Regresión, de Alberto Jiménez Ure

30/ 03/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

iguanaInicialmente verbal, el altercado culminó en una mutilación: Pascual, dominado por la ira, agarró una daga que, colocada encima de una mesa antigua, servía de adorno junto a sillas de montar caballos y alforjas. Quiso asestar un golpe contra su mujer y, en el último instante, desvió el impacto hacia la cuna de Diana. Ella, de apenas un año, saltaba y jugaba sin percatarse de cuanto ocurría. El arma cortó su mano izquierda y se clavó en una de las barandillas de la camita. La niña gritó y se desplomó. Desesperados, sus padres la recogieron y se apresuraron a llevarla al hospital.

La pequeña estuvo recluída durante quince días. Una infección fulminante la acercó a la tumba. Mejoraron las cosas y Diana volvió a su hogar. Presas de los remordimientos, María y Pascual aumentaron sus cuidados. A partir de lo cual emprenderían sus discusiones en un parque próximo a su residencia.

Once meses después, su madre falleció víctima de un “infarto miocárdico”. Pascual se vio obligado a criar solo a Diana quien, cada cierto tiempo, sollozaba la ausencia de María.

Los años transcurrieron apacibles. Pascual olvidó el accidente de su hija y la muerte de su esposa. Diana empezaba sus primeros estudios. En la escuela, insistentemente, sus amiguitas le preguntaban cómo había perdido la mano. Por esa razón, mediante el empleo de una severidad impropia de su edad, ella inquiría a su nuevamente atormentado progenitor:

—Papá, dime: ¿qué sucedió a mi mano?

Pascual se frotaba la cabeza con sus dedos: sudaba, tragaba saliva, caminaba de un sitio a otro y activaba el reproductor de música. Con su guitarra, Riera (Rubén) invadía todos los confines. Sin ambages, la jovencita formulaba la misma interrogante día tras día. Para postergar la confesión de culpabilidad, el hombre optó por jurar que “le narraría la historia cuado ella madurara”

Diana creció y se convirtió en una colegiala triste, automarginada, enemiga de las diversiones y nunca reía. Sus compañeras de estudios se esforzaban por integrarla a sus fiestas y habituales excursiones por las montañas. Impávida, ella las escrutaba y se aislaba.

Preocupada por el comportamiento de Diana, una de las profesoras la llevó ante un psiquiatra. No consultó el asunto con Pascual, su representante. Igual, procuró mantener en reserva su interés en ayudar a la desdichada alumna.

Las primeras sesiones fueron lamentables. Diana no hablaba con el médico: entraba al consultorio y, sin expresar sentimiento alguno, observaba las fisuras más recónditas de las paredes. Luego de numerosas visitas, bajo hipnosis, la pubescente comenzó a revelar su pasado. La paciencia de Josuá Carrión, admirador de Mésmer, Freud y Jung, por fin dio resultado. La chica describió el incidente: “Enfurecido, mi padre se dirige rumbo a una mesa antigua y toma la daga. Mamá lo insulta, lo acusa de reptil, lo escupe y la reyerta alcanza limites peligrosos.

!Miserable —exclamaba—: sé que frecuentas a una meretriz!. Pascual se lanzó contra ella y, en el último momento, cambió el curso de su golpe. Bruscamente, mi mano salió disparada por un ventanal hacia el traspatio”

El Doctor Carrión sacudió a la paciente. La abrazó y acarició su abundante cabellera. Al oir los alaridos de la muchacha, una enfermera entró rápidamente al consultorio. Empero, Josuá le ordenó que no interrumpiera.

—Cálmate, Diana —le susurró y besó la cabeza—. Superarás el conflicto. Te curaré…

Llamó por teléfono a la profesora que, de inmediato casi, se reunió con ambos. Diana dormía en el diván. Sin atenderlos, el especialista despachó a los demás enfermos. La docente indagó:

—¿Ya sabe que la martiriza?

Josuá le contó la historia y le explicó que debían buscar al padre de la paciente. Abandonaron el consultorio y, en el automóvil de la profesora, marcharon en dirección a la casa de Pascual.

Al llegar, estupefactos, vieron cómo varios gendarmes sacaban un cuerpo envuelto en una sábana blanca. Periodistas roñosos y pesquisas civiles formaban un tumulto frente a la hermosa y reconstruida mansión colonial. A los detectives, pidieron les permitieran ver el cadáver:

—Es el padre de Diana —absorta, pronunció la docente.

Según advirtió Josuá, el rostro del viudo solitario fue cruelmente deformado a puñetazos. Los vecinos, “testigos oculares” del hecho, afirmaban “que algo impalpable, alguien invisible, lo castigó sin piedad hasta asesinarlo”. Indiferente a los acontecimientos, sin todavía salir del vehículo, Diana fumaba un cigarrillo. Múltiples ranas, iguanas, arañas y mariposas ocupaban la residencia.

 Del libro: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca de Ayacucho, 1989)

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