Las letras del analfabeta, de Ronald Delgado

18/ 02/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

Joel levantó la mirada hacia la pantalla que indicaba el próximo cliente, cuando escuchó el pitido melódico que sonaba tras cada cambio de los caracteres. La cifra 128 se mantuvo titilando unos cinco segundos y después permaneció en rojo brillante contra el fondo oscuro del dispositivo. Tras incorporarse del asiento, abrió la palma de la mano y contempló el pequeño rectángulo de plástico flexible que tenía impreso el número siguiente. Suspiró, sin saber con seguridad si debía sentirse aliviado o desesperanzado de que fuera el próximo en ser atendido.

Se había negado durante mucho tiempo a la idea de recurrir a una Oficina de Valoración para obtener algo de dinero, pero después de pasar tres meses sin trabajo, dos de ellos sin un lugar fijo donde vivir, y alimentándose cada día de las sobras de una ciudad que parecía engullir y desaparecer a todo lo que no fuera útil y productivo, supo que no tenía más alternativa. Necesitaba el dinero, aún a expensas de lo que tendría que sacrificar para obtenerlo.

La vida, después de todo, costaba caro. Y él tenía bastante claro ya de que jamás podría vivir de sus sueños.

Cuando el pitido sonó de nuevo y el número 129 se dibujó en la pantalla, Joel cerró el puño de golpe haciendo que el pequeño rectángulo crujiera entre sus dedos. Junto al contador de la pantalla, el texto señalaba que debía dirigirse al cubículo E7.

Cabizbajo, se puso de pie y, echando un último vistazo a la sala de espera en donde una multitud de personas ansiosas y taciturnas aguardaban su turno, enfiló hacia el corredor que conducía a los cubículos de Asistencia al Cliente, imaginando que en su interior lo esperaban un verdugo y el patíbulo.

Cuando finalmente encontró el letrero que indicaba el cubículo correspondiente, se detuvo frente a la puerta para tomar aliento. Del otro lado del vidrio, detrás de un rótulo que rezaba Asistente de Servicios, una mujer de uniforme y rostro inexpresivo permanecía absorta en la información que mostraban los cuatro monitores que surgían de su escritorio cual cabezas de una bestia, rodeándola y obstaculizando casi todo su campo visual.

—¡Adelante, por favor! –escuchó Joel decir desde el interior del cubículo, aunque nunca le pareció que la mujer hubiera movido los labios.

Apenas hubo entrado, la mujer lo invitó a sentarse en el sillón que permanecía frente al escritorio. Joel dejó el rectángulo plástico con su número en el escritorio y tomó asiento sin apuros, observando con perplejidad los seis u ocho metros cuadrados con los que contaba la oficinita. En la pared detrás del escritorio una proyección digital hacía de decoración, mostrando en toda su extensión y en intensas letras color naranja el conocido eslogan de la institución: ¡Valoramos su conocimiento!

En la esquina del fondo, incorporado a lo que parecía ser un sencillo atril con ruedas, yacía un artefacto cilíndrico estilizado y reluciente, de color gris y negro opaco, con un panel frontal repleto de botones, una pantalla de comandos y, en su parte superior, una estructura circular muy extraña que aparentaba estar encajada al resto del equipo.

Joel supuso de inmediato la función del curioso aparato.

—Buenas tardes –dijo la mujer sin dejar de pulsar sobre los monitores. Era joven y atractiva pero, aún cuando los haces luminosos que brotaban de las computadoras coloreaban su rostro con bonitos matices, sus expresiones apenas demostraban verdadero interés hacia el ser humano que atendía en ese momento—. Desea usted una valoración.

Entonó la frase a manera de afirmación, más que de pregunta.

Joel vaciló.

—Sí… necesito una valoración –hundió el mentón en el pecho—. Saber cuánto puedo obtener por ella.

La mujer asintió y ondeó las manos sobre los monitores como si dirigiera una orquesta.

—La evaluación preliminar tiene un costo de ciento cincuenta créditos.

Joel se mordió los labios y sacudió la cabeza. Buscó en el bolsillo la única tarjeta de crédito que le quedaba y la colocó sobre el escritorio empujándola lentamente con la punta de los dedos. Juzgando por la cifra que aparecía plasmada en el contador digital de la tarjeta, por poco no le alcanzaba para pagar la evaluación.

—Nombre completo –dijo la mujer con voz monocorde después de realizar el cobro y verificar la transacción.

—Joel Saavedra Vera.

La asistente comenzó a cargar los datos en las computadoras.

—Número de identidad.

Joel le dictó el número dígito por dígito.

—Edad.

—Sesenta y dos años.

—Nivel de instrucción.

Joel tragó saliva.

—Terminé la escuela primaria… Sé leer –dijo, tras unos segundos de incómodo silencio.

—Ocupación.

—Desempleado.

¿Habilidades? –preguntó la mujer elevando la voz, como si mostrara insatisfacción por la información que Joel le estaba ofreciendo—. ¿Algo que sepa hacer o algún trabajo que haya desempeñado?

Joel guardó silencio.

Sumido en un repentino trance, comenzó a hacer memoria de los numerosos oficios que la vida le había endilgado. Se preguntó si alguno de ellos le habría enseñado algo que, para la institución, pudiera resultar de verdadero valor.
Había nacido en un pueblo semi-rural de las afueras de la ciudad, hijo de una familia cuyos padres, y abuelos se habían dedicado toda la vida a los cuidados de un antiguo cementerio. Más que administrar el lugar, su trabajo se reducía a procurar que los jardines y las áreas verdes se mantuvieran limpias y las lápidas relucientes. Cuando alcanzó la edad suficiente, Joel comenzó a hacer las veces de jardinero y, cuando su padre se lo permitía, lo ayudaba a levantar tierra y a preparar las tumbas de los futuros muertos. Pasaban bastante tiempo juntos y, a pesar de las largas jornadas de trabajo duro bajo el sol, disfrutaba cada momento pues ambos jugaban a inventar historias y aventuras sobre las vidas y los sueños de quienes yacían sepultados.

Su padre y su madre fueron personas trabajadoras que, gracias a su esfuerzo y dedicación, hicieron el dinero suficiente como para pagarle a su único hijo algo que ellos mismos nunca tuvieron: la educación primaria. Luego el pueblo creció, los tiempos cambiaron (al igual que el resto del mundo), y los encargados del negocio del cementerio invirtieron en máquinas que, por la mitad del costo, podían hacer mucho más de lo que Joel y sus padres podían ofrecer.

Bajo la falsa promesa de un porvenir promisorio, más que mudarse fueron abandonados en la ciudad: padre, madre e hijo obligados a partirse el lomo día a día por obtener dinero para la alimentación y un techo. La ciudad, vibrante en tecnología y en constante expansión, resultaba abrumadora para quienes estaban acostumbrados al declinante ambiente del campo, pero aún así salieron adelante. La primera en tener suerte fue su madre, quien consiguió un empleo como encargada de limpieza en un centro comercial. Su padre, supuestamente gracias a su experiencia cavando hoyos y preparando la tierra, logró obtener un puesto como asistente de construcción en una contratista, aunque por años su principal función consistió en servirles bebidas a los arquitectos adinerados y a los arrogantes ingenieros supervisores.

Joel, sin la posibilidad de asistir a una escuela técnica y mucho menos a una universidad, tuvo que conformarse con realizar trabajos manuales en los que bastaba con seguir órdenes y valerse de su juventud o condición física y, sobre todo, en los que no era necesario hacer uso de computadoras. Lamentablemente, el no saber usar una computadora se había convertido en la nueva forma de analfabetismo. Y si eras analfabeta, difícilmente podías optar a un trabajo bien remunerado.

La situación familiar no cambió demasiado hasta pasados unos años, cuando el padre de Joel murió en un accidente durante una construcción. Su madre lo acompañó unos meses después, tras convalecer enferma por días, producto quizá de la tristeza por la muerte de su esposo, o tal vez por no contar con los recursos necesarios para pagar la atención médica que requería.

A los veinte años, Joel se encontró huérfano y abatido por la necesidad. Para entonces, ya había aprendido que todo en la vida tenía un precio que, en muchas ocasiones, ni uno, ni dos o tres sueldos podían pagar.

—Trabajaba recogiendo y procesando basura –dijo al fin, tras restregarse los ojos—, pero me despidieron hace tres meses.

La mujer levantó una ceja y le sostuvo la mirada. Era la primera vez que parecía demostrar emoción alguna.

—¿Recogiendo basura? ¿Acaso no está usted muy viejo para eso?

Joel se encogió de hombros.

—Basta con tener tolerancia a los olores y pies y manos firmes para sujetarse al camión –aseguró—. La mayoría del trabajo la hace el sistema de recolección. Yo sólo aprieto un botón de la computadora y recojo la basura que se caiga al suelo por error.

La mujer arrugó la cara, asqueada.

—¿Ha hecho eso toda su vida?

Joel se enjugó la frente y le resumió en pocas palabras los trabajos intermitentes que lo habían ocupado desde su infancia.

—¿En cuál de ellos laboró por más tiempo?

—En el de conserje –confesó—. Trabajé durante veinte años como encargado de mantenimiento en la Universidad Privada de Ciencias y Negocios.

La mujer regresó su atención a los monitores y continuó acariciando sus superficies con destreza.

—¿Qué aprendió durante esos treinta años de trabajo? –preguntó.

Joel tomó una bocanada de aire y entrecerró los ojos para sumergirse de nuevo en los parajes de su memoria.

Después de la muerte de sus padres, tuvo que dejar el pequeño apartamento en el que habían vivido desde su llegada a la ciudad porque un solo sueldo no le alcanzaba para pagarlo. Por un tiempo vagó entre pensiones de segunda y hoteles de mala muerte, hasta el día en que, por pura casualidad, mientras deambulaba por los centros comerciales hurgando la basura de los restaurantes en busca de los mejores restos de comida (como le había enseñado su madre), se topó con un par de obreros que conversaban sobre cierto anuncio de prensa en donde solicitaban personal para el cuidado de los jardines de una universidad.

Confiando en las destrezas que había adquirido trabajando en el cementerio durante su infancia, decidió presentarse para el puesto, creyendo que se encontraría con grandes extensiones de terreno verde, repletas de flores y árboles frondosos que le recordarían al viejo pueblo. En su lugar, la universidad resultó ser un edificio grotesco y suntuoso de unos veinte pisos que ocupaban toda una cuadra en medio de la ciudad. Los dichosos jardines eran en realidad pequeñas áreas internas en los corredores, aulas o auditorios que habían sido adecuadas con tierra, pasto y arreglos florales con una función puramente estética.

Para su sorpresa, tras una evaluación del encargado de mantenimiento de ese entonces y una oportunidad para demostrar su talento como jardinero, obtuvo el trabajo. Años después se enteraría de que al menos una docena de jardineros con mayores habilidades habían aplicado para el puesto, pero que lo habían aceptado a él porque, además de cumplir con los requisitos mínimos del cargo, al interrogarlo sobre sus aspiraciones salariales había sido el que manifestara el monto más bajo. Así, la Directiva universitaria obtenía con él el mayor beneficio al menor costo.

En efecto, el salario no era gran cosa, pero a cambio se le ofreció una habitación en el campus y acceso al comedor universitario.

Por primera vez en años encontró estabilidad. Tenía una cama cómoda dónde dormir, una ducha, comida y algo a lo que dedicarse durante el día. Eventualmente obtuvo otras responsabilidades, como limpiar aulas y secciones del edificio, o mantener en orden los equipos e implementos de diversos laboratorios, hasta que obtuvo la confianza suficiente de la Directiva para que le ofrecieran el puesto de encargado de mantenimiento, después de que el anterior muriera de un infarto mientras colgaba en una pared una de las pantallas táctiles que usaban los profesores para dar clases.

Sin embargo, no fueron la comodidad y la estabilidad lo que convirtieron a aquellos en los mejores años de su vida.

En realidad fueron los libros.

La Universidad Privada de Ciencias y Negocios contaba con algunos de los talleres y laboratorios de computadoras más sofisticados de la ciudad y, según entendía Joel, en esas computadoras los estudiantes podían tener acceso a cantidades infinitas de información y conocimiento. Analfabeta como era, aún contando con esos equipos jamás tendría la oportunidad de manipularlos y entenderlos. En parte por temor a lo desconocido y, en parte, por evitar los comentarios y prejuicios de quienes pagaban cantidades irrisorias de dinero por tener el privilegio de hacer uso de esas computadoras y que, sin duda, verían con malos ojos la osadía de que un encargado de mantenimiento pretendiera hacerlo gratuitamente.

Pero lo que no sabía la mayoría de los estudiantes y profesores era que la universidad, en el nivel más bajo del sótano, contaba con una biblioteca de libros de
papel (en su mayoría libros de cuentos y novelas, pero también libros de historia, arte y filosofía) que sobrepasaba los mil quinientos ejemplares, desplazados por la tecnología y abandonados a su suerte, quizá porque no se trataba de obras dirigidas específicamente a las ciencias o los negocios.

Aquella biblioteca se convirtió en la única fuente de conocimiento que se le permitió a Joel, teniendo en cuenta que la Directiva nunca se enteró (al menos, hasta mucho después) de que él, mes a mes, llevaba libros a su habitación para leerlos durante las noches o en sus ratos libres.

En su niñez, fue su padre quien le inventó historias cada día, mientras removía la tierra oscura para hacerle sitio a los féretros de los muertos. En su vida adulta, los libros mantuvieron el legado de esos relatos maravillosos que lo transportaban en cada lectura a universos diferentes, mundos en donde lo más valioso no era lo que tenías en el banco o lo que sabías de la tecnología, sino quién eras, de qué eras capaz o cuán lejos podías llevar tus sueños y deseos.

Joel entendió, quizá ingenuamente, que para saber no hacía falta pagar por ocho años de rígida educación y pasar más de la mitad de ese tiempo postrado frente a una computadora. Para saber, sólo hacía falta leer un libro.

Con los ojos entrecerrados y la mirada esquiva en recuerdos, le habló a la asistente de servicios sobre su aprendizaje como jardinero y como encargado de mantenimiento. Pero no dijo nada sobre la biblioteca y sus libros, sobre los cuentos y las novelas que leyó, ni sobre aquellas que escribió, cuando sintió que podía hacerlo.

—Bien –dijo la mujer al parecer un poco más satisfecha—. Al menos con eso tenemos algo con qué ajustar los parámetros.

Durante un minuto o dos se ensimismó en su trabajo tras las computadoras, hasta que se volvió hacia el atril a su izquierda y lo trajo hacia ella con delicadeza. Introdujo una serie de instrucciones en el panel frontal del artefacto y después levantó la parte superior para desacoplar la pieza que, con forma de banda semicircular, podía ajustarse a la silueta de una cabeza.

La asistente echó hacia atrás el asiento, se puso de pie con gracia y caminó hasta el otro lado del escritorio haciendo tronar los tacones.

—Le colocaré el escáner para hacerle la evaluación preliminar –dijo, ajustando el artefacto a las sienes de Joel después de que éste demostrara estar de acuerdo—. El sistema detectará las pautas cerebrales útiles bajo nuestros criterios de valoración y con ello le emitiremos un presupuesto.

Después de asegurarse de que el equipo estaba colocado correctamente, la mujer regresó a su sillón y verificó más datos en los monitores.

—¿Dolerá? –preguntó Joel, que intentaba inútilmente mirar el escáner que bordeaba su cabeza.

La asistente negó con el dedo.

—Por favor, quédese quieto un momento –le pidió.

Joel contuvo la respiración y apretó las manos en el posabrazos del asiento para evitar cualquier movimiento. Por alguna razón pensó que repentinamente el equipo comenzaría a vibrar y a emitir sonidos curiosos a su alrededor, pero no escuchó ni sintió absolutamente nada. Al cabo de unos segundos, la mujer se inclinó sobre una de las pantallas en particular e hizo un mohín con el rostro.

—Muy bien, ya tenemos la evaluación lista, señor Saavedra –dijo y con una mano hizo girar el monitor más cercano a Joel para que así pudiera ver la información reflejada en el presupuesto—. En efecto, el sistema arroja en usted presencia de habilidades adquiridas en ciertos trabajos manuales específicos. Sin embargo, como puede ver, la ponderación más alta se destaca precisamente en la jardinería.

Joel enarcó las cejas y contempló el documento digital que brillaba en toda la extensión de la pantalla. Bajo un membrete elegante y enmarcado entre líneas muy finas como columnas, aparecía el desglose que había generado el sistema tras la evaluación a su cerebro. Como había dicho la asistente, el primer campo se refería a sus habilidades manuales, y en las filas aparecían las palabras que describían dichas habilidades, como carpintería, cocina, albañilería, plomería, electricidad y jardinería. Al final de cada fila estaba reflejado el monto asociado a cada habilidad. El sistema valoraba la jardinería en doscientos sesenta y cinco créditos. Las demás apenas sumaban una docena.

—El siguiente apartado –continuó la asistente—, arroja una valoración de trescientos doce créditos por su conocimiento sobre los procesos asociados al trabajo como encargado de mantenimiento. Según indica el reporte, usted no sólo conoció todos los aspectos del oficio sino que también tuvo personal a su cargo y aprendió a dirigirlos y delegar responsabilidades.

—Supongo que sí aprendí algo sobre eso, después de todo –dijo Joel, encogiéndose de hombros.

—Ahora, en lo que a las capacidades matemáticas y lógicas se refiere, me temo que el análisis no encontró nada de valor.

Joel guardó silencio, sin mostrar señal de sorpresa alguna por ese resultado.

De pronto, la mujer se envaró en el asiento y acercó el rostro al monitor, incrédula por lo que estaba viendo.

—Parece que pasó por alto algo importante, señor Saavedra –le dijo con una mirada acusadora—. La evaluación indica que posee usted habilidades creativas y artísticas excepcionales.

En el último apartado, la valoración de los conceptos de abstracción, creatividad, memoria e imaginación parecía superar los mil quinientos créditos.

—Según el reporte, su estructura mental está entrenada y moldeada para favorecer los procesos creativos que se relacionan con la… literatura. ¿Acaso olvidó
decirme que también es escritor?

No lo olvidó. No quiso decirle. Tuvo la idea tonta de que si no lo decía, tal vez la computadora no sería capaz de detectarlo.

Intentó escribir sus primeras historias pasados un año o dos después de que descubriera la biblioteca en el sótano de la universidad. Al principio lo hizo a modo de juego, escribiendo párrafos insignificantes en trozos de papel que rescataba de las papeleras, o tomando prestadas hojas de papel de las oficinas administrativas. Por fortuna, muchos trámites y comunicaciones oficiales todavía se presentaban en documentos de papel, principalmente como señal de estatus o categoría por sobre las demás universidades.

Con el tiempo, los párrafos se convirtieron en páginas, y las páginas en relatos completos. Escribía a mano, noche tras noche, y atesoraba sus historias entre los
estantes de libros de la biblioteca secreta, como intentando empapar sus obras con la energía sublime de los grandes maestros. Nunca llegó a saber si sus cuentos eran verdaderamente buenos, pues nadie además de él los leyó alguna vez, pero no por ello dejó de hacerlos. Escribir no significaba ningún esfuerzo y, a diferencia de cualquier otro oficio, lo disfrutaba.

Entonces escribió novelas. La primera de ellas en un par de semanas. Trataba sobre una familia humilde que cuidaba tumbas en un viejo cementerio, hasta que el destino y la tragedia transformaban sus vidas. Luego la siguió otra sobre la soledad, y después un par de volúmenes que narraban una historia de fantasía épica acerca del triunfo del hombre sobre la máquina que todo lo desdibujaba.

Como habría de imaginarse, escribió sobre él, sobre su vida como analfabeta, sobre su juventud en el campo y los futuros perfectos que alguna vez soñase. También escribió sobre el agobiante encierro en que estaba sumida esa ciudad tan grande, y sobre la opresiva rutina y el implacable tiempo que se cernía sobre los habitantes, hasta convertirlos en mecanismos infinitesimales de una maquinaria terrible.

Escribió porque necesitaba hacerlo, por su deseo de contar las cosas que vivía, veía o creía. Pero, sobre todo, porque podía hacerlo y no había nadie que se opusiera a ello. En veinte años, escribió veinticinco novelas que releyó muchas veces, y que jamás salieron de los anaqueles oxidados de la biblioteca.

—¿Y nunca hizo el intento de publicar sus novelas? –preguntó la mujer, ofuscada.

Joel se enjugó la frente y bajó la mirada. Para ti quizá podría resultar muy sencillo, pensó, pero un pobre conserje analfabeta difícilmente sería tomado en serio por el resto del mundo ilustrado. Su literatura era para él y para nadie más. Así lo había reconocido y aceptado desde el primer momento.

—No tuve la oportunidad –dijo, sin dar demasiados detalles, consciente de que la asistente, subyugada por el mundo de la tecnología, el trabajo, la competencia, las apariencias y el dinero por sobre todas las cosas, jamás entendería—. Y además perdí todo lo que había escrito cuando me despidieron.

—¿Qué sucedió?

Joel respiró hondo y chasqueó la lengua antes de hablar.

—Supongo que debí imaginar que algún día pasaría. La verdad es que la Directiva duró demasiado tiempo sin revisar nunca sus haberes en los sótanos del edificio de la universidad.

Relató, con la mirada vidriosa, cómo un día cualquiera uno de los miembros de la Directiva tomó la decisión de hacer una inspección en cada uno de los niveles inferiores del edificio. Inevitablemente, consiguió la biblioteca, repleta de polvo y libros amarillentos y, considerando la gran cantidad de espacio que se estaba desperdiciando con (lo que él mismo llamara) semejante basura, pensó que lo más lógico sería destruir o desechar todos los libros para remodelar y poner a producir el recinto.

Joel, con el corazón tan destrozado como en los días en los que había perdido a sus padres, se opuso firmemente y defendió con vehemencia la colección de la biblioteca. Pero no fue por su resistencia que lo despidieron. La Directiva lo expulsó al enterarse de que Joel había robado papel de las oficinas del departamento de administración. Teniendo en cuenta el costo del papel, podrían haberlo llevado a la cárcel por el crimen, pero prefirieron ser indulgentes en vista de la cantidad de años de servicio que había ofrecido a la institución.

La mañana en que recogió sus pocas posesiones para dejar la universidad, se dirigió por última vez a la biblioteca y, al entrar en ella, se encontró con un equipo de hombres y máquinas que, para el momento, ya habían destruido más de la mitad de los libros y manuscritos. Pero no desfalleció ni permitió que acabaran con los sentimientos profundos que lo ataban a esos libros. Recordando lo que había escuchado o leído alguna vez, se repitió a sí mismo que tal vez podrían quitarle todo lo que tenía, pero nunca podrían despojarlo de lo que sabía.

Ante la oficinista que estaba a punto de cambiar todo eso, Joel deglutió despacio y sintió la saliva descender por su garganta como un duro y pesado bloque de cemento.

—Bien, señor Saavedra –dijo la mujer, después de unos incómodos segundos de silencio—, en definitiva nuestro sistema valoró sus habilidades creativas y literarias en un total que asciende a los dos mil seiscientos cincuenta créditos. Eso está por encima del promedio inclusive para personas con niveles de instrucción superiores al suyo.

Aunado al resto de los apartados, la valoración final tras la evaluación era de tres mil doscientos treinta y ocho créditos. Con tal cantidad de dinero Joel podría subsistir por al menos unos seis u ocho meses mientras encontraba otro trabajo o moría en el intento.

—¿Está usted conforme con la valoración y las habilidades detectadas?

Joel asintió con la boca hecha una línea.

—En ese caso, ¿desea usted vender su valoración?

Joel cerró los ojos, apretó los puños temblorosos y percibió el mundo desmoronarse a su alrededor, pero más que angustia sintió pena pues sabía que incluso
aquella clase de imágenes agobiantes serían arrebatadas de su mente a cambio de un puñado de dinero.

—Así es –dijo, tras una larga inspiración—. Deseo venderla.

La asistente no vaciló en concentrarse una vez más en el texto de las computadoras y enseguida completó el contrato y desplegó los términos de referencia en la pantalla que daba hacia Joel.

—A fin de validar el contrato y proceder con la extracción, debe usted aceptar y firmar los términos de referencia.

Joel abrió los ojos y se inclinó en el asiento para echar una mirada al documento. El texto, de letras diminutas, se extendía en un total de treinta páginas. Al final, un recuadro para colocar la huella digital titilaba insistente, con la información personal ya registrada en los lugares respectivos.

Joel observó el documento y resopló divertido, preguntándose si alguna persona en realidad se tomaría la molestia de leer semejante tratado.

—En resumen –declaró la mujer—, los términos establecen que la Oficina de Valoración pagará por sus habilidades la cantidad señalada en la valoración y que, una vez extraídas, dichas habilidades serán propiedad de la institución. Por ningún motivo, el cliente podrá exigir la devolución de las habilidades o la reconsideración del monto de la valoración.

Lo que no decía el contrato, pensó Joel, era que las instituciones ajustaban, potenciaban y negociaban esas mismas habilidades para después trasplantarlas por tres o cuatro veces su valor a quienes quisieran y pudieran adquirir el conocimiento y el talento en un abrir y cerrar de ojos.

—Por otro lado –prosiguió la asistente—, se explica en los términos de referencia que, si bien en la mayoría de los casos tras el proceso de extracción las estructuras neuronales son modificadas a tal punto que el cliente pierde por completo el conocimiento, memoria y uso de las habilidades señaladas, esto no quiere decir que no pueda recuperarlas de nuevo tras años de práctica y reentrenamiento, tal cual lo hizo para obtenerlas durante su vida en un primer momento.

Aquello ya lo sabía. Todo el mundo conocía las consecuencias del proceso de extracción. Quizá para alguien joven la pérdida podría no significar demasiado, pero en un viejo como él no había tiempo suficiente para recuperar lo aprendido en una vida. Tal vez precisamente por ese hecho era que el sistema valoraba tan alto todo aquel conocimiento.

Sin querer darle más largas a su sufrimiento, levantó la mano y colocó el dedo justo sobre el recuadro en la pantalla, pero sin presionar la superficie. Saboreó, por última vez, su pasado de historias y vicisitudes, reales e imaginarias. Visitó en un parpadeo el millar de escenarios y parajes que había leído y conocido, y se despidió de todos los personajes, propios o de los autores, que desde siempre le habían hecho compañía.

Antes de apretar el dedo contra la pantalla, pensó en las vidas y sueños de quienes yacían sepultos en el viejo cementerio.

Al igual que durante la evaluación, no apreció vibraciones ni escuchó sonido alguno. No vio luces o formas, ni sintió que algo en su interior cambiaba. Tan solo notó cómo el rostro de la asistente era iluminado por algún tipo de información progresiva que brotaba de las pantallas en un intenso tono color verde. Cuando el brillo cesó, la mujer giró el monitor del contrato para dirigirla hacia su persona y le aseguró a Joel que ya todo estaba listo.

—Muy bien, señor Saavedra –le tendió la tarjeta de crédito que todavía yacía sobre el escritorio, y que ahora señalaba en sus dígitos un nuevo monto—. Ya han sido transferidos a su tarjeta los créditos por la valoración.

Joel parpadeó alelado, tomó la tarjeta y, al observar la cifra, sonrió. Se alegró por su nueva fortuna, aunque por un instante no estuvo del todo seguro de por qué había obtenido todo ese dinero.

—Supongo que no posee usted un dispositivo de memoria personal –dijo la asistente. Arrugó la boca cuando Joel negó con la cabeza—. En ese caso, le imprimiré el contrato y la factura para que cuente con una copia. Le agradezco que las conserve en buen estado y no las pierda. Podrían serle útiles en el futuro.

Segundos después, dos páginas brotaron del borde del escritorio con el resumen del contrato en una de ellas y con los detalles de la valoración y sus montos en la otra. La asistente verificó la información y le entregó los papeles.

Joel sostuvo las páginas y las miró con rareza pero, cuando leyó el contenido de la factura, y en especial el reporte que en pocas líneas destacaba las habilidades creativas y literarias valoradas y extraídas durante el procedimiento, fue que reconstruyó en su mente y asimiló (al menos hasta donde se lo permitió su cerebro) lo que recién había sucedido. Aquel talento que una vez tuvo, aquella imaginación, según lo decía la factura, se había convertido en créditos reflejados en la superficie brillante de su tarjeta.

Trató de recordar dicho talento, trató de entender a qué se refería exactamente el documento con habilidades literarias, pero no consiguió en su mente más que un manto silencioso y opaco. Triste fue saber que, aún cuando no podía identificarlo, sabía que faltaba algo en su interior. Se encontró echando de menos la nada, sin tener la certeza del por qué.

—¿Algo más, señor Saavedra? –preguntó la mujer, levantando el rostro por sobre los monitores.

Joel intercambió miradas entre ella y la factura y después agitó la cabeza de izquierda a derecha. Se puso de pie, se aseguró de guardar la tarjeta de crédito en su bolsillo y se despidió de la asistente con un gesto de agradecimiento.

Con los documentos firmes entre sus dedos, recorrió el pasillo de vuelta a la sala de espera y salió de la Oficina de Valoración abrumado por la sensación de que dejaba algo muy importante atrás, pero que a cambio contaba con el dinero suficiente para sobrevivir por un buen tiempo.

Entusiasmado por los fondos recién transferidos, intentó poner en orden sus pensamientos y repasar lo que haría a partir de ese momento. En primer lugar, se aseguraría de alquilar una habitación así fuera en un hotel de las afueras. Compraría comida, alimentos enlatados que duraran por meses, y botellones de agua potable para beber y prepararse zumos de frutas. Se procuraría también de algo de ropa, pasta dental y demás productos para el aseo, pues al fin y al cabo tendría que prepararse para regresar a la calles y buscar trabajo, así fuera insistiendo en las empresas de recolección de basura, pues curiosamente todavía recordaba todas las actividades relacionadas con ese, su último empleo.

Preguntándose si alguna habilidad al respecto habría sido detectada por la computadora de la asistente, se detuvo de pronto en medio de la calle y releyó la factura con el desglose. Entrecerró los ojos y fijó la mirada cuando leyó, nuevamente, el apartado que hacía referencia a sus ya inexistentes habilidades creativas y artísticas, así como el generoso monto que habían valorado. Aquello debía ser algo muy importante.

Literatura, murmuró entonces, casi como si desconociera el concepto de la palabra. Libros, dijo luego, y la textura del papel bajo sus dedos le ayudó a construir una imagen mental de lo que había pronunciado. Se sorprendió al darse cuenta de que fugazmente había sido capaz de ver la figura de un libro flotar frente a sus ojos.

Debió ser mi imaginación, pensó enseguida. Aquel pensamiento fue suficiente para hacerle recordar la enorme vidriera de una conocida tienda de antigüedades del centro que, además de vender costosos muebles, obras de arte y curiosidades tecnológicas de siglos pasados, también poseía algunos libros de colección, de hojas desgastadas y cubiertas rústicas, justo como aquel que había vislumbrado en su mente.

Letras, pensó, y después sonrió.

Compraría comida. También agua y ropa y, por supuesto, buscaría una habitación decente en donde vivir. Pero antes visitaría la tienda de antigüedades. Por pura curiosidad, por puro y repentino deseo, se tomaría unos minutos en conocer un poco más eso tan valioso que llamaban literatura. Y tal vez compraría un libro o dos. Eran costosos, lo sabía, pero por fortuna tenía suficiente dinero en su tarjeta como para permitirse el obsequio.

Después de todo, algo le decía que lo disfrutaría.

Del libro: Anómala (Asociación Alfa Eridiani, 2013)

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