Goces y privilegios del lector, por Mario Amengual

11/ 03/ 2016 | Categorías: Destacado, Opinión

Sobre el gusto literario

 

wwPadecen muchos lectores y críticos profesionales de estricta parcialidad por un escritor o una escuela literaria. Quienes, por ejemplo, son devotos de Valéry, renuncian a la vigorosa voz de Whitman. Los predicadores de la poética de Pound suelen sufrir la misma ceguedad, aun cuando el mismo Pound escribió A pact. En América del Sur los seguidores de Neruda rara vez congenian con los de Vallejo, y viceversa: cada quien pondera a “su poeta” sin reparar en las virtudes del otro. Parece que el afán de formar bandos predomina sobre el gusto por la literatura.

La vida (no pretendo dar una definición) es fiesta de la diversidad; la literatura, una de sus formas, no es menos diversa. Paso por alto la pluralidad de lenguas en que está escrita; pienso en las diferentes voces del Espíritu (Valéry), en los muchos temas que son uno, en la búsqueda de un estilo impecable y en “las travesuras tipográficas”. La literatura, lenguaje del orbe, es también un orbe. Limitarse a una de sus tendencias no difiere del fanatismo religioso o del nacionalismo. Creo que las metáforas de Eliot y los Pensamientos de D. H. Lawrence pueden convivir sin disputa en nuestro gusto. Así como la admiración del Génesis no debería excluir la del Tao Te Ching.

Recientemente al azar me llevó a la relectura alternada de páginas de Borges y de Henry Miller. Los laberintos, las espadas, los tigres, las notas eruditas, los juegos con el tiempo, y el asco por el modo de vida estadounidense, los cuchitriles de las prostitutas de París, el mar de los griegos, los cantos de Katsimbalis, la prosa colmada de rabia y prédica, así lo sentí, no me parecieron distantes entre sí. Vidas y literaturas tan disímiles, en una tarde de julio, derivaron en coincidencias. Ambos, fieles lectores de Whitman, celebran la amistad, el placer de conversar, el amor y sus noches, el don inefable y las novelas de Conrad; ambos profesan su amor por los libros, y su repulsión por la guerra, su enemistad con la barbarie tecnocrática. Cada uno a su manera y valiéndose de recursos muy distintos, ciertamente, pero ¿debemos aspirar a una tediosa uniformidad? ¿Acaso vivir no es compartir una historia, una tradición y estar bajo el mismo cielo? Los hechos esenciales de la vida humana son los mismos en cualquier parte: cambian el escenario y, no siempre, la época. Sólo el temor y no sé cuántos prejuicios convierten a los seres humanos en ejecutores de la locura ajena y no en seres leales a su condición, que, a veces, dejan sentir en las palabras.

No me anima el prurito de encontrar afinidad. Apenas pretendo decir que el lector puede encontrar ese otro rostro suyo, esa insinuación del “perfume de la realidad”, en las páginas de cualquier escritor auténtico (valga el epíteto en estos tiempos de tanta impostura y tanta palabrería), aunque los separen el mar de muchos nombres, las distintas y en ocasiones antagónicas costumbres, las traiciones de los traductores y la inagotable anécdota.

Alguien alegará, sin demora, que el ciego de la calle Maipú era un “reaccionario” que solía hacer travesuras pesadas (descreer de la democracia, subestimar a los negros o exaltar a la pérfida Albión), mientras Henry Miller se opuso con odio al imperialismo de los Estados Unidos e incansablemente invocó el nacimiento de una humanidad distinta. Peca, me atrevo a decirlo, de ligereza en su juicio, tal como un reconocido poeta venezolano, del cual estimo algunos poemas, que se negaba a leer a Whitman porque éste, en su desaforada visión democrática, defendió la anexión de Texas al territorio estadounidense. Es caso frecuente: cierta crítica esquemática y árida, atenta únicamente a las desigualdades sociales, quiere empañar los ojos de aquellos que jamás han visto en su propio corazón.

Corren días en que llueve al revés: primero se analiza y después se busca sentir. Quizás el propósito de la literatura sea más humilde:

 

Que cada palabra lleve lo que dice

que sea como el temblor que la sostiene.

 

 

El crítico y el ilustre desconocido

 

Creo en el misterioso desconocido. Un día encontrará un libro en un anaquel y lo hojeará distraído: de pronto ciertas palabras ordenadas de cierto modo harán estallar en su interior un polvorín…

                                                                                                                                     Aldo Pellegrini

 

Hay un tipo de crítico empeñado en agrandar el abismo entre los libros y los posibles lectores. Es partidario de la disección: desmiembra textos, los traduce a sus esquemas, elabora gráficos que emulan los organigramas de complejas burocracias.

Este crítico, rara vez modesto, desde la cátedra pide a sus alumnos que olviden vivencias y sentimientos. Es un fanático del análisis y un condenado a redactar extensas notas a pie de página. Para él, el gallo del coronel Aureliano Buendía puede ser un mero símbolo de la “revolución postergada”. Deduce que la rosa de un poema representa a una burguesía decadente o la imagen baladí de un capricho esteticista. No admite la existencia del simple y vulgar lector. Insiste en predicar el estudio de las obras como quien pone una muestra de sangre bajo el microscopio.

Suele este crítico ir de un lado a otro con alegatos científicos y doctas interpretaciones. Pero, muchas veces, sin reparar en contradicciones, acostumbra arrimarse a la sombra del Estado (de cualquier Estado); practica la discriminación de quien no se aviene con sus fórmulas, desdeña a los descaminados que leen con agudeza vital y prefieren los manantiales y no manuales para entendidos.

Este crítico siempre paga su peaje a la moda. Le desespera que a la crítica literaria le cueste desprenderse “de supersticiones, abominables esoterismos e impresiones subjetivas”, según él define todo lo que no entra en su angosta visión. Él, el crítico verdadero que va más allá, goza del dominio de la jerga que lo enorgullece de pertenecer a un gremio de selectos miembros. Lejos está el vulgo que ignora las claves de la crítica.

El ilustre desconocido, aunque haya tolerado una escuela de Letras, no descome lo que lee a su interlocutor; sabe que las tertulias literarias han degenerado en torneos de monólogos y pocas veces son conversaciones animadas para intercambiar sentires e ideas. El ilustre desconocido sabe que hoy el diálogo es un hecho extraordinario.

El ilustre desconocido, como Cortázar, puede conciliar la lectura de Mallarmé con un programa boxístico; quizás lea a Proust con el mismo entusiasmo que lee a Benedetti. Para él, el gusto literario no tiene caprichosas limitaciones.

El ilustre desconocido no tiene por qué ser un lastimoso individuo, desgarbado, pálido y ratón de biblioteca. Puede no pertenecer, por negarse a encarnar rigurosos estereotipos, a una clase de gente que presume de artistas. Su mayor aspiración, por lo general, consiste en encontrar esas palabras que le revelen algo de su rostro escondido o de aquella realidad que los sueños le insinúan.

No es sólo lector de literatura. Su silenciosa curiosidad puede fijarse en tesis de ecología, manifiestos políticos, informes de mortalidad infantil por hambre, biografías de poetas o científicos o deportistas… Su sabiduría, fundada en el sentido común que exige la hostilidad cotidiana, le dice que la poesía es más que un género literario, es más que un asunto de palabras y cacería de conceptos.

Para el ilustre desconocido las palabras son como las percepciones: lo devuelven a un día, cercano o remoto, en que presintió el sentido de su existencia o pueden convertirse en llama contra una sociedad avezada al flagelo y la demencia.

El ilustre desconocido no vive por la ficción de la flaca inmortalidad dorada y negra que en seno maternal torna la muerte. Ni fanático ni redentor, abre un libro en algún lugar del mundo e inicia la aventura de un hombre o muchos hombres que son todos los hombres y no pretende descifrar lo indescifrable; apenas conversa con otros seres humanos a través de unas páginas debidas a la pasión, a la rabia, a la desilusión, a la injusticia, a la belleza, a nuestra ignorancia esencial, nunca a la intención de convertir la vida y esas mismas páginas en un difícil e infecundo crucigrama.

 

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