(Siete preguntas para) Hernán Zamora

01/ 09/ 2013 | Categorías: Destacado, Entrevistas

Hernan_ZamoraPoeta. Arquitecto. Profesor Universitario.

 

Primer libro que recuerda haber leído.

La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe (1852). Tendría cerca de trece años y hasta ese momento era un ávido lector de los suplementos (hoy les dicen comics) de la Editorial Novaro. Mi pasión por el dibujo precedió a mi pasión por la escritura. Hoy siento al dibujo como otra forma de escribir y a la escritura como otra forma de dibujar. La edición de La cabaña del Tío Tom tenía unas ilustraciones a color muy hermosas, que me abrieron puertas al aliento de otras lecturas.

Un libro inolvidable.

Terredad, de Eugenio Montejo (1978).Supe del libro gracias a mi amigo Henry Vicente, luego de haber escuchado el poema Caracas en una exposición sobre urbanismo en la que él participaba, cuando éramos estudiantes de arquitectura en la Universidad Simón Bolívar. Sería, tal vez, por 1986 o 1987. Pero sólo fue dos o tres años más tarde que adquirí la edición de Monte Ávila, en una librería Kuai-Mare que quedaba entre Conde y Carmelitas, si mal no recuerdo. Leí el libro por primera vez en Ciudad Bolívar, de noche, solo. Se sabe que soy muy cursi, así que a nadie sorprenderá que diga que lloré de agradecimiento y admiración al terminar de leerlo; que como ningún otro en este mundo, sentí que hubiese querido escribir ese libro porque anhelé ser el espíritu que lo alentó, acercarme al horizonte de noble humanidad que me mostró; a la belleza cotidiana y, al mismo tiempo, de transparente antigüedad que hallé en sus versos.

Autores imprescindibles (los que relee con frecuencia).

Puede entenderse que en el centro de todos está Eugenio Montejo. Él hablaba de un parentesco, de un árbol de hermandad entre los escritores que uno lee. Así, a través de Eugenio, conocí a Fernando Pessoa y a José Antonio Ramos Sucre. Son las ramas mayores, a las que la vida me trajo a Rafael Cadenas, Jorge Luis Borges, Luis Pérez Oramas, Yolanda Pantin y Arturo Gutiérrez Plaza. A ellos se unirían, más recientemente, Alexis Romero, Javier Marías y Raymond Carver.

Un autor venezolano de rango universal.

Eugenio Montejo respondo sin dudar; a pesar de que quizás me exponga como un lector rígido o plano.

Si fuera librero, ¿qué libros venezolanos recomendaría? ¿Por qué?

No me atrevería ni por un momento a ser librero, pues esa hermosísima profesión requiere de conocimientos, talento y sensibilidad que comparo a la de un excelso enólogo o a la de un gastrónomo y que no he sabido cultivar. Como lector compañero y agradecido, en cambio, me sentiría muy entusiasmado de recomendar libros que me ha gustado mucho leer. Para no extenderme demasiado ahora, me limitaré sólo a unas pocas obras de narrativa y de poesía. Lo hago también acotándome a lo más reciente, intentando aproximar nuevas voces a ese árbol de hermandad de escritores que antes mencioné. Tengo predilección por los cuentos: Las Rayas, de Rodrigo Blanco Calderón (Punto Cero, 2011); Caracas muerde, de Héctor Torres (Punto Cero, 2012) y Ciudades que ya no existen, de Fedosy Santaella (Ediciones B, 2012) dibujan para mí,con intensidad y nítido lenguaje, las luces y sombras de nuestra contemporaneidad. Entre las novelas, disfruté el drama de los paisajes que nos habitan, reflejado en Liubliana, de Eduardo Sánchez Rugeles (Ediciones B, 2012) y el vértigo de la intriga bien escrita, en La más fiera de las bestias, de Lucas García (Punto Cero, 2011). En cuanto a poesía,comienzo con dos libros que creo que deberían ser reeditados: La gana breve, de Luis Pérez Oramas (Pequeña Venecia, 1992), un libro que coloco casi al lado de Terredad por la serena sonoridad de sus versos y el matutino resplandor de la memoria que me inspira; junto a él, también, está para mí Los tallos de los falsos equilibrios, de Alexis Romero (UDO, FJARS, 2001), por el cual siento que respirar es la forma más esencial de la poesía; para retornar a nuestros días, acerco a ellos unas publicaciones mucho más recientes: Silva a las desventuras en la zona sórdida, de Harry Almela (La cámara escrita, 2011), un testimonio doloroso del país que hoy somos, en el que la voz poética vibra y se salva impecablemente; también, Compañero paciente, de Luis Enrique Belmonte (Lugar Común, 2012), en el que la ironía de nuestro ser, de nuestra existencia actual, se expone con amable fraternidad; y, por el delicado silencio en el que se soportan sus versos, Talla de agua, de Douglas Gómez Barrueta (Eclepsidra, 2013). Agradeciendo la amabilidad de los lectores de Ficción Breve, también me permito recomendarles uno de los más hermosos libros de Jacqueline Goldberg, Postales negras (Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2011); además de la muy esmerada impresión y elaboración editorial lograda por Exlibris, es una obra cuyo proceso creativo enaltece aún más el fulgor de nuestro idioma reflejado en su escritura. Como toda brevísima selección, la que he expuesto es sumamente incompleta e injusta con las deudas que siento con el universo literario que me rodea y maravilla.

Un libro que le hubiera gustado escribir.

Como libro, Terredad (para mí, insisto, es un tótem); y si se me permite comentarlo, un cuento en particular, el de Jorge Luis Borges: Las ruinas circulares (publicado originalmente en Ficciones, 1944).

¿Qué libro no terminó de leer y por qué?

Son muchos los libros que no he terminado de leer, más por mi indisciplina y comportamiento diletante, que por falta de logros de sus autores. Pero puedo decir uno que nunca pude ni siquiera comenzar a leer, a pesar de intentarlo en distintos momentos de mi vida: La casa verde, de Mario Vargas Llosa (1966); la edición de Seix Barral ha estado dando tumbos por mis bibliotecas desde hace años y jamás he podido pasar de las primeras líneas de su primera página. Desistí de intentarlo.

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