Las horas claras, de Jacqueline Goldberg

31/ 03/ 2014 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Las horas claras1

Desde mediados de verano hasta bien entrado el otoño, hayedos y robledales se abarrotan de oronjas verdes. Desorientados buscadores de setas suelen confundirlas con especies comestibles.

De sugerente apelativo científico, Amanita phalloides, su sombrero, globoso, está envuelto por un velo blanquecino que trasluce una coloración a veces amarilla verdusca. La superficie es sedosa en sequía y un poco viscosa tras la lluvia. El pie, esbelto, cilíndrico, firme, casi liso. Su carne, de un débil olor, en ejemplares vetustos se torna desagradable.

Quienes han sobrevivido a la ancestral prohibición de paladea esta especie dicen que su sabor es dulce, que deja en la punta de la lengua un manto, como la crema chantillí o el algodón de azúcar.

Bastan cincuenta gramos de una oronja verde para devastar a un adulto.

Horas después de su ingestión acaece el suplicio. Aparecen náuseas, vómito, dolores abdominales, deshidratación, insuficiencia renal y una violenta diarrea. Luego se producirán hemorragias y una severa hepatitis.

Con la rauda intoxicación sobrevendrá la marejada de la muerte y el arrepentimiento, ya inútil, de haber convocado la belleza.

 

 

8

Enero de 1969.

El invierno se concreta en una llovizna persistente.

La espera, como el nacimiento o la sierpe, ha socavado todos los himnos.

Madame Savoye no tiene ya presentimientos. Sus roturas caen a tierra sin que se deshagan o sean absorbidas.

Nada la desconcierta, criatura condensada, de palabras cumplidas.

 

 

10

Quiso una casa para no extraviarse. Para dejar ventanales abiertos y que entrase la roja noche de agosto, el vocerío llorado de ciertas familias, algún pájaro, el vaho del Sena.

Deseó una villa de verano como una fe. Y así le fue concedida.

El marido accedió a regañadientes. No se discutió el lugar. Buscarían un terreno, un arquitecto.

Madame Savoye lo vislumbraba todo. Sabía cuántas serían las puertas y los pasillos. Estaba claro que la cocina miraría hacia el jardín, que habría una terraza, un baño enorme, un vestíbulo para recibir a los huéspedes.

También reconocía cuán lejos debía estar esa casa para que la salvase del desierto.

 

19

La casa ha comenzado a padecer. Aun sin columnas ni desagues. Posee la ignorancia de los muros nunca culminados, la soledad de los pasadizos obstruidos.

Madame Savoye debe dar comienzo a la despedida. La agobia una inadvertida ofensa.

Prefiere evocar lo ilimitado, desoírse.

Es la protohistoria de una desesperación.

 

30

El arribo a la villa.

Sensación de audacia, plenitud, sueño cumplido. Agradecimiento.También duelo.

La creatura tiene vaho propio. No harán falta adjetivos que se sobrepongan al polvo.

Las horas buscarán otras estaciones.

El olor a nuevo diluye.

Todo se ha hecho leve, prescindible.

Madame Savoye está, pese a la vista cancelada por la repentina lluvia, feliz.

 

40

En junio y octubre la tierra no alcanza a beberse el néctar despiadado del cielo.

No se almuerza en el jardín, no hay paseos.

La intemperie no es resquicio.

 

Las horas claras (Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, 2013)

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