Nuestros diez amigos muertos, de Pierre Silva

07/ 01/ 2020 | Categorías: Cuentos, Destacado, Uncategorized

A Lucio Herrera
In Memoriam

“Hay algo terrible y al mismo tiempo privilegiado en manejar las coordenadas del final”
—Rodrigo Fresá

10

Leo Oedipus, de 32 años, apuñaló a su mamá hasta la muerte una tarde de diciembre en el apartamento que ambos compartían. Alarmada por los gritos, la conserje llamó a la policía y estos llegaron al cabo de dos horas. Interrogaron a Leo –cuyas lágrimas enjugaban la sangre que todavía salpicaba su rostro– y le propusieron un acuerdo millonario que no pudo saldar. No pasó una hora en Las Celdas antes de que los demás convictos descuartizaran su cuerpo con un serrucho oxidado.

9

David D´Marco, 25 años, decidió que el mejor modo de dejar de fumar hierba consistía en fumar toda la hierba posible hasta procurarse una intoxicación (una tan agresiva y traumática que lograra por fin alejarlo del vicio). De este modo, y siguiendo la lógica de su propio proceso, se fumó ocho porros de la peor hierba –la más negra, la más rancia, la más químicamente inmunda– en menos de una hora. Poco después de prender el noveno, D´Marco le dio apenas un par de caladas antes de dejarse caer inconsciente sobre su cama: PLAFFF: Zzzz… Zzzz…-Zzzz… Para el momento en que llegaron los bomberos, todo el edificio ardía en llamas.

8

Ariela Rosas, 14, conoció a un pavito* la primera vez que fue a una discoteca. Le aceptó un trago, bailó con él y –sintiéndose deseada y seducida por primera vez en su vida bajo el hipnótico neón de las luces estroboscópicas– accedió a acompañarlo a su camioneta. Dentro del vehículo, le hizo una mamada de veinte minutos sin lograr que eyaculase. Entonces, con la dicción completamente alcoholizada, el pavito le ordenó que se pusiera en cuatro. Ella se negó. Forcejearon, forcejearon, forcejearon hasta que logró subirle el vestido floreado y, antes de asfixiarlo, le preguntó a Ariel entre gritos por qué carajo llevaba tirro en la entrepierna.

7

Judas Chacón, 27, le dijo a todos sus amigos que, de resultar ganador el poemario que había escrito y enviado a cierto concurso literario, se “quitaría la vida” sin remordimientos y de una vez por todas. De cualquier forma, un día antes de dictarse el fallo –en el que, por supuesto, el libro de Judas no figuraba– un carro fuera de control lo arrolló mientras cruzaba la calle al final de la tarde y le trituró la espalda en más de cuarenta fracturas vertebrales.

6

Osvaldo Vera, 45, fue interceptado por un trío de niños proletarios en un callejón a oscuras. Ante la renuencia de Vera a darles limosna, los niños se le echaron encima: le descarnaron el rostro a arañazos, le arrancaron la yugular a dentelladas y le machacaron el cráneo contra el borde de la acera hasta que el manjar de sus sesos se derramó brillante sobre el pavimento.

5

Perséfone González, 20, consiguió su primer trabajo como stripper después de tres meses de haber migrado a este país. Aterrada por la necesidad de conservar su empleo vs. su torpe inexperiencia en los batitubos, González excedió triplemente su dosis de alprazolam minutos antes de salir al espectáculo. Todo marchó bien hasta que, aturdida por un público animalesco y sintiéndose cada vez más somnolienta, se supo a sí misma trepando el tubo de cabeza, incapaz de seguir sosteniendo su propio peso bajo los flashes de neón y –C-R-A-C-K– dejándose caer de cuello contra el piso de la pasarela.

4

Tadeo Donoso, 16, esperó a que sus padres salieran de viaje para gastarse en piolas* el dinero de su manutención. Se encerró en su cuarto, se tragó tres pepas y subió el acid house a todo volumen. Tras una semana de escándalo ininterrumpido, los vecinos derribaron la puerta del apartamento a patadas y descubrieron un nubarrón de moscas que entraba y salía de la boca azul del cadáver. (También encontraron entre sus cosas una novela de Irvine Welsh marcada a medio leer –aunque, dejémoslo claro, este detalle no tiene ninguna importancia).

3

Oriana Duque, 21, abandonó la consulta ginecológica sin demostrar ningún atisbo de expresión facial. Había estado esperando en los pasillos de la clínica a su novio, David –que era el único que conocía el resultado de la prueba de embarazo y que había prometido sostener su mano a lo largo de la intervención–, por más de dos horas sin que llegara a aparecer. Respiró hondo, maldijo en voz baja y se prohibió a sí misma quebrarse en llanto: ya todo había terminado. Subió al auto, clavó las uñas al volante y –queriendo dejarlo todo atrás: a David, al embrión diminuto y gelatinoso y a la hemorragia vaginal que empieza justo cuando cierra este inciso sin que ella pueda siquiera darse cuenta– aceleró hacia su casa bajo el sol del atardecer.

2

Pierre Silva, 24, llevaba todo el día tecleando en su laptop cuando la humareda de un incendio se coló por las ventanas. Durante más tiempo del que podía recordar, Silva se había dedicado entera y únicamente a esbozar personajes desde su Word con el fin último de liquidarlos: un ejercicio terapéutico que –pensaba él– serviría para sobreponerse a su propia muerte (o, con mucha suerte, para adelantársele). Al deducir el origen del incendio, una sonrisa de terror y excitación le surcó el rostro. Se sentó frente a la laptop, releyó el documento y –aunque sabía a la perfección que los bomberos no llegaban hasta la parte del relato en la que el edificio (y su cuerpo) arde(n) en llamas– escribió un último retazo antes de, por fin y para siempre, no volver a preocuparse por escribir.

1

Cristal Meth, 27, siguió obedeciendo a La Voz incluso después de su estadía en el psiquiátrico. (Y, aunque el diagnóstico fue contundente y el tratamiento severo, Cristal nunca dejó de insistir en la misma idea que la confinó a la locura: el cuerpo es un texto revestido de carne). Siguiendo las indicaciones que resonaban en su cráneo, se dejó guiar hasta cierto auditorio de cierto edificio, dispuso varios kilos de explosivos –suficientes como para volar en pedazos a, digamos,______* 3 personas– y los instaló respectivamente bajo los asientos que, un par de horas más tarde, serían ocupados. Ahora –a punto de presionar el mecanismo que acciona los explosivos– Cristal aguarda, sentada pacientemente entre el público de una lectura, a que La Voz finalicé la cuenta regresiva que ha empezado hace tan solo un par de minutos, una cuenta que precede al brillo galáctico del inicio de todos los finales o del final de todos los inicios, y termina –antes de poder siquiera darnos cuenta de que empieza– con las formas fantasmales de todas esas cosas a las que siempre temimos y que –Cristal…, por favor…– nunca más volveremos a temer.

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Este cuento formó parte de la Semana de la Narrativa 2019, organizada en alianza con Revista Ojo

Ilustración cortesía Revista Ojo

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