Valle Zamuro, de Camilo Pino

27/ 02/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

La idea del castillo de mi generación está marcada por dos estructuras: el castillo de Disney World, plástico y puntiagudo, y esta versión de castillo medieval reducido que se mandó a construir el señor Kozloski en Lomas del Mirador y que tiene una de las mejores vistas de la ciudad. La historia de los Kozloski es digna de su casa castillo. Piotr Kozloski llegó al país en los años sesenta, pero no lo hizo como la mayoría de los inmigrantes, directamente de Europa, sino de Argentina, adonde se había ido después de la guerra, dicen que a esconderse. Según la leyenda, Kozloski colaboró con los nazis en Polonia y se escapó con unos lingotes de oro antes de que llegaran los rusos. Vaporcito sostiene lo contrario: su padre fue el único Kozloski en sobrevivir a los nazis y el dinero lo hizo en Argentina, exportando ganado. Lo que sí es cierto es que llegó a Caracas con plata en el bolsillo y que no se estaba escondiendo, porque lo primero que hizo fue construirse el castillo, una casa en la que todos los niños de la ciudad quieren vivir, pero que cuando uno crece y entiende un poco más de casas encuentra dura, por lo menos desde fuera, impresión que cambié la primera y única vez que entré, el 1 de enero de 1988, a eso de las cuatro y media de la mañana, a felicitar el Año Nuevo. Encontré lo contrario de lo que esperaba: muebles de madera con cojines amables, cuadros antiguos de paisajes europeos, una chimenea de piedra de río, techos altos y pulcros, un equipo de música de alta definición Akai que sonaba como los ángeles y hasta vi, por primera vez en mi vida, una antena parabólica que funcionaba. El saberme dentro del lugar tantas veces imaginado me hinchó de un orgullo que me duró varios días y que ahora?me vuelve a invadir, a pesar de que sé que el castillo?que encontraré hoy tiene más de Torre de Londres que de palacio real, porque esta vez vengo a confrontar a Romina.

Laura se ha dedicado a insultar al viejo Kozloski desde que prendió el carro:

–Ese castillo es una ridiculez, un monumento al mal gusto, y el viejo Kozloski es un desquiciado, un arrogante, un estalinista, que es lo mismo que un nazi, pero al revés. Peor, un estalinista nuevo rico que se siente con licencia para explotar a quien le dé la gana, un estalinista que se cree Stalin. Imagínate a un tipo que sea dueño de minas de oro. Porque eso es lo que hace el viejo Kozloski, explotar minas de oro. Imagínate a un tipo que tenga a sus mineros comiendo mercurio y al llegar a casa abra una botella de whisky Etiqueta Azul y se tire una arenga a favor del modelo soviético. ¿Tú sabes lo que cuesta una botella de Etiqueta Azul? Eso es la «izquierda exquisita», que tanto pregonan Sojo y el viejo Kozloski. Una manera de justificar la explotación, el abuso. Una escuela de hipocresía. La izquierda no puede ser exquisita, vale.

La indignación de Laura es tal que me da la impresión de que va a escupir tabaco, que en el proceso perderá el control del Fiat Uno y terminaremos en el empinadísimo barranco que se abre a mi derecha.

–¿Estás molesta? –le pregunto.

–Un poco… Es que en el fondo no entiendo por qué estoy yendo a un sitio al que no quiero ir y donde sé que la vamos a pasar mal. Piensa en lo que está ocurriendo en la calle: los milicos, los saqueos, los zamuros… Una fiesta esta noche es una aberración. En un momento así hay que encerrarse, no irse de rumba. Además, Alejo, mira, conozco mucho a Romina, mucho, y te estoy llegando a conocer bien a ti, y me cuesta decírtelo, pero te tengo que advertir que Romina puede ser cruel. Me cuesta decírtelo, pero es mejor que lo sepas antes de entrar en el castillo, Romina puede ser cruel.

–No entiendo qué quieres decir con que Romina puede ser cruel.

–Que no es una persona transparente, que le gusta ma-nipular y que es egoísta. Tan sencillo como eso. Me cuesta decírtelo porque los dos son mis amigos, pero Romina siempre se pone primero, siempre, y bueno, esta vez tengo un mal feeling. Romina es capaz de cualquier cosa.

Estacionamos al lado del Maverick de Guillermo Minestrini, el novio de Sojo, carro reconocible porque es el único Maverik color salmón del mundo. Minestrini es un artista posmoderno que se ha hecho famoso por sus performances. Una vez vi una en la galería Palacios-Velo. El tipo se montó en una tarima y se paró como una columna, tieso, sin hablar por unos cinco minutos, que se sintieron como una hora. Entonces sacó un lápiz labial rojo del bolsillo interno de la chaqueta, se lo puso enfrente del pene y comenzó a abrirlo y cerrarlo. Eso fue todo lo que hizo, y cuando terminó el público igual rompió en un aplauso. La per-formance me impresionó en su momento, pero ahora me parece una imbecilidad. Igual me pasa con su Maverick. La idea de comprar un carro usado, uno de los más despreciados del mercado, y tener las bolas de pintarlo color salmón, que es igual que decirle a la ciudad «Soy marico pero no tengo vergüenza», me pareció en su momento un acto heroico y ahora se me antoja una demostración de mal gusto espantosa, el grito patético de un niño obeso y malcriado que lame una chupeta. No entiendo cómo Sojo, que escribe tan bien, puede vivir con alguien así.

Para entrar en el castillo hay que atravesar un muro de piedra de tres metros, de esos que hacen que las mansiones parezcan cajas fuertes, y luego un puente sobre un canal artificial, como en los castillos de verdad. Una placa de bronce en el portón reza: «Casa inspirada en el castillo de Malbork, alzado por los caballeros teutones en 1274. Proyecto dirigido por Piotr Kozloski. Caracas, 1966». Siento el impulso de tomar a Laura de la mano antes de entrar, pero en su lugar le doy dos palmaditas en la espalda.

Vaporcito hace de anfitrión a la entrada. Se alegra al vernos. No parece interesado en Laura sino en mí, como si valorara mi presencia. Nos cuenta que se puso de acuerdo con Doris y Minestrini para disfrazarse de zamuro. El disfraz consiste en vestirse de negro, preferiblemente con capucha. Le mostramos nuestro botín de saqueo, un transistor de radio portátil rojo, y le entregamos dos botellas de tinto que trajimos de la tienda de Laura (Pomerol de nuevo). Le parece «graciosa» la escogencia del transistor de radio. Me gusta la palabra «gracioso». Hay que dejar el botín en el «cuarto de las drogas». Los intercambiaremos a medianoche, como en Navidad. El cuarto es la primera habitación a la derecha y, por cierto, nos explica Vaporcito con gravedad, es el único sitio designado para el uso discreto de estupefacientes, para evitar problemas con ciertos invitados.

Hay un gentío, a juzgar por la cantidad de trastos que han traído. Están divididos en cuatro montañas designadas por letreros escritos con marcador grueso negro: alimentos, que incluye latas de atún y sacos de verduras; objetos del hogar, que incluye sobre todo electrodomésticos dañados; juguetes, que incluye la cabeza rota de una muñeca rubia, y otros, que incluye una obra de Minestrini: la foto de un chivo desollado con un puñal clavado en el pecho y que parece vivo. ¡Ojalá me toque! Por el momento, nadie se mete drogas en el cuarto.

Suena un bolero hermosísimo en la sala. Creo que canta Toña la Negra. Doris está de pie frente a Minestrini y Sojo, que están sentados en un sofá. Lleva puestos unos leotardos de poliéster negro (como los que usan las gorditas) y un suéter de algodón ajustado con capucha, también negro. Los rodea un grupo de cinco personas, siete con nosotros.

–Lo que tú estás haciendo, Doris –dice Sojo– es un me-lodrama, un bolero-cuento que ni de vaina llega al nivel de Nabokov, a menos que de verdad te atrevas a subvertir y trates al público sin la arrogancia que siempre vemos en las telenovelas. Porque hay que ver lo arrogantes que son los culebrones. Y eso suponiendo que tengas la pluma de un Nabokov, que es mucho suponer.

–No me entiendes, Sojo. Lo que quiero hacer es usar el mismo tema de Lolita, pero exagerarlo. Quiero escribir una historia subversiva, pero que el público pueda digerir. A ver, una versión posmoderna y tropical de Lolita. Esa es la propuesta… No me entiendes.

–Tienes razón, no te entiendo.

Yo tampoco, pienso para mis adentros. Doris nos dice que nos vemos espléndidos, nos saluda con un beso en el cachete a ambos (no me acostumbro a que un hombre me bese) y pregunta discretamente si hemos visto a Landa, que tiene algo importante que decirle. Aprovecho para pedirle razón de Romina.

–No ha llegado todavía –me dice, y luego, alzando la voz para que todos lo oigan, añade: Alejandro, tú que eres un escritor joven, una estrella en franco ascenso, ¿crees que el argumento de Lolita, la Lolita de Nabokov, se puede llevar a una telenovela?

–Escritor no, más bien aspirante… –replico ruborizado hasta el culo–. La verdad es que no he leído Lo-lita, Doris, pero vi la película, y, si mal no recuerdo, habría que trabajar bastante para adaptarla.

–Bueno, al trabajo no le tengo miedo –sentencia un Doris triunfante, como si se tratara de una frase ganadora y yo fuera el juez de su discusión.

–Nosotros aquí disfrazados de zamuros –interviene Mi-nestrini, cambiando de tema–, echándonos palos, hablando nada menos que de Lolita, y afuera Caracas se está de-rrumbando. Anoche Sojo y yo no pudimos dormir por los tiros. Toque de queda. ¡Qué bolas! Toque de queda. Yo creo que va a haber mucha violencia y, para decir la verdad, tengo sentimientos encontrados sobre estar celebrando hoy.

Sojo sacude la caspa de la solapa de la chaqueta negra de su novio, lo toma de la mano y le dice:

–A mí tu disfraz me parece más de pingüino que de za-muro… Vamos, una sonrisa. No te amargues, Guille. Una sonrisa, por favor… Eso… Eso… Así me gusta. Estamos haciendo lo mejor que podemos hacer. La verdad es que nadie, absolutamente nadie entiende lo que está pasando. Es que ni el gobierno sabe qué hacer. Fíjate que no hicieron nada sino hasta el día de hoy. A veces lo mejor es ver los toros desde la barrera. Por lo menos aquí tenemos compañía, estamos con amigos. Ya verás: en cuanto te tomes el próximo whisky se te olvida todo.

–Estoy intrigadísimo con el general Muñoz –comenta Doris–. Tan seguro de sí mismo. Tan elocuente. Ese general nos va a salvar, y nos va a salvar acabando con el caos esta misma noche, poniendo orden, con su uniforme de camuflaje tan bien planchado.

–¿Cómo puedes hablar bien de ese gorila, Doris? –increpa Laura.

–El general Muñoz es el militar mejor vestido del país, y para mí eso es suficiente –le responde Doris, quien, al darse cuenta de que nadie se ríe de su chiste, se sube la capucha, extiende los brazos, los bate y, en un ataque de inspiración, comienza a contonearse al ritmo de un chachachá–. Mejor bailemos el baile del zamuro. Arriba, abajo, adelante, atrás, «los zamuros llegaron ya, y llegaron bailando el chachachá…».

Valle zamuro (PuntoCero, 2011)

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