¿Todavía te acuerdas de nosotros..?, de Humberto Mata

11/ 04/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

todavia te acuerdas de nosotrosLa mañana estaba despejada. El hombre, entrado en años, navegaba sobre aguas inmóviles, simplemente navegaba y entonces lo vio. En una parte poco visitada del estanque, en un lugar lleno de formas inéditas y acaso arbitrarias, en un sitio donde el agua está, si eso es posible, menos turbia que en otros y en donde nadie puede pasar por alto la aterradora hondura del lugar ni dejar de presumir el fondo pantanoso, allí sucedió algo extraordinario, allí lo vio: un pez asomó a la superficie de las aguas su lomo plateado y luminoso, sus negros y enormes ojos, su boca puntiaguda, sus aletas violáceas. Era alargado y brillante, medía cuando menos veinte centímetros, era flexible, ágil. Qué asombro ante aquella visión inexplicable, qué alegría… o temor. Existía, estaba allí, era un hermoso y brillante pez, un pez en el estanque, a pesar de que aquellas aguas estaban consideradas como muertas desde hacía muchos años.

El estanque es una extensa superficie de aguas descompuestas que la luz del sol no logra iluminar por completo, ya que una niebla perpetua está posada sobre ellas acentuando la monotonía del lugar. Una sensación arcaica de algo pastoso, producida por lo que pareciera ser una gelatina en vías de modificar de estado, se adhiere a las aguas del estanque como viscosas sanguijuelas. ¿Recuerdas Rebeca, recuerdas aquellos momentos de intenso amor?

Volvió a la casa corriendo y le contó a su mujer lo ocurrido. Le dijo que saldría de pesca, le dijo que iba a pescar lo que tal vez sería el último pez del estanque.

Rebeca era poco tímida y no escatimaba momentos para hacerle saber la ridiculez de sus propósitos imposibles. El la seguía amando, sin embargo; o acaso también por eso ella lo seguía amando. Le dijo:

—Sigues perdiendo el tiempo, otra vez buscando lo que no existe… como siempre. El estanque está muerto, cuando nacimos ya estaba muerto, cuando nacieron nuestros abuelos ya estaba muerto. Bien sabes que es así.

—Pero yo lo vi, mujer, lo vi de cerca, estaba allí donde el estanque parece más hondo, yo vi sus ojos y sus aletas…

Si ella fuera más comprensiva, pensó el hombre, si ella lo acompañara más en sus andanzas tal vez olvidaría o cuando menos… Pero él tampoco puede olvidar, y si siguen juntos es porque son viejos y a esas alturas de la vida ya ciertas cosas no se pueden olvidar… El vio ese pez, de eso está seguro.

Estuvo a punto de decirle a Rebeca que fueran juntos al estanque, que lo acompañara durante la pesca, que recordaran aquellos años en que comenzaron a quererse y se veían en el estanque, pero el silencio o algo que tiene que ver con éste se lo impidió. Decirle eso sería peor, de todas maneras, sería descongestionar ciertos conductos que si bien nunca habían estado del todo obstruidos por lo menos permanecían (o ellos los seguían manteniendo) en un estado de acuciante deseo de negación y posibilidad. Tomó una caña de pescar, salió de la casa y se dirigió al estanque.

Desde el estanque el pueblo se ve diminuto, pareciera estar oculto o rehuir de las miradas. Allí, en el pueblo, vivieron sus antepasados y los de su mujer, y allí viven él y Rebeca. Están muy solos, eso es verdad, nunca tuvieron hijos. Por momentos él piensa que ella no quiso tenerlos, pero sabe que esto no es cierto; ella quiso tenerlos tanto como él, pero no pudieron. A veces las parejas no tienen hijos porque la mezcla no funciona, él recuerda muchos ejemplos de uniones que se destruyeron por infertilidad y al poco tiempo tanto la mujer como el hombre tuvieron hijos con otras parejas. A veces la mezcla no funciona, piensa el hombre mientras observa la caña y el sedal que corta el agua y se hunde en la espesura del estanque. Rebeca era una mujer muy bella, aun sigue siendo bella, muy bella, sí señor. ¿Recuerdas cómo nos queríamos, recuerdas los abrazos y los besos, todavía te acuerdas de nosotros querida Rebeca?

Ese día no tuvo suerte con la pesca. Mañana insistiría. ¿Qué otra cosa podía hacer si no…? Ya el pueblo era un sitio poco agradable para vivir, con tanta soledad era menos agradable cada día. Algunas veces se le ocurría algo malo, se le ocurría que todo el lugar estaba cubierto por una niebla que impedía el paso del sol; o también imaginaba algo peor, imaginaba que aun si esa niebla no existiera igual el sol no podría alumbrar ni tibiar las calles ni las casas del pueblo, tal y como no alumbraba ni tibiaba ya los corazones de sus habitantes. Todo estaba tan viejo y tan derruido. Los sitios, los paisajes mueren con las personas. El pueblo seguía muriendo lentamente con ellos. Era un lugar cansado, sin risas, sin esperanzas, tanto por él mismo —y acaso en especial por eso—— como porque toda la gente joven lo dejó alguna vez y se alejó del lugar gota a gota pero con paso decidido, con jolgorio, con risas, como quien logra al fin marcharse de una región colmada de pestes. ¿Por qué se alejaron, por qué tomaron la ruta del estanque y desaparecieron, uno a uno, sin piedad? Si ustedes llegaran a saber lo que ya entonces era el pueblo lo comprenderían. Ya ese pueblo estaba dejando de existir cuando ellos se marcharon, ya era el recuerdo borroso de un pasado que pudo haber sido menos infeliz, un relieve desgastado por el frote y la duplicación de imágenes, un repetido palimpsesto, ya era una nada cuando los muchachos lo dejaron, sin piedad, uno a uno. El recuerda (¿y tú también Rebeca?) que cuando los muchachos se iban hacia el estanque —y desde allí quién sabe hacia dónde, quién sabe hacia qué— ellos no podían dejar de sentir cierta tristeza; y no porque los muchachos se marcharan (total, tenían que irse de esa muerte) sino porque entre los viajantes ninguno era un familiar, un sobrino, un hijo de quien hablar y estar orgullosos, así como tampoco podían dejar de experimentar cierta alegría debido a esa misma circunstancia, ya que no estando entre los viajeros ningún familiar entonces a nadie tendrían que esperar y por ende por nadie tendrían que ilusionarse ni experimentar una urticante dosis de angustia y de nostalgia. ¿Pero esa posición (¿tan cómoda?) no implicaba hacerle un guiño a la muerte, no era la muerte misma, no conllevaba suponer que cualquier despedida es para siempre? —se preguntó el hombre mientras colocaba la caña en un rincón de la casa y se ponía a pensar en el registro que produce en la frase una interrogación dentro de otra.

Dicen que el hombre siguió yendo día tras día al estanque a pescar; dicen que lanzaba el sedal en el agua, en el mismo lugar siempre —la zona en donde tiempo atrás vio saltar al pez—, y que de inmediato se dedicaba, más que a vigilar la caña y la pesca, a pensar y pensar. Pensaba en los años que habían pasado juntos él y Rebeca, en todo el tiempo que habían consumido quizá para nada; pensaba en que el final de sus vidas estaba próximo y que él ni siquiera sabía quién de los dos iba a morir primero; en que si allá el pueblo se estaba muriendo, acá el estanque, muerto en apariencia desde siempre, o desde que ellos y los abuelos y los bisabuelos de ellos tenían memoria, ahora con su descubrimiento —si éste culminaba exitoso, e inclusive si finalizaba en el fracaso: y todo dependía de lo que fueran considerados éstos—, acá el estanque cobraría vida e importancia y acaso ayudaría con ello a cambiar las cosas, aun cuando él no sabía muy bien qué cosas debían cambiar ni si algo debía cambiar; y mientras así pensaba y descuidaba la caña de pescar; y mientras ya cercana la tarde eso hacía, allá a lo lejos se veía cómo el sol estaba cayendo, cómo las colinas, la vegetación, las casas del pueblo iban siendo bañadas poco a poco con esa lluvia pictórica típica de los crepúsculos y que combina rojos, azules, grises, amarillos o naranjas y marrón, colores que acá más cerca, sobre las aguas del estanque, eran a veces reflejos de un negro ondulante como el humo o de un rojo amarillento entre sol y ladrillo y por momentos de un magenta; y aquel laberinto de tonalidades en el cielo se exhibía sobre un fondo blanquecino que se iba haciendo gris yeso y ocre con el paso del tiempo. Entonces el camino al pueblo mudaba en marrón, dorado y plomo, las piedras daban claroscuros y las ramas de los árboles, cimbreadas por el viento, eran como esculturas con retículas que dejaban colar los últimos rayos del sol. Y cualquiera que hubiera estado pendiente de aquello que pasaba tal vez habría llegado a pensar que tanta perfección merecía estar a cargo de una especular pintura de hace siglos… Y todo era muy triste.

Ese era el momento en que el hombre regresaba a casa por el camino que parecía del color de una espiga en verano y también de una bala, ese era el momento en que preparaba las palabras que le diría a Rebeca, ese era el momento más difícil del día. Llegar, guardar la caña en un rincón, decirle a la mujer que hoy no había tenido suerte con la pesca, verle su cara de satisfacción porque él había fracasado otra vez, porque ella había tenido razón cuando le dijo hace tanto tiempo que el estanque estaba muerto, contarle (pero para sí mismo, no para ella) lo bueno que sería si mañana iban juntos al estanque, qué bien lo iban a pasar él y Rebeca si iban juntos, decirle todo eso pero en silencio, como se le dice te amo a esa mujer que uno tanto quiere y desea pero a la que no nos atrevemos a decirle nada.

Y así pasaron los días y los meses y los años —dicen—, y el hombre siguió constante en su rutina y en su proximidad a una muerte que no acababa de llegar. Y así el pueblo siguió muriendo y el estanque ennegreciendo cada vez más, hasta que un buen día mientras pescaba, el hombre, ya doblada su espalda, ya cansadas sus piernas e inflamados sus pies, tuvo una exacta luz. En ese momento decidió que la época de pesca había terminado, que algo muy poderoso e inescrutable, acaso un dios, había sido el responsable de que no hubiera podido pescar en todo ese tiempo aquel pez brillante que hacía tantos años había visto; decidió que esa pesca en verdad era imposible o en todo caso inútil o dañina porque allí, en ese estanque para muchos putrefacto, allí justamente y no en otra parte, en el pueblo no definitivamente, allí estaba escondido algo que era necesario preservar, en la profundidad de aquel estanque algo escondido pero latente y lleno de vigor. Y esa tarde se preparó para volver a casa y no tuvo necesidad de meditar en lo que le iba a decir a Rebeca, porque ya él sabía todo y ella acaso también. ¿Verdad que tú me entiendes, querida Rebeca, verdad que sabes que no puedo hacerlo, verdad que eso te hace feliz en realidad, verdad que nunca tuvimos un hijo, verdad…? El estanque, se dijo, aun sin vida contenía la vida; y el pueblo, aun con vida parecía la muerte.

Se sintió un chapoteo, algo movió las aguas, algo flexible, brillante y con ojos muy oscuros dio un salto, curvó su cuerpo y desapareció raudo en las profundas aguas del viejo estanque. El hombre no hizo caso. Definitivamente no lo iba a pescar. Y ya camino a casa una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

 

Del libro: Boquerón y otros relatos (Monte Ávila, 2007) 

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