Los incurables, de Federico Vegas

12/ 02/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Las voces y los demonios

Hasta ahora me siento como un escriba que convierte al lenguaje en escritura, palabra por palabra, tal como las voy escuchando. Cuando escucho las grabaciones y pienso en transcribir las ocurrencias de Hutchson, tengo que levantarme y dar una vuelta por mi estudio. Es como si alguien hubiera usurpado mi escritorio y tuviera que esperar a que se marche. Quisiera hacer algo totalmente distinto, partir de mis propias sorpresas y dudas, convertir a la escritura en un archipiélago donde pueda perderme, hundirme, tomar impulso en el fondo y salir a la superficie dando una bocanada y redescubriendo hasta el significado del aire. Es insoportable que la fantasía esté tan ausente de mi trabajo. Me dan bajas de ficción y busco dónde colar una dosis de imaginación, al punto de haber pensado en introducir virtudes y defectos en el entrevistado, una especie de contrabando, de adulteración.
Pero sería una traición poner palabras en su boca, inventarle más cuentos de los que ofrece y actitudes aun más estrambóticas. Hutchson debe ser y será sagrado, aunque confieso que tengo ganas de vengar todo lo que él disfruta provocándome, saturando y arrinconando mi capacidad de búsqueda y elucubración. No es fácil admitir que Reverón ya no es mi personaje principal sino un bastón para que Hutchson avance.
La otra tentación, más perniciosa, es convertir al entrevistador en el personaje de una novela, sustituirme, dejar de ser yo. Debo luchar contra este fetichismo del «transformismo», un buen término para mis ganas de actuar con la alegre versatilidad que dan los disfraces, los cambios de edad y de sexo, de apariencia y de alma. Mediante una nueva identidad quizás me será más fácil deslizarme desde el papel de entrevistador al de cronista, y luego ser crítico de arte y, un par de páginas más tarde, un historiador razonablemente profundo y acucioso. Puede que con un poco de concentración y suerte logre asumir diferentes roles, pero no por mucho tiempo, pues tarde o temprano se notará mi inconsistencia, o no seré incapaz de aguantar el peso de las apariencias.
El papel de un aplicado investigador que busca datos fidedignos sobre un pintor en viejos periódicos y revistas es el más alejado al personaje que me gustaría ser. Prefiero escuchar a Hutchson, semana tras semana, con la estrategia de «¡Que diga cuanto le provoque!». Los ensayos que se han escrito sobre Reverón me suenan cada vez más predecibles frente a las posibilidades que promete el escurridizo anfitrión de Sebucán. Pocos textos pueden competir con un testigo que ofrece extraordinarios secretos. Quizás sean solo egoístas introversiones, pero puedo grabarlas sin pensar mucho mientras hago respetuosas preguntas y avanzo por entre malcriadeces.
Debería preguntarle por su familia, por sus lecturas. Aunque a lo mejor no conviene hurgar mucho, ahora que lahistoria parece tener posibilidades de llegar a San Jorge y Castillete. Esa es, en definitiva, la justificación que me invento para entregarme a una tarea cada vez más pasiva e indolente.
Repaso la cuarta grabación y me avergüenza lo escuetas y timoratas que son mis preguntas. Debería aportar algo, ser más incisivo, dirigir los temas en una sola dirección, imponer un ritmo, hablarle de mí. Sospecho que para evitar esas imposiciones es que Hutchson me adoba y embriaga al comienzo de cada sesión. ¿Dónde se ha visto un desayuno rociado conun albariño casi helado?
Esta semana, durante el receso hasta el próximo miércoles, he pasado de Alfredo Boulton a Juan Calzadilla, quien se ha dedicado a recopilar todas las anécdotas y manifestaciones de Reverón en una trama continua, ingénita e inseparable, donde cada hebra de vida pueda concurrir en la comprensión de su pintura, tanto del personaje como de la persona.
Para Calzadilla todo es importante, tanto «la locura que padeció» como lo que Boulton detestaba y llamaba «las estrafalarias frases que pronunciaba», el «castillo fortificado» y las «banales anécdotas». Los cuentos de Reverón –que en el imaginario venezolano se acercan a los de Tío Tigre y Tío Conejo– están reunidos en el libro más entretenido y accesible de Calzadilla: Reverón, voces y demonios. Aparte de contar con la aprobación de Hutchson y María Elena Huizi, también es mi favorito por su tamaño. ¿Quién puede leer en la cama el libro de Boulton, o la edición gigantesca, y único catálogo razonado, que hizo el mismo Calzadilla con el editor Ernesto Armitano? En cambio, la pequeña edición de Monte Ávila es ideal para esa posición fetal de las lecturas amodorradas en los días de lluvia o de gripe.
Calzadilla recopila unas cien anécdotas sobre la vida del pintor que provienen de las más diversas fuentes y las va ofreciendo en una secuencia cronológica. Sus discretas intervenciones van hilando el anecdotario hasta convertirlo en un coro entonado y coherente. También están algunos de los pensamientos de Reverón (semejantes a los aforismos de Lichtenberg) y una brevísima biografía.
Comencé a leer Voces y demonios con fruición, aunque en la contraportada encontré un texto alarmante. Dice el presentador del libro, supongo que para invitarnos a comprarlo:

La locura del pintor venezolano Armando Reverón, que fue una manifestación de su carácter excéntrico y de una enfermedad mental auténtica, dio origen a infinidad de insólitas anécdotas. De ellas se ha valido Juan Calzadilla para tratar de encontrar las explicaciones que Reverón nunca quiso ofrecer en una teoría acerca de sus intensas experiencias con la luminosidad del trópico.

¡Qué colección de disparates! Nada bueno auguraba esa locura, una vez más presentada en cursivas. Además se pone la carga antes del burro al plantear que la locura es una manifestación de la excentricidad y, en la misma proporción, de una «enfermedad mental auténtica», en oposición a las enfermedades mentales inauténticas. Las posibles combinaciones de esta trilogía marean: era loco porque tenía un carácter excéntrico; era excéntrico porque estaba enfermo; estaba enfermo porque era un loco auténtico; era un auténtico excéntrico porque estaba auténticamente enfermo; tenía una enfermedad que generaba infinitas e insólitas anécdotas que explican con autenticidad tanto sus intensas experiencias como su loca falta de bases teóricas. Y eso que no incluyo aquí la variante «pintor», ni entramos a examinar ese «nunca quiso ofrecer» que suena tan mezquino.
En el prólogo hay también algo que no logro comprender. Calzadilla comienza proponiendo que para el artista la pintura no «estaba separada de lo que Reverón mismo era, lo que pensaba no era distinto de lo que sentía y lo que decía era consustancial con lo que sentía». Y partiendo de esta prodigiosa simultaneidad entre pintar, ser, pensar, el sentir y el decir del artista, Calzadilla nos plantea:

De aquí el error de la crítica al atribuirle un propósito de investigador. Reverón no cayó en esta forma de perversión de la modernidad. Se libró de ella cuando se estableció en un lugar solitario del litoral central de Venezuela. No hizo propuestas de su arte ni realizó investigaciones.

Dicho esto, Calzadilla habla del placer de Reverón al descubrir lo inédito y de cómo no lo satisfacía reiterar de obra en obra una determinada solución. Nos describe también su voluntad de cambio, sus críticas a los otros pintores por contentarse con alcanzar una fórmula, la frecuencia con que alteraba sus métodos, introducía variantes, empleaba nuevos materiales, enriquecía su técnica, cambiaba de soportes y de formatos. Termina diciendo que Reverón pocas veces habló de su obra, «esto no quiere decir que no pudiera explicarla o que no existiera en él una latente, aguda y mortificante predisposición al análisis».
¿Por qué entonces asumir que «no hizo propuestas de su arte ni realizó investigaciones»? ¿Por qué establecer que se liberó de la «perversión de la modernidad» cuando se establece «en un lugar solitario del litoral central de Venezuela»?
Investigar tiene que ver con «vestigio», y vestigio con la huella del pie. Calzadilla nos propone que los cuadros están llenos de esas huellas y de la voluntad de ir asimilando sus propios vestigios a lo que está por hacer. ¿Por qué negarle la actividad que requiere de más cordura: la de observar sus propios rastros y buscar en ellos una nueva dirección? Tengo que conversar con Calzadilla sobre esta contradicción, la cual quizás radique en una lectura equivocada de su texto. Algo habrá que no estoy entendiendo.
En la recopilación de proverbios que nos ofrece Voces y demonios, aparecen varias frases de Reverón que señalan su compromiso con su voluntad de cambio: «Una vez que se empieza hay que seguir haciéndolo. Un cuadro no se termina nunca», «Hay que descomponer. Cuando el cuadro no sale por un lado, sale por el otro», «La pintura es un constante ensayar», «La luz, ¡qué cosa tan seria es la luz! ¿Cómo podemos conquistarla? Yo lo he intentado. Y esa ha sido mi lucha». Armando no habla de lograr, de vencer, sino de intentar, deluchar, de un proceso que requiere de una ardiente y continua exploración. Hay incluso una frase donde Reverón se plantea la separación entre el pensamiento y el acto de pintar: «…existen las ideas que se agolpan en la mente, dificultando la concentración del pensamiento y es preciso ponerles una valla para que no se desborden».
A continuación Calzadilla nos propone algo que quiero creer y asumir: el anecdotario, «oscuro bajo su apariencia festiva», a veces «pícaro», que él recogió para este libro, nos va a ayudar «a comprender como totalidad el universo de Reverón. Allí está el empleo constante de metáforas, el tono fabulario, su poesía, el gusto del absurdo y el humor, sus juegos y excentricidades, gestos y conversaciones». También nos advierte Calzadilla que estas anécdotas han sido tratadas por la crítica, «que se dice seria» (¿habrá una que se dice cómica?), como pruebas de la locura de Reverón o de sus artimañas para divertir o espantar visitantes. «En ambos casos se pretende separar los cuentos de las obras, su locura de su genialidad. Para unos era un payaso, para otros un esquizofrénico con el que había que lidiar; muy pocos asumen el reto de su cordura».
Calzadilla nos invita a integrar todas estas facetas, tal como hicieron los amigos que lo visitaban por el puro placer de estar con él. Y ciertamente su labor de recopilador lo convierte en uno de los más amorosos visitantes a la cosmología del pintor.
Gracias a esas Voces y demonios y su capacidad de convocatoria e integración, he decidido no preocuparme por el camino que quiera tomar Hutchson a través de sus elegantes embestidas e inesperados desvaríos. ¿Qué tan disgregadora puede ser la historia de sus partidas y regresos a Venezuela, si en cada entrevista me concede algo genuino sobre la vida de Armando? Sus sinuosos parlamentos merecen atención y debo jugar unas cuantas fichas más a la oferta de recuerdos inéditos que me está ofreciendo.
Además, debo reconocer que no es una apuesta tan costosa. Sonrío al pensar que enfrento un «trilema». ¿Será que he comenzado a interesarme en la vida de José Rafael Hutchson? ¿Será el peaje que estoy dispuesto a pagar por llegar al meollo de Reverón, o me estoy engolosinando con los suculentos desayunos en Sebucán?
No debo preocuparme, pues estas no son alternativas excluyentes sino una variopinta tentación. Por eso acudo a una nueva cita el miércoles en la mañana sin haber comido nada la noche anterior, y así complacer al incontinente Hutchson con abundantes repeticiones.

Los incurables (Alfa, 2012)

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