Una mujer por siempre jamás, de Ángel Gustavo Infante

10/ 02/ 2014 | Categorías: Cuentos, Destacado

mirador boyacáEl dueño de la cueva era un gay de estatura y elegancia pobres. Semejaba un colibrí cuando debía cumplir algún encargo: volaba nervioso sobre apuntes y bocetos, saltaba grabando retazos de parlamentos: decorar interiores y rellenar escenarios de telenovelas en calidad de extra eran sus oficios. De eso, y de mi puntualidad en las mensualidades, vivía.

Vine a dar con él después de varios meses de andar buscando habitación cerca de la universidad.

La cueva, como bauticé de inmediato a aquel dormitorio, tenía baño y entrada independientes. Las paredes permanecían ocultas bajo un papel de nubecitas blancas sobre fondo rosado. Las listas, colocadas con prisa o desgano, acababan anárquicas alterando la simetría del techo donde el ímpetu gestual del decorador había rematado la obra con pelotas de engrudo.

No había espacio para un clóset. En su lugar, un tubo cruzaba la habitación de pared a pared supliendo las funciones aéreas. Del lado derecho, donde el tubo destrozaba varias nubecitas, se hallaba un termo que al tiempo de suministrar agua caliente a todo el apartamento, brindaba una insufrible gotera que se empozaba en el granito del rincón.

Un box spring matrimonial y una mesita de noche constituían el mobiliario de la pieza. Después de vencer cierta repulsión comencé a divertirme con las diversas manchas que se extendían en el colchón. Sentado sobre la mesita y armado con la paciencia de un espeleólogo, me ocupaba en traducir aquellas figuras producidas por los fluidos del cuerpo: dragones de orín, mariposas de semen, cabezas de bestias asomadas a la ventana de una nube invernal, se resumían en un archipiélago grabado por criaturas nocturnas al centro de un atlas secreto, compuesto, quizás, por las amistades de mi casero en noches como las que conocería muy pronto.

Un breve pasillo conducía al baño donde no había nada especial, salvo la edad reflejada en las manchas del espejo, en el modelo de las llaves del lavamanos y la ducha, en la austeridad de la porcelana. A través de una rejilla de madera se apreciaba la efervescencia de Bello Monte, en especial el movimiento de la avenida Miguel Ángel, y se colaba el rumor de un automercado ubicado en la planta baja del edificio.

El primer fin de semana me di a la tarea de transformar aquel ambiente con la ayuda de Lorena, con quien llevaba algunos meses en una relación intermitente, compartida con sus amigas Ana y Beatrice, quienes, por cierto, jamás aparecían en los momentos necesarios.

Concluimos hacia la noche del domingo bañados en pintura blanca. En aquellos días redactaba mi tesis de maestría, basada en una investigación sobre el referente urbano en la novelística de los años cuarenta, y extraje del bolsillo una ficha que había seleccionado de mi archivo para colocarla en el corcho, junto a las fotografías, como epígrafe a mi nueva vida:

Habitar, para el individuo o para el grupo, es apropiarse de algo. Apropiarse no es tener en propiedad sino hacer su obra, modelarla, formarla, poner el sello propio. Habitar es apropiarse un espacio.

Me consolaba un poco esta cita de Lefebvre. Procedía, entonces, de una separación aparatosa. Había caído de las alturas, como Altazor. Fui expulsado del paraíso. Mis alas aún estaban golpeadas. Emergía en aquel mísero espacio y como el itabirano enmarcaba en una fotografía la dicha pasada.

El insomnio fue cediendo entre las atenciones de Lorena, los tragos y la lectura de ciertas novelas somníferas. Logré retomar mi horario habitual: me levantaba a las cinco de la mañana, montaba el café en una cocinilla eléctrica que había adquirido para los efectos y ya en el baño, mientras terminaba de despertar, celebraba la aparición del primer «San Ruperto», un autobús que adelantándose al sol lo imitaba en su puntualidad.

Trabajaba en la tesis hasta las nueve. Luego iba a la universidad. A veces almorzaba en casa de mis padres, después me internaba en la biblioteca hasta la extinción del día cuando salía a rellenar el crucigrama de la noche por las calles de Sabana Grande, tomaba el metro hasta la cinemateca o conversaba con el abuelo de Lorena, un anciano de ojos eslavos donde se reflejaba un jardín de Trieste: la acuarela pintada en su juventud antes de refugiarse en América, mucho antes de que la artritis cancelara sus manos.

Regresaba a la cueva hacia las diez. Lorena a veces venía a brindar un sosiego transitorio. Había sido mi amante durante los últimos días de matrimonio y era el papel que mejor representaba. Decidí no exigirle nada. No estaba en capacidad de dar más. Repetía como suyas las frases del poeta: «Que el amor sea eterno mientras dure». Así lo comprendimos y bailamos el bossa triste de Vinicius. Ya no debía importarme que la eternidad le estuviera reservada a Beatrice y Ana.

Esa era mi rutina.

Hasta el día en que Elio, mi casero, decidió retomar la suya: todo iba muy bien hasta el jueves, el viernes comenzaba la fiesta. La primera vez me sorprendió la mañana del sábado con un cúmulo de voces, risas y canciones que se fue disolviendo con la luz.

Me resultaba difícil imaginar a ese sujeto frágil y asustadizo en parrandas de tal magnitud. Aunque también es cierto que fuera del apartamento tenía otra apariencia: esa misma semana habíamos coincidido en el automercado y me dio la impresión de estar ante otra persona: imprimía un tono viril a la voz y a los gestos en la transacción con la cajera quien, por cierto, parecía ser su amiga.

Mantuvo esa actitud hasta salir del automercado. En la medida en que nos acercábamos al cuarto piso e íbamos quedando solos en el ascensor, Elio se iba transformando: desafío y poder a través de la mirada incongruente con la textura de la voz, acudían a identificarlo.

¿La impostura había quedado abajo entre la charcutería y las hortalizas o se abría con la reja de su apartamento? El analista que predominaba en mí elaboró una respuesta acorde con las teorías que entonces manejaba. El hombre triste que también iba siendo sintió deseos de seguirlo y entrar a ese universo paradójico que, en medio de la repulsión, lograba atraerlo.

En todo caso era un problema menor y, sobre todo, su problema. Me respondí acostado sobre el archipiélago. Además, ¿a quién podría interesarle? El mundo está lleno de homosexuales y bisexuales desde la antigüedad. Eso ya no alarma a nadie.

Yo sólo debía ocuparme del trabajo de grado, de las amenazas de mi ex mujer, de preparar las clases, de la mensualidad de la cueva, de Lorena. Pero no, algo en mí (¿un mecanismo de defensa?) gustaba de las digresiones indiscretas.

La noche de ese mismo sábado regresé temprano con la aspiración de recuperar el sueño. Lorena estaba en el cine con sus amigas. Me recibió un silencio inusual. Sentí nostalgia por las tardes del sábado en el barrio: las rondas de anís, las cornetas atronadoras de Henry en un concierto ecléctico, los reclamos de mamá por el volumen, el olor de la marihuana disimulado entre ventiladores e incienso.

Sentí frío. Terminé de entrar. Eché una cobija sobre mis hombros. Boté los zapatos y apoyé la frente sobre la rejilla de la ventana. Tomé un trago de brandy directo de la botella que calmaba mi insomnio. Vi a John Travolta bajo las luces en Saturday Night Fever. Tomé otro, largo como un aullido, y acudió la voz de Lorena: «No me imagino un sábado inactivo, sin fiesta, sin restaurant, sin cine, sin algo fuera de lo común».

Abajo, una pareja parecía discutir. Varias personas hacían fila frente a los telecajeros. Un «San Ruperto» vacío y con las luces encendidas cumplía otra vuelta.

Desperté.

Una brigada asaltó la medianoche: Elio y varios amigos dando traspiés. Una manada de váquiros destruía mis libros. Volví a despertar. Juan Gabriel estaba con los muchachos vestido de mariachi rosa lamiendo el micrófono. Definitivamente desperté: en efecto, el último CD de Juan Gabriel, su voz quebrada por el choque de copas, las risas y el resumen de la ronda.

Otros sueños interfirieron. Un acetato apenas permitía seguir «Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad…» y el crepitar de la aguja envolvía en llamas la cicatriz de Agustín Lara. Hubo una historia demorada por la ebriedad. Sucedió en una barra esa misma noche. El personaje parecía ser muy joven. Les habría ofrecido ser de ellos. De los tres o cuatro que estaban allí incluyendo a Elio. A cambio de varios gramos de «perico». Uno de ellos le ofreció una «piedra». Cocaína pura vía Medellín. El muchacho propuso un adelanto de ambas partes. Entraron al baño.

Rocío Dúrcal suspendió el desenlace con aquella canción bellísima dedicada a su hija muerta. El dolor del coro tenía otros motivos. Un dolor destemplado, sin ensayos e imposturas se repitió hasta el amanecer.

A mediodía entré por segunda vez al apartamento de Elio. Todo estaba en orden. En el rostro de mi casero apenas se insinuaba el trasnocho. Dudé. Quise devolverme. Antes había estado allí, en el sofá que lucía impecable, firmando el contrato de arrendamiento. Ahora venía a quejarme.

Colibrí voló a la cocina. Regresó con una taza de café. Enrolló algunos pliegos extendidos sobre su mesa de trabajo. Sacó unas matas al balcón. Enderezó un cuadro. Voló hasta mi café intacto y dijo con voz aflautada:

—¡Qué aburridos son los domingos!, ¿no?

—Sobre todo si te impiden dormir la noche anterior. Respondí automáticamente.

—¡No me digas que estabas en tu habitación! Haberlo sabido. Vinieron algunos amigos a tomar unos traguitos. En tu lugar me hubiese incorporado a la reunión. Pero no te preocupes que estoy preparando un consomé de gallina ri-quí-si-mo. Después caerás rendido hasta mañana si es que no te despierta tu novia.

Hablaba planeando sobre la sala. Voló a la cocina. De regreso trajo una bandeja con dos platos de consomé y varias rebanadas de pan integral. Organizó el almuerzo en la mesa central del recibo de donde había desaparecido, como por arte de magia, la colección de piedras mexicanas, los ceniceros, algunas piezas de cerámica y mi café a medio probar.

Me obligó a repetir el consomé. Luego sirvió ensalada de frutas y continuó revoloteando. Se conducía con tanta naturalidad que logró darle un vuelco a la situación: a través de aquel agasajo imprevisto convirtió en fiesta lo que pudo derivar en discusión.

Se detuvo. Me propuso compartir una siesta. Acepté con la condición de que cada quien la hiciera en su habitación. Lo tomó como un chiste cruel: ya había preparado el sofá. Me despedí agradeciendo sus atenciones y caminando de espaldas llegué a la puerta.

Lorena pasó por mí a las tres. Fuimos al Museo de Bellas Artes. En el trayecto me contó la película completa. No tuvo la amabilidad de una sinopsis. Guardé silencio sin poder explicar el castigo: ella siempre estuvo al tanto de mi aversión hacia ese tipo de historias, además, contaba muy mal. Quizás sentía el deber de divertirme o la necesidad de rellenar con palabras el abismo que ambos evadíamos.

En el museo me descubrí pensando en Elio. Lo percibía allí revoloteando entre transparencias y veladuras. Lorena había recorrido la exposición como quien revisa un álbum de fotografías sabiendo de antemano que no hallaría su imagen. Más tarde, instalados en el café del ateneo, agradecí su discreción: por fortuna no se dedicó a identificar figuras en la abstracción, prefirió olvidar las pinturas y hablar del tiempo.

Volví a amarla. Aún no entiendo por qué.

Accedió a dormir conmigo. Nos abastecimos de pizza y vino. Adoraba hundir sus pezones en la copa y lamer la eclosión de pecas sobre los senos hinchados, bajar probando las periferias de su cuerpo, desplegar mi lengua y allanar la vagina urgido por encontrar las razones de mi amor. Para retrasarnos la muerte, como pedía la canción, bebimos vino y seguimos las melodías que logramos sintonizar en la radio.

A la noche siguiente, cuando una novela insufrible caía de mis manos, Elio llamó a mi puerta con el pretexto de revisar la decoración y cambiar los horrores heredados del antiguo inquilino. Estaba más nervioso que nunca. Algo andaba mal. Aprobó los cambios sin sorpresa. No se detuvo en las fotografías ni en el par de óleos que había salvado de las garras de mi ex mujer. Le expliqué que me disponía a dormir. No logró justificar su permanencia. Se derramó en llanto sobre el archipiélago. Me senté a su lado. Colibrí encajó la cara entre las almohadas y emitió un gemido interminable. Reaccioné: lo tomé por los hombros, lo sacudí sin violencia, lo traje hacia mí. Por un momento quedó a la deriva, desaliñado como un muñeco de trapo. Luego dejó caer la cabeza sobre mis piernas y con una mirada me suplicó no censurarlo.

Había recibido varias llamadas telefónicas: alguien quería matarlo. Al principio dijo ignorar quién podría estar detrás de todo y el móvil que lo inspiraba. Seguro de que nadie nos veía le acaricié la frente. El cuadro era ridículo. Se relajó. Traté de persuadirlo: ese tipo de llamadas abundaba en la ciudad, generalmente las realizaban jóvenes desocupados, sólo por bromear. Entonces relató parte de la verdad: era la venganza del muchacho de la otra noche, el de la barra.

Volvió el desasosiego. Le serví un brandy doble y decidí esperar la confesión in vino veritas. Alterada quizás por la cercanía de nuestros cuerpos y el desconocimiento mutuo, su versión rendía en proporción inversa al licor. A la cuarta copa concluyó entre hipérboles dignas de una borrachera en cierne.

Durante todo ese tiempo permanecí en silencio, mi atención no se desvió ni en el momento de servir los tragos. El temor de Colibrí no era infundado. Habían exagerado con el muchacho: después del baño, donde uno de ellos le mostró el premio que nunca obtendría, tomaron la Cota Mil en el Nova de Roberto, a quien yo apenas conocía de vista. Las pocas parejas que apreciaban la ciudad desde el mirador no advirtieron la presencia de cinco hombres en el carro blanco que se detuvo al final del paseo, en el lugar más oscuro. Allí continuaron inhalando «perico» y bebiendo ron directo de la botella. El muchacho quería el intercambio y regresar temprano a la barra. Entre Roberto y los otros dos se estableció un acuerdo tácito. Elio, según su versión, de haberse enterado previamente jamás habría aprobado esos métodos: cuando el muchacho estuvo a punto de eyacular en la boca de Roberto, los otros lo amordazaron y maniataron. Él se dejó hacer guiado por las fantasías relatadas, el juego, el mareo. Lo extendieron boca abajo en el asiento trasero. Él quiso oponer resistencia. Roberto le metió la cabeza en una bolsa plástica para amedrentarlo. Los otros dos le abrieron las piernas y con pulso exacto le hundieron el pico de la botella en el ano.

Después, entre un ataque de risa y tos, me dijo que lo habían abandonado allí, semiinconsciente.

Ahora Colibrí estaba aterrado y con ganas de seguir bebiendo. En medio del impacto que me produjo la historia pude entender que había ascendido a la categoría de confidente y, en consecuencia, podría ser castigado por encubridor. Aunque sabía de antemano que la policía no se enteraría del asunto. Colibrí, aprovechando la situación, intentó besarme. Me levanté de la cama. Ahora el desconcierto era mío. Le pedí que saliera del cuarto. Retomó sus llantos. Imploró protección abrazado a mis rodillas. Se lo prometí. No sé si actuaba bien o mal. Quizás era mi deber. Se lo prometí. Sí. Y al final no lo hice.

Estaba confinado en la cueva. Debía entregar la tesis para finales de año y ya terminaba octubre. Suspendí mis paseos nocturnos. De Lorena y su abuelo sólo sabría los domingos. Cumplía un horario mínimo en la universidad. Me asomaba a la biblioteca sólo para verificar algún dato. Aceleré el ritmo de la redacción. Durante el día oía el repicar del teléfono y, a veces, los gritos ahogados de Elio. Me esforzaba por no cruzarme con él: nada debía distraerme. Sin embargo, las imágenes del relato se imponían involuntariamente. Temía por Colibrí. Temía por mí. Debía concluir el trabajo antes de quedar de nuevo en la calle.

El sábado en la tarde entré por tercera y última vez al apartamento. Elio llevaba un kimono rojo. Había encargado comida japonesa. Yo no estaba en condiciones de rechazar la invitación. El volumen del teléfono era mínimo: el asedio continuaba. Evadimos el tema y brindamos con vino de arroz. La onda oriental calmaba los nervios de mi casero. Sin más preámbulos y con la seguridad de rendir una lección muy bien aprendida me dijo que estaba enamorado de mí, que mi presencia le daba paz y seguridad, que era capaz de todo por tenerme y que estaba dispuesto a brindarme las satisfacciones que una mujer por siempre jamás me daría.

Lo último despertó mi curiosidad. Lo primero, pese a la gravedad en la dicción, pudo ahorrárselo. Le dije que se dejara de mariqueras conmigo, que le tenía afecto, que había prometido protegerlo, que estaba pendiente de él, pero hasta ahí. Mis palabras rebotaron contra los versos irrefutables de Jayyam:

Disfruta tus horas. El aliento te dejará en tu día.
Te perderás bajo el misterio de la nada
Bebe: No sabes de dónde has venido.
Bebe: No sabes a dónde irás.

Necio. Me sentí como un necio por subestimarlo. ¿Acaso algo le impedía conocer los antiguos Rubaiyyat? Impresionado por el nuevo recurso acepté el escocés que vino a suplantar al sake. Bebimos en silencio y la figura de Elio creció hasta envolverme en los mantos de satén. El tiempo dejó de importarme. Sólo unos minutos íntimos rodearon mi repentina erección y las destrezas felativas de Elio, y se acoplaron al sofá cuando tomé su trasero rasurado para penetrarlo lenta, temerosa, asquerosamente bien.

Lorena, puntual e impecable, pasó el domingo a las tres. Fuimos a merendar a El Hatillo. Esta vez fui yo quien sintió la necesidad imperiosa de rellenar el trayecto. Contra sus mal disimulados bostezos le expuse solamente el marco teórico y la metodología aplicada en la tesis. Mi soliloquio quiso prolongarse más allá del postre y ella, con semblante de santa patrona de los mártires, me rogó un poco de silencio.

Así anduvimos hasta regresar a la cueva. Estrenaba un body negro. De su breve equipaje extrajo algunos cassettes, un frasco de encurtidos y un paquete de galletas de soda. Dispuso todo con propiedad mientras yo cambiaba la sábana al archipiélago. De pronto comenzamos a escuchar un sollozo lento, despegando de una vieja canción de Aznavour. Recordé un almuerzo de despedida frente al mar. Lorena recordó cepillarse los dientes. Elio de seguro recordaba y quizás repetía en silencio, pegado a la pared, los versos aprendidos. Después vino Javier Solís, la Dúrcal, Juan Gabriel. Y ya no quise oír las cintas de Ana. Nos dormimos en paz sobre los lamentos y el despecho contiguo.

Cuando desperté, Lorena, aterrada, se tapaba la boca con ambas manos sentada en el borde de la cama. La abracé. Entendí que había llegado la hora. El muchacho había logrado entrar y destrozaba todo a su paso. Juraba matarlo. Elio, al parecer, estaba encerrado en alguna de las habitaciones. Los cristales se estrellaban contra las rejas del balcón. El muchacho trataba de derribar la puerta. Elio bramaba como una bestia acorralada. El muchacho bajó la voz para describir en detalle cómo lo apuñalaría. Ana no hacía más que imitarme. Nos vestimos sin prender la luz. El muchacho arremetió con más fuerza. Abrió la puerta.

Al salir, descalzos y sin aliento, en la alta madrugada Elio pronunció mi nombre.

Del libro: Una mujer por siempre jamás (Monte Ávila, 2007)

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