Horror por el tiempo: Juan Gabriel y María Zambrano, por Mario Amengual

31/ 08/ 2016 | Categorías: Destacado, Opinión

maria zambrano - juan gabrielDe inmediato, lo sé, el título que encabeza esta página apresurará juicios negativos o un rápido e indiscutible rechazo: parecerá caprichoso, traído por los cabellos, tenido por dislate para llamar la atención, mero tremendismo bajo la sospecha de intenciones comerciales… ¿Acaso no es burla e irrespeto juntar el nombre de la filósofa al del cantante (para muchos frívolo y egocéntrico) enaltecido en las rocolas y en emisoras de radio populacheras? ¿No puede deparar la falta de oficio o de mejores propósitos una verdadera y provechosa razón para escribir? Y como si estuviera ante un público ofendido, cuya inteligencia se siente agraviada, digo que tal asociación de nombres me vino por sí sola sin que yo estuviese buscando alguna honrosa manera de llenar unas páginas en blanco, aunque sólo fuese para burlar el aburrimiento.

Entonces, voy de una vez a mi cuento.

Hace pocos meses, un sábado por la tarde, sentado en la sala de mi apartamento, oyendo música variada, tratando de pensar con tranquilidad sobre lo que ha pasado en Venezuela en los últimos años, recordé que entre mis libros hay uno que había leído con mucho entusiasmo porque me deparó unas cuantas claridades: Persona y democracia, de María Zambrano. Lo busqué y después de sacudirle el polvo que delataba el mucho tiempo sin abrirlo, lo hojeé  sin orden y sin atenerme al índice: frases o párrafos o páginas completas, destacadas con diferentes marcadores y bolígrafos, me refrescaron la agudeza y la pertinencia de algunas ideas de María Zambrano respecto a lo que sobre Venezuela yo trataba de elucidar:

Pues lo que sucede es que la palabra pueblo tiene dos significaciones. Una, la que designa aquella realidad social que hemos procurado describir o al menos señalar, que es distinta de la minoría, se llame aristocracia o clase dominante, está integrada de una forma o de otra. El pueblo como la realidad humana anónima que padece más que hace la historia, que interviene sólo en los momentos extraordinarios, esa especie de “éxtasis históricos” que luego resultar ser paradójicamente los momentos más históricos.

El otro sentido de la palabra “pueblo” es el que se refiere a la totalidad, el que incluye a todos los miembros de una sociedad determinada.

Y ese es el supuesto de la democracia: que toda la sociedad sea pueblo.[1]

Y como andaba de memoria fresca aquel día, recordé que alguna vez había publicado un artículo en el diario El Siglo, titulado “Mentiras sobre el pueblo”[2], y no niego que me sorprendieron y me agradaron ciertas coincidencias y afinidades de mis líneas con las de María Zambrano, sin que para entonces yo hubiese leído su libro y, por tanto, mediara su buena influencia. Me permito citarme:

Una de las abstracciones más traídas y llevadas por los cabellos en nuestra época, es el pueblo. Al amparo de ese inagotable sustantivo han prosperado ideologías, se han armado revueltas y se han hecho revoluciones y contrarrevoluciones. Pueblo es una palabra que todo demiurgo del lenguaje político debe llevar en sus labios para despertar las pasiones del electorado o de los menos favorecidos en la lucha por la sobrevivencia económica, que siempre han sido mayoría desde que el mundo es mundo. Hacer promesas al pueblo y comprometerse con él es sumar votos o asegurarse el respaldo de una multitud sin rostro que consagra la ambición de unos pocos.

Es por demás inevitable, aunque parezca inmodesto, destacar que mi artículo se refería en todo punto a otra élite política, pero con igual pertinencia puede señalar a la que ahora, cuando esto escribo, gobierna el país con aspiraciones hegemónicas y una insensatez más acentuada. Y, de nuevo, siento mejor sustentadas mis observaciones respecto a Venezuela cuando releo otras de las frases que algún día resalté en el libro de María Zambrano:

La demagogia es adulación del pueblo al afirmar aquello que tiene de fuerza elemental; la demagogia degrada al pueblo en masa.[3]

Hubiese seguido en ese tono de cotejar, comparar, reafirmar y quién sabe qué más de mis desencantos ciudadanos y políticos, siguiendo las sutilezas, agudezas y hasta diría premoniciones de María Zambrano cuando desemboqué en este párrafo, al mismo tiempo que de una lista de reproducciones de música mexicana en Youtube sonó una canción de Juan Gabriel. Leamos, primero, el párrafo de María Zambrano[4]:

se comprende que una vez despierta la consciencia, una vez que la voluntad existe, el tiempo sea sentido en forma más aguda, más angustiosa. Para el ansia de establecer un poder que ordenara universalmente las cosas terrenas, el tiempo es el mayor enemigo, la perenne obsesión. No deja de ser un dato curioso acerca de la sensibilidad de este momento, que el emperador Carlos V en su retiro en Yuste tuviera la obsesión de mantener el funcionamiento de los innumerables relojes que llenaban las habitaciones, en absoluta precisión y sincronismo.

Bueno es puntualizar que este párrafo es del Capítulo III, El absolutismo y la estructura sacrificial de la sociedad, y va con el intertítulo “Atemporalidad y eternidad en el absolutismo”, para aclarar a qué se refiere cuando dice “un dato curioso acerca de la sensibilidad de este momento”.

Y ahora, parte de la letra de la canción de Juan Gabriel, en esta extraña sincronía sabatina:

Abrázame que el tiempo pasa y ese no se detiene
Abrázame muy fuerte amor que el tiempo en contra viene
Abrázame que Dios perdona pero al tiempo a ninguno
Abrázame que no le importa saber quién es uno
Abrázame que el tiempo pasa y él nunca perdona
Ha hecho estragos en mi gente como en mi persona
Abrázame que el tiempo es malo y muy cruel amigo
Abrázame muy fuerte amor.

 

Entonces comienza de verdad la historia o todo contra la historia. Abolir el tiempo, arrebatárselo al destino, a Dios o a los dioses: no importa que te obsesiones con la precisión de los relojes o te dediques a viajar por el mundo o te drogues o te emborraches o te metas en uno y otro libro o en uno y otro burdel  o en una y otra película o en una y otra fiesta: no corras, no huyas, porque tal vez el amor es lo único que no te redime pero te hace consciente del horror por el tiempo. Y en la madrugada, con el corazón acelerado y las lágrimas a punto, y sin saber qué hacer, el tiempo es el enemigo y déjame morirme en tus brazos y déjame que cuando acabe me muera y nadie y sólo tú en el punto menos indiferente del amor me veas morir, déjame morir en el único punto del universo donde la soledad pesa como un remordimiento  y donde el amor es una lotería de las sensaciones y no de la pureza. Ahora ya no es la filosofía ni lo que quiera conjeturar, es el tiempo levantándose como un oleaje en tierras agrietadas, déjame morir en tus brazos porque el tiempo es el único asesino, no hay otro. Ahora todo lo que busque será excusa… nada, absolutamente nada, me alejará de ti que vienes con o sin tiempo: el mundo comienza y termina hoy porque el tiempo es el único verdugo, el que trae y lleva, el que lleva y trae, y por eso digo:

Dame un minuto ante la hoguera

dame el silencio en el escándalo

dame el respiro inútil

cuando me ahogo

dame la tristeza como premio

dame el cuchillo

de cada palabra

dame la hora en un reloj

sin agujas ni esfera

sin fórmulas ni bienvenidas

dame el tiempo

que necesito detrás de las excusas

dame un rato para ver

el tiempo de los tiempos

en los sueños y en la vigilia

y ser el ver absoluto:

lo único que me demora

en esta vida.

 

[1] María Zambrano, Persona y democracia. La historia sacrificial, Editorial Anthropos, Barcelona, España, 1992.

[2] Mario Amengual, “Mentiras sobre el pueblo”, El Siglo, Maracay, 26 de septiembre de 1996.

[3] Op. Cit. P 145.

[4] Op. Cit. P 89.

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