“La LLuvia” de Victoria De Stéfano, por Alicia Perdomo H.

13/ 01/ 2013 | Categorías: Sobre libros

Paseándose por ciertos matices entrelazados de los muebles quietos en el cuarto, por la mesa larga atestada de libros, las sillas, la mecedora, por las dos lámparas, puesto que una no era suficiente para su vista gastada, paseándose por la firmeza e intimidad de las sombras, comprendió que detrás de las persianas y de las montañas el sol todavía no había salido.
Era uno de los más lúgubres inviernos de los que tenía memoria, sin punto de comparación con cualquiera de los peores que recordaba. Así pues, estaba dentro de la norma el que el clima no hubiera mejorado y que también esa mañana, como casi todas las del mes y la semana, augurara agua. Continuó en la cama. En el silencio oyó un crepitar suave, melancólico. ¿Eran las hojas de los árboles? ¿O el gotear de la lluvia que se anunciaba?
No había terminado de subir la persiana cuando el sucio blanco de la humedad se esparcía por el cuarto. Más de las dos terceras partes del valle estaban sumergidas en una bruma cavernosa. Eran las siete y veinticinco. En la distancia, dominaban oscuras las nubes.
Media hora después las gotas repicaban duro sobre la platabanda del garaje del vecino. Los canalones parecían llevar piedras y el torrente que desviaba el viento iba azotando las cuatro desquiciadas ventanas de cuyos cristales se desprendían regueros. (Lluvia, 7)

I

En Lluvia aparece la ciudad escamoteada de Victoria De Stefano. Si bien la novela enfatiza la metaficción, y cuenta con una escritora y con un narrador-narratario que la mira obsesivamente y la corrige, es también una novela que puede ser leída como crónica y libro de viaje.

La escritora, Clarice, camina y marcha (continuando el ritmo lento y macerado de su Historias de la marcha a pie) junto a sus personajes mientras cuenta, escribe y mira. Y habla además, de los desplazamientos de la escritora en la geografía citadina y dentro de su literatura. Es un texto enigma que cuenta las historias de los desolados.

Dramatis personae: José, su hijo Mauro, el suizo, Julián, yo misma, detrás de la máscara de alguien que no soy yo pero en quien (en el entendido de que bajo el resguardo del disfraz siempre debe de haber alguien) pudiera haber encontrado, y no en cuanto a la magnitud de sus dotes o a la entusiasta subitaneidad de sus disposiciones, sino en cuanto al delicado dejo de voluptuosidad de su espíritu, la fuerza que reside en el sostén de su bello rostro. Y ese alguien, a quien me acojo, se llamara Clarice como homenaje a Clarice Lispector por haberse liberado de la tercera pierna que la mantenía atada al suelo. (Lluvia, 66)

Las historias de cada uno de estos personajes se desarrollan fragmentariamente en este texto enigma que cuenta historias que terminan imbricadas sutilmente y donde el lector va siguiendo el movimiento narrativo denso y sinuoso del proceso de la escritura y de la lectura.

II

Una década le ha servido a la venezolana Victoria De Stefano para escribir cuatro interesantes novelas que enfatizan el proceso diegético; es decir, autorreferencial y, obviamente, el acto de escritura. Son homenajes a la metaficción donde el proceso ficcional se exhibe frente a los ojos del lector. Me refiero a La noche llama a la noche, Cabo de vida, El lugar del escritor e Historias de la marcha a pie. En el 2002, la escritora presenta su texto más acabado: Lluvia (Caracas, Oscar Todmann Editores).

En El lugar del escritor (Caracas, Grupo Editorial Alter Ego, 1992) se anuncia ‘la novela posible’, una propuesta que ha venido trabajando De Stefano y que la llevó a límites extremos en sus Historias de la marcha a pie, donde una voz narrativa le cuenta una historia al lector, mientras le escamotea datos para que, paradójicamente, vislumbre el interesante juego que se propone intraficcionalmente al mismo tiempo que en el espacio textual los temas se van relacionando: la enfermedad, la madre, el proceso de creación, el fin de una época y de un modo de ser. Es, sin duda, una pieza narcisista por sus características autorreferenciales donde los elementos ficticios -incluyo al lector- tienen que ir elaborando el universo literario que se actualiza a través del discurso en una experiencia caracterizada por la coparticipación creativa.
Esta narrativa propicia una estrategia lúdica entre espejos y reflejos y genera las metáforas del espejismo y de lo cambiante. Las fuentes narrativas se desdoblan para reflejarse en distintas versiones. Aquí el narrador, el focalizador y el personaje coinciden en una figura aunque también suelen intercambiar sus roles y es de suponer que ese personaje-escritor-narrador-narratario-narrador socava el discurso de Bernardo, uno de los personajes de las Historias de la marcha a pie, para construir un otro discurso marcado por una exploración de la memoria, por el movimiento y por el arte de caminar y de la mano de un narrador en propulsión, para utilizar el feliz término de Susan Sontag.

III

Las novelas de De Stefano son piezas desgarradas por las memorias y construidas por y desde la melancolía. Y este precepto se aplica especialmente a Lluvia. Entenderemos la melancolía en la misma línea del escritor germano W.G. Sebald quien explica: “La melancolía, en principio, no es un estado emocional. Puede que esté cargada de pesadumbre, que supongo es una forma de depresión, pero también es algo muy cerebral, que tiene mucho que ver con el pensar. Walter Benjamin, y los que lo siguieron, reflexionaron acerca de que la melancolía es una condición básica del trabajo creativo. Es decir, no es muy probable que se escriba literatura de cierta profundidad con un temperamento diametralmente opuesto a lo melancólico”.

En Lluvia la escritora narra narrándose y lo hace desde una prosa descriptiva donde la lluvia, que marca el tempo interno de la novela, la ciudad y los personajes miran y sufren el despojo lento e implacable:

En medio de su pasiva entrega al afuera, le llegó un ramalazo de aire caliente y a continuación frío, y, juntamente con él, la hebra de un aroma perdido a tallos, raíces, jugos, materias desde hacía tiempo muertas y sedimentadas, coexistiendo con el dejo húmedo de las hojas sueltas que la tierra blanda aún no había digerido. Era como el espiral de un leve e insidioso éter cuyas emanaciones acapararan los ritmos de flujo y reflujo de sus sentidos. Echando la cabeza hacía atrás, cerró los ojos para verificar que no se le había olvidado nada. Después de unos segundos consideró que si en la reconstrucción del escenario alrededor del cual palpitaban los fenómenos en calidad de puerta de entrada a las sensaciones liberadas para sondear la vida no estaba todo, al menos sí lo más valioso de cuanto necesitaba para la clarificación y el goce de lo que tenía pensado. Justamente estaba dándole vueltas a un relato en el que se describía un día, parecido o igual a ése, acoplándose a sus impresiones ópticas y auditivas, tanto como a las marcas olfativas almacenadas en su cerebro, y el cuento se llamaría Aguacero, o tal vez Lluvia, dos títulos más bien escuetos, a imitación de los que los pintores les ponían a sus cuadros como para no sentirse culpables de abusar de la gramática expresando más de lo que se habían propuesto realizar con sus medios comunes. (Lluvia, 13-14)

El narrador-narratario y la autora -bañados de una apariencia real– se involucran en la obra, pero también los demás personajes tienen un asidero en la realidad y me estoy refiriendo a los grados de ficcionalización que yacen en el texto a la luz de los documentos autorreferenciales. Sin embargo, debe quedar claro que leemos un libro que es, evidentemente, ficción, pero con una estrategia técnica que podemos llamar el efecto de lo real.
Por otra parte, es imposible leer Lluvia con inocencia. La palabra clave es lluvia y detrás de ella, se instala toda la historia que termina creando un museo alternativo de la ciudad. Algunas escenas, demoledoras, al estar expuestas dentro de un contexto estético, se transforman, como dice Sebald, en algo ´’conmensurable´. Clarice, el personaje escritora, aferrada a lecturas, a una casa, a su escritura, carga con su errancia mientras mira la lluvia y camina por la ciudad sabiendo que ha sido despojada. El tránsito, el desplazamiento y la errancia son temas centrales en Lluvia, un libro que transmite la desazón:

13 de julio: La tarde es muy bonita, como no quiero ni pensar en quedarme en casa tratando de trabajar y perdiendo el tiempo salgo a dar un paseo. Me detengo en el parquecito, está lleno de muchachos que hacen barras y muchachas con sus perros, los muchachos llevan bandanas, gorras de lana y sus rostros son de una amorfa juventud. Recorro las mismas calles de todos los días, en el camino me fijo en la cantidad de carteles de ‘Se vende’, ‘Se vende’, ‘Se vende’, en quintas, ventanas y balcones de los edificios, en vidrios traseros de automóviles viejos y muy nuevos. Las casas a la venta: sensación de disgregaciones familiares, fracasos, bancarrotas, facturas sin pagar, planes de ventura mal forjados, zozobras y congojas que nadie podría desearle a nadie.
En el tronco del mijao (es el más monumental de los árboles del vecindario…), veo en la distancia lo que parece ser el retrato de un perro. Al aproximarme me encuentro con que no se trata de un perro perdido que reclaman sus desconsolados dueños sino del afiche en colores, como un artístico grupo de familia, de cachorros de San Bernardos ofrecidos a la venta. En el quiosco de María el aviso de “Se vende una parcela en Mariches”.
En la pizarra de la línea de taxi: Se remata un juego de comedor colonial con ocho sillas, un ceibó, una secadora, una aspiradora industrial, una centrifugadora. Antes de que le dé la vuelta a la esquina, veo a Félix, alcohólico, reumático, discretamente barbado, en la actualidad (hace algunos años caminaba erguido) un hombre derrengado, vagabundo en el límite de la indigencia, con su perro, Quitapesares, que lo acompaña como una sombra al costado. (Lluvia, 97)

IV

Lluvia -y las Historias de la marcha pie– deben inscribirse dentro de lo que Sontag llama ‘un proyecto literario centrado en la nobleza’. En efecto, con Lluvia, De Stefano ha logrado un lenguaje, y probablemente esté cerrando un ciclo narrativo, que se ha caracterizado por la densidad y por la precisión y ha sido una respuesta inteligente y madura ante el masivo desgarramiento de la ficción contemporánea, su banalización y ‘ante la decadencia implacable de la ambición literaria, la convergente ascensión del desgano, la verborrea y la crueldad insensible como asuntos normativos de la ficción’ (Sontag, dixit)

El personaje. Durante la novela, Clarice, esa identidad que oculta a la escritora real, habla con los otros personajes y se desplaza en una jornada de investigación de la naturaleza humana. ¿Quién es Clarice? Probablemente, un personaje de ficción que sirve para ocultar a De Stefano, aunque esa escritora es observada desde la primera página por un narrador-narratario que la corrige, la mira obsesivamente y termina leyendo un diario que supuestamente abre Clarice para hacer sus anotaciones sobre la novela Lluvia donde ella misma se asume como ficticia. Indudablemente, el diario encierra la estructura meta de la novela y donde se incluyen lecturas y textos autorreferenciales reproducidos en sus libros anteriores. Pero si algo muestra Lluvia es el poderoso efecto de lo real que toca a los personajes y al narrador-narratario. Sontag sostiene que esta figura, ‘este narrador “real” es un modelo de construcción literaria: el promeneur solitaire de muchas generaciones de literatura romántica’.

En efecto, Clarice es una solitaria, aunque hable con el jardinero, aunque salga a caminar con el escritor, aunque salude a los pordioseros de la ciudad arrasada, es ella la que evoca, la que cuenta las peregrinaciones y los cambios, aunque sean imperceptibles, y la que hace su jornada única y a solas pero siempre a gusto aunque tenga que narrar la destrucción en medio de anécdotas a veces librescas, raras y eruditas. Pero lo que resulta fundamental en el libro es que las asociaciones fluyen, la memoria de la ciudad es rastreada, las exploraciones metaficcionales estallan mientras se cuenta la vida de unos personajes siempre de visita, siempre moviéndose. Los detalles abundan y me atrae la idea de citar a Susan Sontag otra vez quien describe a la perfección el funcionamiento del narrador: ‘El sostén de la conciencia fluctuante del narrador reside en el espacio y la vivacidad de los detalles. Como el viaje es el principio generador de la actividad mental, desplazarse en el espacio brinda un estímulo kinético a sus descripciones maravillosas, en especial sus paisajes. He aquí un narrador en propulsión‘. Veamos el movimiento:

Podía trabajar con todo tipo de ruidos, prácticamente ya no necesitaba ninguna otra preparación más que sentarse y darse la señal de partida. Era capaz de hacerlo casi en cualquier lugar y en cualquier momento, en cualesquiera fueran las circunstancias, pero a la cercanía de las personas, excepción hecha de las que le eran totalmente extrañas, jamás lograba habituarse. Ante amigos y conocidos, se sentía a merced de miradas torvas, cuando no de burla y escarnio. Y aun si esos amigos y conocidos se estaban muy callados, la respiración que de vez en vez ocupaba sus pulmones, la tirantez de los músculos, el crujir de las articulaciones, la presión de las arterias, el galope de las válvulas, la circulación sanguínea, toda la coherencia oculta de la actividad interna, todos esos síntomas de las entrañas vivas en funcionamiento, por más que no los oyera, y de hecho no los oía ni podía estarlos oyendo, acababa sintiéndolos dentro de ella, creciendo, creciendo los picos de su graficada curva, comiéndola y recomiéndola en el fino tímpano de su conciencia, aun si se trataba de alguien, que, como José, llevado por la modorra de aquel poquito de ron caliente y azucarado, se hubiera quedado dormido en cuestión de segundos.
Recuerda sus primeros arrebatos de escritura en el rincón más oscuro del hueco de la escalera de servicio, por el puro placer adolescente de sustraerse a las miradas, por la inefable sensación de intimidad que le producía tener un lugar para ella sola. Recuerda la desastrada cocina, con su ventana de dos batientes y ocho recuadros, donde quince, dieciocho, veinte años atrás, cuando el problema de sobrevivir superaba a todo los demás, transcurrían sus sesiones de escritura y reescritura. Recuerda el hotel. Roma, Via Valadier, donde cierto lluvioso fin de semana, sin saber cuándo era de tarde y cuándo de día, y sin nadie que pudiera distraer a la extranjera, había escrito uno de sus primeros relatos de juventud. Evoca el zumbido de las conversaciones, el tintinear de los vasos, en el barcito verde pistacho y vainilla, Piazza Sant’Ignazio. Recuerda los espléndidos pasteles, las bebidas aromáticas, los aperitivos, de esa tarde del domingo posterior al memorable fin de semana en que le había puesto punto final a la prodigiosa avalancha de la cosecha completa. Recuerda la gitana dura y gastada, lavando, después del escrupuloso remojo de la suciedad del camino que condicionaba el color de su raza en rostro, cuello y brazos, su dentadura postiza en el pilón de la plaza. Recuerda el momento en que sus ojos se corrieron para situarse en el campo de refracción de la luz sobre la piedra rosada. Recuerda sus ojos transidos de solemnidad y distancia, cambiando de centro y oportunidades de huida para expandirse, por encima del torso inclinado de la gitana dura y gastada, hacia los enlazados relieves de la fachada de la iglesia cuyas ilusorias perspectivas y prolongaciones instaban por sí solas a hacer el recorrido. En un segundo, veinte años de desgaste del tiempo se esfumaron. El mismo éxtasis, el mismo hechizo, de esa tarde de otoño… (¡Todo esto no es posible, es imposible que sea yo quien esté aquí!¡Que la fuerza del destilado de los siglos haya subsistido también para mí!).
Recuerda el balconcito de la posada de Morelia, donde, en el álgido frío que precede a la madrugada, desesperando por las campanadas que no terminaban de venir a dar la hora, había salido tiritando y sin notarlo a acuñar las cinco, no más de cinco estrofas del primer y último soneto de su vida.( Lluvia, 46-47)

V

Este libro es también un documento, quizás el más incisivo después de lo que ha escrito la también venezolana Elisa Lerner aunque con mayor ironía y con una estrategia completamente diferente, de una ciudad que desaparece, y es la evidencia de la tragedia de los escritores que viven una existencia ambulante. Acosados por el pánico de repetirse en el lenguaje y en las ideas, de escribir una frase que ya se había escrito, sabedores de la ausencia de lectores y de espacios negados para la crítica de sus libros.

Lluvia tiene un estilo impecable y Victoria De Stefano logra el lenguaje. Condiciona mutuamente la crónica de la ciudad con sus sentimientos y por eso, Historias de la marcha a pie, y en mayor medida, Lluvia, funcionan como un autoanálisis donde el biografema circula y el lector tiene una imagen aproximada de la escritora que siempre dice algo sobre sí misma sin caer en el confesionalismo. Ha logrado ese difícil equilibrio donde garantiza su presencia textual y establece su posición frente a ciertos temas y no sólo construye ideas y mundo ficcional, sino que además, establece su punto de vista sobre las situaciones y su estado actual. Lo cual es lógico, porque la escritora reflexiona sobre ello y ese proceso se refleja en la escritura. Este proceso es, también, doloroso, pues conlleva una sensación de vértigo, de dislocación y de exilio. Tampoco se puede olvidar que Lluvia es una lectura cultural de un país:

A la una de la mañana cierro el cuaderno y doy por terminado el día.
No es un yo quien esto escribe, en todo caso, si se tratara de un yo, porque la fibra de la intimidad no se deja expulsar nunca del todo, es un yo federativo, un yo del que participan muchos, sin embargo no tan indiferenciados como para constituir la seguridad olímpica y la fuerza considerable de un nosotros como plural mayestático.
17 de julio: La nostalgia es un discurrir vivencial pasivo. Dice Lukács: un caminar hacia adentro, en dirección a una hermosa armonía de imágenes y cosas, pero no a un dominio de ellas, un dominio que sólo es realizable en el intelecto divino.
En la noche: Todo buque distante visto ahora es un barco en el pasado visto cerca (Pessoa, Oda marítima).
Del diario de Jules Renard: “País natal, país mortal”.
Milosz en su novela, publicada en 1953, El poder cambia de mano, le hace decir a uno de sus personajes, el capitán Baruga, conmovido ante las ruinas de la Ciudad Vieja de Varsovia a la que ha vuelto de Lublin una mañana de primavera días después de la liberación: “¡Y qué decir que antes de la guerra, en un momento de duda, le había parecido que el fascismo podía vencer, y que había estado a punto de emigrar a Venezuela! Una decisión equivocada, tomada a la ligera, puede hacerle a uno desgraciado para toda la vida”. ( Lluvia, 100)

New York, abril 2003

Sobre el libro: Lluvia, de Victoria de Stefano (Oscar Todtmann)

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