Un desquite del tiempo, de Gabriel Jiménez Emán

16/ 05/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

percheroPerdí la chaqueta en un restorán de Mérida, hace años. La dejé olvidada, colgando de un perchero. Aunque regresé de inmediato a buscarla, mi viejo amigo y dueño del restorán, Orlando Mesori, aseguró no haber visto a nadie tomarla y se disculpó avergonzado y confundido. Los mesoneros, cocineros y personal de limpieza fueron investigados, aun cuando gozaban de una confianza de años por parte de mi amigo Mario, quien me dijo, a manera de broma, que le iba a dar curso a una vieja afición detectivesca. Pero nada halló. Causé estas molestias a mi amigo en contra de mi voluntad, pues en verdad la chaqueta sólo me importaba por los documentos de la venta de unos terrenos, que traía en los bolsillos, producto de un trámite bastante fatigoso. Llevaba ahí también identificaciones personales, una chequera y la suma de tres mil bolívares. Queda un malestar de días, que vuelve sucesivamente en cuanto se pone uno a reconstruir cómo ocurrió o cómo pudo haberse evitado; se mezclan torpezas evidentes, pensamientos caprichosos de fatalidad, leyes de probabilidad y demás ideas inútiles. Lo único cierto: no se puede luchar contra una nimia circunstancia en el tiempo, que se vuelve de pronto algo absurdamente trascendental.

Han pasado más de diez años desde aquella fecha. Vivo ahora en Caracas dedicado al ejercicio inocuo de la soledad, luego de haber desandado mapas y trajinado momentos y circunstancias abruptos que, una vez condensados en el presente, semejan el film mal proyectado de un anticuado director de cine.

Sin embargo, confieso no haber perdido aún todas mis capacidades, como esa de darme a errar por las calles cuando mi espíritu siente tal desasosiego que ni los libros, las mujeres o la compañía de un amigo logran sacarme de una cierta modorra sentimental, cuyo único atenuante suele ser el paseo furtivo por algunos vericuetos de la ciudad. Voy por ahí, vago sin hacer caso de hora ni lugar.

Hoy, por puro azar, pasé frente al correo y recogí correspondencia. Libros, envíos de amigos que aún creen que escribo, que mantengo una cierta fidelidad juvenil a la literatura. Dejé de escribir hace bastante, pero a ellos no los he olvidado: aunque alejados en el tiempo, los veo bien, en el límite de un pasado nítido y fresco. Me dispuse recordarlos abriendo sus cartas y libros sentado a la mesa de un café, sorbiendo una cerveza y fumando con fruición el último cigarrillo de una cajetilla. Fijé, sin querer, la mirada en la vidriera de una tienda de ropa, en la acera opuesta; me atraían su colorido y la belleza de sus anuncios. Recogí mis papeles y me levanté a mirar. Había ropa del estilo y del corte que prefiero. Entré a ver.

Pregunté al dependiente por el precio de unos pantalones que me gustaron. Me los probé y me quedaron bien. Mientras el empleado los colocaba en una bolsa y hacía las facturas, miré al descuido una hilera de sacos y chaquetas que colgaban en un exhibidor. Comencé a palpar la textura de las telas, a separar modelos y admirarlos. Vi el modelo exacto de la chaqueta que había sido mía; la memoria se encargó de asumir que era uno idéntico al que yo había extraviado en aquel restorán de Mérida. El asombro me hizo detallarla: era exactamente el mismo corte y estilo.

—Es ropa usada —me interrumpió el dependiente alzando la voz desde el fondo del pasillo. Y recalcó:

—Aunque todavía en buen estado.

Esta afirmación me hizo separarla de las otras, sacarla y mirarla bien sin bajarla de su gancho. Tomé una de sus solapas, y vi con asombro incrédulo que en el bolsillo estaba mi cartera, la chequera y los documentos fechados por aquel entonces. Con las manos temblando, saqué mi billetera y encontré, mezclado a otras tarjetas, un billete dorado, muy nuevo, que llevaba estampado el sello de la República de Venezuela e impresa en ambos lados la cifra de 5.000 bolívares, una denominación inexistente en los billetes de mi país. En la parte inferior del billete podía leerse la fecha de emisión del año actual. No sé de dónde saqué valor para descolgar la chaqueta y probármela. Me quedaba bien, aunque evidentemente ya había ganado unos cuantos kilos con los años. Llevándola encima sentí estupor, casi un asco físico hacia ella, pero por supuesto la adquirí y me la llevé bien envuelta a casa. La saqué del empaque y volví a revisar los bolsillos y constatar su contenido: sí, ahí estaban los documentos y el billete imposible.

Pero el hallazgo del billete fue menor ante lo que encontré anotado en una libreta de tapa de cuero color vino tinto. En su página antepenúltima leí esta nota: “Proyecto de una historia acerca de una prenda de vestir que jamás perteneció a nadie. Permaneció años y años en el perchero de un almacén; luego alguien un día, al fin, la adquirió. El mismo día de ser comprada, ese alguien la dejó olvidada en alguna parte, y de ahí desapareció. Luego otra persona la hurtó, y la volvió a perder. En uno de sus bolsillos había documentos importantes, pero ninguno de ellos tan vital para la existencia de ese objeto y su provisorio comprador como el de una libreta de tapa color vino tinto”.

Y abajo, en letra más pequeña, se leía: “Ese texto será la única manera de librar a esa chaqueta del horror de ser una cosa infinita en el espacio y, a su único comprador, del modo de despojarse de la cíclica venganza de un tiempo que estuvo girando angustiosamente en torno de una persona y un objeto. Porque nada, nada, puede estar fuera del tiempo y el espacio sin constituir una maldición”.

No sé si habré cumplido bien con ese propósito.

 

Del libro: Tramas imaginarias (Monte Ávila, 1991)

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