Montse Vilar. Pobre… ella nunca le perdonó la desgracia de la mare . Pero Max no tuvo la culpa. La culpa la tuvo el fill de puta d’en Franco i els xarnegos que nos invadieron hasta que tuvo que cerrarse l’Estació de França para que no siguieran entrando murcianos y cartageneros, que en la calle te decían que llamarían a la policía si seguíamos hablando en catalán, la mare que’ls va parir! ¡Cuánta ignorancia! ¡Cuánto odio!

Max se fue primero, ya casado con Montse. Habíamos ido todos al puerto a despedirlos: Rosita, Albert Font, Ferran, los Vilar en pleno… Montse era hija única i sa mare n’estava molt d’ella , siempre pendiente de que no le faltara nada. I vet aquí que entre besos y abrazos se suben al barco, el barco empieza a salir del muelle, les decimos adiós, adiós, y en ésas a la madre de Montse le da un infarto y se muere allí mismo, en pleno embarcadero. Y nosotros sin saber qué hacer. Ferran iba a llamar al barco cuando el padre dijo que no, que ya se encargaría él de avisarles cuando hubieran llegado a Caracas.

Montse, al enterarse, empezó a odiar a Max; como si él hubiese tenido alguna responsabilidad en aquella tragedia… no sé; quizás porque, en el fondo, lo que Montse realmente resentía era el haberse ido de Catalunya; un poco como Albert, aunque lo de Albert sí se justifica, y más cuando han sido los políticos quienes han acabado con Venezuela. Los políticos y la política acaban con los países y con las familias”.

Pere Ribot de regreso del baño pasó frente al cuarto vacío de su madre y abrió la puerta. Todavía el olor dulzón a vainilla que por años había anticipado los gestos de Carme Ribot flotaba sobre el abigarramiento de muebles, cuadros y figuritas entre los cuales ella se había replegado cuando Pere vendió el apartamento de la Via Augusta, y se mudó con Rosita y Lluís a la casa del carrer Muntaner.

En la pared junto a la puerta vidriera que daba a la galería, Carme Ribot le había hecho poner a su hijo la vitrina con las muñecas de Natàlia, y así estar más acompañada los días cuando no salía más; sólo una cita semanal en la peluquería y las visitas periódicas al dentista —dos de sus obsesiones más recurrentes— le hicieron abandonar esos últimos meses el cuarto.

Al lado de las muñecas, Pere había colocado la otra vitrina con los abanicos de ébano, de seda, plumas, madera, papel pintado, uno negro de nácar con estrellas bordadas en dorado; algunos de ellos firmados por quienes habrían quizás besado las manos sosteniéndolos antes de abrirlos, y ubicarlos contra el linaje de pechos y labios extinguidos con Carme Ribot. Sólo un ramo de flores hecho con los cabellos de su bisabuela Caterina, y encerrado en un óvalo de cristal, permanecía como rastro de todo aquello que una vez fue vivo.

Sobre el mármol rosa del tocador, dentro de una cajita abierta, habían quedado los daguerrotipos de Caterina y Roque: ella, adolescente, junto a una columna donde caía una cascada de flores, y él ya maduro sonriendo con la mano derecha en el bolsillo y la izquierda sosteniendo un libro. Al otro lado del mármol, el misal de carey y plata, sobre la cómoda oscura dos ramos de conchas marinas escoltando a la virgen del Carmen, y apoyado en una esquina el bastón con empuñadura de marfil simulando la cabeza de un perro de aguas, que había pertenecido a su padre, Josep Ribot.

Pere se acercó al secreter, lo abrió, y encendiendo la lamparita se sentó de espaldas a las vitrinas. Entre las cajitas y cartas allí guardadas, un menú montado en tela estampada, puesto sobre un catálogo del Ayuntamiento con las obras proyectadas para la Barcelona del 92, atrajo su atención. Leyó: arròs a la moderna, entreteniments variats, filet farsit amb prunes, llus a la catalana, galls a l’art, biscuit glassat, postres assortidas, café i licors. Vins: Rioja negra, Rioja clara, champany gelat …, eran los platos confeccionados para la boda de sus padres cuando aún la ciudad pertenecía al sueño futurista que la guerra y la dictadura irían a interrumpir. Al abrir el catálogo, Pere apenas se sorprendió de encontrar un papel doblado donde estaba escrito lo siguiente: Yo, Carme Ribot manifiesto que mi deseo sería que cuando me muera me quemaran. Gracias. Ya nos veremos en el cielo . Era el tercer papel con idénticas instrucciones que Pere hallaba al abrir un folleto, libro o fascículo sobre la Barcelona olímpica; cual si su madre hubiera necesitado incluir repetidamente su deseo entre las páginas de esas publicaciones, a fin de asegurarse un espacio en la ciudad futura que había permanecido postergada desde su casamiento.

Sobre la repisa del secreter Pere se identificó en una fotografía del año 36 con sus pantalones golf, el cabello muy engominado, y un abrigo cruzado hasta las pantorrillas aseguradas por las ligas de unos calcetines escoceses: “un dandy en miniatura”, pensó, de aquel niño firmemente emplazado sobre las piedras de un patio, a través de cuyas arcadas podía distinguirse un paisaje de huertas y sembradíos… Era la vista del Prat del Llobregat desde la finca del primo Ferran, antes que construyeran el aeropuerto, cuando l’oncle Vicent, casado con la hermana menor de su madre, los montaba a ambos en el manillar de su bicicleta, y se perdían los tres entre el maíz y las hortalizas por campos vueltos luego pistas de aterrizaje, con lo cual la geografía de aquellas excursiones enmarcó desde siempre sus desplazamientos.

Al lado del de Pere, Carme Ribot había puesto un retrato de Ferran sentado muy serio en el escritorio del profesor, con la pluma estilográfica entre las manos, y por detrás la pared sosteniendo el calendario, entre una imagen del Sagrado Corazón y un retrato del Caudillo.

“Pobre Ferran ja en fa d’anys també de tot això… M’enrecordo de nosaltres jugando en la casa del Prat, que después de la guerra sería derruída para facilitar la ampliación del aeropuerto. Me pregunto si Ferran habrá pensado en todo aquello antes de encerrarse dentro de su coche, en el estacionamiento de Iberia, y encender el motor…

A Ferran sí que le gustaba estudiar, pasó y pasó oposiciones llegando finalmente a la directiva del aeropuerto, donde trabajó hasta el último día. Pero no acabo de entender por qué lo hizo. Los hijos estaban casados, su mujer vivía pendiente de él, y ya a punto de jubilarse hubiera podido seguir viviendo desahogadamente y sin mayores responsabilidades… Quizás fue eso, Ferran necesitaba sentirse importante y prefirió suicidarse antes que vivir sin el placer que le daba el poder.

Ayer, mientras volvíamos del cementerio, pensaba en ello: Ferran despreciando una existencia confortable mientras que yo, con tantos años reventándome en el negocio de la joyería, he acabado en el piso de la mare , y trabajando como recadero para el primo hermano del pare , quien además es el propietario de esta casa donde a Rosita nunca le ha gustado vivir. Pero como dice Albert, ya no podemos hacer nada más, ¡aquí nos vamos a quedar!, porque ja no tenim res a fer després de perdre-ho tot . Todo lo hemos perdido.

Aquel país nos arruinó, collons! A Albert primero le embargaron la mueblería, cuando se descubrió lo de la estafa que le hizo el encargado a quien la policía nunca se molestó en buscar; y a mí, después de los tres atracos seguidos al taller, no me quedó más remedio que cerrar. Y bien a tiempo lo hice porque si no me hubiesen podido hasta asesinar como al socio de Max. Que Max ya ha terminado también liquidando y retirándose amb la seva dona a Tarragona; pues después de la tragedia con Montse, aún acabó bien lo de Max. Y Núria siempre ha sido muy buena mujer.

Bueno, de verdad que los dos tuvieron suerte porque también Núria, pobre, mira que irse hasta Venezuela con la promesa de boda, y al llegar encontrar que el futuro marido ya se había casado con otra… I mira per on! mientras cuidaba a Nicolás per estalviar uns quants diners y regresar a Catalunya, le presentamos a Max, acabado de separarse de Montse, y fue tal el flechazo que al mes se casaron… ¡y a vivir eh! Porque, ¡qué años aquellos! Disfrutàvem com a bojos a les festes del Centre Català con la música de los Melódicos y la Orquesta América. O cuando nos íbamos a bailar la octavita de carnaval al hotel Ávila, donde actuaba la orquesta de Chucho Sanoja, después de ver las carrozas desfilando por la avenida Victoria, y la coronación de la reina en el paseo los Próceres. Que se llenaban aquellas avenidas de gente de todas clases, amunt i avall por el paseo bordeado per uns arbres que casi tocàven el cel , en esa vaina bulliciosa de febrero, con esas lunas enormes y cielos estrellados que hacían de Caracas la capital del cielo: ‘Caracas la capital del cielo’ decía la gente.

Al mudarme con Rosita y la mare al piso de las Acacias también recuperé un poco la claridad de aquella vida vecinal muy abierta, que la mare me contaba que había existido en Barcelona antes de la guerra. La ferretería, el mercado de abastos, el bar de la esquina, el quiosco para poner avisos, el tarantín donde se sellaban los cuadros del 5 y 6, eran negocios en su mayoría de españoles, italianos, portugueses viviendo una existencia familiar que le daba estabilidad al vecindario; pues nosotros, dentro de esa cosa tropical, con unos colores, unos verdes, unas flores enormes que no habíamos visto nunca, seguíamos las costumbres de toda la vida: el viernes al mercado de Guaicaipuro, que no era la Boqueria, pero donde encontrábamos también de todo.

El sábado, para que Rosita pudiera limpiar tranquila, yo me iba temprano a llevar el Oldsmovile al taller de Antonio, y mientras le hacían el lavado y engrase, con Paco el de la sastrería nos acercábamos al bar de Manolo a hacer el café hasta la hora del aperitivo. De regreso recogía en la Montserratina las butifarras, el fuet, la sobrasada y los quesos que Rosita había encargado, y luego a los almacenes militares a por las botellas de Pampero, Etiqueta negra, la Viuda, Fundador, Ponche crema, que después serviríamos para los amigos, si no había fiesta donde els Claret, els Font o alguna otra pareja del grupo.

Una colla d’amics que habíamos crecido en la postguerra nuestra y la europea, pues también Giusseppe se casó con una napolitana preciosa, Rossana se llamaba, y excelente cocinera, hacía el mejor pasticho que he comido… Preparaba también unas arepitas divinas que servía como pasapalos en los cumpleaños con los tequeños de rigor, los camarones y huevos de codorniz en salsa rosada, las bolitas de carne, y las ciruelas envueltas con tocineta que a Rosita nunca le gustaron. Después, con Guisseppe, pusieron una agencia de festejos y se hicieron millonarios ” .

Junto al retrato de Ferran, una fotografía de Carme Ribot, Rosita y Pere cerraba la pequeña galería. Desde la perfección de su smoking, una mujer en cada brazo y una copa de champán en la mano, Pere equilibraba el espacio limitado por los fragmentos de rostros, vasos y mesas suspendidos en un instante de fiesta.

Firmemente colgada del brazo izquierdo, con un vestido de terciopelo negro, sombrero a juego y estola de visón, Carme Ribot parecía querer atraer a su hijo hacia sí —el cuerpo de Pere decantándose ligeramente hacia ella. Del brazo derecho emergían sólo dos dedos enguantados de Rosita, como si todavía no se atreviera a asirse completamente al cuerpo de Pere y neutralizar así los celos de su suegra. Los pies bien apoyados en el suelo, desde la altura de unos zapatos negros de tacón, y el amplio vuelo de un vestido claro de seda cruda preludiaban sin embargo, la vivacidad y eficacia con que Rosita iría día a día, ganándose a su marido hasta forzar el regreso de Carme a Barcelona.

” Fin de año en los Cortijos con la Billo’s Caracas Boys: el primero de la democracia. Nos invitaron los Trulls. ¡Qué fiestas más extraordinarias las de entonces! ¡Una atencion!, con unos mesoneros que te vestían el trago, te lo traían discretamente a la mesa, y después pasaban bandejas interminables antes de servir la cena. ¡Unas comidas! ¡Y los postres!, ponían por lo menos quince variedades distintas de tortas, membrillos, quesillos, mousses… Aunque Rosita siempre le fue fiel al champán, la mare se aficionó a las bebidas dulces: la menta verde, el tetero de granadina… hasta hace poco todavía se tomaba su copita de Perfecto amor después del almuerzo.

‘Faltan cinco pa’ las doce’. ‘Faltan cinco pa’ las doce’, bailábamos todos siguiendo el son de Billo’s, en una pachanga inagotable que sólo se interrumpía para los abrazos de feliz año. ‘¡Un feliz año pa’ ti! ¡Un feliz año pa’ él! ¡Un feliz año pa’ todos! ¡Un feliz año!’ Y aún había quienes salían a las cuatro de la mañana con el último trago, y se iban a comer un hervido de gallina. Y es que, claro, vivíamos con el dólar a 3,35 y eso se notaba. Se notaba en las fiestas, las casas de la gente, el sabor de la playa cuando bajábamos al Litoral Central: Naiguatá, Camurí, Playa Grande, Playa Lido, los Corales… nos llegábamos hasta Macuto a tomar una cocada, y alquilábamos un apartamento en Puerto Azul o una cabañita en los Caracas para la semana santa.

Y ¡qué maravilla de clubs! En los Cortijos, por ejemplo, todo era en grande: los salones, unas extensiones de prados y jardines impresionantes, con gallera y hasta caballeriza donde también se hacían las coleadas de toros. Todavía no había pasado un año de la llegada de Rosita, pero esa navidad ya preparó sus primeras hallacas. Empleamos a una muchachita de Higuerote para que ayudara en la cocina, y con la mare se pusieron las tres a amasar, preparar el guiso, rellenar, envolver con las hojas de plátano, mientras yo hacía el crucigrama de El Universal , a ver si me ganaba alguno de los premios, pues ese diciembre rifaban televisores Philco ¿o eran Silvania?, no sé. La cosa es que nos comimos aquellas hallacas, con la escudella i carn d’olla de siempre, además de unos turrones traidos por la mare de Max, quien también nos dijo que acababan de poner la antena de Televisión Española en el Tibidabo, y pronto llegarían los primeros programas a Barcelona.

Desgraciadamente aquel país comenzó a deteriorarse: con Larrazábal y la ley de emergencia llegó la indigencia. Hasta entonces en Caracas había habido pobreza, pero no era una cosa molesta. Pero de repente se empezaron a cubrir los cerros de ranchos: hasta al Ávila llegaron. Uno se descuidaba, y al lado de la casa te montaban un ranchito. Con el Helicoide abandonado, aquello se llenó de miseria, de horror. Las Acacias se degradó, y cuando Nicolás nació decidimos volver a España. Pero no pudimos en seguida ya que teníamos que ahorrar y nunca fuimos buenos para eso; tanto teníamos, tanto gastábamos. Así es que Rosita tuvo que seguir trabajando, y la mare acabó yéndose otra vez a Barcelona; porque quiso, claro, aunque ella siempre dijo que la habíamos echado de casa.

En fin, por unos meses Núria se ocupó de Nicolás, pero al casarse con Max, Rosita se lo llevó a Barcelona para que lo criaran los abuelos. Nicolás debía tener como un año y medio entonces. Le dije a Rosita que iba a ser por poco tiempo, seis meses, un año a lo sumo. Sin embargo el taller iba mal y tuvimos que cerrar. Al final Max se asoció con Ignasi, un importador de piedras preciosas, yo volví a trabajar como engastador en San Jacinto, y Rosita, quien gracias a la mujer de Albert, había entrado como secretaria en el departamento de fianzas de Seguros la Previsora, recibió un aumento de sueldo. Así, poco a poco, fuimos economizando: nos costó tres años guardar lo suficiente para hacer los baúles, traspasar el apartamento y regresarnos”.

Pere Ribot apagó la lamparita y salió del cuarto. De camino a la cocina se detuvo ante la habitación de Lluis. La puerta estaba abierta y la cama hecha. Su hijo no había vuelto todavía a pesar de que ya empezaba a amanecer. Apoyándose en el marco, volvió a frotarse nerviosamente el cuello y fijó su atención sobre la hilera de trofeos puestos a ocupar el largo de una repisa en la pared: los había ganado Lluis jugando tenis para el equipo del Centre Català. Una fotografía colgada junto a su diploma de bachiller lo mostraba, adolescente, con las manos extendidas hacia la cámara sosteniendo uno de aquellos trofeos, pero con el rostro ladeado en ademán de distraer la mirada hasta un punto fuera de la cancha, como si su atención ya no estuviera totalmente asida a la escena. De hecho, fue la última foto que le tomaron antes de que la esquizofrenia se lo llevara, violentamente, a otra dimensión del mundo. Pere y Rosita no podían entender cómo su hijo había dejado de pertenecerle a éste, y por tiempo se negaron a aceptar la irreversibilidad del daño que acabó con él y los consumió a ellos, hasta desterrar completamente en aquella casa todo rastro de vida anterior a la tragedia.

Para entonces los Ribot-Grau estaban nuevamente instalados en Caracas. Pere no habían podido acostumbrarse a Barcelona, los años cuando el barraquismo en el Somorrostro y Montjuïc, y los actos multitudinarios de las Santas Misiones, sofocaban la existencia en las calles, sumergidas dentro de una humedad y una opresión, tan distintas a la luminosidad y libertad que permeaban la sociedad caraqueña. Por eso, al poco de las manifestaciones obreras del 65, Pere hizo sus maletas y volvió a embarcarse, con la promesa de reclamar pronto a Rosita, quien se quedó en Barcelona con Nicolás y un embarazo de tres meses.

“En Lluis no ha tornat encara del carrer . Como siempre. Como cada noche. Duerme hasta las tres de la tarde, come, se va, y no regresa hasta las tantas. Me pregunto qué hace todo ese tiempo. Bueno, me lo imagino, porque nos llega cada mañana dando tumbos, borracho y drogado. Un borracho y un drogadicto, eso es lo que es. Jo no entenc què cony fa aquest noi tota la nit al carrer . La mare que l’ha parit! ¿O es que no lo criamos com cal ? ¿O es que no le dimos todo lo que pudimos? No sé, no sé. Més valdria que es morís d’una vegada ; que se muriera, o que nos muriéramos nosotros. ¡Me cago en la hostia! Que nos va a matar a todos.

No lo entiendo, de pequeño tenía mucho genio, hacía muchas maldades, pero le daba unos cuantos correazos y lo hacía pasar por el tubo. Disciplina y buenas costumbres, así es como se sube a los hijos. Tantos sacrificios ¿para qué? No sirvieron para nada. Con lo bien que podríamos estar su madre y yo solos en Caracas. Pero no, debemos quedarnos aquí, pendientes de que no se tire por el balcón o nos tire a nosotros, pues este muchacho tiene más fuerza que yo. Alt com un Sant Pau, pero no reacciona. Le decimos las cosas y no las capta. No capta nada, aunque tampoco quiere hacer ningún esfuerzo para mejorar, ni ir al hospital, ni ver al psiquiatra, ni medicarse, ni nada. La culpa la tiene Rosita que és una bleda y no le pone carácter. Mira si se lo he dicho de veces: no le des dinero que se lo gasta en copas y drogas, y ella nada. Este chico mientras tenga la ropa planchada i el plat a taula no va a cambiar. Si fuera por mí ya lo habría echado de la casa, a ver si espabila.

Esta situación no la puedo aguantar más. Ya se lo tengo advertido a su madre, el día menos pensado agafo la porta i me’n vaig . Me voy, desaparezco de esta casa y que se apañen. Me vuelvo a Caracas, porque el error fue irnos la última vez. Se lo decía yo a Rosita, que ya nos las habríamos arreglado nosotros dos solos. Pero, claro, con Lluis cómo íbamos a pagar las cuentas del hospital psiquiátrico si tenía el taller cerrado. Y para postres acabaron encarcelándolo en el retén de Catia, porque lo involucraron unos malandros en un atraco a mano armada. Allí sí que lo hubieran matado. Menos mal que aquella abogada, amiga de Nicolás, tenía contactos en la policía y logró sacarlo. Tuve que pagar, no faltaría más, pero lo sacaron de allí, lo metieron en un carro de la PTJ, lo llevaron al aeropuerto, y lo trajeron aquí. Y nosotros creyendo que si vendíamos todo y regresábamos, Lluis se compondría, se arreglarían las cosas. Pero no. Todo ha ido de mal en peor… mi hijo me hundió, eso es, mi hijo me hundió”.

Pere Ribot arrastró los pies hasta la cocina y bebió un vaso de agua. En la ventana del frente la vecina limpiaba la jaula del periquito; con una mano sacaba los desperdicios y con la otra le echaba agua al pájaro, que se entretenía picoteando su imagen en un pequeño espejo colgado de los barrotes. Una ráfaga de aire cálido le pasó a Pere por el rostro y pensó que hoy haría calor, quizás el primer día realmente cálido del verano, se dijo, regresando al cuarto donde Rosita aún dormía.

A diferencia de otras madrugadas, esta vez el trasegar de Pere no la había despertado, y él aprovechó para volver a acostarse. Con los ojos cerrados, Pere empezó a divisar un paisaje de barcos y centinelas, el movimiento de gente yendo de un lado a otro de las cubiertas. En una de las proas, junto a la telera, divisó a Rosita charlando animadamente con Lluis quien hacía de timonel. El fragor aumentaba en tanto más se iban acercando a la costa, trayendo hasta él un estrépito de cadenas justo en el instante cuando volvía a dormirse, con lo cual ese ruido se confundió con el de unas llaves luchando impacientemente en la cerradura para anunciar que su hijo también estaba a punto de llegar.

 El viaje de vuelta (Tarana, 2007)

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