Ensayos con error, por Héctor Torres

08/ 11/ 2014 | Categorías: Destacado, No ficción

Si me manoseaban, yo arañaba; si me arañaban, mordía. Un día al volver a casa a la hora del almuerzo pasé siglos en el baño limpiándome la sangre de debajo de las uñas.

Roddy Doyle

 

 

objetos no declaradosA Lorena se le va la tarde del sábado conversando con los vecinos de la cuadra. Se levanta a media mañana y hace las arepas para ella y la niña. No cambia su cuadra por nada del mundo. Ahí todos la conocen. Ahí creció y ahí tuvo a su hija. Ahí se enamoró y ahí se despechó. Y aprendió a ser dura. Y a morder, arañar, insultar y escupir, cuando era necesario. En su cuadra no caben los pendejos. Y ella fue pendeja una sola vez. Y eso porque Edelbar la agarró fuera de base.

A media mañana pasa por donde Amelia para ver cómo está de tiempo. Amelia es la que la peina y le pinta el cabello. Cuando tiene una piñata también le peina a la niña.

Esta va a ser mi clienta fija, le dice Amelia sonriendo.

Lorena está en la esquina de la licorería mientras la niña juega en la acera. Ahí se distrae tranquila, aunque por momentos se pone fastidiosa y llorona. A veces tiene que pegarle. Unas por ponerse necia y otras por darle sustos. Como esa vez que se bajó de la acera en el momento en que estaban bajando unas motos persiguiéndose. Siente rabia. Eso es lo que siente. Y desde el estómago le sale un rayo que termina en el brazo. Y lo suelta para descargarlo.

No imagina que haría si le pasara algo.

Una vez se le cayó por unas escaleras y se dio duro.

Me le enyesaron el bracito, dice, fumando, y adopta un aire parecido a la reflexión.

Pero no es reflexión, tampoco exageremos. Es nostalgia. Es acordarse de que en una época nada le preocupaba. Y rumbeaba con quien la invitara. Y no le rendía cuentas a nadie. Ni a la vieja Emma, que sabe muy bien de dónde sacó Lorena el carácter. Ya las cosas están claras. Ahora es una mujer y hace con su hija lo que mejor le parezca. Porque por algo la parió y es a ella a quien le duele.

A la niña se le acaba de caer el chupón en la acera, pero Lorena no lo vio. La niña lo recoge y lo devuelve a su boca. La señora Emma le dice que ya está grande para chupón, pero a ella le arrecha que se metan en la educación de su hija. Y así lo dice. Aunque, en realidad, había pensado lo del chupón desde la vez que se le enfermó. Pero que se lo dijera su mamá la obligaba a dejárselo. No se puede dejar mandar por nadie, porque ella es una mujer hecha y derecha.

 

Lorena hace lo que sea por su chama. Ya no come cuentos con hombres. A esa no la joden dos veces. Es una cuaima con todas las de la ley. Los de la cuadra lo saben y la tratan casi con el mismo respeto que a su mamá. Basta que alguno diga “lo que se hereda no se hurta” para que todos sepan a quién se refiere. Claro, a Lorena por lo menos se la pueden bucear. Todavía está buena. Pero a ella sólo le importa su hija.

Ahora la niña le dice que tiene hambre. Ella está hablando con Carlitos, el señor que vive al lado de la licorería. Ese, que llegó a viejo soltero. Pero es que con esa panza y con esos pelos saliéndole de las orejas… ¿Quién se anima?

La niña se pone llorona y le dice que tiene hambre. Lorena va por la quinta birra. Ese es un momento especial de su sábado. En ese punto ya nada importa. Todo da flojera. Todo queda lejos. En la quinta birra no quiere pensar que la niña está creciendo y ese cuarto en casa de la mamá les está quedando pequeño. Ni que en el trabajo están hablando de despidos y de reducción de personal. Ni tener que pensar que ahí, nada más alzar la cabeza, se puede ver cómo se asoma el lunes. Y es bajar a la parada de los jips. Y es caerse a coñazos para entrar en el Metro. Y es caminar cuatro cuadras. Y es lo fastidioso que son los jefes.

Es la vida metro-chamba-cama con un sueldo más efímero que famoso de Youtube.

Por eso mejor seguir ahí, en ese momento feliz en que nada importa, a partir de la quinta cerveza. Con que la niña coma, que es lo que más le importa en la vida, lo demás le resbala. Ella vive para su hija. Ella no come cuento a hombre. A veces les acepta salidas, pero sólo para sacarles la cena y las birras. Pero la Lorena pendeja se murió hace exactamente tres años y cinco meses.

 

Y no es que le guarde rencor a Edelbar, ni que le importe que a veces baje por esa calle (para joder, porque él vive por la de atrás y esta no es su ruta) en la moto con el culito de turno. ¡Te lo regalo!, le dice al viento cuando él pasa como un suspiro, y apenas deja ver la silueta del culito de turno con sus franelitas y su hilo y su shortcito. Y Carlitos, o Antonio o el Checho, o el que esté por ahí, se ríe. A veces está la bandita completa y se ven unos a otros a la cara, con mirada cómplice, y sueltan la carcajada. Ellos no se meten en eso. A veces Lorena se entusiasma con el público y grita:

¡Gran vaina! Senda joya te llevas.

Y todos le celebran la gracia. Pero ninguno, además de buceársela, se anima a nada con ella, porque ella es una señora cuaima. Y para ella sólo existe su hija.

La niña insiste que tiene hambre. No lo dice, comienza con un gemidito que no deja hablar. Y cuando Lorena llega a la quinta birra, tiene poca paciencia y mucho calor. Pero por su hija todo. Entonces le grita a Arlinda, la que tiene el puesto de perros calientes a unos diez metros de la licorería, que le dé un perro a la niña.

Ella te lo va a dar, le dice a la niña, para que la deje quieta. Sin ensalada, Arlinda, acota, porque no confía mucho en ese repollo con el que aquella prepara los perros.

Porque ella, por su hija, todo. Vive para ella.

 

Del libro: Objetos no declarados (Puntocero, 2014)

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Un Comentario a “Ensayos con error, por Héctor Torres”

  1. Margarita says:

    Excelente relato!

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