Terapia para el Emperador (fragmento), de Manuel Llorens

29/ 01/ 2013 | Categorías: Destacado, No ficción

Capítulo 2. Esperanzas

“Depende de quién entre
encontrará aquí tumba o tesoro.
No vengas sin anhelos.”
Paul Valery

Era mi primer día en el trabajo. Observaba con precaución y entusiasmo. Disfrutaba una vez más la sensación agradable de amanecer temprano y respirar el olor de grama recién cortada mientras acompañaba a unos jugadores que se desperezaban para entrenar. Era la pretemporada del Campeonato de Clausura del 2004. Estaba comenzando a conocer la experiencia de pertenecer a un equipo profesional de fútbol. De la manera más extraña e inesperada había llegado. Por uno de esos giros impensables de la vida, se había cumplido un sueño. Ahora venía el trabajo.
Me acercaba a trabajar con el equipo que había ganado el campeonato anterior. Un equipo lleno de estrellas del fútbol nacional. Tenía días pensando en qué le podía decir yo a un equipo que viene de ganar el último campeonato. ¿Cómo los convenzo de que aún hay espacios de crecimiento? ¿Por qué habían buscado la ayuda de un psicólogo del deporte? ¿Sería que había conflictos internos luego del éxito? Todas estas preguntas me venían camino a ese primer entrenamiento.
La mayoría de los jugadores arrancaron a correr siguiendo las instrucciones del preparador físico Rodolfo Paladini. Rodolfo es uno de esos argentinos obsesionados con el fútbol. Absolutamente convencido de que su vida está en la actividad. Era el miembro más joven del cuerpo técnico, se había venido a Venezuela a probar fortuna trabajando como preparador físico de las divisiones inferiores del Caracas F.C. y su buena preparación y dedicación le habían ganado la oportunidad de trabajar con el equipo profesional. La obsesividad con que trabajaba la volcaba en la preparación física y lograba convencer a un grupo grande de jugadores de entrenar a altísimos niveles de exigencia.
Pero me llamó la atención unos tres jugadores que se apartaron del grupo. Aparentemente tenían que hacer otras rutinas. Uno de ellos venía de una lesión, el otro se había reportado tarde a la pretemporada y el último estaba especialmente fuera de forma. Me acerqué a ver los estiramientos y el trabajo diferenciado que hacían. Los tres eran figuras consolidadas dentro del fútbol profesional. Uno me generaba curiosidad en particular por ser un jugador destacado con quien no había tenido la oportunidad de trabajar en las divisiones inferiores. Era querido por sus compañeros y temido por los contrarios. Uno de los kinesiólogos lo ayudaba a estirar. Se quejaba con cada uno de los estiramientos, alegando dolor y bromeando. De pronto exclamó: “¿Qué día es hoy?… ¡Coño se me olvidó comprar el Kino ayer! Verga, yo que me quiero ganar esa vaina para poder dejar de joderme tanto jugando fútbol. ¡Se me olvidó!”
Su exclamación, mitad en broma mitad en serio, me ubicó rápidamente. Me sacó de mis fantasías y me puso en realidad: esto es el fútbol venezolano. Curioso que mi primer intercambio como psicólogo del equipo campeón de Venezuela fuese una conversación sobre la lotería. Pero iluminador, muy iluminador.
¿Con qué sueña un jugador profesional de fútbol venezolano? ¿Cuáles son sus aspiraciones? ¿Qué lo pone a andar? ¿De dónde saca inspiración? ¿Será distinto a los demás mortales, tendrá alguna chispa de convicción, capacidad de lucha, esperanza que lo distinga? Sí y no. Creo que sí y no.
Lino Alonso, el entrenador que originalmente me contrató para trabajar en la psicología del fútbol hace ya unos cuantos años me explicó: “El problema con los entrenadores venezolanos es que todos se preparan para entrenar al Real Madrid. Cuando analizan partidos, cuando piensan en fútbol, piensan en el Real Madrid y no piensan en los clubes que ellos algún día van a tener que entrenar. No importa como se puede motivar o no a Ronaldo. En el fondo cualquiera puede hacer eso. Lo difícil es motivar a veinticinco tipos que no han cobrado en dos meses, que no viven en las mejores condiciones y que tienes que montar en un autobús para rodar diez horas para bajarse a jugar contra un equipo en Mérida, en una cancha en mal estado con un árbitro que está asustado. Eso es lo que tienes que aprender a manejar. No el Real Madrid. Si te preparas para entrenar al Real Madrid, nunca vas a poder hacer nada. Porque desconoces lo tuyo y al desconocerlo lo desprecias.” Esas palabras se han quedado conmigo y creo que dicen una gran verdad sobre el trabajo del psicólogo y el lugar donde los venezolanos tenemos colocada la fantasía.
Para un psicólogo es indispensable enterarse en dónde tienen colocada la fantasía las personas con quienes trabaja. Averigua eso y tienes la mitad del camino andado. Tienes un reservorio de energía y fortaleza a tu disposición. Sin embargo, los psicoanalistas nos han enseñado que eso, que suena tan simple, no lo es. Y que precisamente a la mayoría de nosotros se nos va la vida intentando averiguar qué demonios es lo que deseamos. Vamos paseándonos de meta a meta, de mujer a mujer, de carro último modelo a motocicleta a viaje a Los Roques, diciendo “no esto no es, ah sí esto sí, ah no mentira no era eso”. Y así vamos.
Un líder es alguien que logra ofrecer una visión. Logra proponer una meta con la cual los demás se entusiasman. Logra convocar la fantasía de los demás. Logra que los demás sueñen también con su visión. De eso se trata la publicidad, las campañas presidenciales, las promesas del último Mesías. Y si las cosas van bien, de eso también se trata ser entrenador de fútbol. El entrenador propone una visión, quizás el psicólogo puede ayudar a pulirla y a ver cómo se puede vender esa mirada a los jugadores.

“Es que somos un país beisbolero”, decíamos para defendernos de la intriga que nuestra incapacidad futbolística generaba en los demás. Como queriendo decir, que no nos interesaba tanto el fútbol, que pertenecíamos a otro fanatismo. Eternamente confundidos sobre qué desear, a qué horizonte mirar.
Esta confusión se hacía evidente cuando llegaba la Copa Mundial. Nuestro país se paralizaba de emoción y se desdibujaba en los colores de cualquiera de las otras selecciones que sí lograban clasificar. Las calles se llenaban de miles de banderas de otros lugares del mundo: brasileñas, portuguesas, inglesas, españolas, argentinas, colombianas, norteamericanas, japonesas, italianas… Nuestro autoconcepto beisbolero se veía trastocado por unas semanas, inundados por una fascinación futbolística contagiosa. Deseosos de emocionarnos sin saber bien por quién. Deseando desear.
Pero al mismo tiempo, nadie asistía a los partidos de la liga local, nadie conocía a los jugadores de la selección, la televisión no transmitía ninguno de sus encuentros. El fútbol era una nota a pie de página de otra de las extrañezas del ser venezolano. En otras tierras, viven otros seres extraordinarios que juegan fútbol como los dioses.
El gran poeta venezolano Eugenio Montejo ha construido toda una obra retratando nuestra afición a fascinarnos con las virtudes de otros países que pertenecen a un mundo primero, distintos del nuestro. De suponer que hay algo que nos falta, algo impreciso y lejano que anhelamos. Algo que pertenece a otros países, aunque no sepamos bien qué.

“Tal vez sea todo culpa de la nieve
que prefiere otras tierras más polares,
lejos de estos trópicos.
Culpa de la nieve, de su falta,
de la falta que nos hace”

Así escribe en el poema Tal Vez. Montejo nos habla de un país sumido en la fantasía de algo foráneo, sentado frente a un mapa, o sobre una playa llena de añoranza:

“Islandia dibujada en mi cuaderno,
la ilusión y la pena (o viceversa).

¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?

Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.
A muchos grados bajo cero.
Voy a plegar este mapa para acercarla.
Voy a cubrir sus fiordos con bosques de palmeras.”

Y de pronto llegaron cuatro victorias al hilo: 2-0 a Uruguay, 2-0 a Chile, 3-0 a Perú y 3-1 a Paraguay. ¿Quiénes eran estos benditos que repentinamente aprendieron a jugar? ¿De dónde salieron? Casi instantáneamente pasamos a ser un contendor para el mundial del 2006. Alemania 2006 se convirtió en nuestro nuevo horizonte. Más unificador, más festivo, más atrevido y menos fangoso que nuestras aspiraciones políticas. Apareció algo en qué creer. Atrevidos, desafiantes nos transformamos de pronto en unos titanes que podíamos desafiar hasta al campeón mundial Brasil. Sólo bastaba creer lo suficiente, gritar lo suficiente en los estadios, cambiar la calcomanía de la Hermandad Gallega por la de la Federación Venezolana de Fútbol.
Las pasiones que ha desatado la Selección Nacional de Fútbol han servido para repensar nuestros apasionamientos, nuestras aspiraciones. Maníaco-depresivos dice el Dr. Fernando Rísquez que somos los venezolanos. Pasamos del festín, a la desilusión. Sufrimos de esperanzas espasmódicas, mercuriales. Vivimos de quince y último. Derrochamos con alegría el fin de semana y nos quejamos los días restantes.
Y siempre soñando con el paraíso de la calle de enfrente. Con la mirada eternamente perdida en un lugar que no es el nuestro. Confundidos sobre nuestro lugar en el mundo. Asombrados cuando un venezolano aparece en los noticieros mundiales. Como si de pronto existiéramos, saliéramos de nuestra asumida inexistencia. Dudosos y ambivalentes sobre nuestro propio valor.
Las huellas de estas oscilaciones están regadas por todo nuestro panorama cultural. Los dichos populares rezan resignación. Siempre me intrigó el que dice: “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo aguante”. Me parecía una manera extrema de sostener la esperanza. “Tanto nadar pá morir en la orilla” es otro. “El que vive de ilusión, muere de desengaño”. Pequeñas píldoras para tolerar una realidad implacable.
La música caribeña está inundada de esperanzados tristes o de alegres resignados. Héctor Lavoe tiene varios himnos que dicen lo mismo. En un de ellos se pregunta:

“Si el destino me vuelve a traicionar
Te juro que no puedo fracasar
Estoy cansado de tanto esperar
Y estoy seguro que mi suerte cambiará
Y ¿cuándo será?”

Esa canción es el himno de un desesperanzado alegre o de un triste esperanzado. Como lo fueron Ismael Rivera y La Lupe. En muchos sentidos resuena a himno caribeño. Bob Marley nos canta en otro idioma desde Jamaica cosas parecidas. Le dice a su mujer que no llore, que todo va a estar bien en ritmos que son tristes y alegres al mismo tiempo.
El himno de una de las selecciones nacionales sub-17 con que trabajé era de Celia Cruz. Otra alegre-tristona. Otra latinoamericana de cepa y raza que resonó con todas las generaciones. Hasta los adolescentes del 2000 que cantaban mientras entrenaban, a la vez en broma a la vez en serio, para quejarse de la exigencia: “No hay que llorar, no hay que llorar, que la vida es un carnaval y las penas se van cantando”.
Ni hablemos del terreno político. De cómo nos quejamos de los políticos que vienen cada seis años a llenarnos de promesas que luego no cumplen y sin embargo, cada seis años volvemos a creer. Volvemos a fascinarnos. Nos encanta la fantasía de un líder iluminado que venga a rescatarnos, que nos conduzca hasta la tierra prometida. Ese lugar que no logramos visualizar bien, que no sabemos cómo llamar: ¿el desarrollo económico? ¿el primer mundo? ¿la Copa Mundial? ¿el 2021?
Cabrujas nos retrató con cariño e ironía en “El Día Que Me Quieras”. En esa familia clase media caraqueña hay espacio para las fantasías diurnas revolucionarias de Pío Miranda y la emoción incontenible y farandulera de Plácido Ancízar que quiere ver de cerca a Carlos Gardel quien bajó de las estrellas para visitar a Venezuela. Así Plácido y Pío intercambian visiones de mundo:
“Plácido: (Amistoso) Yo entiendo los ideales, Pío. Entiendo que el pobre sufre y sufre y sufre y se jode y se jode y se jode. Y entiendo que hay gente que tiene más y gente que tiene menos y que la humanidad necesita un revolcón y unas cabezas cortadas y un sangrero. Eso está en mi cabeza, Pío, y la plusvalía de este asunto del señor Pimentel que pone el capital y me roba el trabajo, y las cinco cruces de la dialéctica y la desviación de Trotsky y el imperialismo y la lucha de clases. Yo no era nada, Pío, antes de que tú me entregaras esta iluminación. Y ahora veo a Pimentel en la oficina y me digo: ay, Pimentel… ay, Pimentel… y me preparo, calladito, agazapado para el día de la cosa… cuando Pimentel me vea entrar en la oficina, en 1947, supongo, suponte con la ametralladora en la mano… ¿Qué es esto, Ancízar? Porque así me va a decir… ¿Qué es esto, Ancízar? Ay, Pimentel… ay, Pimentel.
Pío: ¿Cómo sabes que será en 1947?
Plácido: No sé. Siempre he pensado que será en 1947.
Pío: Tal vez, antes…
Plácido: ¿Quién sabe si antes?
Pío: Pondremos la bandera en el Capitolio…
Plácido: (Entusiasmado) ¿Con la hoz y el martillo, verdad Pío?
Pío: Con la hoz y el martillo.
Plácido: ¿Y vendrá Stalin, verdad?
Pío: Vendrá el camarada Stalin, de visita…
Plácido: ¿Como Gardel…?”
Stalin y Gardel se funden en una misma bocanada de aire, en una misma sala de estar, en el mismo inconsciente colectivo pequeño burgués caraqueño. Un pasticho de ideales. Lo que se mantiene es la ilusión por otro lugar, por personajes sobre-humanos que pertenecen a otras tierras o a otros tiempos.

En el premundial siguiente la selección nacional mantuvo una actuación decorosa. Se mantuvo en la pelea casi hasta el final. Pero la cúspide de la inflamación de nuestras ilusiones futbolísticas llegó hasta octubre de 2004 en que los periódicos animaban a nuestro equipo a ganarle a Brasil. Una fiesta en Maracaibo acompañó a una gran confusión. Por un lado el equipo venía trabajando bien como para soñar con sorprender a los campeones del mundo, por el otro, la ciudad se vestía de gala y preparó un espectáculo como nunca antes haciéndole una antesala inédita a Brasil. Como si llegara Gardel. No sabíamos si alabarlos o vencerlos. Los fanáticos interrumpieron el juego en varias ocasiones para ir a tocar a la camiseta de Ronaldo o Ronaldinho, no a nuestros jugadores. A los cinco minutos ya perdíamos uno a cero y a los setenta y cinco minutos perdíamos cinco a cero. ¿Cómo se habrán ido los espectadores esa noche a sus casas? ¿Felices de haber visto un espectáculo brasileño o tristes por la derrota local? ¿Felices y tristes a la vez, sin saber bien por qué? Las ilusiones futbolísticas de nuestros espectadores también han resultado espasmódicas, mercuriales.

Como psicólogo del deporte no puede dejar de llamarme la atención que a partir de ese partido nuestra selección recibió goles en los primeros cinco minutos en cuatro de los siguientes siete partidos del premundial. Dos de los cuales fueron auto-goles. Luego de varios días de expectativa ante esos partidos, la desilusión se colaba rápido al comenzar los partidos perdiendo. Y luego, el equipo reaccionaba y lograba dar un espectáculo digno aunque no logramos remontar esos resultados.
Ernesto Sábato, escribe en “Sobre Héroes y Tumbas”, que no hay mayor riesgo para un desesperanzado que el volver a esperanzarse. Creo que esa frase encierra una profunda verdad psicológica que nos define como venezolanos y más aún, como latinoamericanos. Otros países lo han vivido con el fútbol. Recuerdo unas declaraciones del entrenador Hernán “Bolillo” Gómez cuando era director técnico de la selección nacional de Colombia. Un periodista le preguntó que por qué era tan cauteloso en sembrar expectativas optimistas antes de cada encuentro del premundial y el entrenador contestó algo como: “Es que en nuestro país es muy peligroso sembrar expectativas, porque nuestra gente se enfurece si después no se cumplen. No entienden que es una competencia deportiva y que cualquier cosa puede pasar. Nosotros ya vivimos eso con el asesinato de Andrés.” Se refería por supuesto, al defensa central colombiano Andrés Escobar, que después de meter un autogol en el Mundial de 1994, en que el equipo colombiano competía con aspiraciones de estar entre los finalistas, fue asesinado por un fanático. Pareciera que a veces todos nuestros dichos y canciones no nos preparan del todo para la desilusión. Y la caída de los ideales es estrepitosa y violenta. Espasmódicos y mercuriales.
Uno de los psicólogos más lúcidos del siglo pasado, Ignacio Martín-Baró describió lo que él denominó “El Síndrome del Fatalismo Latinoamericano”. Revisando una serie de investigaciones sobre autoconcepto en los países latinoamericanos, destacó la aproximación fatalista a la vida que subyace en nuestra cultura. Así por ejemplo, una investigación realizada en Nicaragua, sobre actitudes, reportaba que el 79,7% de los encuestados estaba de acuerdo con que “hacer planes sólo trae la infelicidad porque es difícil llevarlos a cabo”, un 66,8% afirmaba que “uno debe preocuparse por las cosas de hoy y dejar las de mañana para mañana” y el 93% que “el secreto de la felicidad está en no esperar mucho de la vida y en estar contento con lo que le toca a uno”.
Martín-Baró consideraba que los tres afectos predominantes del síndrome de fatalismo son: la aceptación resignada del destino, la sensación de inevitabilidad de los acontecimientos y la convicción de que la vida es un camino exigente y lleno de sufrimiento. Estos afectos a su vez conducen al conformismo, la pasividad y la reducción de la visión futura. Esta aproximación fatalista cumpliría la función de hacer más tolerable la realidad: “La inevitabilidad histórica se hace más aceptable cuando se percibe como destino natural; la necesidad se convierte en virtud y hasta se le saca dulzura al fatídico limón de la vida” afirma el autor. El problema con el fatalismo es que se convierte en lo que llamamos en psicología: una profecía auto-cumplida. Evidentemente el conformismo, la pasividad y la fijación de la atención en un eterno presente hacen imposible la cosecha de un futuro mejor, hacen desistir antes de comenzar. La enunciación de esa profecía pesimista asegura por sí misma su cumplimiento.
No es nada fácil construir un proceso deportivo con esos obstáculos emocionales. Es difícil sembrar a largo plazo cuando hay mucha desesperanza. Nadie está dispuesto a apostar si no ve resultados cercanos a cambio. Suena demasiado a promesas vacías. Nadie me asegura que voy a capitalizar mi inversión de tiempo y esfuerzo. Nadie me asegura que va a valer la pena el esfuerzo. Tengo demasiada desconfianza en los acontecimientos.
Asimismo se hace difícil mantenerse sereno ante las posibilidades de victoria. Se teme ilusionarse demasiado. Se ha estado esperándolo tanto tiempo que cuando se ve cerca se teme que sea una mera fantasía, un espejismo. Surgen las dudas de si en verdad, eso puede ser para uno, de si en verdad existe y si se puede ser merecedor de eso deseado. La esperanza se ha hecho frágil después de tantas desilusiones, por lo tanto cuesta confiar en ella. Somete al desesperanzado a demasiada angustia. Lo somete a la intolerable posibilidad de volver a frustrarse. A volver a sentir la injusticia de que no le va a tocar nunca. Mejor no recuperar la vista, que recuperarla para luego volver a perderla. Tener que revivir el sufrimiento de perder lo que se desea.
Nuestras esperanzas son frágiles. Nos atemorizan. Nos problematizan porque nos obligan a repensar nuestro fatalismo, nos retan a pensar sobre nuestro propio peso en el desenvolvimiento de los acontecimientos. Así por ejemplo, la fragilidad de nuestras esperanzas hace que la pretemporada parezca demasiado larga. Hay que sacrificar demasiadas cosas para mantener una meta a largo plazo. Y no parece rentable sacrificar el presente por un futuro que no termina de llegar. Nos hace preferir las loterías en que no tengo que hacer tantos esfuerzos y sé que el resultado se anuncia mañana mismo. Lograr sostener un esfuerzo colectivo con miradas a mediano y largo plazo es un reto inmenso para cualquier organización y equipo venezolano.

Cuenta la mitología griega que Zeus, furioso con Prometeo por haberle robado el fuego a los dioses, le pidió a sus colegas divinos que crearan la mujer más hermosa para llevar a cabo la venganza. Los dioses ni cortos ni perezosos, se dieron a la tarea. Hefestos la esculpió más bella que Afrodita, Helios le enseñó a cantar, Atenea le confeccionó su vestimenta, Hermes le enseñó a engañar. La llamaron Pandora y su hermosura arrebataba. La lanzaron al mundo con un pequeño baúl bajo el brazo. Un baúl que no debía ser abierto bajo ninguna circunstancia. Una mujer hermosa con un secreto prohibido, la imagen perfecta de la seducción.
Prometeo sin embargo, siempre estaba atento e hizo caso omiso a las insinuaciones de Pandora, mientras que su hermano Epimeteo (“el que ve las cosas después”) cayó postrado por la criatura. Parece que vivieron una primera época de felicidad sublime. Los reportes sin embargo, no especifican cuánto duró. Hasta que la pasión desenfrenada no fue suficiente para acaparar la atención constante de los amantes y se dirigieron irremediablemente a la caja. Las cajas prohibidas de las mujeres, que jamás deben ser abiertas, fueron hechas para ser abiertas, claro está. El amor, la curiosidad y la torpeza, es una combinación peligrosa. La apertura generó un estallido y un desfile de desgracias cayó sobre el mundo. Por la tierra se regaron las enfermedades, la locura, el vicio, las pasiones, la venganza, la ira, la envidia, la pereza, la gula, la vanidad. Aturdidos de tanto sufrimiento Pandora y Epimeteo regresaron a la caja para intentar cerrarla. Cuando estaban ya a su lado vieron salir como un ave el último de los contenidos de la caja: la esperanza.
Como todos los mitos, esta historia tiene infinitas interpretaciones. ¿Será que es necesario atravesar todos esos contenidos sombríos para alcanzar la esperanza? ¿Será que la auténtica esperanza requiere de la consciencia de esos otros aspectos? ¿O será que la esperanza es el último y más terrible de todos los males disfrazados, el último de los engaños? Dice el mito que la esperanza vino a restituir a la humanidad. A sostenerla a pesar de la presencia de los otros males.
En la película “Sueños de Libertad”, basada en la novela de Stephen King, un hombre inocente que fue condenado a pasar la vida en prisión se hace amigo de otro reo. Su relación en la película contrapone al hombre soñador, Andy, que nunca deja de sobreponerse a las circunstancias, al hombre pragmático, realista, llamado Ellis. El protagonista no deja nunca de escribir cartas para exponer su historia y hurgar en los rincones de la prisión para buscar resquicios de esperanza. Su amigo en cambio, vive la vida al día, sin hacerse demasiadas ilusiones, sin mucho agite, protegiéndose. Un día Ellis comenta que sabe tocar la armónica. Andy se impresiona, animando a su amigo para que busquen una armónica para que él toque. Se alegra aunque le reclama que no le hubiese contado eso antes, para compartir el amor por la música. Ellis se molesta y le asegura que no tiene ningunas intenciones de hacer música en la cárcel. Andy no entiende, le dice que la prisión es el lugar donde más se necesita la música. Que la música libera la imaginación y alimenta la esperanza. Ellis le contesta rotundamente: “La esperanza es una cosa muy peligrosa. Yo he visto hombres morir de esperanza”.
Uno de los trabajos psicológicos más conmovedores del siglo pasado fueron las observaciones que registró el psiquiatra Victor Frankl mientras intentaba sobrevivir al horror de los campos de concentración nazis. Frankl, psiquiatra, se preguntó qué hacía que algunos hombres, en circunstancias atroces, resistieran mejor que otros. Llegó a la conclusión que el elemento principal era psicológico y estribaba en la capacidad de sostener un sentido personal de la vida. Aquél hombre que podía contestar cuál era el sentido de su vida, según las observaciones de Frankl, lograba resistir mejor. Asimismo observaba las oscilaciones del ánimo y la salud física de sus compañeros del campo. Vio cómo, cada vez que se acercaba una fecha importante, como el fin de año, había un repunte de esperanza. Con frecuencia se corrían rumores de que el final estaba cerca. A veces hasta se hablaba de fechas concretas. Frankl observó cómo, al acercarse esas fechas la energía en el campo parecía mejorar, las personas estaban de mejor ánimo. Pero cuando la fecha pasaba y se hacía claro que el final no había llegado, aumentaban repentinamente los fallecimientos y las enfermedades.
Creo que es importante conocer los riesgos de la esperanza. La esperanza es de los contenidos psicológicos más potentes. El hombre esperanzado es capaz de montarse en un barco hacia un mar desconocido a intentar buscar un mundo nuevo. Sin ese tipo de atrevimiento, sin esos momentos de insensatez, la humanidad jamás hubiese crecido. Pero la esperanza también es capaz de degenerar en ceguera, en simplicidad, en fanatismo. La esperanza desligada de la reflexión puede ser otro tipo de cárcel. Si no pregúntenle a nuestros países, inundados de promesas que no se materializan, repletos de casinos, de loterías, de todo tipo de sectas seudoreligiosas que se promocionan por la televisión a media noche.
La razón práctica sin esperanza es la esterilidad y la muerte. Pero la esperanza, sin trabajo, sin riesgo y sin reflexión es la compulsión a la repetición. Es caminar insensatamente una y otra vez por el mismo trayecto del laberinto. El trabajo de un entrenador, de cualquier líder es la de construir panoramas futuros esperanzadores. Pero al mismo tiempo debe saber administrar la esperanza de sus jugadores, ayudarlos a reconocer y lidiar con los tropiezos, a evolucionar a través de la vivencia, a cultivar esa esperanza a largo plazo con pequeños logros y con esfuerzos. El entrenador debe ser un esperanzado, que cree en la capacidad humana para superarse y la posibilidad de desafiar los obstáculos más grandes, al mismo tiempo que pueda andar sin mentirse. Asimila las caídas y sabe que son parte del trabajo sin comenzar a buscar culpables, a negar las equivocaciones, a minimizar sus fallas, a proyectar en los contrarios sus frustraciones. Lo mismo se podría decir del gran deportista.
Se han hecho investigaciones empíricas en torno a la esperanza. Estudiosos como Snyder han concebido escalas para cuantificar el grado en que las personas son capaces de esperar cosas buenas del futuro y de imaginarse caminos para alcanzar esos resultados. Una larga serie de investigaciones ha demostrado consistentemente que las personas que puntúan más alto en estas escalas de esperanza tienden a tener mejor rendimiento académico, mejor salud física, la tendencia a enfrentar las dificultades de manera más frontal y mejor ajuste psicológico. Pero además han realizado investigaciones en el deporte. Los atletas que puntuaron más alto en las escalas de esperanza, tenían mejores rendimientos deportivos, aún después de controlar el efecto de la habilidad. Es decir que, teniendo dos deportistas del mismo nivel de habilidad, el más esperanzado va a tener mejor rendimiento a la larga. Las investigaciones muestran como los más esperanzados establecen metas más específicas y tienden a entretener menos pensamientos de darse por vencidos
La capacidad para soñar es una habilidad psicológica elevada. La capacidad de soñar y luego transformar esas visiones en realidad es sublime. No deja de haber algo mágico y misterioso en la capacidad de transformar la esperanza en realidad. Quizás hay algo revelador en que la psiquiatría haya podido inventar pastillas para dormir, pero aún no se haya descifrado la fórmula para soñar.

Estoy en Maracaibo, es 1998. Tengo cuatro años trabajando como psicólogo de las selecciones juveniles nacionales de fútbol y estamos en la final de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. A mi alrededor hay unos quince mil maracuchos gritando y saltando eufóricos. Volteo automáticamente a ver al entrenador, intentando comprender. Nuestra selección sub21 acaba de voltear un marcador adverso contra la selección mejicana para conquistar la medalla de oro. La selección alcanzó así su segundo campeonato en el fútbol internacional, esta vez como local, ganando todos y cada uno de los encuentros que realizó, anotando veintinueve goles y recibiendo sólo cinco en contra. Perdíamos la final uno a cero contra Méjico hasta el minuto 78. Pero el equipo reaccionó de manera abrumadora anotando tres goles en doce minutos. El último, una jugada de lujo en que Alex “Pelecito” García le entregó la pelota de taquito a Daniel “Cari Cari” Noriega, para consagrarlos.
Sonados los tres silbatos estalló en pandemonio en la ciudad y ahora me encuentro corriendo hacia el medio de la cancha y volteando a mi alrededor, cautivo de la emoción. Volteo a ver al resto del cuerpo técnico, nos abrazamos contentos. Me siento especialmente contento por Lino, por verlo alcanzar una meta merecida, por ver cristalizar su visión. Los jugadores comienzan a dar la vuelta olímpica. Unos cuatro años de trabajo duro consolidan a un grupo destacado de jóvenes deportistas. Los éxitos de estos juegos Centroamericanos y el Pre-mundial Sub20 de Chile en 1997 sirven para impulsar la carrera de jugadores como Cristian Cásseres, Alexander Rondón, Jorge Rojas, Jorge Giraldo, Leopoldo Jiménez, Pedro Fernández, Jonathan Laurens, Reny Vega, Javier Toyo, Fernado “Chito” Martínez, Leonel Vielma, Pelecito y Cari Cari.
En las semanas finales Lino repasaba sus cuadernos de anotaciones que había llevando durante la preparación. Ahí pude ver los registros de dos años de antelación que consideraban todas las variables como el clima, la alimentación, el viento del estadio, el ruido del público, la calidad de las instalaciones de descanso, así como la preparación física y táctica, por supuesto. Todas las horas montados en autobuses descompuestos viajando a los pueblos más pequeños pagaron sus dividendos. Aunque estuvimos viajando por carreteras perdidas del país, nunca estuvimos errabundos. Estábamos instalados en los caminos de una fantasía labrada a pulso. Lino me decía: “estos juegos los he jugado ya miles de veces en mi cabeza, me los sé de memoria aún antes de salir a la cancha”. Algunas, pocas veces la vida le brinda a uno la oportunidad de hacer que la realidad baile al ritmo de nuestras visiones. Son de las vivencias más potentes que se pueda tener.
– ¿Y qué se hace ahora?- Le pregunté una vez más, buscando qué hacer con tanta algarabía.
– Nada.- me contestó Lino- irte a dormir y saber que mañana vas a despertar como un pendejo más y tienes que volver a comenzar de cero.

Terapia para el emperador (Libros Marcados)

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