Jinete a pie, de Israel Centeno

15/ 05/ 2014 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Jinete a pie¿Cómo empezó todo? El Flaco recuerda la tarde caótica, el rumor que se acrecentaba segundo a segundo; un nuevo crack, una caída de la bolsa, la profundización del proceso, líderes asesinados. Otros recuerdan a los motociclistas tomar las calles, lanzarse contra todo lo que circulase en cuatro ruedas o fuese a pie; se lanzaban como kamikazes contra ellos, muchos murieron, se creían la reserva de la revolución que caía, el cuerpo del honor ¿y por qué caía la revolución? Soltó uno entre dientes, cayeron los precios, se vino el mundo abajo y encima de nosotros cuando cayeron los precios. No tenemos memoria, y eso es un recuerdo, no podemos confiar en el recuerdo. Tomaban café y se sentaban en los muros aledaños a la plaza, miraban hacia el cielo oscurecido por el vuelo de los pájaros, y la noche que llegaba, la brisa era fría y venía del valle, desde el río, había quienes se atrevían a levantar la cara, a respingar la nariz en busca de olores, a veces los olores traen noticias nuevas o aires putrefactos, la muerte que baja por el río, la muerte que no ha dejado de bajar, la muerte que temen y esperan. Recogerse temprano era de rigor, volver a los lotes de terreno abandonados, a las casas que les permitían habitar, no estar más tiempo del necesario expuestos a los motorizados que comenzaban la última patrulla del día. Ellos podían decidir cuándo abrir la temporada de caza, así como lo habían hecho en la mañana cuando Roberto peleó y dio muerte a uno de sus hombres. No había acuerdos, un día dijeron, no volveremos a practicar safaris con los peatones, pero eso no era garantía de nada. A veces estaban aburridos de cazar ardillas o ratas frente a los campos de tenis, y escogían a un peatón al azar y comenzaban a rodearlo con sus motos, a darle vueltas, le hacía fluir la adrenalina adormecida por la yerba, le hacían renacer la desesperación, activar las ganas de correr y el hombre con espuma en la boca y las pupilas contraídas emprendía una carrera alocada por las calles; las avenidas, brincaba muros, huecos, atravesaba jardines muertos, no corría con la intención de ponerse al resguardo, había enloquecido, era un jabalí o una rata acorralada, muchos trataban de llegar al cerro, otros de cruzar la zona de las canchas de tenis, donde están los campamentos de los motociclistas, les pasaba por la mente la posibilidad de burlarlos o de acelerar la muerte, pero allí el juego del gato y el ratón se prolongaba más, otros se integraban al acoso y a veces lo mantenían en esa zona por días, hasta agotarlo, hasta hacerlo reventar de fatiga. Otros huían hacia el río e intentaban cruzarlo, no se sabía nada; al menos los peatones no sabían nada del resultado final de aquellas persecuciones, ni siquiera se podía jugar o apostar, tener un marcador, tantos lo han logrado, tantos no. Esa historia no existía para los peatones y los motociclistas decían, nadie escapa, a ver cuál de ustedes lo logra. Nadie escapa. ¿Por qué pierden el control y comienzan a correr? Porque somos animales excitables, somos básicos, hormonales. Por eso debemos atiborrarnos de yerba. Hubo una época en la que estuvo de moda desarrollar algún tipo de inteligencia para manejar el imperio de las emociones, dicen que en otros países hay una cultura emocional incentivada por los sistemas educativos. ¿Dónde quedan? ¿Existen esos países? Las emociones existen y nos las dormimos con yerba y turrones de calabaza, las mantenemos apenas alertas con dos tazas de café al día. Un chocolate puede ser tan gratificante para las emociones como un beso, si es un chocolate amargo, mejor. Los besos amargos son los besos más placenteros.

 

De: Jinete a pie (Editorial Lector Cómplice, 2014)

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