La bicicleta blanca de Amsterdam, de Armando José Sequera

25/ 02/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

En el fondo, la cuestión para todos nosotros era vivir una hora más
y una sola hora en un mundo en que todo se ha reducido al crimen
es ya algo extraordinario.
Louis Ferdinand Celine,
Viaje al Fin de la Noche.

Mucha gente piensa que sólo en Nueva York, en Los Angeles, en Londres o en París ocurren cosas dignas de contarse, pero usted y yo sabemos que no es así.

En Caracas y, por supuesto, en cualquier lugar del mundo donde haya un ser humano, hay historias que contar, acontecimientos que reseñar.

Permítame presentarle un ejemplo: trasládese conmigo a Caracas, a la avenida Libertador y transitemos por ella a eso de las nueve de una noche de Octubre de 1979.

Yo sé que está oscuro y que la visibilidad no es del todo buena pero, mire bien, por ella camina un periodista que retorna a casa.

Va embebido en la idea de un artículo sobre cómo el concepto de “compartir” cambia según las circunstancias y las personas que lo expresen. Un problema: no maneja del todo el término y no es mucho el tiempo de que dispone para escribir el artículo. En el diario donde trabaja, apenas si hay una o dos horas para documentarse, digerir y excretar —más que escribir—, un texto.

Llegado a este punto, permítame abandonar la distancia que brinda la tercera persona del singular, ahora que Usted sabe lo que voy pensando esa noche.

De improviso, emergen del pozo de oscuridad entre dos faroles, unos pasos menudos, ratoniles.

En un instante, mis ideas se trastornan como una manada que olfatea a un predador. Temo enfrentar el ataque de un ladrón armado de rencores, o el de un policía borracho, trocado en asaltante, o hallarme cara a cara con un asesino fanático, cebado en sangre como el tigre de un inolvidable cuento asiático.

Ni por equivocación se me ocurre pensar en una joven, casi una niña, desproporcionadamente maquillada, frágil y temblorosa, que me toma del brazo:

¡Si te preguntan quién soy, di que soy tu mujer o tu hermana…!

Huele al peor pachulí. A ese dulzón que, en ocasiones, promueve un enjambre de estornudos.

Sin dejar de caminar, la detallo por encima de mi susto y su miedo: sus manos son delgadas, huesudas en extremo. Si no se ocultase bajo sucesivas capas de maquillaje, mostraría un rostro agradable. No hermoso, pero sí agradable.

Va vestida con lo que, a su juicio y posibilidades económicas, resulta sensual y atrayente: una blusa amarilla, descotada, cuya tela se abandona en pliegues mutables; que generan más conmiseración que concupiscencia.

Lleva, además, una minifalda naranja que apenas cubre el último confín de sus nalgas y, a partir de allí, exhibe un par de piernas poco frondosas, enfundadas en unas medias pantys negras, ocultas hasta casi las rodillas por unas botas de indefinible color oscuro.

¡Yo sé que soy una rata, papito, pero no me sueltes! ¡Por favor…! —con cada frase, se aferra más a mí.

La noche es una típica noche del trópico: estrellada, aún por encima del resplandor urbano y nada fresca. Pese a ello, la chica se estremece con regularidad, como quien transita por una pesadilla.

—¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? ¿Por qué estás así? ¿Es miedo lo que tienes? —la acribillo a preguntas.

¡Sigue caminando! ¡Tenemos que hacer como si de verdad fuéramos juntos!

Mientras habla, no deja de mirar hacia atrás, a los lados, entre las sombras.

—¿Qué edad tienes tú? —me sorprende mi propia voz, pues esperaba insistir sobre el motivo de su angustia.

—Cumplo quince en enero.

—¿Te persigue alguien, alguien que te quiere hacer daño?

En menos de doscientos metros, se desahoga a borbotones. Parecía estar esperando la pregunta exacta.

Me entero que, segundos antes, ella ha visto pasar con lentitud cinematográfica a una radiopatrulla de la policía que la atemoriza. Sus ocupantes se llevaron, dos noches atrás, a una amiga suya. —”¡yo me escapé por un pelo!”—, la condujeron a las afueras de la ciudad y allí la violaron. Según el parte forense, además le introdujeron una o varias botellas y otros objetos por la vagina y el ano, antes de estrangularla con un cable.

¡En los periódicos salió todo hoy, no sé si tú la viste, la pobre Mary! ¡Ellos saben que yo sé quiénes son!

—¿Quiénes son?

¡Son un cabo y un distinguido, ellos pasan por aquí todas las noches y se llevan a quien les gusta, sea mujer o sea transformista!

En los diarios de ese día, el hallazgo del cuerpo había colmado las necesidades amarillistas. La policía señalaba a un ex—novio de Mary, basquetbolista, como el presunto asesino. Anunciaba la hipótesis de un crimen por celos, al enterarse el basquetbolista que su antigua novia, de la que aún estaba enamorado, se dedicaba a la prostitución.

Si lo que la chica dice es cierto, lo que en verdad ocurrió nada más lo sabemos ella, los asesinos y ahora yo.

Al pensarlo, me descubro bajo un peso aterrador.

No me pasa por la mente la idea de la primicia periodística, la gran noticia conque sueña todo profesional de la prensa para obtener celebridad, sino uno de esos líos de los que sabes cuando entras, pero no cuándo sales.

En un país medianamente civilizado, la situación comportaría sus riesgos, pero habría una mínima posibilidad de hacer justicia. Aquí, lo que podía ganar era una persecución de por vida, un exilio perpetuo, una bala anónima en la calle o, lo que es peor, una acusación de injuria.

Conociendo los métodos de la policía, podían además señalarme como el asesino, ya que en sus manos estaría la elección, más que la determinación del culpable.

No cuesta nada —y eso lo sabe la mayoría de los policías con más de dos días en el cuerpo—, fabricar pruebas falsas, comprar un juez o asesinar impunemente a presuntos culpables pretextando un inexistente intercambio de disparos.

Después, te colocan una pistola en una mano, la disparan y te meten dos bolsas de cocaína en los bolsillos de los pantalones. Una de mis piernas flaquea, la muy cobarde.

En ese mismo instante, caigo en cuenta de que hemos recorrido un buen trecho como una pareja normal.

—¿Estás segura de que fueron ellos, de que ellos te vieron? —también descubro que no he hecho otra cosa, al hablarle, que hacer preguntas. No he intentado consolarla ni mucho menos proponerle alguna salida.

¡Claro: a mí fue a quien agarraron primero! ¡Mary vino a defenderme y yo me escapé, mientras ella peleaba para que no la metieran en la radiopatrulla!

—¿Seguro que los de la radiopatrulla son los mismos que viste hace unos minutos?

Claro que son los mismos! ¡Créemelo!

Mientras cavilo, ella me cuenta que se trata de una práctica usual entre los policías de la zona, excepto lo del asesinato.

—¡Casi siempre nos llevan a fiestas de ellos, en apartamentos de solteros pero, a veces, nos llevan a una jefatura y nos meten en un calabozo! ­Nos desnudan y abusan de nosotras varios de ellos y después nos obligan a hacerlo con los presos que les paguen!

—¿Viste la placa de la radiopatrulla, te fijaste si tenía algún número?

Una luz roja giratoria se interpone entre su respuesta y yo, me lame el rostro groseramente. Para ser sincero, mis testículos son presa de una súbita ingravidez.

Al darse cuenta de que, justo en ese momento, disminuye la longitud de mi zancada, la chica me hunde las uñas en el brazo, a través de la chaqueta, a la manera de un quinteto de espuelas.

Aprovechamos que a unos cinco metros más adelante está abierto el portal de un edificio para guarecernos. Desde allí contemplamos, tomados de la mano, cómo se adelanta la luz y se extravía en la avenida.

Ambos recobramos la respiración. Nuestro propio resuello nos ensordece.

—Otras veces nos usan en la misma radiopatrulla y nos dejan botadas por ahí, en cualquier sitio, incluso desnudas, para que nos aproveche cualquiera.

El verbo “usan” me dispara a los pensamientos en los que venía envuelto al encontrarme con… Por cierto, no he preguntado su nombre.

—Omaira, para lo que gustes —dice, con inconsciente picardía profesional.

Recuerdo que en los Sesenta y con una intención cívica, Provo, un grupo anarquista holandés, inventó lo de la bicicleta blanca de Amsterdam.

Una bicicleta pintada de blanco aguardaba a sus usuarios en cualquier sitio de la ciudad. Cuando alguien la requería, la utilizaba y la dejaba en su lugar de destino, donde quedaba a disposición de otra persona que la necesitase. Se trataba de una verdadera propiedad colectiva. De un compartir algo. En este caso, la policía practicaba el mismo concepto, pero en circunstancias inusitadamente trágicas.

Sin hilvanar frases, sumido cada uno en sus pensamientos, Omaira y yo recorremos otros doscientos o trescientos metros. Una sudoración fría congela sus manos.

Cada tantos pasos me mira y mueve la cabeza como esbozando negaciones.

De improviso, presiona mi brazo, a manera de despedida, lo suelta y echa a correr hacia una calle contigua.

Varios ladridos van denunciando su paso, hasta que el silencio se cierra tras ella, como el cortinaje de un teatro.

La oscuridad absorbe, con mayor lentitud, la estela de pachulí que abandona en su huida.

Antes de llegar a casa, entro a un bar, a enjuagarme con una cerveza, los atrofiados sabores del susto.

Del libro: La vida al gratén (Coordinación de literatura del Estado Aragua, 1997)

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