La yunta borracha, de Orlando Araujo

10/ 02/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

Cuando Pablote se reía y enseñaba sus dientes de hacha y se reventaba y se moría de risa, la gente le metía tranca a las puertas porque detrás de la risa de Pablote venía el toro, un torete café tinto embistiendo como viento, borracho y todo como el dueño pero sin malas palabras y sin risa, echando neblina por las narizotas y los policías corriendo con las sogas hasta enlazarlo y meterlo preso. Después Pablote buscando al toro, roznando por esa calle abajo desde el bolo hasta la jefatura la gente que se aparta y se pega de las tapias. Hasta veinte hombres se necesitaban para encalabozar aquella furia. Y así amanecía el lunes, Pablote bajo tres candados de cadena y el toro amarrado al botalón del patio de la casa de gobierno.

Que si no capa al toro que no baje más al pueblo, esto es lo que se le participa y para lo cual se le ha citado, firme usted aquí, ponga una cruz, eso es.

Era como si le dijeran serruchále una pata, metéle un guáimaro, reventále un ojo. No lo haría. Así no volviera más al pueblo, así se muriera de hambre, nojoda.

Tres días de arresto, a él por dar aguardiente a un animal y al toro por faltar al orden público. El coronel Vergara comenzaba otra vez “Mire Pablote que usté falta a la ley con ese animal suelto y un día de éstos le va a resultar una vaina seria si ese animal mata a un cristiano. No diga que no se lo advertí”. Y él “pero don Chico, si el animal es manso yo mismo lo crié y es mi única ayuda. Lo conozco desde becerrito”. El coronel Don Chico se agotaba en una respuesta y no daría más. “Será manso pero usté le da aguardiente y un animal así no sabe lo que hace. Yo cumplo con decirle, y ya usté sabe lo que dispuso la junta”.

Pablote saca el papelón y muerde, Después lo quiebra sobre una piedra y lo mezcla con sal para su compañero. Mientras éste lame, el hombre le acaricia el cuello, pasa la mano por el testuz, le da palmadas. En los ojos del toro hay un paisaje con agua y árboles y sol. Subieron basta coger montaña cerrada, hasta la boca del monte, donde vivían, entre el frailejón por arriba y el palo de say—say y la maporas y los altos cedros por debajo.

Había sido de los primeros en llegar pero no era fundador porque no había hecho pueblo, ni había tomado mujer, ni se aquietaba en un trabajamento, sino tumbando mapora como rayo y mudando su casa, un montón de troncos con un techo siguiendo la línea de la tala desde allá abajo donde estaban las lagunas, hasta acá arriba donde se toca el cielo por entre la neblina. Sin ser propietario tenía la posesión más grande, toda la montaña, pero cada nuevo conuco se la iba mermando hasta no quedar, en largos trechos, sino una cintica entre la tala y el frailejón. Vomitado también la neblina, el trabajo de los otros lo iba empujando hacia atrás, a su lugar de origen.

—Aquí nos quedamos, Careto, pa vos hay pasto y a mí no ha de faltarme Dios.

Pero faltó la sal y la panela y el michito. Pablote dejó a Careto y bajó, sin toro y sin orgullo, arrastrando ocho pencas de mapora. Vendió y compró en silencio y cuando regresó, tarde la noche, ya andaba por debajo del cuello la garrafa.

— Careto, caretico, tomá la panela, vení pacá pal patio, dejáme partila asi como nos gusta, conque tenés hambre decime, yo te acompaño con un traguito, después bebés vos, comé primero, ahijuechuta toro mañoso bebé pues pero sin moquiarme la garrafa como buen cristiano, dejá, dejá que pa los dos alcanza. La gente es arbolaria, Careto, y se asusta de nada, todo porque bebemos un poquito y jugamos, tenemos derecho ¿verdá? y si no pa que me fuño cortando mapora y los dos cargándola con la isoria que después pagan. Que te cape, careto, que te cape pa que te amansés ¿por qué no capan al coronel y a todos los vainosos del pueblo?

Si es por amansar hay mucho que capar allá abajo, hasta al cura hay que caparlo. No nos quieren, eso es, no nos quieren, si se los veo cuando entramos por la calle arriba y cuando descargamos y cuando nos metemos pal bolo a echarnos un traguito, áhi tá pues, echátelo, así nó que es mucho, dejá, dejá, que yo también quiero, ¿qué vaina es ésa pues? aquí el trompiao soy yo, así que no me cabeciés tanto, ya va, ¡ah michito pa fiero está éste!, pura supia, que es lo que ahora sacan. Un día de éstos vamos a poner un cachicamo pa nosotros solos, dos latas queroseneras, la culebrina, unas cubitas, agua y panela y ya está, a no bajar más pal pueblo que aquí no hay policías ni gente malasangre, sino sol y oscurana y monte. Si jueras aguaitao hasta al Ufrasio teniéndome lástima con todo y quél no carga sino agua, y entierra los riales y ni burro tiene. Y la mofa “¿quiubo de Careto, tiene cursera que no vino?” y el Nolasco: “no, ésas son las calenturas por lo recién capao” y más “¿con qué ahora bebe sólo ño Pablote, y no convida?”. “Mire, ayer trajeron ganao del llano, Pablote, con una serenata y una garrafa arma el baile”. Hijueputas son Careto, tanto favor que les hemos hecho y así pagan, todo por la Junta ésa y el coronel Vergara y ls de malas que nos ha caído, pero aquí estamos los dos pa quién salga y a ver quién sale, carajo. Ay no junche, Careto, que me entran ganas de coger camino ora mismo pa llegales de madrugaita ¿qué decís vos? ¿le tenés miedo a los puebleros? No, ya sé que vós y yo pa los que salgan, fue un dícere. Dejáme rascate la barriga pa que te contentés, la vaca pintada y el buey Paletón sacáte la nigua y echáte jabón, tomá que queda panela y un relés de miche todavía, así, así, tá bien, después yo don Careto, don Caretico, don coronel Careto… y se acabó, epa y te habéis fijao que hay luna, veni, veni, ya estás espumajiando medio jumo. ¿Por qué no nos vamos a echar un michito al pueblo? Uno sólo compá Careto nos volvemos y les echamos un sustico pa que nolas paguen ¿ah? Bueno, a enyugarnos pues pa no perdemos, pero sin mapora esta vez pa que nos rinda la trocha, ay no junche Caretico y que se nos atraviese el coronel y la junta y Ufrasio y el Nolasco y los policas y todos los diablos de la quinta paila pa capalos a toditos sin que falte ni uno…

Que desde lo alto de la Cruz Verde, abriendo el alba vieron venir montaña abajo a Pablote y al toro dando tumbos, fue el recado que echando el bofe trajo un campesino al Coronel Vergara, y seguido, a todo jinetear montando en pelo, llegó Nolasco botando barro y voces atropelladas por el susto de la yunta borracha casi a tiro de cornada, y que adelantó lo que pudo para avisar con tiempo pues cristiano que se atravesara no viviría para echar el cuento.

Y allá va el coronel arriando por delante el bigotazo y nombrando policía a tanto pacífico habitante, sin tiempo ni oportunidad de desertar, porque van recibiendo nombramiento y máuser sin apelación posible. Mientras suben el cerrito que corta la entrada el Coronel don Chico da instrucciones: que Pablote vea la gente desde lejos y se detenga, nadie dispare sin orden mía y el Nolasco aquí conmigo no se le vaya un tiro por rabia o por miedo, ocupemos el tope por ambos lados del camino y acomódense muchachos que allá vienen bajando. Un tiro al aire. Sordo el toro y sordo el hombre. Allí nadie iba a detenerse y se agrandaba el toro y se agrandaba el hombre y eran una sola masa bestial y desprendida retumbando el suelo búfano y encima ya de todos tan despavoridos que sueltan los máuseres para correr escoteros. El coronel de pie y el Nolasco allí clavado por una trabazón de pánico y respeto que se le brota en sudores, vuelto nada sin poder pensar ni moverse, a punto de desatar un grito o una carrera o un algo como súplica, ve que el coronel levanta la morocha y afloja un guaimarazo y otro más. Ya con el resoplido casi encima, Pablote rebotando tinto en sangre, todavía empujando y el Nolasco ya disuelto en bestial cagada cuando el toro lo clava y lo levanta y así lo lleva acurrucándose en el yugo con su dolor de barriga hasta quedarse muerto como muchacho en talanquera.

Del libro: Compañero de viaje (Editorial D. Fuentes, 1970)

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