Reflexiones de un narrador, por Eduardo Liendo

07/ 11/ 2014 | Categorías: Destacado, No ficción

En torno al oficio de escritorPuesto a responder sobre mi vocación de escritor y la corres­pondiente actitud frente al oficio, la primera reacción es de perplejidad y dudas. ¿Cómo definir esa manía dominante en mi naturaleza? ¿Cómo no rendirle culto a la pedantería y, al mismo tiempo, revelar una sensible experiencia personal?

Por cierta comodidad y premura tomo el camino más directo: reproducir parcialmente mis respuestas en algunas entrevistas, en las cuales, interrogado a quema ropa, he res­pondido de manera casi automática, aunque seguramente mis respuestas obedecen a una previa maduración interior.

 

Sobre el escritor

Soy un escritor en el que confluyen la calle, la cárcel y la bi­blioteca, lo que me diferencia en algunos aspectos de otros escritores venezolanos que poseen una formación distinta. Creo que la literatura es, afortunadamente, una actividad con aliento universal y un acento esencialmente indivi­dual. Un escritor es un hombre, o mujer, que quiere decir con mucho énfasis y de muchos modos: yo estoy o estuve aquí, yo he visto un retazo del mundo, he sufrido y amado, he reído y llorado. Yo existí. Por lo tanto, se trata de una experiencia singular.

Seguramente, los escritores venezolanos leen o han leído a distintos autores, han trajinado diferentes vivencias, han gestado disímiles sueños, todo lo cual provoca libros diversos que por ello mismo no pueden ser generalizados y medidos con un mismo rasero. No ignoro que, desde el punto de vista metodológico, los estudios generacionales pueden ser útiles, o la existencia de una disciplina crítica que establece las interrelaciones posibles entre una deter­minada obra literaria y el momento y las circunstancias en que se produce. Sólo quiero insistir en que la excelencia o mediocridad literaria finalmente constituyen un hecho individual, y hasta cierto punto intransferible. Quizás sólo aprendemos verdaderamente aquello que llevamos dentro.

No escribo para actuar públicamente. Si en algún as­pecto de mi vida quiero ser auténtico es en mi actividad de escritor. No me interesa parecer un escritor. Es relativa­mente fácil parecerse a un escritor. Hay una cantidad de mecanismos que permiten inventar un escritor. A mí me interesa ser, que mis libros existan de verdad, que tengan lectores de verdad. Eso deseo. No tengo al respecto exage­radas pretensiones. Sólo la de escribir alguna vez un libro que soporte dignamente el fuerte oleaje del tiempo sin irse a pique demasiado pronto.

En un escritor hay muchos escritores, también en un hombre hay muchos hombres. Lo que más me fascina de la literatura es la posibilidad ficticia de ser otro, de ser uno y múltiple. Me gusta desplazarme en ese espacio en que habitan por igual el humorismo y el sentimiento trágico de la vida. Ser zorro y pez, nube y cometa, héroe y ratero, espuma y roca, eco y silencio.

Cada escritor es, al mismo tiempo (sin ser necesaria­mente autobiográfico), actor principal de su propia obra, puesto que esta se realiza partiendo de su experiencia de los seres, el escenario y el tiempo que refleja, para que el otro (el lector) se reconozca, por absurdo que se manifieste, como en los dramas de Samuel Beckett.

Si el escritor es incapaz de expresar de algún modo esen­cial el universo del otro –su misterioso cómplice (el lector)–, su obra no tendrá resonancia verdadera. Aunque admito que este podría ser un juicio demasiado categórico.

 

Sobre el oficio

Yo funciono, literariamente hablando, a partir de un tema, un asunto, un personaje. Para mí sería absolutamente esté­ril enfrentarme a la página blanca sin una idea. No tengo certezas, parto siempre de una idea algo desnuda. Suele ser frágil y díscola, a veces se marcha. Si regresa, puede llegar a convertirse en obsesión. Entonces hay que ponerle un rostro y vestirla cada día porque es una idea caprichosa. Hay que po­nerle falda o pantalón, adornos, palabras, palabras, palabras, para que luzca lo mejor posible. Para que la idea sea capaz de seducirme y quizás también a otro lector. Una pantaleta lin­da, siempre seduce. A veces le sobra, a veces le falta, a veces me trata como un tipo inteligente y otras como un idiota. Al final, cuando nos cansamos el uno del otro, le pongo un nombre; por ejemplo, El round del olvido. Pero eso tampoco es garantía de conformidad, a veces protesta y hasta reniega de su creador. Yo también la desdeño un poco. Pero alguna vez nos abrazamos y sonreímos, recordando nuestros mejores momentos de intimidad. Es todo muy raro y nunca es igual. “Ahí está el detalle”, diría Cantinflas, en esa cierta manera de decir o de vestir y desvestir.

Aprecio mucho la diafanidad. Mi trabajo literario busca, deliberadamente, ser transparente. Pienso que la concepción del lenguaje como único protagonista de la ficción es una pro­puesta sumamente unilateral y extrema, que podría agotarse en sí misma por falta de eco en el alma y la inteligencia del otro factor primordial para que el texto funcione: el lector, que íntimamente desea participar y verse reflejado. Por el contrario, el escritor del ser no morirá mientras persista la especie más narcisista del planeta: el hombre. Pero no escribo estas líneas con actitud dogmática, sólo expreso mi propia ex­periencia de lector, admito otras posibilidades.

Otro de los factores que más estimo es la intensidad. Considerando autores ampliamente reconocidos, a veces pri­vilegio como lector sus novelas breves, antes que otras obras suyas seguramente más ambiciosas, pero menos intensas. Por ejemplo, admiro narraciones como Muerte en Venecia, El lobo estepario, Pedro Páramo, El coronel no tiene quien le escriba, El viejo y el mar, La peste, La tregua, El extranjero, Sostiene Pereira, La otra isla, entre otras.

Como autor, durante varios años fui consecuente con esta estimación, pero al apreciar y reconocer el carácter extensivo de la novela y su ilimitada capacidad para ramificarse, bajo este nuevo impulso escribí dos novelas extensas: El round del olvido (Monte Ávila. 2002) y Las kuitas del hombre mosca (Otero Ediciones. 2005). Ambas reeditadas por Alfaguara.

Escribo a mano, con bolígrafo la primera versión, las posteriores mecanografiadas (adopté tardíamente la compu­tadora, lo que resultó una ventaja algo sorprendente). Prefiero escribir la primera versión en agendas caducas, amarillentas, porque las nuevas me inhiben al pensar que las emborrono y malogro sus ilustraciones. Las agendas que tienen varios años me hacen sentir como un viejo escritor de una época antigua. Pero no tengo manías de nudista ni cosas por el estilo frente a la página virgen. Le entro como puedo, a veces con audacia, otras tímidamente como quien teme resbalar.

Escribo en ataques sucesivos, como tomando una forta­leza. Me estrello y me levanto, persisto hasta que la historia se rinde y tengo un cuento o una novela atrapados en el cuaderno.

El destino de un libro es un imponderable. No hay ma­nera de saber desde el principio si el esfuerzo será fallido o afortunado. Esa es la apuesta. Lo definitivo es la obra lograda. Me gusta repetir una frase que escuché una noche de tertu­lia literaria por boca de Alejo Carpentier: “Es preferible una novela policial lograda a una epopeya fallida”.

Acostumbro revisar mis escritos aun habiendo sido pu­blicados, cuando reciben la gracia de la reedición. Justo lo que hago ahora. La premura suele ser la involuntaria trampa que el escritor se coloca a sí mismo.

Como lector siempre aprecio la economía de medios ex­presivos y la diafanidad y limpieza de la escritura. Por cierto, un escritor como Jorge Luis Borges es impecable. Su compleji­dad es intelectual, pero su estética y estilo son transparentes.

 

La temática

Comparto la idea de que son los temas quienes escogen al es­critor y no al contrario. Ciertas ideas persistentes te inducen a perseguir la obra. Pero podría ser la vía inversa. Reciente­mente leí un punto de vista muy interesante, expresado por Juan Villoro: “Las dificultades son un aliciente. Además, al escribir no sólo te opones a un mundo insuficiente, sino que los materiales se oponen a ti: ningún libro quiere ser escrito. Es lo interesante del asunto. El texto no está ahí para que lo descubras sino para resistirse”.

El poeta Rafael Cadenas afirmó de modo rotundo en una entrevista que “lo importante no es el tema sino la visión, la manera de tratarlo: el espíritu con que se contemple. Cual­quier tema vale por el desarrollo que se le dé”.

Decía que pienso que hay temas que se imponen al autor, muchas veces sin ser dictados por el razonamiento directo. En todo caso, se presentan en imágenes, sonidos, olores, personajes, deseos, obsesiones, derrotas e imprede­cibles formas más. Nadie es completamente dueño de sus propios fantasmas.

Algunos críticos, ciertos lectores, han advertido la te­mática del doble como una constante que subyace en mis narraciones. Considero que en buena medida es así, aunque inicialmente no estuve muy consciente de tal predisposi­ción. Pero ahora me resulta claro que en El mago de la cara de vidrio (1973), Mascarada (1978), Los platos del diablo (1985), El cocodrilo rojo (1987), Si yo fuera Pedro Infante (1989), y en novelas y cuentos escritos con posterioridad a la primera redacción de este texto: Diario del enano (1995), El round del olvido (2002), Las kuitas del hombre mosca (2005), Contraespejismo, (2007) y El último fantasma (2008) se puede constatar el itinerario de una obsesión por la otredad, la sombra del alter ego.

 

La musicalidad

La literatura, como el canto, se aprende en principio por imi­tación. En literatura y en arte, como dijera Enrique Federico Amiel, “todo es copia de copia y reflejo de reflejo”. Sin los libros de caballería no hubiera existido el caballero andante Don Quijote de La Mancha como lo conocemos.

En el texto existe un ritmo y un tono, es la respiración de las palabras, más bien de la escritura. Se escribe con el oído. En algunas grandes obras se siente, de trasfondo, algo sonoro y poderoso como el oleaje del mar. En este sentido sólo aspiro ser un decoroso músico. Un turpial, si no se es un canario cardenal o un ruiseñor gentil.

 

La deuda

Sin los libros que me señalaron, el escritor no existiría. Si de golpe me quitaran todo lo que la lectura me ha dado, sería el hombre más pobre del mundo. El más indigente.

 

Responsabilidad y destino

Proceder como una conciencia libre es un alto valor que el escritor debe reivindicar: la capacidad de disentir, de no subordinar dogmáticamente su inteligencia ante ningún poder. Cuando el escritor enajena su conciencia, deja de ser propiamente un escritor. Deja de ejercer la soberanía perso­nal, y su palabra pierde resonancia y credibilidad.

La mejor literatura es el más hermoso espejismo de per­manencia, eso experimentamos después de leer Don Quijote, Hamlet, Madame Bovary, Canto a mí mismo, La metamorfosis, Pe­dro Páramo, Mi padre el inmigrante.

El escritor, por muy desamparado que se encuentre, por muy suicida que sea, es el amante preferido de la existencia. Por eso quizás, aunque lo niegue, su mayor desafío es vencer a la muerte con el filo de la palabra. La muerte tiene brazos de molinos de viento.

 

Del libro: En torno al oficio de escritor (Lugar Común, 2014)

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