Guillermo Meneses. Homenaje. El método joyceano en un cuento de juventud, por Domingo Miliani

13/ 08/ 2013 | Categorías: Destacado, Sobre libros
Parece mentira que se haya escrito tanto y de tanta calidad, en un par de semanas, sobre Guillermo Meneses. Y sobre todo, que se haya escrito con motivo del cumpleaños de un escritor vivo.1 Antes también fueron publicados ensayos muy valiosos, en concreto los de Alicia Segal, Judith Gerendas, Liscano, Pérez Perdomo, Balza, de Lima, Argenis Rodríguez. Pero lo de hoy abruma.

Pero es que el homenaje a Guillermo Meneses ha nacido como expresión de afecto, con tardía gratitud hacia uno de los intelectuales que más hondamente han ejercido un magisterio entre los jóvenes escritores y artistas, sin alardear de sus enseñanzas, sin envanecerse del triunfo que significa ver a los jóvenes intelectuales cuando escuchan a otro escritor que no salió a buscarlos para auto-elevarse. Y luego, en la obra de esos jóvenes, notar una pequeña marca, imperceptible casi, de lección.

El otro rasgo que ha revestido el homenaje a Meneses, con motivo de sus sesenta años de edad, es que nosotros, atomizados, divididos por la política, por la literatura, por la docencia, por la bohemia, porque si, divididos y enclaustrados cada uno en su pequeña cámara al vacío, hemos roto los vidrios de los refugios y nos hemos unido, o al menos reunido, aunque sea por un momento, para expresar de una u otra manera nuestro cariño por este escritor, casi una especie de reencarnación de los viejos tiempos culturales cuando entre los nahuas, al paso de un pochteca, un mensajero de comercio cultural entre los distintos pueblos del México Prehispánico, al paso de aquel hombre, los pueblos en guerra suspendían la hostilidad hasta que se alejaba el caminante.

Esa capacidad de unir ha sido una de las virtudes mayores del hombre Guillermo Meneses, del hombre generoso que está siempre detrás de la máscara de ironía, oculto en la timidez que a muchos parece hielo en el primer contacto. Este trabajador intelectual ha proyectado mil veces una empresa de arte o de literatura para que la gente hable, discuta, aprenda a oír, hasta en los tiempos en que hablar era peligroso, y en un pueblo donde hemos perdido la capacidad de escuchar, quizá por exceso de ruido. Entre nosotros el diálogo consiste casi siempre en mirar fijamente a un interlocutor a quien no se escucha, y mirarlo bien a los ojos hasta paralizarle su palabra a medio camino. Escuchar significa estar bullendo allá adentro la respuesta fulminante para, en el momento oportuno, hacer callar, disparar la réplica a un mensaje que no habíamos captado, porque no lo atendimos. “El Guillo” ha sabido ponernos a pensar y a oír. Su capacidad de unir puso a hablar a la gente a través de una bohemia cordial y laboriosa, desvestida de máscaras intelectuales, una bohemia laboriosa, donde casi siempre han ido juntos pintores, poetas, narradores, incluso mucho antes de aparecer la revista CAL, su mayor y más perfecta obra aglutinante.

Esa manera de transmitir lecciones sin calificarlas ni cobrar honorarios morales por haberlas impartido, comienza lejos, en los días del periodista que actuaba como Jefe de Redacción de la revista Élite, época de la cual hay otros, testigos y participes.

En los homenajes que se le han rendido a través de Séptimo Día y de Imagen, todos han expuesto con una sinceridad poco común, la vivencia a través de cuya piel se ligaron a Meneses. En mí también hay algunos momentos que quisiera recordar, no por vanidad, sino porque miden un poco otra forma de lecciones. No he sido íntimo amigo suyo, en el sentido de la convivencia. Apenas nos habremos visto tres, cuatro veces, siempre muy emocionantes hasta la inhibición. Acepté hablar sobre él, por gusto, porque como lector le debo mucho. Uno de esos momentos se refiere a cartas de amigos. Eran los años en que acababa de romperse una pesadilla dictatorial. Meneses era Segundo Secretario de la Embajada de Venezuela en Bélgica, pero mantenía estrechísimo contacto con venezolanos radicados en París. Entre ellos estaban mis compañeros Pedro Espinosa Troconis, periodista en estudios de postgrado, el poeta y periodista Jesús Rosas Marcano; el poeta, antropólogo y medio brujo, Alfredo Chacón. Alfredo actuó como gran brujo de la tribu. En 1959 apareció Señal, revista de venezolanos en París.2 El Director fue Alfredo Chacón. Los secretarios de redacción eran Pedro Espinosa y Alfredo Silva Estrada. El coordinador era el pintor Oswaldo Vigas. Ese primer número -no sé si hubo otros- insertaba colaboraciones de Juan Oropesa -quien lo presentaba- Luis García Morales, Roberto Guevara, Néstor Leal, Hesnor Rivera, Jesús Rosas Marcano, Alfredo Silva Estrada, Atilio Story Richardson, Alfredo Chacón. Todos hablaban sobre sus conceptos de poesía. Textos poéticos de Robert Ganzó y de Silva Estrada, García Morales, Hesnor Rivera, llenaban lo poético. Pedro Espinosa entrevistaba a Margot Benacerraf a propósito de su cortometraje Araya. Y allí, en esas páginas, me emocioné leyendo un primer fragmento de La misa de Arlequín, de Meneses. ¿Quién había unido al grupo? No dudo que la sabiduría esotérica de Alfredo pudo influir mucho. Pero puedo afirmar que también que aquella Señal estaba contagiada por la magia unificadora de Meneses.

Cuando Meneses regresó a Caracas, por 1960, cambió el nombre, el formato y la calidad del Papel Literario de El Nacional. El nuevo suplemento se llamó Jueves. Meneses, otra vez, unificó nombres y abrió páginas a nuevos escritores, entre otros, recuerdo a Ludovico Silva. Yo mismo me arriesgué a comentar un libro de Ramos Sucre y a escribir alguna otra cosa. Pero lo que me conmovió más hondo fue el comentario de Meneses a un pequeño libro que acababan de publicarme. Era sobre Andrés Eloy Blanco. El Guillo, en su incisiva columna, me fulminó: “para decir lo que aquí se dice sobre Andrés Eloy Blanco, no era necesario un libro; bastaba un ensayo”. Admito que enrojecí por mucho tiempo. Pero al menos, desde entonces comencé a luchar por la ruptura con un barroquismo impresionista y seguí su consejo: buscar la economía expresiva. Su crítica, no favorable, no de cumplido, muy honesta, me hizo mucho bien, me dio salud e impuso respeto hacia el nombre de Guillermo Meneses.

El tercer momento fue la lectura, La balandra Isabel llegó esta tardeEl falso cuaderno de Narciso Espejo. Pero hay una lectura que me inquietó siempre: los Tres cuentos venezolanos, publicarlos en un Cuaderno Literario de la A.E.V.3 De ellos, uno me mantuvo contagiado de curiosidad. Es el llamado Adolescencia.

“Adolescencia” correspondía vivencialmente al Meneses que estudió la Secundaria en el colegio jesuita de San Ignacio, un tiempo inmediatamente anterior a su ingreso en la Universidad para incorporarse a la generación de 1928, tomar contacto y fijar posiciones de agitación literaria y política. Cuando lo leí la primera vez, como lector a secas, yo estudiaba mi último año de bachillerato y me preparaba a ingresar en el Instituto Pedagógico. Yo también había sido alumno de jesuitas, durante un año. Y me identificaba mucho con el personaje Julio Folgar. Había escuchado mil veces los sermones de los padres prefectos y espirituales, que imponen esa oratoria viscosa de barroquismos ancestrales.

Pero con los años, al volverme Profesor de Literatura -oficio del que me siento cada vez más orgulloso por lo que impone de disciplina en el aprendizaje- como Profesor, y hurgando libros, me encontré nuevas sorpresas para ligarlas a aquel cuento de lectura juvenil. Supe, por ejemplo que, sobre el tema, en España se había publicado una novela muy discutida y criticada con violencia, elogiada fuera, negada en el país, porque se la consideraba pornográfica y hereje. Estaba escrita por Ramón Pérez de Ayala. Apareció originalmente en 1910, suscrita bajo el seudónimo de Plotino Cuevas. El título de la novela era: A.M.D.G. La vida en un colegio de jesuitas. Y con esa manía que entonces uno iba aprendiendo: la de buscar abuelos literarios a nuestros escritores, me impacientaba por saber si Meneses habría leído a aquel novelista, que por los años 30 estaba en auge de conceptismo retorcido y de surrealismo mal asimilado. Meneses, por lo demás, al hablar de su generación literaria, la del 28, en diciembre de 1961, decía:

Tan importante como lo que los jóvenes de aquella época pudiéramos hacer y elucubrar en nuestras diversas empresas, era la ansiedad con la que recibíamos lo que Madrid nos enviaba. Estaba España en el momento más importante de su vida, dentro de este siglo. La Monarquía había terminado su existencia. La dictadura de Primo de Rivera había logrado colocar frente a ella todo lo que España podía ofrecer.

Desde los viejos de la generación del 98 hasta los que comenzaban a hacerse notar en el campo de las letras, de la filosofía, de la poesía, Unamuno y Ortega y Gasset eran -tal vez- las bases más sólidas de todo aquel admirable edificio de arte. Pero sería larga la lista de todo lo que era recibido, en la Venezuela dominada por el gomecismo, con extraordinario fervor.

De más está decir que era Ortega y su Revista de Occidente, la cúspide de los conocimientos que de España nos llegaban. La Revista de Occidente significaba información sobre todo lo que se producía en Europa. La Revista de Occidente nos daba la versión española de filósofos, novelistas, tratadistas alemanes, ingleses, franceses y la vastísima distribución de los nuevos valores de lengua castellana. Alberti y García Lorca figuraron allí igual que el cubano Novás Calvo. Y había las notas y los artículos sobre música, sobre pintura (en la Revista de Occidente apareció el estudio de Huxley sobre el Greco), sobre todas las ramas del conocimiento.

Sería justo añadir la revista Bolívar, dirigida por Pablo Abril de Vivero, el peruano amigo de César Vallejo y bien conocido de los venezolanos. Y la otra revista donde se afirmaba la enrevesada personalidad de Giménez Caballero: La Gaceta literaria.4

Estas confesiones autobiográficas de Meneses tienen importancia para establecer ciertas pautas de lecturas juveniles. Por ejemplo, Lino Novás Calvo, aparte de su biografía novelada: El negrero (1933), había sido un finísimo traductor de Huxley, Faulkner y, particularmente, del Ulises de Joyce. Muchos de sus cuentos aparecieron publicados en las revistas españolas citadas por Meneses. Con ellos iniciaba el realismo mágico, al lado de Carpentier, por exploración del mundo esotérico del negro hispanoamericano. Y añádase el hecho de que sus versiones españolas de Joyce fueron insertas y reproducidas en revistas como Repertorio Americano, de Costa Rica,Contrapunto, de Buenos Aires y, lo más interesante, en Cultura Venezolana de Caracas.5

Meneses recuerda también que por los tiempos en los que comenzaba a escribir, imperaba como tendencia el realismo mágico, a partir del famoso libro de Franz Roh, titulado justamente realismo mágico. Post-expresionismo, cuya traducción española apareció casi en simultaneidad con la versión original alemana en 1925. Lo había traducido a nuestra lengua, el Secretario de Redacción de la Revista de Occidente: Fernando Vela.6

¿Y qué había pasado con las notas sobre la novela de Pérez de Ayala? Pues este escritor fue un asiduo de la Revista de Occidente. Pero importa más haber sabido que su novela, <b<a.m.d.g.< b=””>, fue traducida al alemán en 1912. Y que uno de los más importantes críticos germánicos, Ernest Robert Curtius, la valoraba así: “A.M.D.G. o sea Ad Majorem Dei Gloriam, lleva como subtítulo: La vida en un colegio de Jesuitas, y nos relata la infancia de Alberto Díaz de Guzmán: así llama Pérez de Ayala el estilizado reflejo de sí mismo. La novela conduce la historia de este personaje hasta el umbral de su juventud y de sus estudios superiores. Más que con nuestras novelas de vida escolar (Bildungsroman o novela de crecimiento y búsqueda), la obra presenta analogías con El artista adolescente de Joyce, que es también un informe sobre la vida de un internado similar”.7

Curtius habla de analogías entre la novela de Pérez de Ayala y la de Joyce. No de influencias, porque casi sería absurdo. ¿Pero qué tiene todo que hacer con el cuentoAdolescencia, de Meneses, para estar fatigando con tantos datos? Pues como en los cuentos populares hay que decir: “ahora viene lo bueno”, o siquiera lo que perece bueno a un profesor de literatura que sigue hurgando datos.

No hay analogías, evidentemente, entre el barroquismo de la escritura del español, y la búsqueda aún insegura, a veces disonante en el manejo tonal de los diálogos, de nuestro Meneses. Pero la pista errada condujo por otros caminos.

Cuando apareció el volumen de Tres cuentos venezolanos (1938), donde se inserta el cuento “Adolescencia”, una reseña de la Revista Nacional de Cultura, posiblemente firmada por Rafael Olivares Figueroa, afirmaba nuevamente unos indicios que parecían insólitos: y que transcribo textualmente porque estimo que es una de las más certeras opiniones donde se caracteriza lo que será la andanza posterior de Guillermo Meneses como narrador:

“Dos cuadernos recientes de la Asociación de Escritores Venezolanos nos hacen entrar en la obra narrativa de uno de los escritores que se señalan bajo un signo más promisor entre los jóvenes nombres de nuestra literatura nacional: Guillermo Meneses. “Tres cuentos venezolanos” y “La balandra Isabel llegó esta tarde”, son la expresión de un interesantísimo temperamento de cuentista y novelista que penetra en la vida criolla con una rara cualidad de introspección y con un colorido que transforma en poesía la más fuerte escena realista. Hay como dos caminos, dos definidas tendencias en la obra literaria de Meneses: por una parte logra el cuento dinámico, bien construido y proporcionado, el cuento que a la manera de Maupassant -que sigue siendo el maestro del género- es el corte o fragmento trazado sobre la compacta realidad, el cuento que mueve tumultuosamente hombres, diálogos, impresiones; por otra parte Meneses, como el Joyce que escribió “El artista adolescente” trabaja una complicada materia de introspección psicológica. “El popular” que “siente y comunica los instintos elementales de aquel Segundo Mendoza, negro marinero de “La balandra Isabel” Y lo echa a vivir, amar, monologar y emborracharse en los cafetines y prostíbulos de la vieja Guaira convive en él, armoniosamente, con el “culto” que con sus impresiones de colegio y el misterio de una adolescencia penserosa y turbada -como son todas las adolescencias de los artistas- ha sabido escribir uno de los retratos psicológicos más bellos de nuestra nueva Literatura. Así, una vocación literaria que por la técnica del relato junta y evoca curiosamente nombres tan disimiles como los de Maupassant y de Joyce, y que logra la magia de una prosa rica de color y de poesía y equilibrada, sin embargo, en la sobriedad más justa, es ya el aporte y la realidad de Guillermo Meneses”.8

Aquella modesta nota escrita en 1938, delimitaba ya los dos caminos de la obra posterior en Meneses. Si bien podría disentirse en la calificación de caminos popular yculto o preferiblemente pudieran llamarse búsquedas de realismo mágico y de narrativa del yo, lo cierto es que el señalamiento de Joyce como posible analogía y no influencia, era una emocionante posibilidad para comprobar más ampliamente.

Los Tres cuentos venezolanos de Meneses aparecieron publicados en 1938. El retrato del artista adolescente de Joyce se editó en Nueva York en 1916. Pero en 1926, la Biblioteca Nueva de Madrid, una de las fuentes más frecuentadas en las lecturas generacionales del 28 venezolano, había editado una traducción de esta obra. La versión española era de Alfonso Donado. El prólogo, de Antonio Marichalar. La misma traducción de Donado fue reimpresa en Santiago de Chile (Osiris, 1935), con un prólogo de Hugo Galasso Vicari y luego, en 1938, incorporada en la Col. Austral de Espasa Calpe Argentina., Sigue siendo la más difundida hasta ahora, por ejemplo, en la edición de Santiago Rueda, 1956.

Todo hasta aquí no es sino el manejo de fichas de profesor de Literatura.

Pero es que el cuento de Meneses plantea, justamente, una triple coyuntura de donde a nuestro entender arranca, más ampliamente, el mundo posterior de su narrativa. Es la metodología joyceana del contrapunto conflictivo entre el yo del personaje, fragmentado en planos subconscientes de delirio, ensoñaciones, búsquedas y pactos o contratos. Es la ruptura, como en Joyce, con el esquema paterno, la fijación maternal, edípica del Eros y su descubrimiento en una sirvienta negra. Ese despertar cierra el cuento de Meneses. Abre el camino a las obras posteriores; un Eros creciente que reaparece como búsqueda cuando toca el descubrimiento del sexo en Luciano Guánchez con la zamba Carmelina, dentro de la atmósfera de luna, reiteración simbólica del mundo sensual y el destino de azar, que puede ser un as de oro, o un pacto con el diablo, para el cual, Julio Folgar quiere inventar un lenguaje del aire, pero termina inscribiendo crípticamente, en la corteza de un árbol, en el solar de su casa, una convocatoria satánica en alfabeto griego. En ese cuento, igualmente, aparece ya el caleidoscopio de los desdoblamientos y las fragmentaciones del yo, en función de otro símbolo muy de Meneses: el espejo. Y la fijación obsesiva de los misteriosos ocultamientos de las cosas más allá de su epidermis de disfraz, un recurso de intuición poética y enigmática de la realidad, para recrearla o negarla siempre como visión del mundo.

La fragmentación del texto literario, en el tiempo de las regresiones vivenciales, de los presentes ansiosos, de las anticipaciones en un futuro de conjeturas y búsquedas angustiosas, seguirá ampliándose y desarrollándose en las estructuras narrativas de Meneses, primero en Campeones, hasta culminar y lograr madurez en El falso cuaderno de Narciso Espejo.

Al fragmentarse el tiempo dentro de pequeños espacios luminosos de un caleidoscopio, cada trozo minúsculo cobra intensidad coherente en función del personaje disgregado en reflejos múltiples de su yo. Muchos años más tarde, Meneses expondrá su visión del mundo en una teoría de la novela contenida en el libro Espejos y disfraces. En este aspecto es uno de los pocos narradores nacionales que además de su praxis creadora han meditado con profundidad y modernidad sobre los problemas metodológicos de la creación narrativa, que ocupan hoy la atención de muy lúcidas inteligencias europeas e hispanoamericanas.

Sigue siendo muy frecuente el pensar que la metodología de Joyce se limita a la dislocación de una sintaxis del discurso narrativo, a la quiebra del espacio interior de los personajes en expresiones monologadas. Pero el experimento del gran dublinés, en esencia, fue lograr la unidad de la incoherencia caótica del hombre en su lucha con o contra el yo. Y ese es el camino metodológico que, a juicio de un Profesor de Literatura, constituye la mayor aportación de Meneses en nuestra narrativa. Podrían añadirse aún los pactos secretos, la búsqueda del ángel dormido malignamente allá adentro para ser expulsado y que constituyen tanto en la teoría del contrato como en la praxis de sus obras, otro de los ejes de su mundo de narrador. Pero por ahora basta apuntar que un cuento de aquel Meneses de 27 años, traía definitivamente una de las posibilidades más amplias de experimentación a nuestra narrativa.

Siguiendo las analogías de ambos autores en las posibilidades del método, El retrato del artista adolescente de Joyce, constituye un punto de arranque de la liberación ética, intelectual y familiar del adolescente en viaje hacia el hombre; y al mismo tiempo, el crecimiento interior del tiempo existencial y vivencial del artista, para desembocar en el ordenado caos del Ulises. El cuento Adolescencia es el punto de arranque de un conflicto de búsquedas y proyectos contrastados con los actos, de los contratos y los pactos y la posibilidad de su realización.

El Stephen del artista adolescente a lo largo de sus 261 páginas de texto, sufre, por lógica, una peripecia más rica en la búsqueda, el proyecto y la liberación; pero a lo largo de ciento cincuenta páginas, esencialmente traza, en tres capítulos “el nacimiento de las dudas religiosas y de los instintos sexuales que llevan a Esteban al pecado carnal a los 16 años. La parte central, también en dos capítulos, continúa el ciclo del pecado y del arrepentimiento hasta “el apocalipsis personal de Esteban”.9 El resto de la novela son los proyectos y las ideas estéticas de Stephen, la lucha y los conflictos interiores. “Adolescencia”, de Meneses, segmentado en su condensada estructura sintética de cuento, comienza cuando “En la atmósfera azulada de la capilla, entre el olor de incienso y de la cera se desleía la voz del padre Echevarrieta”. Y con ella, se desleía también la fe de Julio, para impulsarlo al proyecto y a la celebración del pacto satánico, pero antes deberá atravesar interiormente por la secuencia de las tentaciones diabólicas. Ese desleimiento de la fe prosigue en otra expresión: en el libro de estampas donde estaba grabado el bautizo de Jesús, los pies del redentor “en la sombría quietud del agua se desdibujaban”.10 Entretanto las tentaciones se tornan visiones, como la bailarina del teatro Olimpo, que Julio ha visto; las imágenes de artistas del cine sonoro, iniciado hacia 1930. Y el mundo caótico de esas imágenes, “con rapidez de hachazos entraban en el pensamiento del muchacho”.

Todo el mundo moral del Artista adolescente gira alrededor de un discurso pronunciado por el predicador jesuita ante Esteban en los retiros espirituales. Su contenido se refiere a las tentaciones y la caída del ángel. El núcleo moral de “Adolescencia” arranca del sermón de despedida que el padre del Colegio dirige a Julio y a sus compañeros, cuando van a abandonar el colegio para su ingreso en la Universidad.

La erudición escolar suena en el mundo interior de Stephen Dedalus como “una confusa música de recuerdos y nombres”, donde se mezclan lecturas clásicas con imágenes actuales, memorias históricas de lo irlandés, con rememoraciones familiares. Y las visiones del artista, el color y las formas del mundo exterior, completan el caleidoscopio reflejado en el espejo de las palabras. Allí está la clave de los interrogantes a través de los cuales va despertando el artista adolescente: “¿Era que amaba el rítmico alzarse y caer de las palabras más que sus asociaciones de significado y de color? ¿O era que, siendo tan débil su vista como tímida su imaginación, sacaba menos placer del refractarse del brillante mundo sensible a través de un lenguaje policromado y rico en sugerencias, que de la contemplación de un mundo interno de emociones individuales perfectamente reflejado en el espejo de un período de prosa lúcida y alada?”.11

Julio Folgar, ante el espejo del lavabo, “finge la mueca de los hastiados, el cansado bostezo de los que han jugado mucho con el amor. Por un momento busca el ejemplo que debe imitar ante la ingenua cinematografía que es para su alma el espejo del lavabo”.12 En las búsquedas del arquetipo, rasgo definidor del adolescente, desfilan Lord Byron, y Brummel, don Juan y los mantuanos empelucados, en una recurrencia histórica que desemboca en lecturas de Proust, a más del arquetipo oculto: James Joyce. Y así como el mundo confuso del estudio se mezcla en el interior de Esteban, el personaje joyceano, con las imágenes observadas y su reflejo en las palabras, en Julio Folgar, el de Meneses, las formas exteriores de paisajes evocados como atmósferas, se van entrecruzando con palabras frente al espejo:

“Partenogénesis, fanerógamas, protoplasma, … todas estas palabras, que en los libros le parecieron frías y complicadas, las pronunció ante el espejo del lavabo como el`Introibo ad altare dei´ de una misa que el muchacho adivinaba con temor. La mística de ese ceremonial apasionante era una vaga mitología formada por imágenes imprecisas en la que se insinuaba la reproducción de los musgos y de las algas, la creación de los racimos y de los gajos o el maullido lastimero de los gatos en los tejados cercanos”.13

De ese mundo y esos gajos, de los entrecruzamientos de un mundo interior conceptualmente definido en otras páginas del cuento, nace el mundo narrativo de Guillermo Meneses, la misa y el espejo, la ceremonia y el contrato satánicos o la liturgia de las magias africanas escuchadas en los cuentos infantiles, como el culto fálico, delimitado ya en “Adolescencia”. Estas visiones, estructuradas al magnificarse, conforman, si no en su totalidad, al menos una buena parte del todo y la visión de un gran novelista, que como Joyce, respecto a Irlanda, buscaba la universalidad contextual del hombre venezolano, en los más apartados y oscuros arrabales de la ciudad o el puerto.

 

NOTAS:

1.     Meneses nació el 15 de diciembre de 1911. El homenaje le fue tributado desde el 7 hasta el 15 de diciembre de 1971.

2.     El único número de esta revista tiene fecha París, junio-julio 1959, Nº 1.

3.     Tres cuentos venezolanos. Caracas, Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos, (Editorial Elite), 1938. Los tres cuentos, “Adolescencia”, “Borrachera” y “Luna”, fueron recogidos recientemente en una antología de Diez Cuentos. Caracas. Monte Ávila, (Col. Prisma), 1968.

4.     Guillermo Meneses. “Nuestra generación literaria”. En: Rev. El Farol. Caracas, Nov-Dic. de 1961, Nº 197, pp. 33-36.

5.     Un fragmento de Ulises, apareció, efectivamente en Repertorio Americano, vol. XXVII, Nº 176. En traducción de Lino Novás Calvo, sobre la versión del New York Times y con caricatura de William Troy. Cultura Venezolana (XXXIII), pp. 235-241, reprodujo un fragmento inserto en la Gaceta Literaria de Madrid y precedido de una cita de articulo de Ivan Goll sobre el Ulises. Recuérdese, por lo demás, que La Gaceta Literaria fue una de las más frecuentadas lecturas generacionales de los escritores venezolanos a partir de la Generación de 1928.

6.     Franz Roh. Realismo mágico. Post-expresionismo. Problemas de la pintura europea más reciente. Madrid, Revista de Occidente, 1925. (Trad. de Fernando Vela).

7.     Ernest Robert Curtius. Ensayos críticos acerca de Literatura Europea. (Trad. de Eduardo Valenti). Barcelona, Seix-Barral, (Biblioteca Breve 139), 1959; vol. II, pp. 110-111.

8.     Rafael Olivares Figueroa (Fdo. R.O.F.). “Cuentos de Guillermo Meneses”. En: Revista Nacional de Cultura. Caracas, Dic. 1938. Nº 2, p. 50.

9.     Harry Levin. James Joyce. México, Fondo de Cultura Económica, (Breviarios, 144) (1ª ed. español), 1959; p. 57.

10.     “Adolescencia”. En: Tres cuentos venezolanos, p. 8.

11.     Joyce. Retrato de| artista adolescente, (Santiago Rueda, 1956), p. 170.

12.      Meneses. “Adolescencia”, (Tres cuentos…), P. 19. El artista, de Joyce, leyendo El conde de Montecristo, “… vivía con la imaginación una larga cadena de aventuras tan maravillosas como las del libro, hacia el final de las cuales se le representaba una imagen de sí mimo, ya más viejo y más triste, de pie en un jardín, a la luz de la luna, con aquella Mercedes que tantos años antes había renunciado su amor…” (Cap. II, p. 65).

13.     “Adolescencia”, p. 20.

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