Lisandro ALVARADO


1858 - 1929

Ensayista, historiador, antropólogo, folklorista y escritor de miscelaneas literarias. Obtuvo el grado de Doctor en Medicina en la Universidad de Caracas. Realizó múltiples investigaciones antropológicas en todo el país. Dominaba el alemán, el francés y el latín,de este idioma tradujo De rerum natura de Lucrecio. Miembro de la Academia Nacional de Medicina e Individuo de Número de la Academia de la lengua.

BIBLIOGRAFÍA:
  • Obras Completas.
    Caracas, Min de Educación,1958

« ... Como a todos los poderosos de la inteligencia y el saber, parece que las prescripciones académicas de la cátedra le dejaron estrecho campo y poca libertad para las expresiones de la mente; de ahí los encogimientos más tarde inexplicables de vastos talentos que en el aula no pudieron relucir las promesas de su vigor.»
« Desde hace algún tiempo Alvarado había empezado a llamar la atención de la prensa: en la formación de sus ideas, no tuvo otras influencias que las tradiciones de su hogar y las de su primera educación académica: era espiritualista y conservador.»

Eloy G. González
Nº 78, 15/03/1895.


SUMARIO
  • Anacronismo lingüistico (1893, p. 377)
  • Neurosis de hombres célebres en Venezuela (1893, p. 391)
  • Dos cartas de Löfling (1893, p. 420)
  • Observaciones sobre la revolución de 1810 en Venezuela (1894, p. 16)
  • Cartas al señor Gil (1894, p. 30)
  • Los delitos políticos en la historia de Venezuela (1894, p. 337)
  • El hombre primitivo (1895, p. 517)
  • Los delitos políticos en la historia de Venezuela (1898, p. 786)
  • Meditación (1900, p. 532)
  • Una leyenda (1901, p. 26)
  • Una traducción (1903, p. 654)
  • Anotaciones graticales (1904, p. 245)
  • La tristeza de Nenúfar (1906, p. 25)
  • Meditaciones (1907, p. 5)
  • Historia constitucional de Venezuela (1907, p. 161)
  • Etnografía Patria (1907, p. 617, 648; 1908, p. 140)
  • El histrión (1908, p. 6)
  • Historia de la revolución federal (1909, p. 518)
  • Sones y canciones (1910, p. 109)
  • Política indiana (1911, p. 445)
Sobre Lisandro Alvarado:

Doctor Lisandro Alvarado (Eloy G. González), 1895, p. 160

El histrión

ermanos: Un variado y sutil manto de alegría señoreaba en la revuelta villa, en derredor de la cual flotaban, por decirlo así, jirones de ese júbilo, que como invisibles flámulas señalaban el camino al entusiasmo popular. Varios amigos habíamos concurrido á aquella pública festividad movidos por la sola novedad ó por no sé qué sed de emociones que atierra y vence de improviso nuestras horas de apatía: y motivado era todo aquello por la presencia de un hombre singular que sin duda alguna estaba fundido al fuego ardiente donde solían recibir su temple y solidez las almas poderosas de la antigua Roma. Una dilatada ola de luz y de calor, pesada y muerta, inundaba las calles y las plazas, derramábase en los prados circundantes que todavía conservaban su verdor,y debilitada más lejos teñía azules tintas las sierras que limitaban el horizonte. Los molinos de caña descansaban. Descubríanse á lo lejos por un lado sus altas chimeneas desprovistas de negros penachos de humo: á poca distancia y por otro lado se alzaban algunas colinas, teatro na había muchode cruento y obstinado combate. Años antes bandadas de ave de rapiña cerniéronse, cual tenebrosa y destrozada bandera, sobre aquellos campos sembrados de cadáveres y salpicados, á la manera de un inmenso altar de holocaustos, con la sangre de numerosas víctimas. Aún lloraban quizás las madres y las viudas. Ahora tornaba á regocijarse la multitud; pero no el guerrero que llegaba como huésped y adalid. Al pie de un monumento, muy menos grande que su gloria, levantó gravemente su voz, y recordando aquellos profundos dolores y la gratitud á que obligados quedaban los que recogiedo aquel ya extinguido grito de angustia continuaban en la paz la inacabable lucha, cual una visión partióse luego, y el júbilo también con él......« Y un espíritu pasó por delante de mí, que el pelo de mi carne se erizó».

    Tovar y yo anduvimos algun tiempo acá y allá, y hacia el mediodía penetramos en una especie de fonda ó repostería. Gentes de diversa catadura, la mayor parte de mí desconocidas, entraban y salían sin cesar. Quisimos descansar y ditraernos, pedimos cerveza, y nos dimos á mirarlo todo, á charlar de todo y á beber lenta t ditraídamente. Estábamos más bien sastifechos. Una serie de ideas, muy en armonía con nuestra situación,mantenía ese equilibrio del espíritu que nos hace creer de veras en el tino y sabiduría de nuestros actos y en una felicidad positiva y eficaz, tan positiva y eficaz como puede existir en el mundo. A la verdad todos ó casi todos estábamos en apariencia bajo tales sugestiones ó impresiones. Hablábase á cada momento del ilustre huésped, aquijoneábase por cualquier circunstanciarelacionada la curiosidad, y ese común orden de pensamientos bastaba para transmitir la alegría de unos á otros.

    De pronto el desapacible són de una guitarrilla penetró hasta nosotros, y casi al propio tiempo la figursa de un hitrión: de un hitrión tosco y plebeyo que en su traje intntaban imitar un Pierrot. No sabría cómo expresar el efecto que hizo en mí esa cara blanqueada y pintarrajeada, esos ademanes grotescos y desmañados, esas ropas extravagantes que con perversa insistencia examinaba la tersa claridad del día, ese lenguaje inculto y apropiado á un publico analfabeto. Algunos versos de El junglar, de El gaitero de Gijón acudieron á la memoria confusamente con escenas de narraciones que adrede se complacen con la vida y profesión del payaso para establecer contrastes, sarcásticos siempre, siempre dolorosos entre la carcajada y el lamento. Allí al menos se pretende con mayor ó menor éxito crear un tipo en cierto modo ideal del clown, rodearlo de circunstancias ó lances teatrales, ó llevarlos al teatro mismo, com anímo de conmover las fibras sencibles todas del lector ó del auditorio. La discreta iluminación de la luz artificial realiza el garbo en el afeite, el ropaje, los colores y pompones, y pone donaire donde no le hay. Las mujeres que frecuentaslos salones saben esto. Acá empero,resultaba tan desnuda la mentira, que era menester, para contemplarla frente à frente, armarse de resignación ó indiferencia y con deliberación hacer caso omiso del arte refinado en el gesto, la entonación, el pensamiento, y dispensarse de la predisposición, la oportunidad, el escenario. En el hecho, tal vez no lastimaba sino la torpeza del sujeto en el oficioy sus poco hábiles yestudiados artificios para entretejer astucias y socaliñas, porque el hombre se place tanto más en ello cuando mejor engañado se ve,como si fuesejuego de transormista ó de masecoral; pero esto mismo revelaba, al menos para mí la mísera condición del acto.Miré en derredor. Disponíanse muchos á escuchar la pobre arenga del artista y holgaban con sus gesticulaciones. Ojos llenos de perversa acucia,bocas aparejando estúpida sonrisa. Ninguno burlaba de él. Era justo. El humilde estado del actor le ponía á salvo de la burla,del escenario.

    Hermanos, más no pude. El disgustofué superior á la reflexión, y entre a la jovial,extrañeza de mis compañeros me retiré del lugar. Puerilidad, pensaréis. Puede serlo; pero mucho despúes repitióse el fenómeno mediando análogo asunto y en diversas circunstancias. Posible es asimismo que con el tiempo descienda el alma poco á poco al nivel de estas cosas y que entonces acabe su protesta...

    Crecían el bullicio y el calor. Un vaho fuerte y acre se levantaba del dispenseble circo para combates de gallos: los bueyes para la corrida, agitando de ves en cuando sus colas disimulaban el enojo y aguardaban su libertad. Tovar me había seguido. Apartados ambos de la fonda, escuchábamos apenas las recitaciones del historión y las risas de los oyentes. Una que otra ligera nube cruzaba descarriada y soñolienta el magnífico azul del firmamento, y rayado al zenit, con rubicunda faz y ebrio de placer el sol, también reía. Reía como un imbécil.

Lisandro ALVARADO