Las kuitas del hombre mosca, de Eduardo Liendo

05/ 04/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

las kuitas del hombre moscaTemístocles Pacheco permaneció hasta avanzada hora de la noche efectuando el intenso ejercicio de memorización del Volumen XVI de la Enciclopedia Univermundo (la que más sabe), correspondiente a la letra X, vigésima sexta del abecedario castellano. Alumbrado con una pequeña lámpara y mostrando una levísima sonrisa que delataba su contento al comprobar que ya pocos volúmenes lo separaban de la hazaña que seguramente lo convertirían en el más eficaz vendedor de enciclopedias al detal del mundo. Por cierto que en aquel momento prevalecía una plácida calma en la Moskokueva, gracias al temprano recogimiento de las almas en pena. Hecho este último motivado a que la mosca sapiens había logrado conectar a dos de ellas con sus respectivas almas gemelas, dejándolas instaladas en un lugar idóneo, lo cual, sin duda, tuvo mucha influencia para reducir las manifestaciones de descontento de aquellas que aún se mantenían en la Moskokueva en situación provisional.

Temístocles Pacheco tomó un tetero de leche condensada al cual agregó 20 gotas de valeriana antes de acostarse en la cama redonda y abrir en reposo sus grandes y preciosas alas transparentes. Cerró el ojo izquierdo, mientras el derecho permanecía vigilante. Más tarde se alternarían, como era actitud inexorable en su modus vivendi, aun encontrándose a resguardo, tampoco se avenía con su naturaleza calificar su sueño de apacible.

Precisamente, esa madrugada el oído moscoso captó a lo lejos un estrépito de orugas, insólito a pesar de que la ciudad normalmente admitía muchos ruidos estrambóticos y arbitrarios. Pero el estruendo de las orugas llevaba en la panza un sobresalto. Su rugido kalienta el asfalto de la autopista, y las hormigas, en sus complejas y geométricas ciudades subterráneas, tocan alarma ante los bruscos sacudimientos. Las mariposas de luz que revolotean en torno a las bombillas se azaran. Un gato negro cruza precipitadamente la autopista para ponerse a salvo y otear lo que se avecina desde alguna platabanda. Las kukarachas ya están enteradas, no en balde han sobrevivido a todas las calamidades posibles, pero una extraviada, que no atiende oportunamente al estrépito, es triturada sin contemplaciones, al igual que las latas de cerveza vacías lanzadas en la vía que estallan como barrigas de sapos. Las ratas preparan sus dientes intuyendo que, cuando las orugas aparecen sorpresivamente, se anuncia un festín de carne recién herida. Los perros callejeros se corren hacia las orillas de las avenidas atentos a guarecerse en los edificios en caso necesario, husmean que si las orugas andan sueltas ningún costillal, aunque sea de perro realengo, está a salvo. Una vieja loca se persigna al verlas pasar, como quien ve a un demonio, después emite una carcajada truculenta. El paso de las orugas ha despertado rumores de caos y muerte, algo olvidados.

Una mosca vuela con un preciso contrapeso en sus alas provocando un difícil equilibrio: la siniestra se agita presurosa para no perder ningún detalle de lo que pueda ocurrir, mientras que la diestra planea con cautela, consciente de que la ruta de las orugas presagia graves desgracias. Los indigentes, acurrucados bajo portales próximos a la avenida, sienten estremecerse sus cuerpos esqueléticos con la crepitación del suelo pero tal hecho se confunde con sus pesadillas, donde siempre se bambolean al borde de los precipicios. Las bolsas de basura permanecen aún tiradas frente a los edificios dejando filtrar sus pestilencias a la espera de los recolectores que deberán llegar con el amanecer, ya se sabe que esta madrugada no están acosadas por los perros hambrientos que, por ahora, prefieren poner su pellejo a resguardo. Tampoco a esta hora han abierto los kioscos, a los que llegarán periódicos con titulares que dentro de pocos momentos serán viejos, porque la noticia del paso intempestivo de las orugas no ha llegado todavía a las redacciones a pesar del estruendo. Los pocos automovilistas que a esa hora se cruzan con las orugas viniendo en sentido contrario ponen expresión de asombro, curiosidad o susto, sólo la mosca escucha cuando un conductor murmura con cinismo: Esta noche le dan lo suyo al presidente.

Un soldado todavía soñoliento asoma medio cuerpo fuera de la cabina, usa casco y aprieta en sus manos un fusil de repetición, estaba rendido para el momento en que el sargento ordenó formación y presentarse en el patio listos para el combate, todos en el pelotón blindado de infantería al que pertenece estaban muy sorprendidos. Si había estallado una súbita guerra nadie podía decir contra quién. Un teniente que pasó revista sólo aseguró que había llegado el momento de cumplir una acción muy importante, pero no aclaró cuál. Cuando abordaban el tanke, otro soldado preguntó al sargento de qué se trataba, pero éste le respondió malhumorado: No pregunte pendejadas, soldado, ¿quiere quedarse preso por cobarde?, son vainas de la patria. Ahora está sobre una oruga metálica para cumplir una misión que ignora. El frescor de la madrugada acaricia su rostro soñoliento. La mosca que ha estado acompañando desde hace rato a las orugas en todo el recorrido desciende su vuelo y se posa en el hombro de este soldado. ¿Por qué en él y no en otro de los que viajan en la noche y hacia la noche van? Es oriundo de Caripito un pueblo del interior del país, y es esta la primera vez que contempla la ciudad nocturna y estrellada. Quizás es esa visión de un soldado bisoño y pueblerino lo que interesa a la mosca. Dos putas tetonas que descotes que casi las dejan afuera, y un maricón con zapatos de plataforma, recién salen de un bar de mala muerte y no parecen asustarse ante el paso de las orugas rugientes, seres noctámbulos que no temen ni al mismo demonio, nada los arredra del todo viviendo como viven en los límites del peligro, el placer y el espanto. La mosca conoce de sus antros. La puta de la camiseta amarilla le grita un ¡chao! a los soldados, mientras levanta un vaso plástico. El soldado de Caripito las mira con curiosidad, pero sólo le provocan el recuerdo de Rosalía, una muchacha de la que está enamorado que trabaja en un billar de su pueblo y que a esta hora debe estar dormida. Rosalía, para él, es muy buena moza y no es nada fácil. Se hace respetar, pero él esta noche está muy lejos de allá, y tampoco tiene la menor idea de lo que pueden ser esas ¡vainas de la patria! que nombró el sargento.

La mosca levanta de nuevo vuelo y avanza impulsada por la leve brisa, percibe la noche tensa y vibrante, saturada de señales mortales, sólo la mosca sabe por un antiguo aprendizaje cómo se llena el espacio de solemnidad cuando ronda la muerte.

En el fondo divisa el Palacio de Gobierno. Puede contar hasta 507 faroles encendidos y apenas tres bombillas dañadas, 150 guardias y soldados de la Kasa Militar cumplen con su rutina, sin contar aquellos que permanecen en los dormitorios. La rutina de custodiar el Palacio donde se corporiza el poder, y a veces pernocta el señor presidente. La mosca, para cubrir la panorámica, se dirige a una de las garitas donde se encuentra un soldado de guardia. Es oriundo de Tucupita, un pueblo del interior del país. Quizás es esa visión de un soldado bisoño y pueblerino lo que interesa a la mosca, porque todavía persiste en su mirada cierta ingenuidad. El frescor de la madrugada acaricia su rostro soñoliento. La mosca, que ha estado acompañando por largo trecho a las orugas, vuela hasta posarse en el hombro del soldado que desde ese puesto contempla la aparente tranquilidad de la noche, alterada únicamente por unos borrachos que gritan no tan lejos del Palacio y por el monótono ruido de algunos camiones y autobuses que transitan por la avenida más cercana. Esta madrugada es su primera guardia en las garitas. Desde allí también puede observar los edificios, sumergidos en sus contrastes de luces y sombras engendradas en la nocturnidad; la mosca omnisciente, como un pequeño dios, ve y oye mucho más, pero el paisaje interior del soldado no cuadra con la ciudad que tiene al frente. Su mirada anda muy lejos, extendida sobre un inmenso río, el padre Orinoco, es eso lo que verdaderamente mira, los grises, los marrones, los verdes, confundidos todos, que colorean las aguas eternas. Es eso lo que mira desde la garita, eso y una muchacha aindiada con un vestido rojo que lo espera, Rosalía. Por eso apenas observa el patio del Palacio y a los compañeros soldados de guardia en las otras garitas, y no tiene sentidos para presentir el avance de las orugas, que confunde en su imaginación con el rumor del río, y que pronto bramará ferozmente lanzando fuego por sus fauces a las propias puertas del Palacio.

Los soldados con sus cascos y uniformes de camuflaje saltan de los kamiones empuñando sus fusiles y ametralladoras, mimetizándose entre las sombras y parapeteándose en los portales de los edificios. Se escuchan las primeras detonaciones. Esa vaina es plomo, se advierte a sí mismo el soldado en la garita mientras aprieta con más fuerza el fusil, ignorando a la mosca que se desplaza desde su hombro hasta su oreja. Alguien dispara contra alguien. Los estómagos se contraen y los corazones se precipitan. No se tiene noticia de la invasión de un ejército extranjero. Entonces, debe ser el comienzo de una batalla entre soldados de Caripito y soldados de Tucupita, o sea, como dijo el sargento: ¡Vainas de la Patria! ¿Y a dónde coño nos trajeron, mi cabo? Cúbrame y no pregunte güevonadas, nuevo. Hay que entrarle por los costados. ¡Ay!, mi madre, me dieron. Arrastren a ese herido. Sigan avanzando detrás de los tanques. ¡Lobo a la izquierda! ¡Lobo a la izquierda! Nos están disparando desde las garitas. Barran el cielo, carajo, barran el cielo. ¡Coño, despliéguense! Sargento, llegue hasta el muro con su gente y cúbranos. La mosca se esconde detrás del casco de un soldado que repta, él no sabe si está herido o está meado, pero la mosca reconoce perfectamente el pis, sin embargo, sigue avanzando, nunca imaginó que estar en un combate fuese algo tan pavoroso, tan cerca de perder lo único que verdaderamente tiene, lo único que cuenta. La mosca escucha su respiración trotante. Una oruga agresiva se estrella una y otra vez contra un portal del Palacio que se resiste a ceder. ¿Qué coño estará esperando el komandante para apoyarnos?, comenta un teniente con rabia. Tenemos ya muchas bajas, agrega el cabo. Le di, le di por fin a ese hijo de puta que está en aquella garita, le di en la mera madre y me lo eché. La mosca observa, ahora detrás de una cacerina, el coraje y el culillo codo a codo, el orine y la sangre, el sonido y la furia, dos granadas estallan en uno de los patios del Palacio, el olor a pólvora recuerda el de las fiestas patronales de los pueblos donde los soldados solían ir, sólo que éste es un jolgorio donde la muerte es la reina. La mosca, curiosa, ¿trágica?, hace el recorrido por el túnel sangrante ocasionado por un proyectil, más veloz que un relámpago, en el cuerpo de un soldado, casi un adolescente, la bala le entró por la garganta, bordeando el esófago, provocando en el cato un vómito de sangre, y perforando las vísceras, que nunca fueran tan blandas, incluso cuando la intrusa rompió las palpitaciones del tierno corazón enamorado, porque el soldado estaba enamorado, el túnel traspasa un hígado que parecía dispuesto para muchas celebraciones, para soportar con gusto las cincuenta mil botellas de cerveza de toda una vida. La bala termina enterrada en el fémur, como para acompañar al soldado hasta más allá del fin. la mosca debe retornar y emprender, pegajosa, el camino de regreso que ya no duele nada, pero no vuelve a salir por el agujero de la garganta, sino por la boca abierta, por donde salió el alma, que la mosca humana en otro momento tendrá que buscar y conectar con su alma gemela, como exige su oficio. Ahora, sólo se detiene un instante más sobre el labio del soldado. La mosca lo conoció al empezar la madrugada cuando venía cabalgando sobre una de las orugas. Es el soldado de Caripito.

La mosca husmea cuando en una de las cocinas del Palacio, precisamente en una pared cubierta de baldosas de porcelana azul con arabescos dorados, se abre una pequeña puerta perfectamente camuflada entre las numerosas baldosas, dejando al descubierto la entrada a un túnel que conduce afuera de los límites del Palacio, hasta una edificación que antaño habría sido un convento de monjas. Por aquí nos volamos, señor presidente, dijo un general, al tiempo que, linterna en mano, penetraba en el túnel. Estos pendejos se van a quedar con las ganas de dejarme tieso, comentó el primer magistrado vistiendo una piyama a cuadros. No contaban con su astucia, mi presidente, agregó el otro general, volviendo a cerrar tras de sí la puerta camuflada. Luego musitó entre dientes, en la semi oscuridad, primero muerto que bañado en sangre.

la mosca asciende volando en espiral para no convertirse en blanco fijo. En este caso, algún enviado del Perseguidor se aprovecharía de la circunstancia para liquidarla. Sube de nuevo hasta la garita donde ahora el soldado, casi un adolescente, ha quedado doblado sobre la baranda con la cabeza colgante, una bala más veloz que un relámpago entró por su garganta. Es el soldado de Tucupita. La mosca curiosa ¿trágica? atraviesa el corto túnel trazado por el proyectil. La bala rompió las cuerdas vocales provocando en el acto un vómito de sangre, destrozó la yugular y se alojó en el cráneo, como para acompañar al soldado más allá del fin. El cerebro, esa perfecta masa de maravillas que da aposento a todas las sensaciones, estalló en una milésima de segundo, las neuronas finísimas, preparadas para que el joven soldado efectuara billones de conexiones durante toda una vida, ya no son tales. Las palabras, las canciones, los anhelos, los dolores, las esperanzas, los miedos, el amor del soldado, porque el soldado estaba enamorado, estallaron también con el magnífico cerebro y se han ido al carajo. La mosca, pegajosa, regresa por el camino que ya no duele, pero no sale por el hueco de la garganta, sino por la boca abierta, por donde salió el alma que en otro momento la mosca humana tendrá que buscar y conectar con su alma gemela como exige su oficio. Después permanece otro segundo sobre el labio del soldado. Sólo la mosca supo que, en el último instante, los pensamientos de los dos soldados se cruzaron, de modo que el soldado de Tucupita vio una sala de billar en un pueblo desconocido, donde trabaja una muchacha trigueña con el pelo recogido en cola de caballo llamada Rosalía, de la que está enamorado y lo espera, y el soldado de Caripito tuvo la visión de un inmenso río desconocido y deslumbrante, donde sentada sobre una roca, una muchacha aindiada, llamada Rosalía, con el pelo suelto y negrísimo vestida de rojo, de la que está enamorado, lo espera.

La mosca vuela hasta la ventana del apartamento de un edificio cercano. La batalla está por terminar, los disparos se hacen más distantes, y cíclicos, como convulsiones epilépticas. La mosca, curiosa, observa en el televisor del recibo —que miran atónitos todos los habitantes del lugar tendidos en el piso— cuando aparece en la pantalla el komandante sargento con sus binoculares guindados del cuello, para declarar con solemnidad y orgullo:¡Patriotas! Por si las moscas, me rindo. El tipo aquel se ha escabullido. Pero ustedes sabrán entender, ustedes no son brutos. ¡Son vainas de la Patria!

Entrada la mañana, Temístocles Pacheco regresó al barrio y con mucho tacto saludó a la conserje de la Res. Koromoto. Marcó el piso 10 en el ascensor, para bajar luego por las escaleras al piso 7 y entrar en la Moskokueva. La verdad, no estaba para vender enciclopedias aquel día. La noche fue demasiado larga.

 

Las kuitas del hombre mosca (Otero ediciones, 2005)

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