Ponzoña de paisaje, de José Pulido

08/ 08/ 2016 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

ponzoña de paisaje pqPecadores y pecadoras

 

La entrada del sacerdote al gran despelote pone un toque de mayor locura. Todos creen que se trata de un personaje disfrazado para amenizar la fiesta. Romero hace más chistes y el padre, emocionado por el cheque que carga en el bolsillo, acepta tomarse unos tragos. Se marea un poco y se alegra. Da rienda suelta a su felicidad. Todos cantan y van a la sala de juegos donde cada quién juega lo que prefiere. Unos billar, otros con las maquinitas tragamonedas o la ruleta. El padre Samuel está encendido y Claudia lo ha llamado aparte para confesarse. Está empeñada en hacerlo. No se puede hacer eso aquí, hija. Es que cargo una angustia, un dolor, porque nunca podré tener hijos. Bueno, le dice, siéntese aparte, por ahí, y piense a quién le va a dar su amor, su cariño, su compañía. Pero ¿no me va a castigar, padre? Ese dolor me hace ser muy mala y violenta. Busque la soledad del baño y rece cinco padrenuestros, entonces.

Estelfina hace lo mismo, porque le parece muy divertido y se abre como un paraguas. Peina con sus dedos la pelambre del sacerdote. Ay padre, usted parece un rockero más bien, le dice y eso hace que las demás mujeres absorban la sensualidad del hombre cuarentón, nómada, con pinta de surfeador o en efecto: de guitarrista que rasguea su nostalgia en banda de pavos viejos.

Las mujeres se agrupan como caníbales en torno al padre Samuel. Los hombres miran y se acercan para burlarse y friquearle la cosa a ese disfrazado. Ellos también, paloteados, le susurran barbaridades al padre, que son fanfarronadas o meadas de perros. “Yo he matado a veinte”, “Yo trafico heroína”, “Yo vendo fusiles”, “Yo tengo diez burdeles”. Romero les explicaenredadísimo te lo juro que es un cura de verdá verdaíta que necesita ayuda para arreglar un templo y una escuela, y todos juntan billetes para dárselos al padre Samuel. Y lo hacen beber más de ese whisky traicionero.

A medianoche termina la fiesta y Romero hace que un chofer lleve al sacerdote a su parroquia, un pueblito con cinco docenas de casas descascaradas, anegadas, mohosas, oxidadas. El padre Samuel lleva una bolsa llena de billetes y un cheque. “No se van a desmoronar la iglesia ni la escuela” piensa. “Pero yo sí”. Apenas entra a su cuarto, va al baño y vomita todos los demonios. Uno en forma de espaguetis.

 

Ponzoña de paisaje (Negro sobre blanco, 2015)

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