La mala racha, de Fernando Martínez Móttola

22/ 09/ 2015 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas
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  1. ¿DE QUÉ PAÍS ME HABLAS?

 

Cerca de las diez y media de la noche, sentado detrás de su escritorio frente al computador, aplasta una colilla en el fondo de una taza con restos de café. Lo rodea una montaña de carpetas y papeles desordenados. Próximo a los cincuenta y ocho años de edad, se pregunta si algún día podrá ser la misma persona que alguna vez fue, el verdadero Matías Romero.

Entabla una lucha contra el desgano. Como si le pesara la mano, pasea el cursor a través de filas y columnas sobre una hoja de Excel. No puede escapar de las obligaciones que inexorablemente lo persiguen a fines de cada mes. Revisa las cuentas del negocio familiar, una tienda de electrodomésticos administrada ahora junto con su padre. Suma, resta, multiplica y divide para ordenar el pago a empleados  y proveedores. Ya a última hora, cuando el asunto no admite más demora. Del fondo de sus entrañas emerge un enorme bostezo que se apodera de su cuerpo y termina desmadejándolo por completo. Siente que sus neuronas, alguna vez ágiles y bien entrenadas, se entumecen con las operaciones de la aritmética básica. Se lleva las manos detrás de la cabeza, se recuesta hacia atrás en la silla y mira al techo. Una larga lista de proyectos marchitos, emprendidos durante los últimos años, dan vueltas en su mente como si fueran las figuras de un carrusel. Encerrado en la soledad de su estudio, lo atormenta el vacío de perspectivas con el que encara el futuro. Como en cada día de su vida durante los últimos tiempos, resurgen las preguntas de siempre: ¿hasta qué punto las cosas pudieron ser de otra manera?, ¿tenía realmente otras cartas que jugar o acaso su destino estaba predeterminado por la posición de los astros?

Se siente como el lanzador que sale del juego, contra su voluntad, después de una brillante actuación, cuando su brazo aún conserva suficiente potencia para mantenerse en el montículo. Dirige la mirada hacia la pared donde cuelgan los diplomas de ingeniero químico de la Universidad Simón Bolívar, de Magister of Science en petróleos de la Universidad de Austin y de muchos otros cursos de especialización, recibidos a través de su destacada trayectoria. Poco a poco sus recuerdos convergen en un punto neurálgico: la huelga petrolera; el evento que dividió su existencia en un antes y un después, transformando su vida en un árido desierto. Apaga la pantalla del computador y, mientras se desabotona la camisa, arrastra los pies hacia la habitación donde lo espera Helena, su esposa durante más de treinta años.

Al entrar en la habitación, la encuentra recostada en el respaldar de la cama, con un libro de fotografías sobre las tendencias vanguardistas de la escultura en el siglo xxi. Helena levanta la vista por encima de unos gruesos y modernos lentes de presbicia que le confieren un convincente aire intelectual. Sus ojos grandes y verdes, enmarcados en los rasgos perfectamente proporcionados de su hermoso rostro, reflejan la firmeza de su carácter. Lleva puesta una ligera y corta bata de dormir que trasluce la redondez de sus senos y deja al desnudo sus piernas bien delineadas. Envuelta en un círculo de luz, proveniente de la lámpara sobre su mesita de noche, aparece ante los ojos de Matías como una belleza del otro mundo que automáticamente despierta sus instintos varoniles.

–¿Llegaron las niñas? –pregunta apartando la mirada del libro.

Matías recibe la pregunta como un baño de agua fría que de un golpe aplaca todas sus pretensiones eróticas. Mira su reloj pulsera. De inmediato, una señal de alarma recorre su cuerpo al advertir que las agujas marcan las once y veinte minutos de la noche. Sus ojos se mueven nerviosos, pero se detiene un instante antes de responder.

–Todavía es temprano, ya deben de estar por llegar –comenta con falsa serenidad.

Helena aprieta los labios y mueve la cabeza negativamente con un gesto de desaprobación. Luego parece sumergirse de nuevo en la lectura, pero en su ceño mantiene dibujado un rasgo de preocupación. Matías, mientras se desviste, hace uso del aparato de control remoto del televisor y enciende el equipo ubicado sobre la cómoda frente la cama. Navega sin rumbo fijo de canal en canal hasta ver que en la pantalla aparece un pelotón de guardias con el uniforme verde oliva que, entre nubes de humo que expiden las bombas lacrimógenas, arremeten contra un grupo de jóvenes que responden lanzando piedras. Un muchacho yace en el piso y el funcionario lo golpea con la culata de un fusil. Los sucesos ocurridos durante la mañana los transmite un canal internacional de noticias. Matías reconoce con facilidad las inmediaciones de la Universidad Central de Venezuela. El periodista que cubre el evento informa que ha habido gran cantidad de heridos.

–Ya pasan de cuarenta días las protestas y no veo señales de que esto se calme –comenta Matías.

–Como están las cosas, las niñas ya deberían estar en la casa –responde Helena sin quitar la vista del libro.

–Lo ocurrido ha sido una batalla campal que puede pasar a mayores si nadie apaga la mecha.

Con una toalla amarrada en la cintura, listo para meterse a la ducha, se mantiene de pie frente al televisor, hipnotizado por la noticia. ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo se incubó tanto odio y resentimiento sin que nos percatáramos de lo que ocurría ante nuestras propias narices?, se pregunta en silencio.

De pronto, Helena pone el libro de lado con un movimiento brusco y refunfuña con frases cortas e ininteligibles. Toma el celular que reposa en la mesa de noche y, con un gesto enérgico que revela el mal humor que la embarga, intenta repetidas veces localizar a sus dos hijas. Nadie responde. Matías sale de su ensimismamiento y se sienta a su lado. Con delicadeza acaricia su cabellera, intentando consolarla en silencio, mientras su mirada se mantiene anclada en la pantalla del televisor.

–Aquí no se puede vivir –irrumpe ella de pronto.

–Esto recrudece cada día. Por momentos pienso que lo mejor es que las cosas empeoren hasta un punto en que la gente no aguante más, a ver si el panorama del país cambia de una vez por todas.

–No lo digo por eso. Es día de semana y las niñas no han llegado. Ya es cerca de la medianoche. Y ahora, para colmo de males, este zafarrancho en la calle. Aquí no se puede estar tranquila ni de día ni de noche. Así no se puede vivir –dice Helena remachando su impaciencia en cada palabra.

–Cálmate; deben de estar por llegar –dice él con tono persuasivo–. Tenemos que acostumbrarnos a que las niñas están por cumplir dieciocho años. Ya crecieron, ahora son unas mujeres.

Después de unos minutos, Helena parece un poco más tranquila. Matías se levanta de la cama y camina hacia el baño. Aun cuando oculta su propia angustia, la demora de las hijas en aparecer lo consume por dentro. En el momento en que se dispone a atravesar la puerta del baño, escucha la voz de Helena que lo detiene en el acto.

–No, no me puedo acostumbrar a la idea de que cualquiera de estas noches recibimos una llamada para anunciarnos que ha ocurrido una desgracia. No me pidas que me resigne de esa manera. Caracas se ha convertido en una jungla en la que cazan a nuestros hijos como si fueran conejitos. Esto no es vida.

Matías, bajo el vano de la puerta, la mira a los ojos.

–No podemos mantenerlas encerradas, Helena. Tienen derecho a disfrutar su juventud. Son niñas prudentes y responsables; las hemos enseñado a cuidarse por sí mismas. No es mucho más lo que podemos hacer.

Ella lo desafía con la mirada. Ve al frente; sus mejillas tiemblan ligeramente. Matías comparte su angustia, pero se niega a admitirlo para aliviar la situación. Considera que es un problema sin solución. Camina hacia ella para tranquilizarla, cuando la escucha decir:

–Vámonos a Miami. Esa es la única salida –afirma con determinación.

Matías se paraliza a medio camino entre la puerta del baño y su esposa; intenta procesar las palabras que lo toman de sorpresa.

–¿Me lo dices en serio?

–Por supuesto que te lo digo en serio.

–¿Y qué vamos a hacer en Miami?

–Las niñas, al terminar el año, podrían comenzar clases en la universidad en septiembre o en enero. Con sus calificaciones, no tendrán problemas en ser admitidas donde quieran. Yo podría abrir una galería de arte para exponer mis propias obras. Estoy segura de que serían bien valoradas. Mientras tanto, podríamos llegar a casa de mis padres hasta que tú te ubiques en un buen trabajo o montes un negocio.

–Vaya, veo que lo has pensado muy bien. Pero eso no está planteado de ningún modo, Helena. Yo no tengo nada que ir a buscar a Miami. A los cincuenta y ocho años nadie me va a dar trabajo por allá. Lo que haremos será comernos los ahorros. Ni pensarlo.

–No entiendo por qué tienes que ver las cosas de una manera tan negativa. Mi papá y mis hermanos estarían más que felices de ayudarte para que arranques. Ellos saben cómo se mueven las cosas por allá; ellos ya lo han hecho y les va de lo mejor.

–A estas alturas de mi vida, no me interesa ni estoy dispuesto a empezar una nueva vida en otro país. Afuera los gastos son en dólares; con nuestros ahorros no podríamos mantener ni remotamente el nivel de vida que llevamos aquí. Lo único que haríamos sería comernos las reservas que nos quedan en un santiamén.

–¿Por qué no? Mucha gente menos preparada, menos inteligente y menos trabajadora que nosotros se ha ido y se ha abierto camino. ¿Por qué nosotros no? No entiendo por qué te cierras de esa manera. ¿Cuál es el miedo?

Matías mira el reloj en un acto inconsciente que lo delata. Han pasado las doce de la noche. Helena lo mira con ojos acusadores. Está exhausto; no está preparado para una discusión de tan alto calibre a estas horas de la noche. Quisiera dar media vuelta y meterse bajo la ducha para deslastrarse de sus angustias y sus preocupaciones. Pero sabe que ella, como un perro de presa, lo mantendrá cercado y no lo dejará escabullirse tan fácilmente. Matías guarda silencio.

–Dime algo, no me vas a dejar aquí hablando sola.

–¿Y qué quieres que te diga a esta hora? Estoy acabado. Son más de las doce. No puedo pensar, necesito dormir. Lo único que sé es que no tengo nada que ir a buscar fuera de mi país.

–Pon los pies en la tierra. Este ya no es tu país. No es el país que conocimos cuando éramos jóvenes. Ese país ya no existe. Estás condenado en una lista negra por haber participado en el paro petrolero. Nadie se atreve a ofrecerte una posición que valga la pena, porque saben que el gobierno tomaría represalias contra quien te la ofrezca. Ni siquiera podemos contar con los que tú ayudaste tanto cuando estabas arriba. Así es la vida, Matías. Ahora, esos que te adulaban hasta humillarse ya ni te responden las llamadas. ¿De qué país me hablas entonces? De ese que estás viendo en la pantalla de televisión. Aquí pueden terminar matándose unos a otros y yo no quiero que ningún miembro de mi familia esté aquí para ese momento.

–Eso no ocurrirá. Las cosas retomarán su rumbo más temprano que tarde. Esto solo es una tormenta pasajera. Pronto terminará este desastre.

–¿Y qué te hace ser tan optimista?

–Este modelo ha fracasado en el mundo entero; es un absurdo que no puede perdurar. Lo que estás viendo en la televisión no es sino el comienzo del fin.

–Ya vamos para quince años oyendo lo mismo –dice Helena en medio de una carcajada burlona–. Y los cubanos tienen más de cincuenta con la misma cantaleta. ¿Un modelo fracasado? Pero allí están los hermanitos Castro tan campantes como el primer día. La gente se acostumbra a vivir en la miseria –Helena habla ahora con mayor exaltación–. Estoy cansada de oír que esto no es como Cuba. En Cuba hubo una revolución y aquí también. El que no lo vea es porque no quiere verlo. Venezuela nos cambió para siempre. Gente como nosotros no tiene espacio en este país. Somos los apátridas, los burgueses, los escuálidos, los enemigos del pueblo. No sé por qué no quieres entenderlo.

–Este es mi país. Y no tengo otro. Con revolución o sin revolución, es aquí donde quiero vivir. Aquí tengo mis recuerdos, mis amigos, mi padre y todos mis afectos –dice, alzando un poco el tono de la voz. Luego se calma y agrega con voz pausada–: Sin todo esto no sabría vivir. ¿No lo entiendes?

–No, no lo entiendo.

–¿Qué va a pasar con mi padre? No puedo dejarlo solo. Soy lo único que tiene.

–Puede venirse con nosotros. Allá con sus nietas la pasaría de lo mejor. Tendría tiempo para pescar e ir a los parques, como a él le gusta. Mi papá se encargaría de buscarle ocupación para que no tuviera tiempo de aburrirse ni un minuto.

–Sí, Helena, ya lo sabía antes de que lo dijeras. Siempre tu papá, que lo resuelve todo. Y dime: ¿qué haríamos con el negocio?

–Ciérralo de una vez por todas. Esa tienda lo único que da ahora son dolores de cabeza. En este país ya no se puede trabajar honestamente. Nada funciona.

–Lo que propones solo es una gran insensatez. Mi papá nunca aceptaría algo así. Se moriría de tristeza. Vuelve a dominar el silencio. Helena continúa sentada en la cama con el libro sobre las piernas. Las lágrimas se insinúan al borde de sus ojos. Sus labios tiemblan ligeramente. Matías respira profundo y, buscando mantener la paciencia, se pasa la mano por la cabeza. Vuelve a su lado para tranquilizarla con un abrazo.

–Ya pasa de la medianoche y las niñas no han llegado ni llaman. No soporto más esto, Matías.

Helena toma de nuevo el teléfono y se dispone a marcar el número cuando a lo lejos se escucha que abren la puerta de la casa. Se oyen pasos y las voces de las ni- ñas, que se acercan entre risas alegres. Claudia y Carolina caminan apresuradamente frente a la puerta del cuarto matrimonial. Apenas asoman la mano para anunciar su presencia.

–¡Ya llegamos! –dice Claudia y continúa camino directamente a su habitación.

–¿Dónde estaban? ¿Por qué no llamaron? ¿Por qué no atendían el teléfono? –Helena intenta reprenderlas a distancia.

–Estábamos en el cine –responde Carolina desde lejos sin detener su camino.

Helena mueve la cabeza con gesto negativo y golpea el libro sobre su regazo.

–Son aún adolescentes –intercede Matías y se dirige hacia el baño.

Mientras se asea frente al espejo del lavamanos, recapacita acerca de las palabras de su esposa. Sabe a ciencia cierta que no es de las personas que hablan por hablar.

 

Del libro: La mala racha (Fundavag Ediciones, 2015)

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