Mamá soñó que morías, de Arnoldo Rosas

05/ 08/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado
puerto maderaMamá, siempre agorera, con sus mariposas negras, sus espectros desandando los pasos, sus ánimas benditas del purgatorio, su Corazón de Jesús; amanece diciendo que anoche soñó que morías.

Una muerte azul, acuática, olorosa a musgos y salitre.

Te veo, como a diario, en el viejo muelle de madera: tablas traidoras, crujientes, resbaladizas. Quizá un mal paso, pienso. Pero tú nadas como un pez, que para eso bien vale la pena haber sido niño en el puerto.

El café aroma la casa y, en la cocina, mamá con su tristeza: Que pobrecito. Que tan bueno. Que tan joven. Que con tanto por hacer… Pero la vida es así.

Sus ojos se van tras los recuerdos y, como siempre que te nombra, el ciclón aparece.

Llueve y todo está oscuro. Los truenos retumban y los relámpagos encandilan. El viento estremece los árboles, las tejas, las puertas, todo.

Las mujeres rezando padrenuestros, avemarías, glorias…

Los hombres tensos, preparados para cualquier cosa…

Y la noche que no termina. Y la lluvia que no escampa. Y el viento que no cesa. Y el terror…

Saltas de la silla enfurecido y maldices para que todo concluya.

Y concluye.

El viento amaina. Apenas garúa. Amanece…

Al día siguiente te vas: No quieres estar aquí cuando el viento se lleve a este pueblo.

Habrá quien te recuerde con el traje de dril blanco caminando entre los escombros, entre las algas marrones de la playa, sobre las maderas jóvenes del muelle.

Habrá quien te habrá visto conversando con el capitán de la “Firma de Dios”.

Habrá alguno que te dio la despedida y te encomendó al Cristo del Buen Viaje.

En la lejanía no sabes de la desmemoria del abuelo, de cómo fue desconociendo hasta que olvidó el habla, cómo se camina, cuando ir al baño, respirar…

No supiste de los amigos que se fueron a buscar perlas al medio-oriente, ni de la soledad de sus familias, ni del trabajo que pasaron.

No tuviste noticias de tantas lágrimas, de tantas penas y velorios…

Y, en todas, mamá que siente al fantasma del Tirano galopando por la casa, que sueña con sus muertos que le avisan, que ve pájaros negros entrando a los cuartos…

De ti, a veces se supo.

Elías llegó ayer y dice que te vio una noche en un bar, con una corbata florida, un sombrero azul marino, y una mujer de esas… Que no lo saludaste, dice.

Una foto tuya, en un periódico de la capital, rodeado de las grandes figuras del espectáculo y de las letras, ninguna leyenda aclaratoria.

Jesús Alberto que escuchó tu nombre en los créditos de una radionovela…

Tan sólo eso, en quince años…

Y tu regreso.

Engarrotado, tullido, como una momia de Paracas.

Mamá gime, lavando los platos y tazas del desayuno: Ahora se nos volverá a ir, para siempre, entre limos y algas, tal vez…

Un mal extraño, dijeron.

Un montón de inyecciones de colores diversos a cada hora para paliar el dolor.

Ejercicios complejos, entre poleas y mecates, para desatrofiar músculos y reaprender movimientos…

Y, después, más adelante, casi al año, la playa, que no hay como nadar para tonificar el cuerpo y el espíritu.

Del pasado, ni palabra: Lo que fue, fue.

Mamá barre la casa y reza. Sabe que es en vano. Sus sueños son inequívocos, exactos, determinantes, insoslayables…

Sano otra vez, vital y voluntarioso, medalaganario como siempre, sorprendiste a todos quedándote a cuidar sobrinos…

Y se agradece…

Un paseo diario, madrugador, por el viejo muelle, para ver llegar la pesca y respirar, sabroso, los aromas del mar…

Un libro, después de una ducha y un café, te transporta hasta el almuerzo, con nuestra llegada de la escuela, llenos de tareas para consultarte, que nadie sabe dónde aprendiste tanto de tantas cosas…

Una silla de lona por las tardes en la acera, bajo el alero de la casa, huyéndole al calor, contándonos cuentos colorados y burlándote de los que pasan…

Y la noche, por fin la noche, con nuestro círculo de lectura con Salgari, Dumas, Verne como contertulios…

Y, un hasta mañana, que queremos quedarnos pero hay que dormir…

Mamá tiende las camas y ordena los cuartos angustiada, que no ha regresado y ya debería estar aquí, y San Judas Tadeo, Abogado de lo Imposible, que llegue, y Virgen del Valle, protégelo, y Santa María siempre virgen…

Apareces, regresando de la playa, de tu paseo diario por el muelle, y un suspiro de alivio se nos escapa.

Mamá no espera para contarte su sueño.

Escuchas con paciencia.

Siempre habrá un mar en mi memoria, dices. Un mar de azules múltiples e infinitos. Un mar de sentimientos indescifrables, con gestos nobles y traicioneros. Un mar para el trabajo, la alegría, el miedo. Un mar…

Me alegra terminar allí, concluyes. Y te sirves un café en la cocina antes de ir a bañarte.

Nos harás falta.

Los domingos, con mamá, llevaremos flores al cementerio y, quizá, de vez en cuando, rocíe tu tumba con gotas de mar…

Por ahora, en la ducha, el agua corre, corre, corre…

Del libro: Sembré los muertos (Suburbano Ediciones, 2013)

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