Viernes, de Sergio Dahbar

05/ 06/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

viernesDetrás del cuarto de Verónica había puesto la caja que me interesaba.

No sabía si me encontrarían pero tenía que sacarla antes que alguien se diera cuenta que yo había puesto eso ahí.

Los jueves en la tarde siempre mi tío, los bombones y mi madre con las charlas sobre el país.

Clarita que se ponía colorada cuando tío Agustín le decía linda y entonces se oía el grito de mi padre que ya no podía con el dolor que lo estaba matando poco a poco. Nosotros espiábamos desde el cuarto de Clarita, mi madre poniéndole la bolsa helada y mi tío con los papeles de la casa que no sabía si era hora de eso ya.

Yo siempre tratando de sacar la caja, pero claro, no podía por la gente, los amigos, la chica del club, amiga de mi madre, y toda esa gente dando vueltas como si no conocieran la casa o si… recién llegaran y trataran de encontrar el baño.

Después de las ocho mamá nos dio la cena diciendo que sería una noche bastante difícil, que necesitaba de nuestra cooperación. A las diez ya la situación se había puesto insoportable para papá que me llamaba y con ese último grito excitado con transpiración que lo bañaba y los dolores, me decía que cuide a todo el mundo y me hablaba de los ríos, de esos ríos que habíamos conocido y del cuadro de la abuela Antonia, todo con dolor, tan amargo que no podía aunque quisiera moderme para no sentirme con llanto o culpa. Clarita que no entendía muy bien todo y se reía histérica con tío. Mamá corriendo para hacer sentar a los amigos y explicarles qué pasaba, cómo estaba, qué había dicho el médico y todos los dolores detallados para que a la vez dijeran qué terrible y pusieran cara de lástima; y vos Delia no des el brazo a torcer, mirá que tenés que tener valor porque en estos casos hay que aguantar hasta el final.

Y el café, claro, porque toda esa gente no vino solamente para preguntar por papá que en realidad les importa mucho, claro. Hay que preparar café y oírles decir que el primo de no se dónde también murió de una cosa parecida y ahí uno averigua qué conocen porque toda esa gente es de experiencia. Además el hijo de un amigo que se está por recibir de médico les contó que se está probando una nueva droga para el cáncer, muy efectiva.

Y tío acaricia a mamá y la besa dándole valor y la toca y se abrazan mientras ella llora y aprieta y él comprende y acaricia y yo que estoy ahí con ojos de padre, hijo, hermano, nieto, chico, grande y no sé que más salgo al patio buscando el frío y ya amanece, entro en lo de Verónica, busco atrás y llorando saco mi caja con maravillas y en el centro del patio la piso y lloro y muerdo y la hago pedazos y lloro como un loco en el medio justo del amanecer de un viernes.

 Del libro: Balada para un packard gris (Celarg, 1983) 

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