Grietas, por Edmundo Bracho

09/ 05/ 2013 | Categorías: Destacado, No ficción, Opinión

Nunca he sido testigo del desmoronamiento irreversible de otro hombre. Existe, lo sé, un hundimiento gradual en muchas personas que nacen bajo el signo de la melancolía, sobre un lecho que solo ha querido advertir la luz escasa y la rotación mórbida de Saturno. Ajenos desde su origen al Sol y a lo solariego, a Júpiter y a lo jupiterino, son seres cuyo alumbramiento supone ya la inmediata fatiga en su respirar y sus nervios filamentos de tristeza. Y el esplín va agudizándose como uno de los trazos de su carácter, sin escapatoria.

Pero hay quienes, vitales y hasta exultantes en historial de vida, amanecen de pronto un buen día, sin previo aviso, en la peor de sus noches. Y desde entonces, ahí permanecen para siempre. Son aquellos que nunca imaginaron que en un santiamén su almohada de plumas se trasmutaría en tabla de clavos —como relataría William Styron en su breve crónica sobre su desplome en aquello que los clínicos llaman depresión— y lejos estaban de cualquier preparación para esos desvelos sin tregua, “despertares” continuos sobre el cadalso que se torna palpitar del mundo —ya un “nuevo” mundo. Suelen esperar —desear— estos recién llegados al extravío, no sin desesperación, que sobre esa tabla de “fracaso”, vaya cicatrizándose su travesía de “desequilibrio” hasta volverles fuera de esas formas novísimas de agonía, de vuelta a las almohadas de plumas mundanas y de sueños sin riesgo.

Pero tales heridas son —o deberían ser— a fin de cuentas, el auténtico padecimiento de la lucidez. Muy pocos quieren así reconocerlo, medirse ante el abismo como un tránsito de liberación. Por el contrario, buscan entre maldiciones volver a los instantes en que saborearan en su mocedad “la miel del éxito” —¿sabrá algún infeliz explicarme qué cosa es eso?—, cuando se extenuaban en asistir y proferir sibaritismos y demás taras de la mal llamada sensualidad, contándose a sí mismos como celebridades de cualquier ralea frente a toda mirada, hasta ante la más renuente… Y de sopetón, la fractura toca a esa puerta imbatible que es la noche, abriendo la aguda aflicción.

“La vida, hace diez años, era en gran medida una cuestión personal. Debía siempre mantener en equilibrio el sentido de inutilidad del esfuerzo y el sentido de necesidad de lucha; la convicción de la inevitabilidad del fracaso y la determinación de triunfar —y más que esto, la contradicción entre la mano muerta del pasado y las nobles intenciones del futuro”. Esto lo escribía, en 1936, Francis Scott Fitzgerald, tratando de asir —!como si acaso fuera un “asunto” a “comprender”!— el súbito viraje de una vida opulenta en sentido y sentidos, a una delineada repentinamente desde la desesperación. En ese notable texto autobiográfico que es The Crack Up, Fitzgerald, ícono irreductible de la era Jazz, entonces portento de las letras emergentes de Norteamérica, divo andante de los excesos alcohólicos mezclados con tinta y fastuosos viajes, confiesa su irremediable ingreso en la sombra, incalificable oscuridad inmanente en su adentro, que desde su adentro se sorprende ante su malditismo.

Se me hace más tonificante que difícil imaginar un hundimiento tan singular como imprevisto de quien fuera en su momento sinopsis única de frivolidad premeditada y soberbio estilismo. Sí, el mismo Fitzgerald, quien, hechizado por taras triunfalistas, hizo todo por conseguir el éxito de público y crítica con su primera novela, A este lado del paraíso. Lo consiguió apenas publicada, en 1920. Con ello logró también obtener la mano de la aristócrata sureña Zelda Sayre, y en los años sucesivos, entre baños de champaña y excéntricos pleitos maritales, producir novelas como El gran Gatsby y Tierna es la noche.

Cuando escribe The Crack Up, Fitzgerald no padecía ningún “mal físico”. Se compara a sí mismo con un plato roto, que si bien puede pegarse de nuevo, nunca dejará de ser un elemento partido, cuarteado, casi inútil para sus funciones pretéritas. Su trastorno consistía más bien en un terrible estado de lasitud de la imaginación y de una parálisis de voluntad. Si acaso se le tenía por un trashumante frívolo, el súbito y extremo derrumbe lo obligó a caminar entre sus noches, a otear insomne su propia tragedia, y a relatarlo a venas abiertas, aun sin saberse a salvo.

“Bienvenido este dolor, porque de él aprenderemos”, escribió antaño Ovidio sobre el trance hacia la agonía “mental”. Fitzgerald no podría estar más en desacuerdo con el poeta latino. Si bien fue capaz de explorar el misterio de su caída, y develarlo al público, nunca pudo darle la merecida bienvenida a aquel aparente sinsentido que debía, en definitiva, suponer una catástrofe enriquecedora. Posibilidad alterna de ampliar todo un espectro moral y ético, o inmoral y anti—ético. Pero Fitzgerald la maldijo. Para el autor, antes de su hundimiento “la vida era algo que uno dominaba si tenía algo bueno. La vida se rendía con facilidad ante la inteligencia y el esfuerzo”; y añade: “para poder preservar algo —quizá un silencio interior, quizá no— me había apartado de todas las cosas que alguna vez amé, y aquellos actos cotidianos como cepillarse los dientes en la mañana o cenar con un amigo se convertían en un esfuerzo. Me di cuenta que durante mucho tiempo no me habían gustado cierta gente o ciertas cosas, pero sólo perseguía la pretensión de que me gustaran. Me di cuenta que incluso el amor por mis seres más cercanos se había convertido sólo en un intento de amar, que la forma en que llevaba mis relaciones casuales era únicamente producto de lo que recordaba como una conducta adecuada, basada en el pasado”.

Cinco años después de escribir The Crack Up, moría el otrora niño mimado de la llamada “generación perdida”; no sin antes dejar casi terminada su obra más madura e imaginativa, El último magnate. Auténtica ventana a la hondura literaria, lo que fue el único talento que verdaderamente Fitzgerald tuvo y mantuvo. Su mediocridad consistió sólo en nunca llegar a conocer su propia fortaleza. Inducido de repente a la oscuridad, corajudo, supo sí conocer su desastre. Y siempre asumirlo en primera persona. En una oportunidad una amiga suya, trató de reconfortarlo —queriendo que Fitzgerald fuera un Job, acostado en un diván, y ella una suerte de terapeuta— diciéndole: “Escucha. Imagina que esa grieta no está en ti, sino que es una grieta del Gran Cañón”. En burlesca y con materia de héroe alterno, Fitzgerald replicó: “La grieta está en mí”.

El novelista, como todo gran enfermo, experimentó su grieta, agrietadamente; su tragedia, trágicamente. Supo que en su trama, no cabía la figura del Deus ex machina, la mano ajena y milagrosa que a la postre se tiende salvadora. Supo bien que no había otra salida: debía hacerse cargo de su propio “fracaso” personal a solas. A primera vista, sorprende cómo fue capaz de escribir su obra maestra en los años sucesivos a aquella franca y fatal confesión. Quizá en el fondo, atento a su naciente lucidez y a su cicatriz desengañada, Fitzgerald entendería que dos ideas opuestas pudiesen convivir en su mente de manera simultánea, y aún así poder funcionar: “Darse cuenta que las cosas son irreversibles y sin embargo estar dispuesto a convertirlas en otra cosa”. Despertar con el Gran Cañón en el pecho, y seguir andando mientras se le explora, con ojos empañados de infierno.

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