Pobre negro, de Rómulo Gallegos

30/ 06/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

pobrenegroGuaruras y carrizos del aborigen vencido se alejaron gimientes hacia las internadas selvas profundas y por la ruta de los ciclones, en las sentinas de los barcos negreros, vino el tambor africano.
Tam, tam, tam…
Tambor de San Juan, tambor de San Pedro, tambor de la Virgen de la Coromoto… Allá se quedaron las divinidades bárbaras, pero el alma pa gana aquí también celebra con danzas sensuales las vísperas santificadas.
Y es un grito del África enigmática el que estremece las noches de América:
—¡Airó! ¡Airó! Por las minas de Buria y de Aroa, donde el negro abrió el socavón; por Barlovento y la costa de Maya, donde el negro sembró el cacao; por los valles de Aragua y del Tuy, donde el negro plantó la caña, bajo el látigo de los capataces.
Tam, tam, tam…
Resuenan los parches del curveta y del mina. Y el alma negra vuelca en el grito sensual que le arranca la música bárbara, la entonación lamentosa que enturbia la alegría de las razas humilladas:
—¡Airó! ¡Airó! ¡Airó! ¡Manita, oh! Vísperas de San Juan. Noche de recibirla cantando con reflejos de candiles en los rostros negros, vueltos hacia las blancas estrellas.
—Ya viene la noche escura.
—¡Ya viene, ya!
—La noche del gran San Juan.
—¡Anjá, mirá!
—Escura como mi negra.
—¡Ni má, ni má!
—¿Qué hará mi negra tan sola?
—¡Llorá! ¡Llorá! Tam, tam, tam…
Ya cierran el círculo en torno de los tamboreros que parecen invocar los espíritus de la noche, en blanco los ojos, entreabierta la boca toda dientes blanquísimos, mientras las manos ágiles les arrancan a los parches del mina y del curveta el alma frenética de la música negra.
Cotizas de estreno, enaguas almidonadas, pañuelos de Madrás oprimiendo las greñas rebeldes, brazos desnudos, buenos para el mordisco de la lujuria, algunos con verdugones del látigo de los capataces. Sombrero de cogollo y muda limpia de listado los hombres; al pecho, sobre la franela, terciado el escapulario de la Virgen del Carmen, junto con la mugrienta almohadilla del amuleto donde cada cual lleva un trozo de su propio cordón umbilical disecado, para que lo libre de daños y pe ligros la madre, viva o muerta, a la que así siempre se mantiene unido.
Calor africano, hirviendo en estrellas la noche del veranito de San Juan.
Ya el curveta y el mina marca el compás de baile, y la negrada prorrumpe:
—¡Airó! ¡Airó! Una mujer avanza dentro del círculo, en el centro del cual da comienzo al baile. Sus pies apenas se mueven en un palmo de tierra, pero el ritmo de la danza ya le sacude las caderas haciendo sonar las enaguas, ya le estremecen los pechos, ya lo respira la boca sensual, ya le resuellan las narices dilatadas, ya está en el blanco de los ojos en éxtasis.
—¡Toma tu tuna, San Juan! –grita, hacia la noche estrellada, imitándola las mujeres.
—¡Toma tu piña, San Juan! –responden los hombres a coro.
Las frutas del tiempo, que así le ofrendan al santo, mezclando lo piadoso con lo irreverente para la malicia de las risotadas en que todos prorrumpen, bajo el repiqueteo de los tambores frenéticos que estremecen la noche cabalística.
—¡Airó! ¡Airó! Es porque la mujer que baila dentro del círculo ya elige a uno de los hombres que todavía lo forman, plantándosele por delante y cantándole:
—¡Suelta el chivato, manito! El chivato de San Juan.
A lo que responde el hombre elegido, a tiempo que sale a bailar:
—¡Asujétame la chiva, que ya estoy donde las dan! Ahora es la pareja eterna, que se busca y se esquiva, la danza vital que lanza a la hembra contra el macho. El hombre huye y la mujer lo persigue, acosándolo, atajándolo, tratando de meterle la zancadilla con que debe derribarlo, mientras los demás corean, descargando la voz unísona en el compás de los tambores:
—¡San Juan, San Juan, San Juan!
—¡Toma tu tuna, San Juan!
—¡Toma tu piña, San Juan!
—¡San Juan, San Juan, San Juan! Hierven arriba las estrellas de las noches del trópico. La luz de los candiles pone reflejos alucinantes en los rostros enardecidos. Sube hacia los silencios supremos de la noche ardorosa el griterío de la sensualidad jadeante. Sudan los cuerpos y huele a negro todo el aire.
Ahora no se oye sino el tam tam de los tambores. La mujer ha recogido su danza al palmo de tierra que ocupan sus pies y es el hombre quien viene por ella, imitando la rueda del gallo, alas sus largos brazos, quebrándose sobre la cintura a uno y otro lado, punteando el paso menudo con alardosa agilidad, cada vez más cerca de la presa codiciada, para saltar atrás con un esguince rápido cuando ella trata de meterle la zancadilla.
Lo ha logrado, por fin. Rueda el hombre por tierra. Se alza el grito unánime:
—¡Airó! ¡Airó! Y la hembra victoriosa desata la danza triunfal en torno de su víctima derribada, a tiempo que el coro repite:
—San Juan, San Juan, San Juan.
—¡Toma tu tuna, San Juan!
—¡Toma tu piña, San Juan!
—¡San Juan, San Juan, San Juan! Y empieza el baile general, sobre el mismo tema de parejas que se buscan y se esquivan, trenzando la danza en torno de los tambores frenéticos.
Tam, tam, tam…
—¡Tumba la vaca! ¡Tumba el becerro!
—Coge la chiva que se va pal cerro.
Tam, tam, tam…
—¡Airó! ¡Airó!

Pobre negro, de Rómulo Gallegos (Editorial Élite, 1937)

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