Nube de polvo, de Krina Ber

25/ 07/ 2016 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Nube de polvoSu compañía volvía mi vida superficial y cómoda de llevar, porque él era así. Parecía haber olvidado por completo tanto nuestro beso de anoche como su explosión de rabia de esta mañana, y yo, que no había olvidado nada, le envidiaba casi esa facilidad con la que dejaba que la vida resbalara sobre su piel sin afectarlo demasiado. Fuimos a dar un paseo por el malecón, luego nos metimos en el salón de video y le gané por tres veces seguidas en Packman, el muñequito amarillo de boca grande, voraz, que se lo tragaba todo. En otros juegos estábamos a mano, menos en el flipper. Ah, en el flipper era imbatible, diabólico: la pelota parecía embrujada, volaba, sonaba, tocaba las campanitas, bajaba y subía, y cada vez, cuando ya estaba a punto de perderse, un golpe certero la enviaba de nuevo a bailar. Yo miraba a Jorge: su franela blanca brillando en la penumbra, la nuez que destacaba en el cuello joven, los músculos de los antebrazos atentos a los controles, todo él agazapado encima de la máquina como un felino grande concentrado en su presa. Era irresistible, su tensa inmovilidad se acoplaba en una simbiosis perfecta con el heavy de Scorpio’s que atronaba en el local. Dos chicas mayores que yo, que llevaban minifaldas muy cortas y los ojos muy maquillados, merodeaban en los alrededores, tan interesadas en su técnica que so pretexto de ver mejor se agachaban también apoyando casi las tetas sobre la superficie de vidrio, pero Jorge, poseído temporalmente por el demonio del flipper, si hubiera notado a cualquiera de ellas era para decirle: permiso, tesoro, que me estás tapando el juego. No sé por qué sucumbí a un impulso primigenio de marcar el territorio: me le acerqué por detrás, le rodeé la cintura con los brazos y apoyé mi cara en su espalda. Fue un grave error. Dio un respingo que le hizo aflojar la atención por una fracción de segundo, ínfima y no obstante suficiente para que la pelota se le escurriera sin remedio hacia una de las ranuras laterales.

Le descargó un puñetazo a la máquina y juró feísimo. El chorro de puntos se inmovilizó sobre la pantalla en un score increíblemente alto, sin embargo no era suficiente para él, que estaba de suerte y podía haber llegado a mucho más. Se volteó irritado, liberándose de mis brazos con un manotón.

—Me hiciste perder el juego.

Un salvaje encono refulgió por un instante en sus ojos. Me asusté: estaba demasiado furioso por tan poca cosa.

—Lo siento —dije—. De veras, lo siento. No fue mi intención interrumpirte.

—Ya te he dicho que no juegues conmigo.

Okey, dije. Okey. Caminaba hacia mí, amenazante, y yo retrocedía hasta que mi espalda tocó la gruesa columna atravesada en medio de la sala; él siguió avanzando, me empujó con brutalidad, me aplastó con todo el cuerpo contra la superficie de concreto y, como era más alto que yo, sentí la dureza de su sexo presionando contra mi vientre. Por un instante vi la expresión de sus ojos. La música se congeló en una nota aguda, estridente, y mis piernas flaquearon.

—Ya te dije: no te atrevas a tocarme, ¿oíste?

—Jorge…

—Déjame en paz. ¿Okey?

Okey, creí haber repetido pero ningún sonido salió de mi garganta y él ya se había alejado, dejándome desfallecida como una muñeca de trapo contra la columna. Asestó un golpe al aire en un gesto de irritada impaciencia y volvió a la tabla del flipper.

—¿Es tu hermanita? —preguntó solícita la más tetuda de las dos cuaimas.

—Algo así —gruñó.

—Me llamo Soraya —dijo ella—. Como la emperatriz.

—Qué nota, ¿no? Yo soy Jorge, como el emperador.

Ellas no preguntaron, cuál.

—Qué pena que te haya interrumpido, Jorge. Tú juegas super. Nunca había visto un score tan alto.

—No sabes nada de mi score, mamita —afirmó con su mejor sonrisa ladeada. Y ante mis ojos pasmados de asombro no exento de admiración me demostró que no le hacía falta nada más que eso para poner el brazo alrededor de los hombros de la chica y estrecharla un poco mientras le decía algo directamente en la oreja y ella se reía, complaciente —su amiga, la que dijo llamarse Rita o Riva, se reía también—; luego, sin que dejaran de reírse, era la emperatriz de pacotilla esa la que le susurraba algo al oído y, antes de que pudiera preguntarme cuál era el secreto, él ya la estaba besando en la boca, largamente y con una golosa crueldad que sentí en cada fibra de mi cuerpo, porque no me cabía duda de que se dirigía a mí.

No se alejaron más, ninguna de las dos, cuando soltó a Soraya, toda risitas, y volvió a iniciar otro juego de flipper. No me moví de la columna observando como en un sueño el resto de aquella escena que culminó con el score definitivo de él y el aplauso de ellas y en una breve conversación seguida de un intercambio de números de teléfono y promesas de volver a verse, ahí mismo, tal vez esa misma noche o mañana domingo, pues por ahora él alegaba alguna vaga obligación que aunque no me hubiese mirado ni una sola vez se entendía que se relacionaba con mi nuevo papel de hermanita o algo así; y no me importó que me tratara con esa exagerada frialdad ni que hiciera lo que quisiese con Soraya o con las dos más tarde, porque yo había recibido un mensaje opuesto al que se empeñaba en transmitirme y sabía que, aunque no me sería fácil reconquistarlo, Jorge Barbosa estaba loco por mí y que el beso que nos habíamos dado anoche lo seguía atormentando.

El regalo esperaba aún con su papel intacto y el lazo amarrado.

Aunque probablemente mis ilusiones no tenían mucho que ver con la realidad. De pronto pareció cambiar de idea, cuchicheó un rato con las dos bellezas locales y se acercó a mí con algo brillante en la mano. Reconocí el llavero de nuestro jeep.

—Llévatelo. ¿Te importa?

—No me importa. De todas formas debo ir a casa para seguir empacando.

—Eso es, Vilma: empaca.

—¿Y tú?

—No te preocupes por mí. Ya tengo quien me dé la cola más tarde—. Me guiñó el ojo y me tendió su sonrisa cual blanquísimo puente de camaradería que me anulaba para siempre como objeto de deseo—. Hay una rumba aquí esta noche. Me vendrá bien… Tú eres una gran persona, Vilma, pero poco divertida, disculpa que te lo diga.

Parecía imposible que con todas las pérdidas que me estaban rompiendo el alma todavía quedara espacio para que se colara entre ellas el dardo de ese dolorcito conocido del año anterior, avisándome que, si no me cuidaba, también la sonrisa ladeada de Jorge podría convertirse en otra larga tortura que yo no necesitaba en absoluto. Lo malo de esos avisos es que generalmente vienen demasiado tarde, como en aquel momento, cuando en vez de cuidarme, en vez de retirarme con dignidad o al menos no abrir la boca, lo miré con una súplica degradante, que desde luego sólo podía empeorar las cosas.

—Pensé que vendrías para ayudarme.

—Ya no me necesitas —afirmó, como quien dice haber cumplido con su parte.

—Sí te necesito —admití bajando la voz y humillándome aún más. Jorge no había olvidado el beso de anoche, podría jurarlo, estaba allí, como una grieta en la helada negrura de su mirada, pero nada iba a ser fácil: estaba determinado a hacerme arrastrar a sus pies y a lamer el polvo. Por un momento de locura estaba dispuesta a eso y a mucho más, a hacer lo que fuera para recuperarlo y, sin embargo, por más que me horrorizara mi falta de orgullo, vislumbré ese nuevo sufrimiento como una cuerda de salvación, porque era sano y normal, y más normal aún sería que me enamorara bien feo de Jorge Barbosa hasta curarme de esa enfermedad vergonzosa y terrible que me hacía sentir celos de Yurama y cosas impensables hacia mi propio padre que ya tenía canas y las carnes algo descolgadas de quien no hace deportes, y de puro viejo no veía sin lentes.

Volví a pensar en mi padre, en la traición de mi padre y me sentí morir, otra vez. Y entonces quise suplicar a Jorge, abalanzarme sobre él y dejar que me humillara y me rechazara en público tantas veces como le diera la gana hasta resarcirse, pero él me cortó el intento con un razonamiento neutro e irrefutable: de todas formas, tienes que darle las llaves a tu madrastra, (y ¡dale con la madrastra!) lo que era cierto, y no había pensado en ello.

 

Nube de polvo (Editorial Equinoccio, 2015)

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