Latidos de Caracas, de Gisela Kozak

17/ 04/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

latidos-caracasSarracena ha asumido que nada es posible sin un guión o al menos un buen escenario y una sencilla coreografía. Suele percibir el aroma del vivir verdadero con la ansiedad arteramente oculta de una fiera alerta y veloz, tensa por el olor de una presa difícil pero no imposible de alcanzar. Una congénita terquedad y muchos malos ejemplos, propios y ajenos, alimentan su disposición al combate:

—Estaré contenta a toda costa y que me perdonen los muertos de mi felicidad —comenta cada vez que puede, especialmente si se encuentra en tascas y restaurantes.

De tanto empecinamiento su meta se le ha convertido en límite entre la vida y la muerte, lo cual sería un detalle embarazoso si Sarracena tuviese impulsos suicidas. Su salud amenaza con resquebrajarse debido a tanto sobresalto y subversión, pero en amenazas queda todo porque la chica jamás se enferma. Persistencia tiene de sobra y una agridulce disposición al relajo, la creatividad instantánea, la imitación, el sabor narrativo y cinematográfico le ayudan en eso de procurar gozo en esta vida breve. Con cinismo diluido admite que sus esfuerzos tienen un toque de escepticismo, pero ni siquiera se preocupa por ello: decidió tiempo atrás que no volvería a aguarse o a aguarle la fiesta a nadie con reflexiones sobre la índole excrementicia de la existencia y otras honduras.

No son buenos tiempos para gente tan dispuesta; según la opinión más extendida, la felicidad es inalcanzable —perro feliz engorda y de nada se purga dicen los viejos sapientes— y de muy mal gusto en la dura década de los noventa pues, no cabe duda, ser feliz equivale a comer frente a los hambrientos. Mas poca urbanidad tiene Sarracena en este sentido. Le interesa el banquete: el público, las actividades excretoras posteriores y cualquier otro detalle la tienen muy sin cuidado.

Su pasión por los escenarios no se reduce a los espectáculos, a las tablas, pues más bien se trata de una inclinación irredenta por calles, edificaciones, urbes, inclinación relacionada, sin duda, con su profesión de arquitecta. Su simpatía por los buenos guiones la ha convertido en una fanática del cine y en una admiradora de las telenovelas brasileñas, algunas de las cuales ha visto con mayor o menor constancia las pocas veces que ha tenido oportunidad. En cuanto a movimientos y coreografías, baila salsa, escala cerros, se la pasa balanceándose en el transporte público y camina con pasos cuyo ritmo responde a los latidos de Caracas.

 

***

Andrés ha asumido que nada es posible sin un largo, previo silencio, un escuchar y un ceder paulatino y pensado. Terquedad, demasiada juventud, debilidad a consecuencia de un orgullo herido por penas tempranas son causas de su disposición a la lentitud, a la medida. Cierto toque de infelicidad atractiva envenena su hermosa apostura, su lozanía parece –a veces, sólo a veces— aburrirle, y sufre de una aguda ansia de ser —o, mejor dicho, de aparentar lo que quiere ser— en aras del estar en el mundo. Andrés es hombre de paradojas: qué ganas de vivir la acometida del temor, de plegarse a las coqueterías de lo desconocido, pero sin demasiados riesgos porque… qué va: Andrés es un joven universitario de clase media acomodada de los años noventa. Desea hacer videos, quiere hilvanar historias cuyo único hilo, cuya única mínima coherencia sea dada por el imperio de la música, de la analogía sin límites, de la sorpresa y el estallido de imágenes. Ayuda a su papá, que es publicista, y observa mucho y quiere aprender hasta lo inimaginable. Ha trabajado desde los quince años en toda suerte de empleos —museos, televisión, dar clases, tiendas de videos, guía turístico, mesonero— y tiene una vocación ecológica que lo llevó en una oportunidad a gritar de noche en el Páramo de la Culata en Mérida con el loable fin de aterrar a los campesinos. De tanto empecinamiento y de tanta, a veces muy contradictoria, vocación por la adultez, en un entorno de adolescentes treintones, sus diecinueve años podrían pasar, en ocasiones, por unos espléndidos veinticinco. Ha logrado, dado su peculiar estilo aliñado con un aire ensimismado, congregar a una joven corte a su alrededor, alentar una curiosidad excesiva y algo morbosa en su familia, y enloquecer a algunas chicas y hasta algún chico que no ha sido correspondido. Su ensimismamiento no es pose, es muy real, y sólo sale de tal estado para dirigir a otros, desatender a los que intentan aconsejarle algo y burlarse con mesura, o con escandalosa risa, de los demás. Buenos tiempos para los incrédulos en esta época escéptica, coronada por una minoría de hombres y mujeres bellos vestidos de ropajes oscuros, adornados con lentes de buena marca e inmersos en la tristeza sonriente.

La felicidad es poco elegante. Andrés es muy elegante. Alisa su cabello negro, corto y rizado, se goza en su firme musculatura y le agrada ser saludable y poseer, relativamente, buenos hábitos. El exceso y la altisonancia le son ajenos por temperamento, aunque a veces puede ser violento, y cercanos por ciertos gustos estéticos. Ama la pintura barroca española, el rock latinoamericano, la salsa, los poetas de la Generación “Beat” —Allen Ginsberg a la cabeza— y los efectos especiales de toda índole. Andrés acecha los días y apuesta a lo efímero con la herida abierta de los que sueñan muy temprano con lo permanente y no lo logran; pero esa herida se difumina tras su aire dominante, su voz para micrófono, su madurez algo precoz para su entorno.

 Latidos de Caracas, (Alfaguara, 2007)

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