País portátil, de Adriano González León

20/ 02/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

—Tienen la moral más alta que nunca, te lo juro, Andrés, yo hablé con él.

—¿Te dijo si habían sentido miedo, te dijo eso?

—Bueno… él no me habló de todos, pero sí de su caso: lo que él experimentó.

—Y… ¿le preguntaste cómo era, cómo se sintió, si sudaba, si le temblaban las manos, si tartamudeaba…?

—No… no sé… él sólo me confesó que había sentido miedo. Además no íbamos a pasar los pocos minutos hablando de eso. Me había hecho pasar por un familiar y la visita fue riesgosa. Quería que me contara cómo fue.

—Pero entonces sintió miedo… Todos deben haber sentido miedo, ¿verdad?

—¿Y eso qué importa? Allí está justamente lo interesante. Tener miedo y realizar las cosas. Si no hubiera miedo todo fuera muy fácil. Mandrake, Superman…

—Claro… Claro…

La palabra clave era despresurizar. Palabra jodida, no. Parece de código, pero sin embargo es así: cambiar la presión atmosférica dentro del avión. Había que repasar la química. Las vainas que uno nunca supo. Y aún sabiéndolas el problema era la presión verdadera, la del aparato y la del corazón, en pleno vuelo, metido en las nubres sin saber el resultado final. Fue un aprendizaje rápido, pero intenso. Ojos y cerebros y oídos para entender el funcionamiento del radar. Otra palabra de código, lejana. En las historietas y las películas siempre estuvo cerca. Era fácil. Cualquiera podía hablar familiarmente de ella porque en fin de cuentas no comprometía, quedaba bailando entre todas las cosas que se manejan, sin que haya necesidad de hacerles frente de verdad. Esa vez el radar tenía que estar próximo, ser pan comido, meterlo en la memoria. Y otras cosas más. Los comandos. Por supuesto, no era un curso de aviación en quince días, como los estúpidos métodos de idiomas. No era necesario saber conducir. Pero sí lo elemental. Evitar que el piloto metiera trampas. Desde luego que ha podido meterlas, pero se contaba con las sorpresas y el miedo y la seguridad y una pistola apuntando en la raíz del cuello. Al frente, el tablero. Aquella maraña de botones, aquel lío de interruptores y lucecitas. El panel que siempre produjo alarma, porque todos imaginan que un simple olvido… Todo eso… El radio, hacer los cambios, impedir los informes a la Torre de Control, saber cuáles señales podrían poner en guardia a todo el aeropuerto antes de tiempo, saber tantas vainas, los manejos lógicos del piloto que no eran para delatar sino para asegurar el vuelo. Todo eso.

Un aviador asistió a las reuniones. Era hombre hábil, capaz. Iba al grano. Tenía una enorme seguridad y la comunicaba. “Después de todo esto viene lo más difícil”, dijo. “Tienen que amarrarse los pantalones, frenar esos nervios, no equivocarse. Es menester abrir la escotilla en pleno vuelo”.

El mayor riesgo, pero había que correrlo. Se trataba de conmover la opinión nacional. En la calle, los policías estaban torturando y asesinando. Había un desgaste de las manifestaciones. Todo el mundo pedía garantías. El comando decidió entrarle con agallas al asunto. Era necesario rebasar las fronteras, provocar el escándalo internacional. Durante tres días hubo reuniones en un apartamento del norte de la ciudad. Horas de discusión, cálculos, análisis de las posibilidades. Embanderar los edificios más importantes, lanzar globos, desplegar la propaganda desde las terrazas, parecía un juego en aquellos momentos. Un trapo negro en el Ministerio de Comunicaciones, una bandera en la Creole, varios paquetes de la operación “tres minutos” en el Edificio La Francia, en el de la Pan American, en la Torre Sur o en las Residencias Monserrat, resultaba una bolsería. Venían los digepoles o los policías municipales a desmontarlos o a recoger los volantes. Rechazado. Se habló entonces de mitines relámpagos, repartos y “pintas”. Todo eso estaba ya realizado, le faltaba empuje. Era bueno, sí, claro, y efectivo, pero se trataba de tener agallas. De empujarse duro. El comando no estaba reunido para discutir tareas regulares, sino para una emergencia creadora: echarle pichón, ponerle talento y coraje a la cosa. Al tercer día, el Jefe del Comando tomó la palabra para anunciar la decisión final:

—¡Compañeros, se trata entonces de la toma de un avión en vuelo!

Había que estudiar y realizar la acción. Cinco fueron escogidos. Al principio se pensó incluir una muchacha, según se estilaba, pero hubo que desistir porque había un enorme margen de inseguridad. No era que se desestimara a las mujeres. Pero en este caso era una tarea desconocida. Además, hubo que hacer selección. Tomar en cuenta la experiencia y los méritos. Los cinco que fueron finalmente designados trabajaban en distintos frentes. Uno de ellos había sido presidente de un centro de estudiantes liceístas.

En el apartamento se repartió un croquis del aparato. Para aprendérselo de memoria. Para estudiárselo bien. El aviador comenzó a dar explicaciones. Todos estaban atentos. ¡Qué coño! Una vez allí había que soltar el resto. Alguien aumentó el volumen del tocadiscos. De vez en cuando había que echar una ojeada por la mirilla de la puerta, revisar el pasillo, asomarse hecho el bolsas a la ventana.

El aviador era machete. Daba seguridad, entusiasmaba. Toda la reunión fue una reunión técnica, de aprendizaje. la segunda vez se hizo un repaso. Los cinco estaban bien entrenados y se asignaron los puestos dentro del aparato: uno cerca de la cabina, otro delante de la fila de asientos, otro en el centro y dos en la cola. Se indicó el momento preciso de entrar en acción: después del despegue, una vez hecho el giro, para evitar cualquier intervención extraña. En ese instante todos los pasajeros tendrían puestos todavía el cinturón de seguridad. Y vino la frase final, la que los conmovió a todos:

—¡Sepan que las posibilidades de retorno son inciertas!

Los cinco se miraron. No era juego. Tratándose de un vuelo, había que apretarse el cinturón. Por primera vez midieron todos los alcances de la aventura.

—Pero… ¿Tenían miedo? —volvió a preguntar Andrés.

El catire lo miró con cierto desprecio, y dijo:

—¡Tenían bolas!

País Portátil (Seix Barral 1969)

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