Entre la vieja loca y el viejo pendejo

29/ 09/ 2014 | Categorías: Destacado, No ficción

ni tan chéveres ni tan igualesVieja loca se llama en Venezuela a toda mujer que no sea joven desde la perspectiva del dador o dadora del insulto. Un mínimo de rigor indica que se trata de mujeres mayores de cuarenta y cinco años y de una nueva versión de otro insulto relativo a la condición femenina madura, como es la expresión «vieja menopáusica». De nuevo la madre aparece en el horizonte: la vieja loca es la suegra, la mujer que ya no puede tener hijos, la «mal cogida», la aplastada por el peso de las hormonas. Sobre todo, vieja loca es toda mujer que no piense como quien la insulta. En una oportunidad uno de mis estudiantes más interesantes colocó un hashtag en Twitter: #viejaslocasconpostgradoenpolítica.

—Mira, qué haces tú poniendo eso. Yo soy una vieja que da clase en un postgrado de políticas culturales. Tengo 47 años.

—No, profe, pero usted sí sabe de política, es por las que no saben.

—Ya verás.

Le mostré en la pantalla de mi teléfono un tuit en respuesta a un artículo mío en Tal Cual:

—@yoelchechecoleguevara cáyate (sic) @giselakozak, maldita vieja loca.

—Ay profe. Tiene razón, vieja loca es la mujer madura que no piensa como uno.

Además, pareciera que solo hay viejas locas y no viejos locos y, si a ver vamos, sobran también los segundos, sobre todo si tiene que ver con que no piensan como uno. En este momento mientras escribo hay una celebración política cerca de mi casa con unas cornetas que proclaman lo descerebrados, sordos y ciegos que podemos llegar a ser los venezolanos cuando olvidamos que los demás existen. En todas partes del mundo hay gente que quiere molestar, pero, simplemente, aquí se permite y en otros lugares no. Se trata de unos cincuentones barrigones, barbudos y canosos gritando, gritando, gritando canciones de Alí Primera. Viejos locos, supongo, pero el insulto no es este, es «vieja loca».

Otro de mis estudiantes me dio una clave:

—Profe, acuérdese de la Plaza Altamira cuando los militares desafectos al Gobierno se montaron en aquella tarima cual Backstreet Boys. Mi mamá decía que había un montón de viejas locas de ambos sexos pululando por la plaza.

Pareciera que la estupidez, la mezquindad, la ignorancia, la exaltación, la nerviosidad fueran privativos de las mujeres de una edad determinada. En Twitter el «vieja loca» es de lo más popular sobre todo en el contexto de la polarización política; hasta las damas que clasifican por edad para ser llamadas así lo usan contra las damas del otro bando. Y los hombres también lo hacen a diestra y siniestra.

La «viejita juegabingo», por su parte, es toda una categoría política. Según un treintañero amigo poeta se trata de unas loquitas que siempre se equivocan en cuanto a serios asuntos. ¿Versión femenina de los opinadores de oficio de mesas de dominó y bares de la esquina donde todavía existen? Lo ignoro. Son unas señoras que con su voto obcecado son capaces de dividir los sufragios necesarios para ganar una elección y antes del cierre de los casinos tenían a estos sitios como segundo hogar. ¿Cuál será la diferencia con los viejitos con Gaceta Hípica, los rematadores de caballos y los jugadores de ajiley y dominó?

—Esos están informados –contesta mi amigo poeta.

—Sí, unos cuantos de esos viejos jugadores de dominó de ambos bandos dicen que en Venezuela hace falta una guerra civil –comento sin mala intención.

Por supuesto, «vieja loca» y «viejita juegabingo» son expresiones machistas, pero la palabra «viejo» en Venezuela es un insulto más allá de que se sea hombre o mujer. Los niños y niñas no son hombres y mujeres pero lo serán; los viejos y las viejas caen en una categoría ominosa: fueron hombres y mujeres. Viejo pendejo, viejo imbécil, maldito viejo o vieja, viejo marico, vieja puta, quién se cree ese viejo o vieja, qué te pasa vieja, ay no ese viejero. Curiosamente hasta los viejos y viejas menosprecian a sus semejantes. Cuento este diálogo protagonizado por mi madre y yo:

—Mamá, voy a ver a Cesaria Évora.

—¿La vieja esa?

—Mamá, es contemporánea contigo.

—Sí, pero ella es vieja, yo no.

Claro, al igual que cuando se califica a alguien de vieja loca, la vejación cae sobre los viejos que no me gustan o, incluso, sobre los viejos del bando que no me gustan. Comentando con un amigo catalán las andanadas racistas durante los juegos de fútbol en el Camp Nou, me hizo saber:

—Sí, es terrible, pero el racismo se dirige a jugadores negros del equipo rival, no a los jugadores negros del propio equipo.

Pues funciona más o menos igual en estos casos. Mis viejos son admirables, los que me adversan no. Los abuelos, en particular las abuelas, son muy populares y muchas veces asumen con los nietos obligaciones que no son suyas, incluidas cuido y manutención. Una vez que llegan a los setenta o más años, se les trata con mucha consideración, a diferencia de los abuelos sin real y/o reos de abandono filial que son muchos y son calificados como «viejos pendejos». Perdida la potencia sexual y la capacidad para hacer dinero, la vejez masculina en Venezuela puede ser bastante dura si algunas hijas o una esposa no andan cerca. En todo caso, en Venezuela se viven los inconvenientes de la vejez en las sociedades modernas, cuyas dinámicas cambiantes poco aprecian la experiencia de los años que consagraban las culturas premodernas, donde la tradición y el saber hacer repetido conformaban el horizonte de la experiencia.

«Viejo» es sinónimo de caduco… Es más, creo que ahora «viejo» para los seguidores del Gobierno es sinónimo de adeco o copeyano, así se tengan veinte años.

 

Del libro: Ni tan chéveres ni tan iguales (Ediciones Puntocero, 2014)

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