Jesús SEMPRUM


1884 - 1931

Crítico Literario, ensayista y poeta. Nació en San Carlos del Zulia. Obtuvo el título de Doctor en Medicina en le Universidad Central de Venezuela. Redactó la revista Sagitario. Fue electo miembro de la academia Nacional de la Lengua, pero no llegó a incorporarse. Vivió en Nueva York de 1919 a 1926. Fue profesor de la antigua Facultad de Filosofía y letras de la Universidad Central de Venezuela. Fue redactor y colaborador de varios periódicos y revistas de Venezuela y Estados Unidos. Murió en El Valle (Dtto Federal).

BIBLIOGRAFÍA
  • Crítica Literaria.
    Edics. Villegas, Caracas, 1956
  • La enseñanza del castellano.
    Tip. América, Cracas, 1916
  • El estudio del catellano.
    Edics. del Min. de Educación Nacional, Caracas, 1938
  • Estudios Críticos.
    Edit. Elite, Caracas, 1938

«...Desprovisto en lo posible de prejuicios, rara vez surgen éstos en el sereno correr de su pluma, por lo demás sólo apasionada y presta á airarse en lo tocante á gracias del idioma: pluma cortada al aire de los antiguos hablistas, á ocasiones esmaltada de vocablos y giros arcáicos, mas siempre peculiar, cuidada y á la vez limpia de pueriles afeites, poco le falta para ser un dechado de encatadora sobriedad y corrección».

Nº 464, 15/04/1911.


SUMARIO
  • Bajo el beso del hielo (1902, p. 455)
  • Retal (1903, p. 313)
  • Cita (1903, p. 420)
  • Crepúsculo (1903, p. 420)
  • La risa de Julia (1904, p. 435)
  • El remanso (1904, p. 466)
  • Agonía (1904, p. 546)
  • Poesía (1904, p. 572)
  • Los conquistadores (1904, p. 638)
  • Balada de los Cipreses (1905, p. 32)
  • Himno (1905, p. 167)
  • Pavesa (1905, p. 234)
  • Preludio a las persuasiones (1905, p. 294)
  • La noche principia (1905, p. 364)
  • Bibliografía (1905, pgs. 467, 529, 562, 592, 625, 654, 690, 720, 754, 785; 1906, pgs. 90, 123, 156, 186, 252, 284, 316, 406, 434, 467, 494, 530, 560, )
  • Sensaciones (1905, p. 508)
  • El crepúsculo (1905, p. 544)
  • y es tu sonora risa... (1905, p. 687)
  • Poema (1905, p. 699)
  • Responso (1906, p. 18)
  • El año literario (1906, p. 51)
  • Tristezas apocrifas (1906, p. 134)
  • La cita de Pierrot (1906, p. 198)
  • Crónicas literarias (1906, p. 220)
  • Entreacto (1906, p. 230)
  • Paisajes sentimentales (1906, p. 300)
  • La belleza que pasa (1906, p. 334)
  • La antropofagia caribe-primavera criolla (1906, p. 346)
  • La pesadilla (1906, p. 356)
  • Crónica literaria: Bovarysmo (1906, p. 375)
  • Elegías (1906, p. 385)
  • La súplica (1906, p. 432)
  • Nocturno (1906, p. 451)
  • Pastel (1906, p. 520)
  • Horas (1907, p. 278, 332, 402, 543,)
  • Curiosidades (1907, p. 288)
  • Letras Nacionales: las revistas (1907, p. 352)
  • Horas: Narices, la llovizna (1907, p. 422)
  • Horas: sentimentalismo (1907, p. 456)
  • La Academia Nacional de Bellas Artes (1907, p. 510)
  • Presentaciones de Pierrot (1907, p. 722)
  • La palmera (1908, p. 17)
  • Fugitiva (1908, p. 32)
  • El año literario (1908, p. 40)
  • A los ojos de María (1908, p. 145)
  • La vida de Pierrot: Las dos primas (1908, p. 146)
  • El general (1908, p. 196)
  • Salomé (1908, p. 232)
  • La vida de Pierrot (1908, p. 263)
  • Invitación (1908, p. 367)
  • La vida de Pierrot: Celos (1908, p. 388)
  • La vida de Pierrot: La víctima (1908, p. 466)
  • A propósito de los nuevos versos de Leopoldo Lugones (1908, p. 519)
  • Las rosas (1908, p. 526)
  • Acerca del Esperanto (1908, p. 571)
  • Víctor Racamonte (1908, p. 574)
  • El insommio (1908, p.650)
  • El cuarto de hora (1908, p. 650)
  • Soledades (1908, p. 660)
  • Letras y letrados de Hispano américa (1908, p. 696)
  • El año literario (1909, p. 28)
  • orgullos del pueblo (1909, p. 272)
  • [Sin título] (1909, p. 300)
  • Novelas de aventura (1909, p. 335)
  • Las lágrimas (1909, p. 387)
  • Comentarios alegres y tristes (1909, p. 424)
  • Poemas en prosas (1909, p. 505, 660)
  • Historia de la revolución Federal de Venezuela (1909, p. 546)
  • Rufino Blanco Fombona Y su obra poética (1909, p. 581)
  • El prestigio de los poetas (1909, p. 642)
  • Año nuevo (1910, p. 6)
  • La caída del jefe civil (1910, p. 42)
  • Comentarios alegres y tristes (1910, p. 102, 158, 185)
  • Notas para un ensayo hitórico (1910, p. 262)
  • Stilla (1910, p. 465)
  • Eduardo Ortega (1910, p. 590)
  • Comentarios (1910, p. 609)
  • Comentarios: La agonía de Tolstoi (1910, p. 675)
  • "Camino de perfección" (1911, p. 17)
  • "La revolución francesa y Sud-América" (1911, p. 57)
  • Comentarios: Toros, caballos (1911, p. 114)
  • La muerte del cisne (1911, p. 138)
  • El corazón en la mano (1911, p. 218)
  • Laudatorio a Julia (1911, p. 218)
  • Bufones de Shakespeare (1911, p. 219)
  • La revolución de independencia y la literatura (1911, p. 366)
  • Hora de Noviembre (1911, p. 606)
  • Juan Santaella (1911, p. 631)
  • Eduardo Arroyo Lameda (1911, p. 675)
  • D`Annunzio y la expedición a Trípoli (1911, p. 700)
  • Epinicio final (1912, p. 20)
  • Poemas en prosa: Los ojos, El atavío, El deseo (1912, p. 77)
  • Para un número de carnaval del Cojo Ilustrado (1912, p. 123)
  • La dicha de Julia (1912, p. 216)
  • In memorian: Julio Carías (1912, p. 231)
  • Información literaria y artística (1912, p. 287)
  • La gesta del "Apache" (1912, p. 313)
  • El ideal humanitario (1912, p. 331)
  • El fenomeno de la guerra (1912, p. 360)
  • Información literaria y artística (1912, p. 431)
  • Turcos e italianos (1912, p. 444)
  • Maestros de escuela (1912, p. 483)
  • El círculo de Bellas Artes. La opinión pública (1912, p. 498)
  • Simpatía Aviación (1912, p. 524)
  • Velocidad otra vez la guerra (1912, p. 558)
  • Milagros (1912, p. 578)
  • Teatro. La defensa de los débiles (1912, p. 609)
  • La cuetión de los Balkanes. La libertad de las bestias (1912, p. 646)
  • Las mujeres futurístas (1912, p. 676)
  • La literatura Turca (1912, p. 678)
  • Sobremesa de Navidad (1913, p. 8)
  • Actualidades (1913, pgs. 42, 303, 334, 362, 383, 415, 442, 470, 497, 526, 559, 582, 637, 665)
  • Carnestolendas (1913, p. 74)
  • Cinematógrafos. Lucha de razas (1913, p. 105)
  • La reanudación de la guerra (1913, p. 126)
  • Festejos patrióticos (1913, p. 196)
  • El papel de los débiles (1913, p. 210)
  • Una nueva nación: Los sufragistas (1913, p. 245)
  • Información literaria artística (1913, p. 282)
  • Información literaria y artística (1914, pgs. 54, 333)
  • Actualidades (1914, pgs. 69, 129, 161, 241, 292, 324, 382, 407, 439, 464, 492, 531, 582, 607, 663)
  • La exposición del círculo de Bellas Artes (1914, p. 535)
  • Actualidades (1915, p. 17)
  • De cómo no existe la guerra europea (1915, p. 125)
  • La opinión del Mandarín (1915, p. 178)
Sobre Jesús Semprum:

Jesús Semprún (nota de la Dirección), 1911, p. 218.

Las rosas

lovía. Las gotas menudas se deslizaban por el aire, resbalaban por los tejados, inundaban las aceras, con un ritmo de tedio, igual, igual, lánguido y triste. La noche iba cerrando, prematura, bajo el velo gris de la lluvia pertinaz. A lo largo de la avenida se encendían los globos eléctricos. Arropadas en el manto de agua, turbio y melancólico, las luces parecían enormes perlas de luz entristecida.

    Ni siquiera en el Oeste perduraba el vago rastro luminoso del crepúsculo. La tarde sólo tenìa el brillo húmedo del agua. La calle estaba desierta: era una paz desoladora de angustia y de muerte la que reinaba en el ámbito casi enlutecido. El joven, caminaba de prisa bajo los alfilerazos fríos y agudos de la lluvia. Pensaba en cosas tristes, sentía un vacío vasto en torno, algo como si la humanidad, su humanidad - amigos, familia, seres queridos - hubiera huido muy lejos, y lo hubiera dejado solo en un vasto planeta habitado por la sempiterna é incurable tristeza de un día de invierno.

    Subió á un carro de travía, tosco y feo, que tenía uncidos dos jamelgos héticos cuyas orejas protestaban con sacudimientos nerviosos contra la perenne caricia de la lluvia. Sentóse, desconsolado, junto á un hombre barbudo, envuelto en una cobija, que lo miró con los ojos de tranquila ferocidad, como puede mirar un perro de presa á un falderillo cordial. En lo alto una lámpara de kerosene desparramaba fulgores mustios sobre las cabezas de los pasajeros. Una vieja gorda, en el círculo brillante de aquellos fulgores, enseñaba su rostro de manzana podrida, donde brillaban unos ojuelos de malicia y de escrutinio, ojos de bruja benévola ó de alcahueta lista. Un silencio pesado y nauseabundo, flotaba, como una nueva tristeza, en lo interior del tanvía. El joven miraba en torno, distraído y caviloso y su tristeza iba agravándose, como una música que se torna cada vez más lenta y angustiosa en un paraje solitario visitado por todos los malos augurios. Contemplaba con melancólico horror la faz de la mujer gorda y el resplandor agudo de aquellos ojillos penetrantes. Pensaba: -De qué se forman estas vidas, Dios mío? Qué suma de vulgaridades, de pasiones y de pesadumbres abriga cada uno de estos seres bajo sus apariencias fastidiadas?... Y luego, ante el olor que flotaba en el ambiente, ante aquel vaho de cuerpos sucios, de ropas húmedas, de agua, de mugre y de vicios, una invencible repugnancia lo invadía. -Qué son? De dónde vienen? Son seguramente animales voraces y ríspidos, las bestias hambrientas de alimentos, de deleites, de bienestar, los seres inmundos y grotescos que he conocido. Cuán felices somos más bien al no saber nada de esas vidas! Seguramente se arrastran como gusanos perezosos por encima de pestilencias y podredumbres... A qué conocerlas?... No basta con las que nos han rozado el alma y nos han marchitado buena cosecha de ilusiones? Yo mismo...

    El cochero sacudía la fusta. A lo largo de la acera un hombre corría pegando gritos. Entre la neblina más densa los focos eléctricos lagrimeaban su luz. El tranvía arrancó con un largo chirrido que parecía una queja, y echó á rodar lentamente, calle arriba, bajo la pertinacia monótona de la lluvia. La luz se acostaba con brillos mates sobre los charcos de la calzada y en la superficie tersa de las aceras. El joven perseguía con desgana el curso de sus pensamientos taciturnos:- «Andan, se mojan, gritan, se hartan de carne y de pan, beben, se refocilan y sufren. Qué clase de seres que lo acepta todo con tal de vivir!... Vivir! Qué atractivo maravilloso reside en el vivir con tal afán de ignominias, de vergüenzas, de dolores, quieren asegurarse ese dón, como si fuera precioso y divino?...

    Hambres, afrentas, tristezas, peligros, humillaciones, todo lo soporta el animal humano con tal de conservar la existencia... Cuántas historias de pena, de lágrimas, de baldón, no ocultarían los pocos séres que se acurrucaban silenciosos en aquellos bancos? Bien hayan los felices capaces de despedirse de la existencia valerosamente, sumergiéndose en la tiniebla de la nada como conquistadores victoriosos. Qué mejor vellocino puede encontrar la raza humana que ese dón del silencio y de permanente paz conque nos regala el sepulcro? Y qué vale retardar un poco más, un minuto, la espera diaria de la muerte?...

    Ante sus ojos prolongábase en una vasta pespectiva siniestra el espectáculo de la vida de aquellos seres que respiraban á su lado, dentro de aquel mugriento carromato, que errabundo sobre los rieles, en el triste crepúsculo, alumbrado por sus tétricas lamparillas de marchitos resplandores, parecía una andante cripta fúnebre. Herido de mal de hastío y de desengaño, setíase solo, y la amargura de la soledad le subía al pensamiento, como un sabor de acíbar á la boca de un febricitante.

    -Cómo llueve!... Han hecho bien esos desesperados, al fugarse de esta existencia como prisioneros de su calabozo...

    Poco antes escuchara con curiosidad malsana aquellas historias de suicidio que corrían por la ciudad, la crónica macabra que rodaba de boca en boca, que todos comentaban, satisfechos interiormente de vivir aún, cuando muchas personas, mujeres jovenes y hermosas, hombres fuertes, mancebos á quienes auguraban futuro de oro, resolvían sumergirse de repente en la empeluca de la nada... Hubiérase dicho que los que comentaban los casos, se sentían contentos de no ser aquellos á quienes la fatalidad señaló con su dedo. Aparentaban compunción; y en el fondo sentían cierto alivio, algo como el placer de la tranquilidad bruscamente recobrada, tras una zozobra intensa. ¿No quedaba aplacado con esa serie de sacrificios el dios de los negros destinos? Desde que imperaba aquella lluvia -hacía varios días ya- habíanse sucedido los suicidios con trágica abundancia. Ya el viento del pavor había pasado y todo recobraba su serenidad de costumbre.

    Perdiase el pensamiento del joven en limbos abismales de angustia. Su vida ¿cuál objeto tenía? No le había mostrado el camino de su deber aquella niña frágil y bella que supo arrancarse a la vida cuando vió rotas las esperanzas de su cariño, destrozados los nobles motivos que la circundaban dentro de la existencia, como hermosos vallados en flor?

    De súbito el tranvía paró. Vuelto en sí, volvióse á mirar. De la acera desprendíase una joven vestida de negro, con las faldas recogidas, que avanzaba á pasos menuditos y rápidos hacia el horrendo carro. Trenpó luego con agilidad juvenil junto á él, saludólo con una inclinación de cabeza y se sentó enfrente, sonreída, rosada por el esfuerzo de la prisa. Miróla entonces curiosamente. Era esbelta, blanca, joven, fresca: su traje negro contribuía acaso á exaltar su frescura de flor, así como la gracia de su sonrisa, una sonrisa superficial, leve, florida, que se exhalaba de su boca como de una flor la fragancia. Tenía los ojos vivaces y húmedos, la nariz arremangada con cierta maliciosa insolencia. Bajo el traje ceñido, elegante, modelábase un cuerpo fino y fuerte de escultura, formas firmes, delicadas, llenas de poderío como las de una Diana cazadora. El busto henchía el corsé como una ola de cosas dulces: rosas, espumas, nieve de carne olorosa. Y llevaba en la mano un ramo de rosas húmedas, hermosísimas y lozanas.

    Pensó él primero:

    -«La primavera vestida de luto».

    Luego se puso á mirarla con disimulo. Ella se componía el cabello; arreglóse luego las faldas con cuidado meticuloso, y acercó por último el rozagante ramo de flores á su naricilla pizpireta. Aspirando la aroma de las flores entrecerró los ojos tiernos, como al influjo de una larga caricia íntima.

    El joven pensaba:

    -«Quien será? Alguna señora que vuelve á su hogar después de una visita en que le regalaron flores? Alguna soltera que regresa de una cita con su novio?»

    En el círculo de luz mortecina resplandecían los ojuelos agudos de la vieja gorda. El mal pensamiento se le enroscó á la imaginación con una tenacidad constrictora.

    -«Ha de ser de casa de su amante de donde regresa... Sí: tiene los ojos lánguidos y la alegría y el bienestar irradian de toda ella como el calor de una pira. Y es hermosa en medio de su ventura presente, con sus rosas como un símbolo... Pero por qué ha de venir de una cita de amor?... Seguramente es una enamorada; pero no por eso ha de regresar de una cita de amor...

    La vulgaridad de los pasajeros, la tristeza nauseabumda del carromato pesado y ridículo arrastrado por aquellos dos jamelgos dolientes, la melancolía de aquella lluvia tenaz, la tristeza de la noche prematura, anegada en neblinas, iban desapareciendo poco á poco, para dejar sólo sitio á la linda enlutada y á su ramo de flores.

    Las rosas eran esplendidas; rosadas, de una extraordinaria frescura, y de aroma tan intenso que al joven parecióle que lentamente iban invadiendo el tranvía y perfumándolo, convirtiéndolo en un arca de gracia y de finos olores. El hombre de la cobija inmunda parecía hallarse a mil leguas de allí, en una bruma fantástica de recuerdo. La gorda vieja de ojillos picarezcos adquiría una fisionomía de beatitud risueña y amable. A los lados de la vía los globos eléctricos tenían una apariencia de rosa de luz prendidas en el velo blanco de la neblina. La joven sonreía sobre sus rosas.

    El seguía mirándola con insistencia, aspirando con los ojos la gracia turbadora y fresca de su belleza; y sus ojos iban desde la flor de sus rostro al ramillete de las rosas magníficas, entre cuyos pétalos lucían diminutas gotas de agua, como inquietos ojos vivaces de duendes, que invitaban á la alegría y preludiaban felices sucesos. El olor de las flores, poderoso y dulce, flotaba en el aire como un cántico silencioso, como una invitación callada á la vida, á la voluptuosidad y al amor. Y él pensaba de nuevo, subyugado y convencido:

    -Es la primavera...

Pero el luto había ya desaparecido á sus ojos: ya no veía de ella más que los ojos magnéticos, la boca de flor que sonreía, el rostro fresco, y aquel manojo de rosas divinas que aromaban entre sus manos, en el vulgar tranvía, convertido de repente en el altar de la primavera. Y pensó el joven de súbito:

    -No debe ser casada...

    Y luego:

    -Y si lo fuera?...

    Los celos le mordieron el corazón con dentellada brava. Sintióse colérico:

    -No, no es, no puede ser... Y aunque fuera...

    Su intención iba condensándose en nube de luz. De repente el tranvía paró. La joven saludo de nuevo con sobria inclinación de cabeza. Él se quedó atontecido. Pero de súbito se levantó, se lanzó del tranvía, sobre el suelo húmedo. La silueta de la joven avanzaba no lejos, graciosa y ondulante. A él parecióle percibir una estela de aromas, como si las rosas fueran dejando a su paso un sendero fragante. Echó á andar tras la mujer con pasos resueltos...

    Y á lo lejos, por la calle desierta y fangosa, alejábase la luminaria mortecina y melancólica del tranvía, como una tristeza.

Jesús SEMPRÚN