Las puertas ocultas, de José Napoleón Oropeza

11/ 02/ 2013 | Categorías: Fragmentos de novelas

Deseoso de conocer si un rayo de luz anunciaba el fin de la noche, Eduardo, fatigado tras dos horas de espera, tratando de conciliar el sueño, dormir un rato y despertar cuando, desde la cabina de mando, el capitán anunciara la proximidad al Aeropuerto “José Martí”, descorrió la ventanilla del avión. Ni siquiera una nube pudo distinguir.
Todavía la noche envolvía el aparato que, finalmente, luego de una larga y tediosa espera, despegó del Aeropuerto “Simón Bolívar”. Había tratado de calmar la ansiedad caminando por el largo pasillo, entrando al sanitario, después a otra tienda, como si estuviese interesado en adquirir algún libro, un souvenir. Gloria, a su lado, trataba de aliviar el nerviosismo de Eduardo dándole caramelos, ofreciéndole un chicle de menta, sabor preferido de ambos. Pero Eduardo, sin ser huraño del todo, rechazaba sus ofertas y prefería mantenerse caminando por los pasillos. Porque era inútil, así lo consideraba después de haberlo intentado, muchas veces, permanecer en una silla fingiendo que leía cuando, lo único cierto, parecía ser el disfrute de la espera, experimentar una especie de susto cada vez que, a través del altoparlante, se anunciaba la salida de un vuelo.
Cerca de la medianoche, los pasajeros de VIASA en el vuelo 501 directo a La Habana, fueron embarcados apresuradamente. Por lo menos agradecidos de esa prisa, cada quien empujaba al compañero de vuelo. “Como si no estuviesen los asientos asignados ya”, pensó una de las aeromozas y guiñó el ojo a una de las sobrecargo de la aeronave, mientras sellaba uno y otro ticket. Sonreía, ella también distendida, aliviada, después de una espera de siete horas en aquel aeropuerto.

Gloria inclinó el asiento y trató de dormir un rato. O quizá, de esa manera, invitaba a Eduardo a cerrar los ojos, aunque no llegara a conciliar el sueño. Pero él, demasiado agitado todavía, aunque cerró los ojos y trató de hacer abstracción de la bulla y algarabía de los compañeros de vuelo. Cerró los ojos y trajo la imagen de un río apacible: aquel caño que rodeaba a Puerto de Nutrias, brazo del Río Apure, que siempre evocaba, en momentos de intranquilidad, por recomendación de su abuela Melitona. Ella le enseñó, cuando todavía era muy niño, cómo conciliar el sueño con suma rapidez aunque estés acostado sobre el lomo de una vaca vieja, repetía ella mientras se reía y le mostraba los dientes falsos, la dentadura postiza debajo de la cual, a veces, cuando deseaba enseñar a su nieto trucos de magia, la extraía para enseñarle los secretos ocultos bajo los espejos, pájaros de plumaje muy bello: acaso en las manos de su abuela había nacido el arco iris por primera vez, se dijo, tratando de esquivar ese pensamiento para no seguir en el juego con las imágenes; de sacar brillo y pulimento como lo hacía la vaca Melitona al extraer su plancha debajo, de la rosada encía; dejaría que brotaran plumas, hojas, otras palabras. “Mejor me quedo con la imagen del río empozado en el asiento desde donde me preparo para un viaje distinto”, volvió a pensar Eduardo mientras, otra vez, se acomodó en el asiento. Abrió los ojos. Gloria, su amada esposa, dormía profundamente.
Volvió a cerrar los ojos. Esta vez se prometió no abrirlos hasta que, desde la cabina, o cualquiera de las aeromozas, anunciara la llegada al Aeropuerto “José Martí”. Sentía que no hacía falta repetir el juego aprendido de su abuela, años atrás. Pues, poco a poco, iría quedándose dormido como lo había logrado su esposa, después de haber consumido su ración de cigarrillos del día. Volvió a cerrar los ojos y, casi enseguida, sin que hubiese pensado ello ¿o era que, efectivamente, se había quedado dormido y despertó frente al agente de la aduana? No; nunca antes habíamos viajado fuera de nuestro país quién imaginaría que alguna vez se les ocurriría a ellos dejar a su familia en plena Navidad, a sus dos hijos muy pequeños al cuidado de mi hermana Annedys se dijo él en el sueño. Porque, seguramente, lo soñaba, y aunque se pellizcara para estar seguro de que respondía lo que no le había preguntado, si es que había llegado, si había avanzado la fila que se formó rápidamente frente al único funcionario que salió a recibir a los pasajeros, en especial a ése que vestía tan estrafalariamente, con una larga camisa que más bien parecía un camisón de dormir, si no fuese por esas hojas de maíz de cambur que cosió a la camisa, con un hilo muy grueso, pespunteado, y como si fuese una repetición, o acaso una temprana resurrección del muchacho que, en Puerto de Nutrias, se paseaba por las calles llevando en sus espaldas una cartelera con fotografías de la película que se exhibiría en la plaza por la noche. Eduardo avanzaba lentamente hasta el mostrador, luciendo su extravagante camisa a la que cosió frases, palabras que evocaban imágenes de versos de algún poeta que admirase mucho. O acaso de ese escritor con el cual deseaba encontrarse allí en La Habana. Por lo menos leer los libros suyos que no conocía y que eran referidos en la contraportada de Con los ojos Cerrados, el conjunto de relatos de Reinaldo Arenas que editó Arca, en Montevideo. Acá se refiere que aquí, en La Habana, se editó Celestino Antes del Alba. ¿Usted conoce ese libro señor?
Sí; evidentemente soñaba y no necesitaba pellizcarse el brazo para estar seguro de que toda aquella escena pertenecía a un sueño. Porque, que él supiera, jamás ha vestido una camisa tan estrafalaria. Pero cuán bella lucía, le contaba a Gloria cuando ambos, como sucedía en la cama, se despertaban con el mínimo movimiento de cualquiera de los dos. Algunas veces era ella quien tenía una pesadilla. Porque Eduardo casi no las tenía. Pero aquel sueño que duró muy poco había sido muy bello y voy a contártelo para que ninguno de nosotros se olvide de esa bella camisa, reiteró, mientras retornaban el asiento a la posición inicial, tal como lo solicitaba la azafata, a través del altoparlante, y se preparaban todos para el aterrizaje.
“Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar
fugó sin alas”.

“Los devoradores de neblina se evaporan
hacia la parte más baja de la ciénega,
y un caimán los pasa dulcemente a ojo.”

“Qué podría hacer por ti que ya tú no hayas hecho o
imaginado hacer”

Formaban parte de las frases que había pensado incluir como epígrafes, junto con otros textos de José Lezama Lima, de Virgilio Piñera y de Reinaldo Arenas, el más joven entre los tres, seleccionados desde que imaginó escribir un ensayo sobre el universo de estos tres autores, de distintas generaciones de la literatura cubana. Aunque lo había ideado unos tres meses antes de programar el viaje, jamás pensó que formarían parte de ese sueño. Nadie diferente a Gloria conocía de sus planes, una vez que se instalaran en el hotel. Después de desempacar y colgar en sus ganchos respectivos la ropa que habían traído consigo (la maleta aumentaba de peso a medida que introducían en ella los libros que no cupieron en el bolso de mano, por más que forzó la maleta al empujar, con sus ansiosos puños, los objetos), se sonríe al recordar que Gloria lo invitó a sentarse sobre la maleta que compartían. Mientras ella doblaba prenda por prenda, Eduardo, siempre agitado y nervioso, pugnaba por reducir el volumen que creaban los libros y algunos discos que su amigo Alfredo le había enviado, como presente, a un colega periodista que pasaría recogiéndolos por el Hotel Nacional. “Su apartamento queda muy cerca del Hotel donde estarás hospedado, a sólo unos metros de la famosa Heladería Coppelia y yo mismo le voy a avisar a través de una llamada” aseguró Alfredo quien le explicó que su amigo no salía de casa y ¿por qué no te animas a visitarlo? Es un personaje que vale la pena que tú, como novelista, conozcas pues vive para sus veinte perros.
-Nosotros nos encargaremos de este asunto -aclaró lacónicamente el funcionario que lo atendía en la aduana…
-¿Cómo? No entiendo. Le expliqué que esos discos se los envía un periodista venezolano amigo a un colega suyo. Se llama Pepe Rodríguez Turbay y vive en esta dirección -aclaró Eduardo visiblemente alterado, al tiempo que extraía de su bolso de mano una libreta.
– No se moleste, compañero; no pierda tiempo que yo sé dónde vive Pepe. El es también, amigo nuestro. Yo mismo se lo entregaré. Pepe, después de que sale de la radio, se marcha al hospital Calixto García a hacer trabajo voluntario y, después, se marcha a atender a sus veinte perros, hasta el día siguiente.
– Bueno, así será – dijo en un tono resignado, casi conciliatorio, mientras Gloria arqueaba las cejas en señal de que dejara las cosas de esa manera.
Acaso Eduardo presentía que no debía dejar el paquete. Pero, resignado, lo entregó al funcionario. Ya hallaría la manera de avisar a Pepe de que su amigo Alfredo le había enviado ese regalo, aun cuando el funcionario se había comprometido a entregarlo y, quizá para brindar mayor confianza al recién llegado, había aportado señales sobre el personaje que el propio Alfredo quizá desconociese.
La escena no vivida aún, quizá formase parte del sueño. Cuando se levantó, ya Gloria había recogido sus pertenencias de la sombrerera y se preparaban a salir del avión. Un hermoso rayo de luz iluminaba ahora el asiento donde estuve sentado por más de cuatro horas, tratando de escribir algunas notas en el diario, hasta que se quedó dormido, unos quince minutos, tal vez un poquito más, le explica a Gloria. Ella se rio cuando oyó el final del cuento de la camisa con las frases, escritas en hojas de mazorca.
Terminaron de salir del avión y se encaminaron, a través de un estrecho pasillo, escasamente iluminado, de paredes cubiertas de fotografías y consignas alusivas al proceso de revolución que, el próximo Primero de enero, cumplirá los primeros dieciséis años, exclamó Gloria orgullosa, tan orgullosa como se sentía Eduardo de pasar una Navidad en Cuba y conocer los progresos de la revolución sin perder de vista el objetivo fundamental de aquella jornada: lograr un ejemplar de Celestino Antes del Alba y ¿por qué no? Poco le costaba imaginar un encuentro con su autor, señor ¿usted no lo conoce? Le preguntaría al funcionario que, a secas, le respondería no y, sin sellar el pasaporte, le solicitó que se esperara; que saliera de la fila y, junto con su esposa, entrara en aquel cuartito, dijo indicándole el sitio hacia adonde debían dirigirse.
Gloria, extrañada por aquella decisión del funcionario, pero sin efectuar ningún comentario, entregó el bolso con el cual habían ingresado en la cabina del avión, donde precisamente Eduardo guardaba, celosamente, los presentes para Reinaldo, seguro como se sentía que se encontraría con él. Había traído consigo un ejemplar de su primer libro de cuentos, el paquete de discos que enviaba su amigo Alfredo al periodista Pepe Rodríguez y dos cajas de dulces de guayaba y de hicacos, una para Reinaldo, y las otras ya veremos para quién serían. Mientras esperaban por el funcionario, ambos permanecieron callados, aguardando a que los llamasen. Seguramente aquella espera formaba parte de la rutina, pensó, acaso en busca de una explicación, para sí, sin hacer ningún comentario a su esposa. Ella prefería seguir hurgando en el bolso, como en busca de algo que no sabía qué cosa era.
Por el tacto adivinó que había rozado la tortuguita hecha con caracoles de mar, adquirida a la entrada del Aeropuerto “Simón Bolívar”. Un niño se había acercado a ellos cuando, apresurados, se dirigían al mostrador de VIASA pensando que andaban retrasados y por ayudar al niño habían adquirido una tortuguita y un pequeño caracol que ahora sacaba del bolso y lo aproximaba a su oreja; un caracol que había traído a La Habana tal vez sin ninguna razón y que, ahora, le hacía compañía a los dos. Se sentían extrañamente solitarios en aquel cuarto, jugando con aquel caracol, a la espera de un funcionario que no terminaba de aparecer, mientras ellos, cada vez más juntos, casi acurrucados, se olvidaban del ruido de los altavoces por seguir el sonido de las olas en su oreja.

 

Desde el cuarto donde aguardaban por el funcionario, podían seguir el movimiento de la fila que avanzaba con cierta fluidez. Los gestos de algunos pasajeros, deseosos de salir del aeropuerto y tomar el autobús que los conduciría al hotel se repetían ante ellos, ávidos de salir de allí cuanto antes. Todavía no estaba seguro de si el resto del grupo esperaría por ellos. Pero prefiere pensar en otra cosa, en lo dura y resistente de la concha del caracol, en lo blancas y desnudas que resultaban las paredes de aquel cuarto cuyo único bombillo, tres sillas y ningún escritorio, achicaban mucho más el espacio, reducían el campo de acción. No debía levantarse, parecía indicar Gloria, mientras le pedía a Eduardo el caracol para jugar con él.
Ella lo tomó entre sus manos y, como si se dispusiera a acariciarlo, se concentró en las vetas y en el degradado color de su concha, antes que levantar la vista y sentir la obligación de dar explicaciones a Carmen Irene, una vieja amiga a quien se encontró en el Aeropuerto. Prefería quedar viendo el caracol y que Carmen Irene pensara lo que se le antojase; ya habría tiempo de aclarar o de inventar una mentira piadosa, porque en verdad nada pasaba con ellos, cuestiones de rutina, como dijo el funcionario y si está faltando mucho, somos nosotros quienes vamos de prisa y no ellos, cuánto tiempo no se tardaba este animalito en crecer, para ser, finalmente, una concha que dormiría en mi mano ¿qué piensas tú de todo esto?
-¿Qué voy a pensar? Que estamos perdiendo tiempo y que no sé por qué carajo nos hemos quedado encerrados acá, mientras los otros ya se habrán dado un buen baño en el hotel…
– No te hablo de eso, sino del caracol, de esta hermosa concha que fue caracol.
– Ah, es muy bello, creo que nadie, por muchas condiciones de artista que tuviera quien lo intentase, lograría uno más hermoso – respondió Eduardo de manera mecánica, más atento al corretear de los pasajeros, tan pronto dejaban el mostrador y les era entregado el pasaporte, que revisaban antes de guardar. A lo lejos, divisó a Carmen Irene, la amiga de Gloria, cargada de flores fingidas y muñecas. Era divertido verla agitada detrás de las maletas, dejando caer una muñeca mientras más se apuraba y uno y otro pasajero levantando, por ella, la muñeca del suelo.
No quería reprochar a Eduardo, pensaba Gloria, ansiosa por fumar, pero no le acababa de preguntar el funcionario el motivo de su interés en visitar a Cuba cuando ya le empezó a relatar al empleado de su interés por la literatura nacional y hablaba sin parar de José Lezama Lima, de Virgilio Piñera, de Reinaldo Arenas, de Lino Novás Calvo, de Dulce María Loynaz y sólo faltó que echase el cuento del sueño que había tenido hacía tan sólo una hora, y no contento con ello, empezó a informar de los regalos que llevaban en el bolso de mano.
– Los discos los envía un amigo periodista a un colega suyo que trabaja en Radio Habana ¿usted dice que los hacen llegar sin que yo le avise al amigo Pepe?
– Bueno compañero si usted quiere coger lucha con eso, ése es su problema. Ya le dije y le repetí que nosotros se los haremos llegar. Ahora, respecto al libro y al pomo de dulce para el señor Reinaldo Arenas, debe darnos un dato, proporcionar una dirección de trabajo, aunque sea; algo que facilite su localización.
– No tengo ninguna seña a menos que se lo contacte a través de la Casa de las Américas o de la UNEAC…
– ¿Él es escritor o pintor?
– De los grandes escritores que ha dado Cuba; de la talla de José Martí, José Lezama Lima, Dulce María Loynaz, Virgilio Piñera, Lino Novás Calvo. ¿No ha oído hablar de ellos?
– En honor a la verdad, leerlos no; porque yo no tengo tiempo para leer. Este trabajo es muy exigente y no deja ni tiempo para pensar y cuando llego a la casa lo que deseo es ducharme y dormir -respondió amablemente el funcionario ante la insistencia y yo diría hasta imprudencia de Eduardo. El no tenía que dar explicaciones, no hablar y referir lo que no le preguntaron, pienso yo, pero no se lo diré ahora, sino cuando estemos solos en el cuarto del hotel. Porque lo conozco. Mejor me quedo callada y guardo el caracol, no vaya a ser que cuando retorne el funcionario a entregarnos los pasaportes empiece a echarle el cuento de que no lo traemos como regalo a nadie; sino será más bien una mascota una especie de mascota muerta o de amuleto, se dijo entre nerviosa y nostálgica al encontrar en la cartera una fotografía de su hijita mayor, acariciando a Pavel, su hermanito menor, todavía en brazos; apenas si gatea. Guardó el caracol. Puso la foto de nuevo en su lugar. Cuando levantó la vista, observó, con alegría, que el empleado de la aduana había entrado al cuarto a través de una diminuta puerta, que casi ni se distinguía porque formaba parte de la pared improvisada con base en cartón piedra.

– Venga por acá usted solo. Señora si lo desea, puede esperar afuera. Mejor dicho, espere afuera. Porque a lo mejor vamos a necesitar este espacio dentro de poco. Distráigase, camine; el aeropuerto es todo suyo. Ya vamos a finalizar.

– Yo prefiero esperar en aquel banquito -dijo Gloria esta vez mucho más esperanzada de que pronto llegarían al hotel y podrían descansar sin entregarse más a elucubraciones sobre las razones que había tenido el empleado de aduana para retener a ambos. Desde el banco, con la vista fija en la puerta que conducía a la otra, cerrada tras los dos hombres lo cual retornaba la escena a la desnudez primigenia. Meto la mano en la cartera. Tropiezo con el caracol: esta vez no lo sacaré ni hará falta se dijo confiada, tratando de hallar su cajita de chicles y el pequeño espejo para acicalarse un poco antes de tomar el autobús que los conduciría con suma rapidez al hotel. Seguramente otros pasajeros que pasasen frente a ella, camino al mostrador, también algún empleado, obrero encargado de la limpieza, de los depósitos de las maletas, qué sabía yo quién, no tenía tiempo de aclarar mis ideas, pendiente como estaba de Eduardo ni siguiera fijaba la atención en el espejo, se preguntaría si se empolvaba bien o si delineaba los labios que él sabe, muy rara vez me pinto. A nadie aclararía qué hacía en aquel banco atenta más bien a las respuestas que, nuevamente, daría Eduardo a las preguntas que le formulaban, idénticas a un test o examen psicológico. Pensé cuando caí en cuenta de que le efectuaban de nuevo las mismas preguntas o nosotros dos éramos quienes girábamos, nos movíamos en círculos y no lo advertíamos. Acaso, el funcionario estaba muy consciente de que se trataba de las mismas preguntas sobre los discos, los hicacos, los dos periodistas (seguramente buscando que Eduardo se contradijera) mientras yo, desde acá, desde el banco, lo veía y, mejor, me lo imaginaba cuando abría el maletín otra vez, con la misma avidez, morbosidad, mejor diría tratando de buscar, qué sé yo, algo de lo cual acusarnos, frustrado de no hallar una pistola, una porción de droga. Porque ya ni los discos ni los potes de dulces, ni los libros que iban en ese maletín estaban, pero sí los que yo llevaba conmigo. Me sentía levemente mareada. Debía ser el trasnocho. Pero no asustada. No teníamos nada que temer, ni esconder. Eduardo volvía a responder lo mismo, mientras yo me olvidaba del espejo, de los chicles y me entraban ganas de fumar. Pero me acordé de la prohibición. No se debía fumar dentro de las instalaciones de ningún aeropuerto, aunque ése sea el de Cuba. “Bienvenidos”. Una morena muy hermosa, en la fotografía, muestra algunas de las bellezas de la isla; una hoja de tabaco, una mata de caña, un mar azulísimo, abierto al paraíso y a la felicidad, decía un slogan, o emergía de una mata de helechos sobre la cual nacía la consigna y otra y otra, como adentro se formulaban las mismas preguntas para quizá obtener idénticas respuestas como la valla permanece ahí, en medio del oleaje en la fotografía, para que yo, plena de orgullo, leyera y captara aquel mensaje:

“Venezuela no estará sola como lo estuvo Cuba”
“Bienvenidos a la tierra de Martí: la luz repartida en una sola mano”
“Hacia el 16 aniversario: por la libertad, hasta la victoria siempre”

Un niño que parecía emerger del mar, llevaba, en la fotografía la pancarta con ese último mensaje, mientras de las pequeñas olas, otras manos y rostros repetidos de ese niño parecían aplaudir o vitorear la frase y aquella sonrisa suya, virginal, bastó para lograr que olvidase cuánto tiempo habíamos esperado que se aclarase qué si nosotros estábamos tan limpios y claros como la risa de los niños que, en la fotografía, parecían danzar en medio del oleaje, la imagen de lo cóncavo cerrándose. Aunque no quería volver a traer otra vez el recuerdo del caracol terminaba por imponerse, como el pie del niño sumergido en el agua. Así se lo comentaría a Eduardo cuando saliese, por fin, de aquel cuarto y recogiéramos las maletas y, en carrera, sí, casi corriendo, tomáramos el ómnibus que nos conduciría, sin más demoras, al hotel. Me levanté como si adivinase que, en efecto, todo había sido aclarado. El inconveniente se originó tras la confusión del primer funcionario que nos atendió, me dije o pensé, mientras me encaminaba, de nuevo, hacia el cuarto, justo cuando otro empleado, esta vez no uniformado, trajeado con paltó gris y corbata negra, me invitó a pasar adelante:

– Deben aguardar acá por el jefe de la sección. No se preocupen por las maletas ni por sus compañeritos de la excursión. Ellos esperarán por ustedes -añadió lacónicamente, antes de esfumarse por la primera puerta, la que ya ella había visto como un boquete, de pronto entreabierto para que pensaran o estuviesen seguros de que alguien, detrás, los espiaba y lo mejor sería no hablar, no comentar nada, o aprender, de improviso, a comunicarse a través de señales.

 

Se quedó observando a Eduardo pero no le hizo ningún comentario. Porque quería estar segura de algo: el cuarto había sido modificado. Inclusive las sillas y el resto del mínimo mobiliario, un desvencijado escritorio, una papelera, un cenicero, no permanecían allí hacía una hora cuando fueron interrogados por primera vez. ¿Se dijo interrogados? Ni Eduardo parecía ser el mismo después de la primera ronda de preguntas, ni el cuarto tampoco. De eso se sentía segura, aunque no se lo comentó a su esposo y más bien se acercó a él y le acarició la cabeza. La sintió caliente cuando besó sus cabellos y se fijó en las paredes: vistas de cerca resultaba fácil deducir que no se trataba de paredes reales sino de panelería como de teatro. Sí, se trataba de un teatro que ellos representaban y la escenografía para el siguiente acto quedaba dispuesta y sólo faltaba la presencia del tercer actor. Porque ellos aguardarían allí tranquilos, atentos a la luz que emanaba del bombillo desde el techo, apenas sostenido por un derruido cable que amenazaba con hacerlo caer sobre el escritorio, si acaso la próxima escena duraba más que la anterior, pensó ella resignada y confiada en que Eduardo lo tomaría con calma. Así se lo hizo entender a Eduardo con su arqueo de cejas, sin dar mucha importancia al gesto para no llamar mucho su atención y no romper el acuerdo de silencio que, tácitamente, hicieron.
Como si estuviese apuntado en una libreta, ambos sonrieron. Se sentían seguros y confiados, aun cuando manos invisibles, detrás del telón, parecían subir intensidad a la luz logrando, de esa forma, que las paredes lucieran blancas y sus rostros mucho más pálidos, casi lívidos. Por lo menos, así veía yo a Eduardo. Me levanté y le pasé una toallita por su frente húmeda. Me acerqué, a la papelera: aquella servilleta caía la primera, nunca había sido usada. Parecía ser el único objeto nuevo. Porque inclusive en las paredes de cartón recién pintadas se veían marcas de clavos. Sentí pasos detrás de la falsa pared. Dentro de unos segundos, como había sucedido la vez anterior, se ampliaría la rendija que volvía a dibujarse y hacerse cada vez más grande, hasta que se formase la puerta y entrara por ella otro hombre.

Sonriente, con una pistola en la cintura, de gruesos bigotes y pronunciada calva, el nuevo funcionario, le extendió, amablemente, la mano, en clara señal de bienvenida. Se sentó. Pero, de inmediato, se tomó un largo tiempo en la tarea de hojear sus pasaportes, como si tratase de hallar algo escondido entre sus páginas. Eduardo y Gloria se quedaron mirándolo, ambos dispuestos a responder con claridad y prontitud cualquier pregunta. Pero sólo silencio y la luz expandida desde la bombilla: Eduardo pensó que quizá de ese espacio los conducirían a otro igual. A ése donde imaginó que estuvo respondiendo las mismas preguntas sobre los hicacos, los discos y los libros y ¿porqué no pensar que los únicos equivocados habían sido ellos y nadie del grupo estuviese esperando la orden de salida en una sala? No se levantó de la silla. Pero estuvo tentado a pedir un permiso para beber agua o solicitar que le trajesen un vaso. El hombre constataba algunos rasgos suyos con los de la fotografía pegada al pasaporte. Por fin, se dignó a hablar después de colocar a un lado ambos documentos, uno encima del otro, y el ejemplar del libro de cuentos Con los ojos cerrados que Eduardo había consignado al otro funcionario, en el mismo momento en que entregó los pasaportes.
– ¿Qué tú crees compañerito, que esto es una jaba y nos pasaremos toda la vida esperando a que, de la jaba, salgan las direcciones de las gentes que visitarás acá en La Habana? No tendrás tiempo de disfrutar si te pones a repartir tantos regalos. Nosotros, como te lo aclaró el funcionario que te recibió afuera, contactaremos a los compañeros, en tu nombre, y entregaremos los regalos. Ya se llenó la correspondiente planilla. Sólo se requiere tu firma. Lo que te faltó fue traer contigo otra maleta para que anduvieses por las calles de La Habana. ¿Es éste tu primer viaje a La Habana verdad?
– Sí. Nuestro primer viaje al extranjero -respondió, mirando de reojo hacia el rincón donde, a través de la rendija, otra puerta comenzaba a dibujarse y penetraba, a través de ella, un tercer personaje, otro funcionario.
Se acercó al otro: le comunicó algo al oído. Consignó los pasaportes, el libro de Reinaldo Arenas, mientras desaparecía tras la hendija. Nuevamente, como si alguien hubiera extendido una sábana blanca, quedaron frente al segundo funcionario, un gordinflón siempre sudoroso y sonreído:
– Que disfrutes La Habana, la ciudad que nunca terminamos de conocer; que se lo digo yo que nunca he salido de ella.
– Muchas gracias. Entonces, me puedo quedar tranquilo. Ustedes entregarán los discos ¿Y qué pasará con los pomos de dulces para Reinaldo?
– Ya le dije que nos ocuparemos de averiguar la dirección. En cualquier momento lo llamaremos al Hotel Nacional y le proporcionaremos su dirección. Estaremos en contacto -Sentenció, sonriente, mientras, de nuevo, le extendía la mano. Dio la espalda y se esfumó tras la sábana, extendida sin ninguna arruga, sin un pliegue.
Eduardo respiró muy hondo cuando salió al pasillo y apresuró los pasos. Gloria, pálida y exhausta, rompió a llorar. Eduardo, enternecido, la atrajo contra él, tomándola por la cintura. La brisa, tenue, pero constante, agitaba levemente las hojas de los árboles que rodeaban los jardines de la entrada principal al Aeropuerto “José Martí”.
En la calle, sin saber adónde dirigirse, no entendían qué había sucedido con la agencia turística. De pronto, un hombre se aproximó cuando se disponía a volver al aeropuerto. Se identificó como taxista. Aguardaba por ellos. El servicio lo había solicitado la agencia de viajes. Tenía órdenes de llevarlos, sin demoras, al Hotel Nacional.
No; no era un sueño. Habían emergido, por fin, de aquella pesadilla. Dieron un portazo al viejo Opel bien conservado, que servía de taxi, después de unos veinte años de uso, y ya distendidos, ocuparon el asiento trasero, dispuestos a disfrutar cada uno junto a una ventana, de la primera impresión de la ciudad. Se abría ante ellos como la hilera de palmeras que, agitadas, parecían saludar a su paso.
Sin acuerdo previo, ninguno de las dos refirió el incidente, una vez dentro del carro. Gloria lucía, al contrario, entusiasmada con la idea de aprovechar la mañana libre para conocer los alrededores del Hotel Nacional y caminar a lo largo del malecón que se ofrecía muy hermoso en la fotografía del folleto que, por un momento, estuvo hojeando antes de que Eduardo llamara su atención sobre los mensajes en las atractivas vallas. Abundaban tanto como las palmeras y ceibas que crecían innumerables, en algunas avenidas de aquella hermosa ciudad, cuyo color del cielo parecía haberse empozado o concentrado en las aguas del mar más azul que había visto y se atrevía a decir, tal vez, que verá en su vida. Y lo mostraba a Gloria que optaba, en efecto, como se lo solicitaba Eduardo, por guardar el folleto que la agencia de viajes en Valencia les había obsequiado cuando entregó los pasajes ya confirmados. ¿Qué empeño en ver ahora fotografías del malecón si, ahora, lo tenían, real e inconmovible como una inmensa roca frente al mar?
El chofer, entrenado para compartir con los turistas estas experiencias, aminoró la marcha sin que alguno de ellos se lo hubiese pedido. Eduardo se lo agradeció. Estaban a sólo cien metros del Hotel Nacional que, desde allí, lucía soberbio, montada su estructura sobre un terraplén, una roca enorme que elevaban sus torres al cielo, frente a la valla gigantesca que parecía emerger de las olas. Gloria extrajo la camarita fotográfica y se la pasó a Eduardo, incitándolo, de esa manera, a tomar las primeras fotografías. Ahora, se preparaba para iniciar el registro de algunas imágenes eternizadas, pozo de luz, rendija que se abría en el mar agitado para ellos, el aletazo a ras de agua, a ras de quemadura, la fuerza de un momento, el golpe de una ola atrapado en un pequeño cartón que, algún día, amarillearía y se conservaría en el recuerdo vivo, cada vez que abrieran el álbum y se descubriesen más jóvenes o pudiesen leer, de nuevo, el mensaje escrito en la gran valla y en la fotografía que, ojalá, haya quedado nítidamente registrado para que releyeran su texto las veces que deseasen:
“Venezuela no estará sola como lo estuvo Cuba”

Gloria me lo había señalado. Casi lleva mi mano a disparar la fotografía. La veía contenta. Me hacía feliz saber que había olvidado el incidente vivido y que no lo recordaríamos sino, quizá, el resto del día, me dije mientras trataba de tomar las primeras imágenes de las gentes agolpadas en el malecón con ganas de permanecer allí unos momentos, quizá horas, menos de lo que durarán en la fotografía que les tomo, sin que, al principio, lo advirtiesen sobre todo los niños, atentos al momento en que descendimos del auto. Corrieron detrás de la máquina, para ofrecer, en venta, unos caracoles, unos bellos guijarros o sonreír, mientras atrapo su risa en mi cámara, el mensaje de otra valla detrás El camino de la revolución es un jardín de rosas, pero, también, de manos enlazadas y de espinas. La sonrisa espontánea y fresca del niño que parecía ser el guía del grupo, nos seguía, casi pidiéndole al chofer que detuviese el auto, mientras Gloria hurgaba en su cartera tratando de hallar unos caramelos, una cajita de chicles para complacer el pedido de los niños. La veo en su afán, mientras disparo la cámara y capturo la segunda, tercera, cuarta imagen, qué importa cuántas lleve. El niño, que parecía el líder de todos, se colocó frente a la cámara; al fondo, el mar, el texto de otra valla: Cuba se alza en cada gota de agua de este mar cada amanecer, las manos elevan fusiles y rosas y el niño muestra su puñado de caracoles, su sonrisa. Gloria se enternece y le da unos cuantos caramelos, mientras el chofer se ríe de la ocurrencia de los niños. Pero nos mira atentos a través del retrovisor, aunque se comporta con amabilidad y nos pregunta por la marcha del gobierno de Carlos Andrés Pérez a quien, también, considera un revolucionario, amigo de la revolución cubana. Remarca sus palabras, quizá en busca de una respuesta nuestra. Preferimos callar y seguir atentos al niño de los caracoles, a sus compañeritos que lo siguen y a las muchas parejas que, sentadas en el malecón, esperan un barco, una carta, o quizá nada, sino una nueva imagen del mar, contemplar el aletear de pájaros marinos o los niños que se zambullían en busca de piedras, erizos o monedas.
Me sentía complacido, feliz de ver a Gloria tan contenta. Habíamos olvidado el mal rato que acabábamos de pasar: el mar y los niños habían logrado el milagro. Ella se arrimaba a la ventanilla en busca, quizá, de un mejor ángulo. Le entregué la cámara. Llegó un momento en que preferí vivir la emoción y, después, evocarla, transformarla en otro ángulo. El chofer, acaso porque adivinó mi pensamiento, orilló el auto. Sin pensarlo más, descendí del auto y lo más que pude, me arrimé a la baranda del malecón. Le volví a quitar la cámara a Gloria, quien también descendió y respiró hondo en un intento de aspirar el perfume marino. Los niños, que los habían estado siguiendo, alzaron un plato lleno de peces recién pescados, semillas, boniatos y malangas. Se les acercaron manifestando el deseo de ser fotografiados —pensó Eduardo mientras se quedó observando las piernas llenas de rasguños en casi todos ellos. Quien parecía ser el líder del grupo sonrió plácidamente.
-Hola ¿cómo te llamas?
-Adinay. Y mis amigos se llaman Lucrecio y Daniel, el único penoso del grupo. Nosotros le decimos El mudo -añadió mientras no perdía de vista a Gloria, pensando en que les daría más chicles o lápices.
—¿Ah sí? A que lo hago hablar; apuesto a que lo hago hablar.
Eduardo se secreteó con Gloria. Enseguida, le entregó un par de bolígrafos nuevos de entre las decenas que habían traído para repartir, advertidos como fueron por Carmen Irene, una semana antes del viaje, que a los niños cubanos les gustaba recibir caramelos y necesitaban bolígrafos, lápices de cualquier tipo y, si era posible, crema dental y jabones, muy escasos en la isla debido al férreo bloqueo comercial impuesto por los Estados Unidos, después de que Fidel anunció ante la multitudinaria concentración, hacía unos doce años ya (pero decía Carmen Irene que todavía se le enervaba la piel al recordar aquella escena), que Cuba era libre desde el momento de arranque de la revolución. Uno de los pequeños jabones que traía Gloria en su cartera (pues los demás venían en la maleta), fue a parar a las manos de Daniel, llamado El mudo, quien no sólo dio las gracias sino que salió corriendo con el trofeo en sus manos, muy apretado el jabón mientras, descalzo, ajeno al calor del asfalto, o tras la emoción, parecía no sentir el calor. Estaba acostumbrado quizá. Una y tres veces, volteaba a mirar el grupo, para asegurarse de que ninguno de los niños lo seguían y tener la certeza de que volvería con un gran regalo sorpresa para su mamá y ya estaría justificada sus dos horas por el malecón, antes de vestir, con rapidez, el uniforme, saborear el plato de frijoles y la media taza de arroz que le correspondía como ración en aquel mediodía.
Daniel se perdió de vista al doblar frente al Hotel Deauville. Sus compañeros, ya con golosinas y el resto de bolígrafos en las manos, bien seguros los platos llenos de peces y boniatos con que retornarían a sus casas después de concluir su sesión de fotos para aquella pareja. Parecían no tener prisa en llegar a su hotel. Hasta el chofer, despreocupado, prefería hojear su ejemplar de Granma, antes que tomar más sol de la cuenta. Pues el día apenas si empezaba para él. Tan pronto los dejara a las puertas del Hotel Nacional, una vez que bajara sus maletas y se hubiesen perdido entre los ascensores él tendría que acudir al control de Seguridad del Hotel. Informaría a la Aduana que los controles allí no funcionaban a la perfección. Porque, de otra manera no se explicaba cómo no detectaron los jabones y bolígrafos, pensó mientras fingía que estaba interesado en ese reportaje especial sobre el significado, alcance y vigencia de los Comités de Defensa de la Revolución, que ocupaba las páginas centrales, redactado precisamente por su amiga, la periodista Saelia Flores, una camarada que trabajó más de un año en la Sierra junto con Fidel, tomando nota de todos los planes del Comandante, soportando frío, durmiendo sobre piedras en improvisadas chozas construidas con enormes hojas de los grandes helechos. Una muestra de ellos, según le contó la propia Saelia, emocionada, casi al borde de las lágrimas, había hecho sembrar al Comandante en el Palacio de la Revolución. No por capricho, subrayaba ella, sino para tener, en aquel vivero, parte de la Sierra Maestra en El Palacio y jugar a que, así como él movía las hojas del periódico dentro del auto para no perder ninguno de sus movimientos y reportar cualquier acción sospechosa, tan pronto rindiese su informe, el sol vetea y deja discernir, entre el juego de matices de la luz y sombra, qué es lo verdadero; qué me imagino yo; qué resulta cierto. Porque quien quita y sean inocentes, pensé pero le repito, Agente Rosa Gutiérrez, que dejo de llamarme Juan Benítez, algo se trae esa pareja con su insistencia en tomar fotografías a los niños. Le digo que yo recomendaría incautar el rollo de la cámara y aplicar la receta de siempre: dejar un rollo virgen en su sitio. Se trata de una Instamatic. Resulta mucho más fácil. No sé cómo resultó la operación en el aeropuerto. Pero nos encontramos ante un caso especial. No sé si usted misma pasará el reporte a la jefa de las guías. Que se mantengan atentas a los movimientos, pensaba Juan, el chofer, mientras fingía que leía el Granma. En efecto, movía las hojas del periódico y evocaba el cuento de Saelia, el dibujo del sol que se filtraba entre las hojas y formaba, en el suelo, siluetas y figuras que invitaban a seguir el juego de la luz sobre los cuerpos.
Juan alzó la vista y vio que otro grupo de niños, inocentes a su juego, se acercaban a la pareja y pedían ser fotografiados. Pero, también, habían traído caracoles, piedras y unas tortuguitas llamadas jicoteas por los cubanos, semejantes a las ofrecidas por el niño que nos abordó minutos antes de pasar a la Aduana, en Maiquetía. Sólo que éstas parecían más acabadas o resultaban mucho más artísticas, aclaró Eduardo cuando tomé una en mis manos y se la mostré, tratando de que adivinara lo que deseaba comunicar, sin hablar mucho, ni habernos puesto de acuerdo previamente. Efectuamos pocos comentarios dentro del auto, y ninguno relacionado con la experiencia de la Aduana.
Miré hacia el Hotel; lo vi imponente, digno realmente de una fotografía. Clavado en la roca gigantesca que parecía servirle de sostén. Observé que el chofer, tan despreocupado como nosotros en llegar allí, casi se había hundido en el periódico. Acaso se olvidó de nosotros, pensé mientras volvía a detallar la jicotea ofrecida por el niño que dijo llamarse Adinay, que era hijo de santeros, remarcando, así, el comentario anterior de Eduardo respecto a la diferencia entre las dos jicoteas y si me lo llevaba, me aclaró Adinay, me convertía en poseedora de un pequeño Elegguá, el niño revoltoso del panteón Yoruba. Le di al niño los caramelos que me quedaban. Un bolígrafo y un jaboncito. Él me entregó el pequeño Elegguá quien también pareció agradecerme que lo llevara conmigo al Hotel, “le ofrenda cositas jugueticos, un caramelito de miel”, me había indicado el niño al tiempo que me quedaba con la idea fija del comentario realizado por Eduardo, dos minutos antes, y creí adivinar rasgos de Adinay en la cara dulce de aquella jicotea que, de ahora en adelante, se convertiría en mi compañera, o, mejor, en otro compañero. Pues si se trataba de una representación de Elegguá debía hablar de niño, parecían responder a coro las olas que, armoniosamente, golpeaban contra el malecón; golpeaban y se retiraban para volver a chocar enseguida, sin que hubiésemos tenido tiempo de ver a unos cuantos cangrejos caminando rápidamente sobre las rocas, buscando un escondite entre las piedras recién humedecidas, vueltas a humedecer, cuando apenas, en el retorno, los cangrejos habían tenido tiempo de reanudar su frenético avance hacia algún escondite.
Gloria se encaramó sobre uno de los bancos para tomar el mejor ángulo de aquel hermoso terraplén sobre el cual se erigía el Hotel que fotografiamos, antes de registrarnos. Quedamos un rato no sólo ante los cangrejos, sino, también, ante la imagen de las arañas que, afanosas, buscaban su escondite. Gloria se bajó del banco y nos despedimos de los niños. Antes de llegar al carro, le hice, con disimulo, una señal a ella para que se fijara en la torpeza del chofer que fingía ignorar nuestros movimientos, hundido, supuestamente, en la lectura del periódico: lo bajaba cada vez que deseaba seguirnos desde su asiento, aparentemente ajeno a nuestra conversación. Ella no comentó nada. Nos sonreímos mientras entrábamos al auto y nos despedíamos de los niños, agitando las manos.
Subimos la escalera de entrada al hotel, guiados por un joven empleado, muy amable, quien nos condujo, entre bellísimos y enormes arreglos florales, a uno y otro lado del amplísimo lobby, hasta la oficina de recepción. Me cercioré de que la maleta hubiese sido sacada del taxi; cancelé al taxista y di media vuelta para unirme a mi esposa que me aguardaba para llenar la respectiva planilla de entrada.
-Bienvenido compañero Eduardo; lo estábamos esperando para anunciar el programa de los tres primeros días. Porque existen algunos cambios en el itinerario. Se produjeron a última hora y es bueno que los conozcan todos antes de tomar la mañana libre, pues la excursión inicial, la vista panorámica de la ciudad de La Habana, fue movida para las dos de la tarde. No se cumplirá a las diez de la mañana como fue prevista al comienzo. El cambio en el programa se originó por el retraso en la salida del avión en Maiquetía -explicó una joven, quien se identificó con el nombre de Iroelia, e informó que fungiría, en compañía de otra de nombre Carmen Luisa, como guía del grupo durante todas las salidas y viajes incluidos dentro del paquete turístico.
Cuando llenaba la tarjeta de ingreso y preguntó a Gloria por el pasaporte, ambos cayeron en cuenta de que no los llevaban con ellos. Se puso nervioso pensando que los habían dejado dentro del taxi o se cayeron mientras Gloria repartía bolígrafos, jabones y caramelos a los niños. Sudando copiosamente, se dirigió a la entrada. Quería informar a Iroelia, la guía del grupo que, extrañamente, no llevaba consigo el pasaporte. Le pidió, por favor, que llamase, por radio, al taxista que los recogió en el aeropuerto. Iroelia sonrió y, amablemente, le dio una palmadita en el hombro.
-No se preocupe, compañero, ya fui reportada de que su pasaporte y el de su señora, llegarán más tarde. Recuerde que ustedes demoraron un poco para salir de la aduana.
-No entiendo nada. Se quedan con los regalos y con los pasaportes. Pero no me notificaron nada. No que yo recuerde.
-Cálmese compañerito. Seguramente por el apuro suyo en salir no lo advirtieron. Sus pasaportes están en buenas manos. Peor hubiese sido que los hubieran extraviado. Ni siquiera se habían dado cuenta de que no los llevaban . Pero no coja lucha; suba al cuarto, deje sus maletas que lo estaré esperando con el mismo cariño. Usted llegó a La Habana; vino a disfrutar y para recorrer la ciudad de punta a punta. Lo único que usted necesita llevar adonde vaya es la tarjeta de huésped del Hotel Nacional, que acaba de recibir y espero no extravíe -añadió la guía, mientras lo acompañaba de nuevo hasta el mostrador para que terminase de llenar los datos de su registro y entrada al hotel.

Mientras Eduardo terminaba de completar los datos, su esposa se sentó en el sofá, frente al ascensor de donde nunca terminaban de salir y entrar decenas de personas. Extrajo un cigarrillo y lo encendió con toda calma. Su Elegguá, al fondo de la cartera, la observaba y revolvía algunos papelitos que ella guardaba, envoltorios de caramelos cuyos diseños le gustaban, una diminuta pasta dental que más bien parecía algún regalo para él mismo, cosa de niños, era una leyenda, puro cuento que inventaba la gente acerca de que yo, Elegguá, me pongo celoso de los niños, si son niños como estos dos que ya estaban en casa mucho antes de que yo entre en la suya cuando viaje con Gloria y ella decida colocarme en el piso o en alguna repisa. Ya la veo llegando y abrazando a esta preciosura de niños sus hijos en la foto junto al padre que los volvió a guardar muy cerca de mí, casi al lado mío, mientras sigue fumando con mucha calma, y yo me acurruco al fondo de su cartera revolviendo papeles y monedas, lápices labiales y espejitos, semejantes a ella y bien distinto a él que no ha parado de ir de un lado a otro. Ya a punto de encender su segundo cigarro se levantó cuando Eduardo terminó de llenar la hoja y recibió las llaves de la habitación. Deseosa de olvidar todo el mal rato de la Aduana que si lo trajo a su memoria había sido causado por el asunto de los pasaportes, se acercó a uno de aquellos arreglos florales tan hermosos que parecían ser un asunto de sueño y de fantasía pensó ella, hechos con hojas de helechos muy gruesas, calas de un rojo muy intenso, orquídeas amarillas que nunca en su vida había contemplado con anterioridad y crisantemos muy blancos, marcando un contraste de colores. Ante la visión de dos abejas que revoloteaban en círculos en torno a las flores, Gloria se convenció de que se trataban de flores reales, naturales, y que no requería palparlas para gozar de su tersura. Como las abejas en busca de néctar, la seguía yo también, dando vueltas dentro de la cartera. Pero sin hacer mucho ruido, porque no quería ser advertido por ella antes de que me sacara de allí, de su cartera, si es que se decidía a hacerlo dentro de la habitación.
-“Mira qué bellas esas calas Eduardo, parecen de cera” —oía que le decía a Eduardo, que, por fin concluía sus asuntos con la recepción y así nos dejaba el campo limpio a los tres. Podríamos subir y arreglar las cosas antes de bajar nuevamente al lobby como indicó la guía…
-“Sí; muy hermosas. Estamos listos, por fin. Subamos a la habitación y arreglemos lo que podamos en diez minutos, pues esperan por nosotros”
Felices y seguros de estar solos en la amplia habitación que les fue asignada, se abrazaron y lloraron de felicidad después de la larga e intensa jornada vivida en la mañana.

Gloria se sentó en la cama y extrajo uno de los pequeños espejos de su cartera; a través del otro, yo la seguía, atento a sus movimientos, tierna como ella había sido conmigo desde que Adinay me la asignó en custodia, mientras Eduardo se dirigía al sanitario a orinar. Oyó cuando bajó la palanca; el agua hizo un ruido sordo o al menos así lo capté yo desde el fondo de la cartera, con mi espejito en la mano, atento a los movimientos de la pareja que se disponía a tomar de nuevo el elevador en el inicio de otra jornada, en la cual, en medio del sueño, estaré yo con ellos, ahora cuando a menos de dos kilómetros de acá el padrino Jesús Ortiz se prepara a recibirlos dentro de poco tiempo, aunque ninguno de los dos lo supiese todavía y siguiesen como sonámbulos, caminando al borde de un sueño, atentos al pozo creado por ellos desde los espejos.

 Las puertas ocultas (Bid & Co, 2011)

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Un Comentario a “Las puertas ocultas, de José Napoleón Oropeza”

  1. José Napoleón es un constructor de atmósferas y este fragmento de novela no es la excepción. Uno se siente oprimido, asfixiado realmente, durante ese tránsito. La ciudad es eludida porque presenta en primer plano lo que sienten, cómo se mueven, las personas.

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