La pantaleta rosada, de Josefina Jordán

28/ 03/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

pantaletarosadaNunca fueron tan bien castigadas por Dios —o por el Diablo, como decían las malas lenguas— la vesania, la maldad y ciertos apetitos impúdicos de un hombre, como en el caso del pobre General Natividad Argüello.

Por supuesto que si la historia comenzara aquí, no faltaría la intervención de alguno de esos sabios que abundan en los pueblos, quien, para hacerle honor a su conciencia, levantaría la mano y después de carraspear con entereza, diría, perdón, eso está por verse, porque, en primer lugar, Natividad Argüello ni es pobre, ni es General, a menos que por pobre se incluya a cierta categoría de gentes que cuentan los reales no por mediecitos ni pesetas, sino en contantes y sonantes morocotas; y en segundo, General no es cualquiera, aunque se ponga gorra y le brillen las charreteras, conseguidas después de mucho dar rolazos, a cuanto pendejo se le atraviese en el momento en que está sufriendo alguna de sus ya famosas arrecheras, en las que no solamente le suben los calores hasta enrojecérsele la cara, sino que toma flacura de corneta, la voz que es su orgullo, de tan recia que la tiene, y no es el primero que ha salido corriendo, cuando entre temblores y retorcimientos, ve que le está saliendo una espuma blanca por la boca.

Pero esta historia, donde comienza, es un veintiocho de Diciembre, cuando el General se estaba vistiendo de uniforme para ir al Cuartel, a dirigir la operación contra la turba de hombres disfrazados de locos, que por esa fecha, solían hacer toda suerte de disparates, amparados en la bonhomía colonial surgida del ayuno después de Nochebuena de Pascua, para coger fuerzas y hartarse en Año Nuevo. Como notara que le faltara un botón en la bragueta; el General, en lugar de dar gritos a los sirvientes como era su invariable costumbre, salió del cuarto con la guerrera puesta, agarrándose con una mano los pantalones, y cuando estaba llegando a la cocina, oyó cómo el chofer le comentaba a la sirvienta, que “el General Argüello no tiene ningunos sarpullidos en el fundillo, sino que disimula diciendo que le pica una erupción cuando en realidad le están saliendo sabañones en el culo”. De no haber estado en entredicho, no solamente su apego a la verdad, sino la nobleza del mal recientemente descubierto, Argüello habría agarrado al chofer por el pescuezo y se lo habría retorcido hasta dejarlo sin habla, pero, sabedor como era, de que el escándalo crece más cuando uno o varios de los protagonistas son los primeros en regarlo con su enfado, cogió por la largura del corredor y se devolvió para su cuarto, donde, después de mirarse atentamente con un espejito, la parte aquella del cuerpo que el chofer estaba comentando, se dijo a sí mismo, vos lo que tenés es sarpullido y no le hagás caso a tuerto, ¿quién ha visto tuerto sabiendo lo que hay entre las nalgas de un General?

Pero, ah mundo, tanta pachurria sobrancera, no le podía durar mucho a Argüello: a él como a cualquier mortal, en lugar de quitársele, lo que le ocurre es que le crece la rabia cuando la tiene contenida, y al igual que la pólvora cuando le colocan obstáculos, cuando la ira del General estalló, fue que estalló y lo demás es cuento, pues sus resabios pudieron escucharse no sólo en Coro, sino en La Sierra y más allá de Paraguaná. Cualquiera que no lo conociera, diría que el pobre iba serenito, al verlo rechazar sin una sílaba la puerta del carro que su tuerto chofer le había abierto, y en lugar de montarse como era su deber, cogía por esa calle y la atravesaba a pie desde su casa hasta el Cuartel, para encontrarse quién sabe por qué crueles designios, con ese pocotón de gente que venía saliendo de la Iglesia, no gente cualquiera, para su desgracia, sino gente, gente de verdad, de esas que anochecen rumbeando en los salones del Club Bolívar entre la aristocracia, madrugan con los medianeros en los patios del Falcón, y si el destino los hizo venir al mundo siendo hombres, amanecen durmiendo sus ratones entre los fustanes de una puta, en cualquiera de los lupanares de Tropezón o de la misma Concha de La Tortuga. Y pareciera que ese día los oídos del General estaban más preclaros que nunca —a menos que se admita la existencia de días en los cuales, uno, en lugar de levantarse y poner el pie derecho en el piso, pone el izquierdo, con lo cual, a partir de ahí, todo lo que suceda es malo o deviene en alguna contrariedad—, porque cuando el General, —un hombre importante como él— se inclinaba con finura, para responder a los saludos de sus admiradores, y se abría paso con aparente indulgencia, ante aquellos que se le atravesaban sin saber cuánta prisa tenía, oyó con la mayor de las claridades, aquella copla que le habían contado, y que él, a fuer de hombre encumbrado en el poder, no quería reconocer que hubiera alguien que la inventara para desafiarlo:

Lucila, ¿qué tendrá Bertha?

Una gatica con cuatro tetas…!

Pues, sucede, que Bertha era una hija bastarda del General, no por bastarda menos reconocida, aunque no llevara su apellido, quien seguramente hastiada de vivir en aquel lóbrego callejón en donde la habían obligado a recluirse el orgullo de su padre y la locura de su madre —tan locura era que le bizqueaban los ojos a Lucila cuando le daban los ataques— se había dado a la tarea, digamos más bien, disfrute, para hablar con propiedad, de cualquier varón que tuviera la osadía, llámese buena o mala suerte, según el caso, de cortar camino y para llegar a la Plaza, en lugar de tomar directo por la calle Democracia, quisiera llegar más rápido por el callejón de Las Faneyte, que era donde Bertha vivía con su madre Lucila.

Oír el General la copla y ponerse colorado fue la misma cosa. De ahí a empezar a soltar espuma por la boca, fue un solo paso, y quien sabe por qué desdichada casualidad, Bertha venía entre las gentes, de tal manera que el general, ya sin ninguna contención, la agarró por los mismos pelos de la cabeza, y sin ninguna piedad la fueteó delante de todo el mundo, profiriendo, sin que nadie lo pudiera remediar, la frase aquella que desde ese instante, comprometió su carrera militar y el honor de su hombría: —si tás preñá, te voy a quitar las pantaletas, y las voy a colgar en esa empalizá, para que todo el mundo sepa que sos puta…!

Y efectivamente, ahí delante de todo el mundo, Argüello le quitó a Bertha unas pantaletas rosadas, que era con las que se cubría sus pudibundas partes, y sosteniéndolas con la punta de su espada, fue con ellas hasta el primer alambre que encontró en donde se abría el llamado camino de las huertas, y como si se tratara de alguna cuidadosa labor, las extendió minuciosamente sobre las hojas de las matas, y cuando ya las tenía absolutamente bien colocadas, y a nadie le quedaban dudas de que aquellas eran unas pantaletas rosadas, de algodón y con etiqueta madeinusa, se volvió enceguecido hacia sus espectadores, gritándoles: ¡Y que nadie las toque! ¡El que lo haga, que se dé por muerto…!

Taconeando fuertemente, el General enderezó su rumbo hasta el cuartel, y la multitud se quedó silenciosa, conteniendo la respiración, sin atreverse a hacer un solo comentario.

A Bertha la llevaron llorando unas buenas señoras, hasta la misma puerta de su modesta casa, y cuando Lucila se asomó a recibir a su hija que gritaba como una condenada, y fue puesta en antecedentes de la situación, empezó a bisquear el ojo derecho alternándolo con el izquierdo y a hablar una marramuncia que no se le entendía, pero que según la opinión de quienes ya la conocían, no era cristiano lo que le salía por la boca, y tampoco era papiamento, ni mucho menos las lenguarás de los negros serranos, ni jamás de los jamases el idioma que hablaban en las refinerías de la Península, los musiús que habían venido a instalar los balancines. —Es holandés— decían los más cultos, para ser inmediatamente contradichos por aquellos más leídos aún, asegurando que Lucila hablaba en alemán cuando se le enredaba la cabeza.

Dando lenguarás, pues, metió Lucila a Bertha para adentro, y cerró la puerta, con lo que la gente se perdió la mejor parte de la cosa, pues desde la calle sólo acertaban a oírse los alaridos de la joven, seguramente proferidos bajo algún castigo que esa mujer catira de ojos grises y escaso pelo rubio, llamada Lucila Benrabí, su madre, le estaba administrando. Si alguien hubiera podido asistir a las tertulias en la bodega de Namías, habría podido oír al Quebrado Capriles, disertar, para deleite de sus oyentes exclusivos, sobre el origen de esta mujer, la cual llegó un día en barco al Puerto de La Vela, bajó por la escalerilla del deslumbrante paquebote y con el maletín en una mano y la desplegada sombrilla tornasolada en la otra, intentó sin acierto bajarse la falda que el viento le estaba subiendo con travesura. Fue entonces cuando el General Argüello, apenas Capitán del Ejército e Inspector de Aduanas, le echó el ojo, y procedió inmediatamente a la averiguación, enterándose en horas, que la dama había sido contratada en Aruba, por la misma Adelita, —la más poderosa mujer después de la Primera Dama Regional—, cuyo oficio consistía en proveer de carne fresca y bella, a los varones insaciables que solían acudir a colmar sus carnales apetitos en los dorados cojines y sobre las pérsicas alfombras del más lujoso burdel conocido y por conocerse, cuyo nombre se había hecho famoso con el crecer de Punto Fijo, a saber: “Concha de La Tortuga”.

En La Concha, y bajo la administración ejemplar de Adelita, hizo contacto Argüello con Ludmila, cuyo nombre simplificó llamándola Lucila, y no cejó hasta poder llevársela hasta Coro, en cuyo mero centro, a espaldas de la Catedral, le montó casa, para escarnio y oprobio de Lorenza, su esposa, hija de uno de los más conocidos mandamases de la comunidad.

Por supuesto, este agravio, por más que se llevasen charreteras y se tuviesen cientos de hombres bajo la responsabilidad del mando, no podía quedar en absoluta impunidad, y Argüello fue obligado, so pena de ser degradado militarmente y relevado de funciones, a recluir a Lucila en el callejoncito donde Albertina Faneyte, ayudada por toda su parentela, acostumbraba mover airosamente su trasero, y mostrarlo al descuido, en la sancochadura de urupaguas, las cuales crepitaban en latas de manteca, colocadas sobre los improvisados fogones que Albertina encendía, apenas madrugaba, en la misma puerta de su casa.

—Tenemos que no se llamaba Lucila, sino Ludmila —disertaba El Quebrado— y que su apellido empieza con Ben, que es como se relacionan los judíos: Ben, quiere decir hijo, por eso ellos suelen decir, por ejemplo “Jacobo ben Isaías, o Isaac, ben Moisés, nombres todos bíblicos, así que nuestra Ludmila, que no Lucila —continuaba— debe haber sido hija de alguien llamado Rabí, ella o alguno de sus antecesores, de donde provino su apellido, Benrabi—.

De como Lucila devino en el olvido del general Argüello, es historia de otro contar, pero tiene mucho que ver con la llegada a Coro de una famosa belleza negra venida de Cabure, con la cual se enredó Argüello, ya perdonado y en lugar de degradado, ascendido a mayor rango militar. De una postergación en otra, y teniendo cada una de ellas que ver, no con la afirmación de Lorenza en su albedrío de esposa, sino con una nueva conquista femenina del ya famoso General, Lucila perdió su belleza y con ella la razón, y para colmo de males, nació Bertha, esa hija tan hermosa, cuyo apetito, en todos los sentidos, no podía ser calmado, ni con el resultado de las ventas de tapetitos tejidos en crochet por su madre europea, ni por los inocentes devaneos con los tímidos jóvenes que le hacían la corte en bicicleta.

Desde aquel día en que sus pantaletas fueron colgadas ignominiosamente en las cercas de la primera huerta del camino, Bertha fue internada por su padre en los silenciosos corredores del Convento de las Siervas del Santísimo, para que se convirtiera en monja y restituyera el honor perdido de su progenitor. Mas, la famosa pantaleta, continuaba allí, bajo el rigor del tiempo, sin que nadie osara ni siquiera acercársele, ya que Argüello había institucionalizado la costumbre de bajarse todos los días del carro, vía Cuartel, y hacerle como una pequeña venía socarrona a la rosada prenda femenina, para tornar después a sentarse en la parte trasera de su auto, y con la mano enguantada, levantar el fuete, indicando al chofer que podía continuar el recorrido.

Esto era de día, por supuesto, que de noche, ya era otro cantar. Porque la noche protege con sus sombras a los que de día no se atreven a nada, y pertenecen ya a materia de cronistas, las innumerables veces que la pantaleta de Bertha fue levantada, olida, escarnecida, magnificada, constituyéndose en el primer desafio que todo aquel que quisiera ser tomado por valiente, debía enfrentar, y vencer, para obtener el reconocimiento de la hombría.

Ante el General Argüello, no valieron ni las súplicas de su esposa Lorenza, —¡quita de ahí esa pantaleta, por Dios! En lugar de un castigo para Bertha, es a mí a quien humillas, con esa prenda colgada en esa cerca— ni los consejos ronroneados de su suegro: vos sos bruto, Natividad. ¿Cómo se te ocurre que una pantaleta colgada, puede reducirle los arrestos a esa loca hija tuya, si ella vino al mundo abastecida con tanto pedigrí?—.

Por tanto, la pantaleta continuaba allí inmancablemente colgada, empezando ya a mostrar ciertos aberrantes agujeros in non sancto lugar; más grave aún, al pie de la mata donde estaba colgada, comenzaron a aparecer ofrendas peculiares, seguramente retribuciones de aquellas gentes inocentes, que no habiendo encontrado satisfacción a sus pedidos por las vías regulares de Dios y de la Virgen, habrían acudido a ella para solicitar remedio de sus males, de tal manera que alrededor de la famosa prenda fueron acumulándose los más variados dijes: teticas de oro, cuquitas de coral, penecitos de azabache, nalguitas de cuarzo, boquitas de nácar, lengüitas de rubí, que fue cuando la Santa Iglesia consideró su deber intervenir, y llamar la atención del General, quien fue amenazado con la excomunión, la cual sería solicitada a la Curia Romana, si él se empeñaba en no dar su consentimiento para que tal objeto fuese desterrado de la cerca y quemado frente a la multitud, la cual, de esa manera, volvería al redil.

Una circunstancia fortuita vino a salvar a Argüello del compromiso en el que lo había colocado su terquedad: Bertha se robó al cura del Convento.

No fue que el sacerdote sedujo a la sutil doncella, sino que ella, ni investida ni vestida con sus mejores galas, sino completamente desnuda, aprovechó que la nave central de la iglesia estaba absolutamente desierta, y se le arrodilló al cura en el sitio donde suelen hacerlo los creyentes en busca del perdón y le dijo: —Padre, si usted asoma la cabeza y voltea para acá, se dará cuenta de que estoy desnuda y no me voy a vestir hasta que usted no me monte en su carro y se vaya conmigo hasta donde no me pueda encontrar mi papá—.

Ignoran los cronistas si el santo padre accedió a tan inesperada petición, por el pánico que ella le produjo o por el encanto que despedían las desnudeces de Bertha, pero lo cierto es que muchas personas lo vieron salir al mediodía en punto, tratando de cubrir a la mujer desnuda con su sotana de presbítero, al tiempo que abría la puerta y la montaba en el puesto al lado del chofer, acelerando con tantos bríos la chancleta, que el polvo cubrió y, hay que decir, no pudo silenciar, el pasmo que produjo entre los transeúntes la visión de tan espectacular resolución.

A caballo fue a parar Argüello en Curimagua de la Sierra, persiguiendo a Bertha, con su uniforme de gala y seguido de cincuenta hombres montados a caballo como él, lo cual, como se comprenderá, era inexplicable, puesto que en el patio del cuartel, dormitaban varios jeeps, junto con otros tantos camiones, y hasta un autobús para trasladar la tropa en emergencias envejecía sin uso en un galpón, en la parte trasera del castrense recinto.

Mas, Argüello viajó en balde, pues Fray Lope, que era como se llamaba el sortario galán, adujo que no se la podía entregar, porque ya Bertha era su mujer. ­¡Y virgen la encontré para que usted lo sepa!—.

Ante lógica tan irrefutable, tornó el General a la sede de su oficio, y esa misma noche, creyendo que ningún ojo lo miraba, la pantaleta fatal fue quitada de su sitio, y llevada a escondidas a los Médanos, donde fue echada al viento, para que se la llevara, y con ella, toda la ignonimia con la cual había cubierto el uniforme del padre infortunado.

Quiso la suerte que la prenda legendaria no quedara atrapada en las raíces sostenedoras de alguna duna o movedizo medanal, sino que rodara y rodara empujada por la brisa, hasta llegar y quedarse quieta en las mismas puertas del lugar conocido como La Concha, que no era otro, sino la fortaleza donde la madama Adelita reinaba sin disputa. De ser descubierta por una de las pupilas, a pasar a tomar lugar de honor en los fastuosos interiores de la ciudadela, fue un solo paso. Y cuando la noticia se supo en Coro, dice la gente que Argüello montó en cólera, y quiso salir con un tizón enarbolado, a quemarle sus partes a todas las mujeres que encontrara a su paso, siendo afortunadamente detenido por su superior que se encontraba de visita en la Guarnición, y encalabozado, en espera de que la espuma cesara de fluirle por la boca, y se le amansara el intento de “capar” a las hembras que le habían labrado su desgracia.

A todas estas, Bertha, hastiada de tanta rezadera —pues su marido, apegado aún a las costumbres en las cuales había transcurrido su vida, rezaba tres veces al día antes de comer, y otras tantas después de haberlo hecho, rezaba con el alba y con el ángelus, rezaba al acostarse—, concertó los servicios de un camión de esos que trasladan piedra de la Sierra a los pueblos cercanos, e hizo triunfal llegada al justo sitio donde su antiguo taparrabos era diaria y nocturnamente celebrado en orgiásticas ceremonias eróticas, y pasó, con honores, a ser miembro del plantel con el cual Adelita prestaba sus servicios a tan respetable comunidad.

Un parte escueto, llegado del Alto Mando, comunicó lacónicamente a Argüello que dentro de una semana sería degradado, pero, como si el destino quisiera asegurar que un hombre probo como él no podía terminar sus días siendo injustamente castigado, Bertha huyó a Norteamérica con el Oficial de un barco petrolero, que entre barril y barril se daba su pasadita por La Concha y arreó con su catira para Boston, desde donde se supo que Bertha era feliz y que tenía unos niñitos colorados, tan pecositos como su padre marinero, con lo cual Argüello fue nueva y definitivamente perdonado, y la gente, oh bella gente que todo lo edulcora, comentó con ingenua solidaridad: ah mundo, ¿ves? ­A ella lo único que le faltaba era un gringo que viniera y la salvara! Y si es El General, ¡él también salió favorecido con su gringo!

Pues, alentado por la astucia del osado marino, quien iba a su lado y a caballo como él, Argüello un día hizo formar sus tropas y, paseándose entre los cientos de reclutas uniformados, mientras frenaba drásticamente el relincho de su cabalgadura, les comunicó que iban a marchar sobre Caracas, donde haría valer su candidatura para Presidente del país.

¡Viva Riera aunque me muera de hambre! dicen que iba gritando al frente de sus hombres, cuando avanzaba con sus huestes insomnes a todo lo largo de la carretera de la costa.

 Del libro: Re-cuento antología del relato breve venezolano (Fundarte,1994)

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